
APÓSTOL
CON VOCACIÓN DE CRUCIFICADO
«Treinta años al servicio de la
Iglesia y del Papa, de los jóvenes y de los sacerdotes de España –escribe en
SIGNO el Rvdo. José Manuel de Córdoba
–.
Puede que alguien dedique largas columnas a enumerar las empresas
apostólicas de la Juventud de Acción Católica Española que Manuel Aparici
dirigió, durante tantos años como Presidente seglar y, después de su
ordenación sacerdotal, como Consiliario Nacional. Se reconocerá, yo creo, al
menos después de muerto, que fue el gran constructor de los cimientos de la
Acción Católica Española. Y luego, en una línea, se añadirá una coletilla:
“Tras nueve años de enfermedad, murió el día 28 de agosto de 1964”.
»Treinta años de acción pasan en un vuelo, tanto
más vertiginosamente cuanto más dinámica haya sido. Pero nueve años de
sufrimiento, hora tras hora, ¿se tiene bien la idea de la eternidad
interminable de minutos y de cruces que supone? Esta prodigiosa actividad
apostólica de una larga pasión de enfermo “porque quiso”, es tan valiosa y
eficaz que, comparada con sus treinta años de acción, reducen éstos a un
simple prólogo de la verdadera obra de Manuel Aparici en la Iglesia.
»Digo “porque quiso” y me ha concedido la
gracia, que ahora creo el deber participar a los demás, principalmente a los
jóvenes y a los sacerdotes consiliarios, de conocer algo de lo que ha sido
esta etapa decisiva de su vocación de apóstol. No quiero guardar para mí
sólo este testimonio de oro de ley que he recibido. Fue un Apóstol con
vocación de crucificado que él mismo pidió a Cristo como culminación de todo
su apostolado en la Acción Católica, porque vivió la Acción Católica como un
“brazo” de la cruz».
Una vida de cruz ofrecida día a día
a Dios, como víctima
.
«Hizo inmolación de sí mismo por este ideal … Murió como un santo»
.
Es de todo punto necesario destacar y, sobre
todo, tener muy en cuenta un hecho de suma importancia. Nos lo cuenta su
sobrino Rafael bajo la fe del juramento prestado. Declara:
«La manifestación grave de la
enfermedad de mi tío se presentó con unos síntomas de desenlace; y cuando
estaba prácticamente agonizando, mi madre le oyó decir:
“Jesús resucitó a Lázaro”, y desde
aquel momento se apreció una sensible mejoría en la extrema gravedad que le
permitió vivir durante unos ocho o diez años que duró la misma con las
alternativas de todos conocidas en su periodo cíclico, que le permitió una
relativa actividad».
Obsérvese que el testigo declara:
«le permitió vivir durante unos ocho o diez años que duró la enfermedad»;
precisamente los años en los que se consumó su victimación. De haber
fallecido, la etapa de victimación no hubiera existido.
Años más tarde el P. José María
Llanos, S.J. escribe en SIGNO
:
«“Hemos encontrado al Mesías” ... Y le encontramos bajo formas diversas ...
A Manuel Aparici, tras un sillón de enfermo y la cruz ... » ... « ...
amarrado a un sillón y con permanentes dolores, dando consejos y su
testimonio»
.
«Murió
crucificado con Cristo, como el quería y pedía, apurando hasta el final las
heces del cáliz amargo por sus grandes dolores físicos y morales, así como
por sus tremendas pruebas y tentaciones
, superando todo con valentía cristiana, con amor
inmenso, con dignidad singular y ofreciéndolo a Dios por Cristo, lleno del
Espíritu Santo, con María y los Santos, llevando consigo a todos sus
hermanos los hombres, con gozo impresionante y admirable»
.
A lo largo de las páginas de esta
biografía se ha podido apreciar la sed de almas de este humilde converso y
apóstol infatigable, su entrega generosa, su anhelo de santidad, su deseo de
vivir la vida de víctima o de crucificado que el Señor le venía pidiendo
desde hacía muchos años y a la que se comprometió con voto. Su Diario y
Cuaderno, así como sus escritos y documentos, son una expresión viva,
elocuente y permanente de su ofrecimiento como víctima
.
Este ofrecimiento empezó el 16 de marzo de 1934,
en Roma, en la Hora Santa Sacerdotal, y le acompañó durante toda su vida. El
Señor le aceptó su oblación; le tomó la palabra
El 28 de septiembre de 1941 anota en su Diario:
«En la oración vi que es preciso que de
verdad cumpla mi voto de víctima y que me ofrezca por la
santidad de los sacerdotes y religiosos, como a instrumento necesario, y
luego por los jóvenes y por los demás».
Con motivo del retiro espiritual de fin de
curso, que tuvo lugar en abril de 1942 al finalizar su primer año de
seminarista, escribe:
«Perseverancia en mi
vocación sacerdotal. El género, vocación sacerdotal. Lo específico, víctima
Pro–Ecclesia et Pontifice ... De mi perseverancia en mi vocación sacerdotal
depende: La perseverancia de mis hermanos en el Seminario; clavado a la cruz
debo ayudarlos más que nunca ahora que se encontrarán con más peligros;
también la perseverancia de todos los seminaristas del mundo. La
santificación de los miembros del Consejo Superior y de todos los jóvenes de
Acción Católica de España. Por consecuencia, el avance de la Vanguardia de
Cristiandad»
.
Dos meses después, el 12 de junio de 1942,
vuelve a anotar en su Diario:
«¡A
pesar de mis ingratitudes de hoy me ratifico, con tu gracia, en mi oblación!
Hazme víctima por la santificación del Papa, los Obispos, los sacerdotes,
los religiosos, los seminaristas, los novicios, los apóstoles seglares, para
que así, viviendo en tu cruz todos los instantes de mi vida y abrasándome en
la llama de tu Corazón, llegue mi amor a todos los miembros de tu Cuerpo
Místico».
En los Ejercicios del año 1943, noviembre, hace
estos propósitos que anota en su Cuaderno:
«Agradecer a Jesús que me siga amando para su Cruz. Entregar mi libertad a
María, su Madre, a fin de que Ella me alcance fidelidad a la voluntad de su
Hijo. Y el día de la Inmaculada renovar el voto de víctima y si mi director
lo cree conveniente hacer el de esclavo de María; hacerlo todo por las almas
y con la mayor perfección posible y multiplicar mis mortificaciones hasta
ser varón de dolores y súbdito fiel del Crucificado».
El 10 de febrero de 1945, año y medio después
aproximadamente, escribe:
«¿Cómo es posible sentir
desventuras terrenas ante la Cruz de Cristo?
»Ella es la suprema cátedra de la caridad. La
que nos revela la anchura y largura, altura y profundidad del amor de Dios
que se nos declara en Jesucristo.
»Ella es la mística escala de Jacob, cuyos
peldaños son los pies clavados de Cristo que nos hacen correr por sus santos
caminos, su Corazón abrasado de amores que nos hace sentir la omnipotencia
redentora de su Sangre Preciosa y su divina boca que nos come a besos de
Eucaristía para trocarnos en Él y darnos su paz y su cielo.
»Ella la que nos enseña las dos dimensiones
de nuestro vivir católico: verticalidad del amor que suspira y anhela morar
en el Corazón del Amado y horizontalidad del celo que ansía abrasar al mundo
para inflamarlo en amores divinos.
»Ella, donde la muerte y la Vida riñeron con
denuedo admirable para que muerto nuestro desamor reine la Vida del amor
suyo en nuestras almas.
»Ella, donde la caridad de
Dios amontonó ascuas encendidas de amor sobre la cabeza de su adversario;
donde sobreabundó la gracia para lavar nuestras culpas; la que canceló
nuestra deuda, la que nos atrajo las bendiciones del cielo; y, finalmente,
la que nos alcanzó la libertad de hijos de Dios»
.
En agosto de este mismo año de 1945
vuelve a hacer Ejercicios Espirituales, en Aranjuez, Madrid, preparatorios a
la sagrada tonsura. En ellos hace, entre otros, los siguientes propósitos
:
« … No negar nunca nada al Señor
y vivir víctima concrucificado con Cristo por la mayor santificación del
Papa, Obispos, sacerdotes, seminaristas y novicios y porque no caigan más
almas en el infierno …
»… Y precisa el matiz específico de su
vocación sacerdotal: Ofrecerse como hostia y víctima por la situación del
Reino de Cristo en nuestro siglo y en nuestra Patria, a fin de reparar al
Corazón divino del desamor de los hombres y hacer brotar de su amoroso
Corazón nuevos torrentes de gracia que reduzcan a su amor tantas libertades
humanas como la resisten.
»Y este matiz específico de
su vocación sacerdotal se ha ido poniendo más y más de relieve en el
transcurso de once años, desde el día en que se ofreció al Señor hasta el
momento presente».
«Al terminar los Ejercicios
Espirituales el día de Pascua de 1949, en Aranjuez, Madrid –era entonces
Director del Colegio Mayor Sacerdotal Jaime Balmes, de Salamanca– escribe él
mismo a Sor Carmen
que renovó el voto, entonces implícito y ahora explícito, de entregar
totalmente su vida puesta en su “Cruz Pro– Ecclesia et Pontifice”, por la
renovación de la agonía de amor de su Corazón Santísimo del clero de su
Patria hecho un solo sacerdote con el Pontífice de Roma ... No le pide más
que cruz ... »
.
«Habla con el P. Rector de su
vocación específica de víctima por la plena santificación en caridad
ardiente de todos los sacerdotes y de almas consagradas a Dios por los que
todos los días se ofrece a Él para que le crucifique»
. Y pide al Señor le dé la
Cruz suya, la del conocimiento inefable del Amor Divino, que ni siquiera con
cruz logra expresarse.
El 1 de noviembre de este mismo año, anota en su
Diario:
« …
Al hacerme ver mi miseria Él mismo me dio la solución: Ser víctima
concrucificada con Él porque su caridad se vuelque y llene las almas de mis
hermanos en vocación de este y de todos los Seminarios y noviciados de la
tierra y de todos los sacerdotes y religiosos y religiosas; en una palabra,
de todas las almas consagradas a la alabanza de su gloria».
Siendo seminarista, eligió como tema de su
trabajo «La unión con Cristo a través del dolor».
«Trabajo
–aclara– que se ha inspirado más en largas
reflexiones personales junto al Sagrario que en la lectura de muchos libros.
Fuentes fundamentales han sido el Crucifijo y la Sagrada Escritura»
.
¿Por qué eligió este tema
como objeto de su trabajo?
Él mismo nos lo dice:
«Para tratar de ayudar a los
hombres a encontrar la paz en Cristo crucificado».
Y en sus reflexiones de seminarista sobre el
«Ideal Sacerdotal», expone este ideal en los siguientes términos
(destacamos):
«Cristo, consuma y completa su
Sacerdocio, único y eterno, en lo alto de la Cruz, al ofrecerse a sí mismo
como víctima propiciatoria al Padre. Y lo continúa por manos de sus
sacerdotes, miembros de su Cuerpo Místico Sacerdotal, por los que se sigue
ofreciendo como víctima incruenta al Padre, “a fin de hacer partícipes a sus
escogidos de los frutos de su Pasión” …
»Mi ideal, o la vocación a la que Jesús me
llama, debe consistir en ser perfecto miembro de su Cuerpo Místico
Sacerdotal. Y no tendré unión perfecta con Cristo si no me identifico con
Él. Él consuma su Sacerdocio en lo alto de la Cruz; el sacerdote es para el
sacrificio. No seré perfecto miembro suyo, si no ejerzo su sacerdocio
también crucificado. Esta crucifixión debe ser morir a todo lo humano; un
cuerpo con dos cabezas o corazones sería un monstruo …
»No
pidan más que cruz para mí; pues si le soy fiel a esto, lo demás vendrá
sólo, aunque sea en el silencio y aparente reposo del “grano de trigo” que
se pudre y muere para dar fruto»
.
Y para finalizar este punto, antes de hablar de
su enfermedad y muerte, las palabras que pronunció en la Escuela de
Propagandistas, Toledo, Año Santo:
«Porque donde Dios se revela es en la Cruz y como allí no queremos estar no
le conocemos. Mientras no se domine el lenguaje de la Cruz no entenderemos a
Dios ... Hace falta vivir en la Cruz ... El día que de verdad le miremos en
la Cruz, le empezaremos a amar»
.
«¡Qué grandeza de alma! ¡Qué amor a
la Cruz! Es lo más destacado de Manuel Aparici»
.
APÓSTOL CON VOCACIÓN DE CRUCIFICADO
ENFERMEDAD
ITINERARIO DE SU ENFERMEDAD
ÚLTIMA ETAPA DE SU VIDA SEGÚN
TESTIGOS PRESENCIALES
MUERTE, FUNERAL Y ENTIERRO
