
EL HUMILDE CONVERSO
«Aunque
le educaron en la fe católica, nunca fue consciente ni responsable de su
vocación cristiana, ni de la grandeza de su bautismo ..., ni del inmenso
amor de Dios, de la fuerza de su gracia, de sus designios ..., lamentando y
añorando como San Agustín, al que tenía gran devoción, y con sus mismas
palabras: ¡Tarde te conocí, hermosura siempre nueva!»
.
Él mismo –a lo largo de los años–
nos da a conocer en su Diario y Cuaderno, con todo detalle y reiteradamente
el itinerario de su conversión. Por uno y otro y
por las declaraciones de los testigos sabemos que, durante su primera
juventud, estuvo algo alejado de Dios, que llevaba una vida frívola que
«llegó a preocupar a su madre»
, poco atento a las prácticas religiosas,
llegando incluso «a estar alejado de la
Iglesia»
,
y más dedicado a la diversión y a las distracciones mundanas.
«Incluso estaba enamorado»
.
Tenía novia y fumaba.
Libró a lo largo de muchos años una
dura batalla contra el tabaco que al final ganó para Cristo con mucha
oración y grandes mortificaciones. Su Diario y Cuaderno son una muestra
elocuente al respecto. Los Peritos Teólogos hacen referencia en su Informe a
este hecho. ¿Se le puede aplicar algún atenuante? Dos –según Manuel Martínez Pereiro–: «le servía para imponerse algún sacrificio y lo consideraba con
frecuencia como instrumento de apostolado porque un pitillo oportunamente
ofrecido podía abrir una conversación que le hiciese un bien al invitado».
– «Hoy, recordando la penuria de
los sacerdotes ... se me ha ocurrido organizar una campaña de austeridad y
sacrificio en la Juventud de Acción Católica destinada a promover una
suscripción para sostener al clero español. En mí puede consistir en dejar
de fumar y en tomar los menos taxis posibles. Así, independientemente de lo
que pague en Madrid, podré enviar por lo menos treinta pesetas al mes al
Primado destinadas a estipendio de Misas».
– «¡Infeliz de mí! Que siento
que disgusto a Jesús, con negarme a suprimir ese gusto de fumar y, sin
embargo, no hago nada por complacer a mi Señor. Esto es ¿ser víctima? No te
amo, Señor, no te amo, pues amando tanto tú las almas no soy capaz por ellas
de renunciar a mis cigarrillos. Pues ya sé que un cigarrillo no es nada en
sí mismo, pero renunciar a él sería una muestra de generosidad, sería un
sacrificio pequeño pero que tú podías tomar en tus manos y darle un valor
infinito a favor de esas 174.000 almas que desde ayer han comparecido ante
ti».
Pero el Señor le amaba y le
llamaba una y otra vez. Esta vez lo volvía a hacer a través de su madre
. En la Semana Santa de 1925, por darle gusto y a
regañadientes, hace Ejercicios Espirituales externos que son una revelación
para él, porque en ellos descubre un nuevo mundo, un camino nuevo [siempre
decía: Él me ha traído. Nunca empleaba el yo he ido, y si alguna vez lo
empleaba en cualquier faceta de su vida, rectificaba rápidamente]
y anota: «Tú me miraste y
me dijiste: “Ven a mí”» y
« ... empecé a amar a Jesús y me inscribí en su Guardia de
Honor». Estos Ejercicios son una revelación para
él, porque en ellos descubre un nuevo mundo, un camino nuevo.
En 1927, llevando a un compañero de oficina y
antiguo compañero de estudios, vuelve a hacer Ejercicios Espirituales
externos (son los terceros), y en ellos hace el propósito de comulgar
diariamente aquella Cuaresma.
« ...
Al terminar –escribe–
fue tan dulce la leche y la miel que me diste que quise
proseguir y me hice congregante de tu Madre
. Empecé a amarla y a
trabajar en obras de celo, y, aunque seguía cayendo, iba distanciado las
caídas, hasta que al entrar en la Asociación Católica Nacional de
Propagandistas
y, habiéndome comprometido a hacer Ejercicios internos, en aquella primavera
del 30, cuando tenía 27 años, hice los primeros. ¡Cuántos favores me
hiciste! ... ».
En este periodo, que él llama de su «conversión», hay una fecha segura e
importante: el día de la Inmaculada Concepción de 1927. Tenía 25 años.
Anota: «Me pusiste bajo el amparo de tu Madre».
Al año siguiente, en 1928, el Señor clavó en su alma la angustia y la queja
de su «Sed». «Tú empezaste
–anota en su Diario– a poner en mi alma el celo de
tu gloria».Conoce a Ángel Herrera en la
Confederación de Estudiantes Católicos e ingresa en la Juventud de Acción
Católica en el Centro Parroquial de San Jerónimo el Real
.
Desde entonces su vida la fue
absorbiendo el afán de satisfacer esa «Sed» de Jesús, que le quemaba el
alma. Vive un proceso de conversión que le va llevando a una entrega
cada vez más íntima y total a Jesucristo, su Amado, y a una vocación
apostólica cada vez más firme y apasionada, una verdadera vocación de sed
de almas. «Sitio» es el lema que ofrece a los jóvenes Propagandistas de la
Acción Católica, y será después su lema sacerdotal. Con altibajos, continúa,
en los años siguientes, el camino emprendido y fue mejorando su vida.
En 1931 hace
Ejercicios internos en Chamartín y recuerda el abrazo maternal de la Madre
aquel 8 de diciembre de 1927 y escribe en su Diario:
«Día de la Purísima, de amor y de
dolor, aniversario de aquel maternal abrazo que me dio al aceptarme como
hijo; pero ¿puedo yo llamarme buen hijo de la Santísima Virgen?
.
¿Qué he hecho yo por ti, Madre bendita? ¿En cuántas almas he hecho nacer o
crecer a tu divino Hijo?
.
»Todo son interrogaciones, todo
son dudas; pero, yo, debo enjugar tus lágrimas, consolar tus aflicciones
, compartir tus dolores.
¿Lo hago? ¡Ay no!; yo no sufro contigo, pues, si sufriera, ¿cómo ofendería a
tu Hijo?; pero tú eres misericordiosa y me ayudarás. En ti confío Virgen
Santísima.
»Día de amor, porque durante todo él no hice
casi más que adorarte y ... llorar».
Días después añade:
« … Si me esfuerzo en atender su voz y
aumento mi devoción a la Virgen, Él crecerá en mí, yo creceré en Él … ».
Al año siguiente, marzo de 1932, hace nuevamente
Ejercicios; esta vez externos. Los hace en la Catedral de Madrid donde se
congregan gran número de jóvenes para oír las eternas verdades de la vida, y
anota:
«Hoy hemos meditado sobre los
pecados propios, sobre los míos ... ¡Qué pasado tan negro tengo en mi debe!
¿A cuántas almas aparté de Jesús con mis escándalos? ... No lo sé; pero
muchas, y como fueron muchas estoy más y más obligado a indemnizar a Jesús y
tengo que ser suyo, todo suyo, para que así pueda servirle para atraerle
almas.
»¡La gloria de Dios! Si yo
amara la gloria de Dios sobre todas las cosas … sería santo …
»¡Oh
qué maravilla! Cuánto, cuantísimo amor, me tiene Jesús ... y yo, que digo
amarle, ¿qué hago? ¿En qué me ocupo? ¡Ah! yo quiero que toda, he dicho toda,
mi vida proclame mi amor.
»Yo
quiero desde hoy hacerme santo,
no porque
en ello gane mi persona,
tan sólo
porque así tu triste llanto
endulzaré, Señor, con este aroma
de amor y
compasión que se levanta.
»Te
busco, Señor, y no te encuentro
en la
interna razón de mis acciones,
no son
tuyos mis vanos pensamientos
ni
sojuzga tu amor a mis pasiones.
»Soy
mezcla vil; amarte siento
cuando
elevo a tu amor mis oraciones
y prometo
ser tuyo hasta el tormento
si tú con
tu ternura lo dispones.
»Pero
luego, cuando puedo demostrarte
en la vida
diaria la ternura
que en tu
presencia digo profesarte,
me aferro
a mi pasión, a mi locura,
y
olvidado de ti renuncio a darte
la prueba
de este amor que en mí madura.
»Y al
comprobarlo así, sufro tal pena
que sólo
una esperanza la mitiga:
que tú
rompas las férrea cadena
que
apresándome así mi amor castiga.
»Pues sé
que tu ternura está tan llena
de amores
para el alma que te olvida
que
quieres rescatarla de la pena
mostrándole tu amor por tus heridas.
»Y si tú
me buscaste cuando loco
huía del
amor en que me inflamo
ahora,
buen Jesús, que te amo un poco,
no me
hurtarás la ayuda que reclamo,
cuando
viéndome a mí tu auxilio invoco,
para ser
por tu amor un buen cristiano».
Este mismo mes, el Miércoles Santo, vuelve a anotar:
«¡Qué honda pena siento en mi
corazón! Hace un año, en tal día como hoy, estaba en Chamartín haciendo
Ejercicios. Aislado del mundo, conociendo a Jesús era feliz, completamente
feliz, con una felicidad que nunca había sentido ... Aquellas meditaciones y
aquellas pláticas, el dulce Vía Crucis
, en grupo, suspirando
todos de amor por el Amado, aquellos ratos que a solas pasaba en la capilla.
¡Oh cuántas cosas perdidas por ahora ... ! ¿Cuándo volverán?
... No sé; pero hacen
tanta falta, son tan necesarios los Ejercicios internos para curar a las
almas».
Meses más tarde hace un profundo examen y ve que
no ha sido de Dios, sino suyo, de su corrupción y miseria muchos años. Y
anota el 12 de septiembre de 1932 en su Diario:
«Hasta los 25 no te conocí, y,
desde entonces, aunque quería, o decía querer, ser tuyo, tampoco lo he sido;
no eras tú el objeto constante de mis pensamientos y mis acciones; algunas
veces pensaba en ti, pero la mayor parte de mi vida estaba ausente de ti»
... ¡Uh! cuan olvidado de ti he vivido, no quería ver tu voluntad para no
hacerla; porque me pedía dejara tus criaturas para buscarte a ti» … «Hasta
hace tres años persiguiéndote, negándote y crucificándote siempre … Después
… diciendo con los labios que era tuyo y muy pocas veces con el corazón» …
«¡Qué amor tan grande has tenido para mí!».
Al año siguiente, 10 de noviembre de 1933,
rápida película de su vida desde los 15 años:
«… A los 25 años se afianza mi
conversión; a los 27 hago Ejercicios internos y también a los 28 y 29, pero
también peco. ¡Siempre, siempre … pecando! ¿Qué he hecho yo por ti, mientras
por mí sufrías? ¡Pecar! ¡Miserere mei Domine, miserere mei!».
Días después, el 26 de noviembre, hace de nuevo
un repaso de su vida desde los 14 hasta los 30 años; reitera lo anterior y
amplía.
«A los
14-15-16-17-18-19-20-21-22-23 pecando, pecando sin cesar; a los 24-25-26
pecando y levantándome; a los 27-28 y 29 subía hacia Jesús; a los 30 volví a
retroceder y ahora, sin confiar para nada en mí, pero esperándolo todo en
ti, ¡oh Jesús!, digo: ¡No más pecar! Antes morir, pues la muerte, la
verdadera muerte, es el pecado».
Al mes siguiente recuerda rápida pero
expresivamente su estancia en Tapia de Casariego, Asturias, (su primer
destino, tenía 19 años), su regreso a Madrid (tenía 20 años), siguiendo
igual. Al año siguiente fue destinado a Muros, La Coruña, su estancia allí,
lo mismo, e incluso sus faltas de asistencia a Misa (con el reproche de una
sirvienta de la fonda) y su no asistencia a la procesión del Corpus con las
Autoridades (él, por su cargo, Administrador de Aduanas, era Autoridad),
según la costumbre (reproche e invitación que considera como dos llamadas de
Jesús), su retorno a Madrid, su Servicio Militar, su asistencia a alguna
Misa, que no le dice nada, y su vida de miseria (asistía a muchos bailes,
teatros, cines y otras diversiones, novelas, frivolidad y vanidad con sus
secuelas). Le gustaba mucho bailar. A su sobrina Josefina la enseñó a bailar
el charlestón cuando era pequeña.
Seis años después del maternal abrazo, y también
un día de la Inmaculada, vuelve a recordar aquella efemérides de 1927.
«Hoy
hace doce años –escribe–
que María me echó los brazos al cuello, me acogió como su hijo y quiso ser
mi Madre. ¡Cuánto amor! Era basura ... y Ella ..., “la llena de gracia”,
quiso ser mi Madre. ¡Y cómo me has llevado a Jesús! Gracias, gracias Dios
mío, por haberme dado por madre, a tu Madre».
Sigue su escalada, aunque con altibajos, hacia
la cumbre de la santidad. Con motivo de los Ejercicios de marzo de 1941, ya
seminarista, examina de nuevos los años tristes de su vida y las
circunstancias en que le puso el Señor y anota:
«Larga y amargamente he llorado
mis pecados ...
»Y desde que
alboreó mi razón no he encontrado un año en el que no le ofendiera. Fueron
primero mis ofensas de niño. Mi índole terca para hacer mi capricho, mis
iras y rebeldías desatadas en injurias contra mis hermanos y los que me
dieron el ser, aunque éstas las dijera por lo bajo, Dios me oía ...
»Luego … se multiplicaron los pecados … Antes
de ser congregante y después, antes de ser joven de Acción Católica y
después ...
»Y mientras yo pecaba, tú ¿qué hacías por mí,
Señor? Me habías dado el ser y me conservabas, haciendo concurrir millones
de criaturas a ello …
»Hacías penitencia en centenares
de millares de novicios, novicias, seminaristas, religiosas, religiosos y
sacerdotes. Y por mano de tus sacerdotes, tú, sacerdote eterno según el
orden de Melquisedec, derramabas sobre mi alma, revolcada en la inmundicia,
el cáliz precioso de tu Sangre y te ofrecías en los altares y junto al Trono
de tu Padre pedías por mí».
El 30 de junio de 1943, siendo seminarista, al
repasar nuevamente su vida expone una vez más el itinerario de su conversión
y escribe:
«Mi vida (1916 a 1928) fue un
progresivo olvidarme de Dios. La carne al crecer ahogaba al Espíritu. Llegó
a estorbarme el recuerdo de Dios; pero Él ponía en mí las ansias de un amor
fuerte y puro y al fin, porque honré a mi madre obedeciendo, se apiadó de mí
y me manifestó en la Santa Cuaresma de 1925 que Él era el Amor y comenzó la
lucha: Él quería reinar en mí y yo sentía en mis miembros un peso de muerte;
mas Él era León de Judá para defenderme y Mansísimo Cordero para
conllevarme. Tras dos años de lucha comenzó a vencer, me dio hambre de
pureza y fui a recibirle todos los días y a pedirle a María que me acogiera
como hijo. Y me acogió, y en 1928 me llevó a la Acción Católica, “gracia
singular de Dios para los fieles a quienes llama el Señor a cooperar más
cerca de la Jerarquía”».
Y ahora un pequeño salto en el tiempo. Un año
antes de ser ordenado sacerdote, el 22 de octubre de 1946, recuerda
nuevamente aquellos años y anota:
«¡Qué soy yo, Señor, sino
miseria, no–ser y pecado!
»1917 a 1925, ocho años,
ocho años de progresivo alejamiento de ti, de hundirme más y más en la
culpa» ... «Sí,
yo recuerdo aquellos años tristes de mi vida en los que para luchar contra
mis indomadas pasiones no tenía sino un débil recuerdo de la instrucción
religiosa de mi infancia; y recuerdo que me estorbaba el recuerdo de Dios y
que lo fui obscureciendo más y más hasta que casi llegué a decir en mi
enfermo corazón, como el insensato, no existe Dios. ¡Cómo ofendí entonces a
mi Dios! Pero Él no hizo caso de mis irracionales deseos y siguió amándome y
me mostró tanto amor que me venció».
Y por el tiempo perdido y por lo mucho que
ofendió al Señor «hizo muchas penitencias por sus culpas y las de los demás,
pública y privadamente, de diferentes modos: con obras de caridad
extraordinarias, vigilias de oración, etc.», asegura, entre otros testigos,
José Díaz Rincón.
¿Cómo hablaba de su primera
juventud?
Recordaba con todo cariño a sus
padres. Era muy afectuoso y quería mucho a su familia. De sus padres decía
«que eran buenísimos ..., que se llevaba muy bien con sus hermanos y que la
“oveja negra” de su casa había sido él ... que su madre le enseñó a rezar,
le animaba a ir a Misa, a ejercitar el bien, a hacer Ejercicios
Espirituales, como lo había hecho con todos sus hermanos, pero que él
prácticamente vivía alejado de Dios»
.
«Hablaba de su anterior
vida disipada y de miseria»
«siempre con pena porque él –eran sus palabras– era un superficial y un
“bala”, pasando de estas cuestiones tan fundamentales e importantes»
. Lo hacía «en testimonio
de primera persona
... incluyendo anécdotas como su distribución de la semana en bailes y
fiestas (en la que obtuvo una copa de “danzón”, y mencionó que había tenido
novia)»
.
« ... Aprended
bien esta lección
–les decía a los Presidentes Diocesanos con motivo del homenaje que le
rindieron en las Jornadas de Oración y Estudio celebradas en 1940–:
Cuando veáis un joven frívolo, no echéis sobre él la condenación, pues tal
vez es otro Manuel Aparici, que está esperando que llegue el Señor a
llamarle por medio de la Juventud de Acción Católica a esta empresa grande y
maravillosa del apostolado. Porque yo os digo que en los años 24 y 25 mi
vida era ésa que tal vez condenáis. Cines, bailes, diversiones, alejamiento
de la Iglesia ... Pero, creedme, el alma de los jóvenes es siempre grande y
es imposible que quede satisfecha con esa mezquindad de los goces frívolos.
Cuando veáis un joven en la taquilla de un cine o de un teatro, pensad que
tiene tristeza en el alma, puesto que va a comprar un poco de alegría por
unas monedas; pensad que tiene su alma vacía y por eso tiene que llenarla
para distraer la pena de la propia inutilidad de su vida»
Al cesar como
Presidente Nacional, en su Testamento Espiri-tual a su sucesor en el cargo,
Antonio García–Pablos le pide que no olvide que Manuel Aparici, antes de ser
joven de Acción Católica, fue lujurioso, frívolo y pecador.
Y años más
tarde le dice a Sor Carmen
:
«Verás que siento mi vocación y me reconozco instrumento; pero
ayudadme; yo sé que Él me escogió porque era el tipo medio del joven español
frívolo, pecador, indiferente en religión y hasta un poco anticlerical, pero
con un corazón capaz de entregarse a Él en cuanto me mostrara –como lo hizo–
que murió de amor por amarme. Este conocimiento, que Él me dio, de la
miseria radical mía fue la gracia grande que alentó mi vida de Presidente.
¡Cómo dudar de que su gracia pudiera hacer santos a mis muchachos de España,
cuando su gracia me había transformado a mí en lo que era!
Se lamentaba de no haber aprovechado
el tiempo y, sobre todo, de no haber correspondido a las abundantes gracias
que Dios le había dado. Pero hablaba de su conversión «siempre con gozo y
gratitud a Dios que tuvo tanta paciencia con él»
. Y lo hacía siempre con
esa sencillez que le adornaba.
José Díaz Rincón le oyó comentar
cómo Dios le llamaba continuamente y durante 25 años él se resistió. «Me
estremecía –dice (Cf.)– cuando declamaba aquel soneto de Lope de Vega: “Qué
tengo yo que mi amistad procuras …
¡Cuántas veces el ángel me decía: Alma asómate ahora a la ventana, verás con
cuanto amor llamar porfía! ¡Y cuántas, hermosura soberana: mañana le
abriremos, respondía, para lo mismo responder mañana!” Comentaba que
la religiosidad en su ambiente familiar durante su infancia sí que le
influenciaba, aunque no lo tomó con interés alguno hasta que se hizo mayor,
por eso en su juventud estaba frío y apático».
Algunos testigos, sin embargo, opinan que hablaba «de su conversión,
en términos y formas que consideraban exageradas ... teniendo en cuenta los
ejemplos vivos que de él recibían»
.
«Cuando él, en público, en sus discursos, a
jóvenes, hablaba de su primera juventud, yo –dice Mons. Maximino Romero de
Lema en su testimonio– me sonreía un poco porque me parecía que siempre
había sido muy honrado. Esa “conversión” yo la interpretaba a la manera cómo
en la psicología de los Santos se subrayan estas cosas. Y como yo pensaban
muchos de mis compañeros».
«Lo que hablaba de su conversión –dice Ana María
por su parte– es no de pasar de una mala vida, sino de superficialidad y
frivolidad a una entrega a Cristo a quien descubrió. Hablaba de cómo en el
ejercicio del apostolado con los demás jóvenes ... ahondó o aumentó su
conversión. Por dar ejemplo al ir en cabeza, Jesucristo le fue conquistando
interiormente. La oración por los demás, por verles desgraciados (sin
Gracia) le fue llevando a una atracción irresistible por Jesucristo y porque
fuera conocido y amado».
El padre de Josefina le decía a su
hija: «A tu tío le da por presumir de pecador, todo lo más ha sido un
frívolo, ¡pero quien lo oiga!»
.
Por su parte, José María Riaza Ballesteros cree que lo que Manuel Aparici
«llamó su periodo de “pecador” fue más bien, en su opinión, una actitud de
catarsis … pero el término “disipación” pudiera ser francamente excesivo ...
Muy probablemente fue simplemente un muchacho de su época, lo que podría ser
interesante para los jóvenes actuales, como modelo».
Y para finalizar traemos una escena familiar
entrañable que nos cuenta su sobrino Rafael referida a su padre y a su tío
Manolo.
Mi madre –dice– me hablaba del
encuentro que tuvo con quien después iba a ser su marido, y por consiguiente
mi padre, en los bailes del Ritz, a los que le acompañaba mi tío Manuel …
Simultaneando con esta vida de relación social, solía asistir a reuniones,
primero de las Congregaciones Marianas y más adelante de la Juventud de
Acción Católica … Conoció al mismo tiempo al tío Manolo y al que más
adelante fue mi padre, y me consta que sintió una simpatía especial por mi
tío, pero al verlo tan ocupado e imbuido en su actividad religiosa, centró
la amistad en mi padre».
Desde aquel hermoso día, día del abrazo maternal
de la Virgen, su alma estalla de júbilo. Y en todos sus escrito expresa una
alegría especial en el proceso de su conversión hacia el hombre nuevo que le
lleva a exclamar:
«¡Cristo en mí ... ! Muerto al
pecado con Cristo en la Cruz, resucitado en Cristo. ¡Oh Jesús! haz que se
graben estas ideas en mi alma, que sean carne de mi carne y huesos de mis
huesos. Haz que te conozca y que me conozca» ... «He muerto al pecado y al
mundo; ni el mundo, ni los míos me han librado del pecado, por el pecado
merecí la muerte y el infierno. Dios me salva, me devuelve a la vida, mi
vida le pertenece».
Muchos años después de su conversión y entrega
generosa, el 10 de noviembre de 1943, siendo seminarista, anota en su
Cuaderno:
«Gracias,
Señor, porque me has aceptado para tu cruz. Gran parte de la tarde he estado
inquieto y acobardado. Veía que no había venido al Seminario, sino a
prepararme para la total inmolación y que por lo tanto no me cabía volverme
atrás y estaba pensando si tendría o no fuerzas (¡Siempre este hombre
viejo!) cuando tú me hiciste comprender que ya me habías elegido, que ese
llamamiento tuyo a mi total crucifixión por las almas era eso precisamente».

«Una de
las veces que vino a La Coruña –declara su sobrina Josefina– lo encontré
por la calle Juana de Vega y le dije: ¿a dónde vas?, a los Jesuitas. Lo
acompañé a la puerta y allí me di la vuelta, y después aprovechó un
momento en casa y me dijo: ¿por qué no entraste en la iglesia? Y
dije: porque llevaba manga corta. Me dijo: no te dejes guiar, no te
influencies, piensa que si la Virgen viviera ahora no llamaría la
atención en sus costumbres y en su ropa; mientras tú puedas ir por la
calle imitando a la Virgen, entonces puedes entrar en la iglesia; si no
puedes entrar en la iglesia es que tampoco puedes ir por la calle»
(Manuel Aparici ya era sacerdote).
En 1931 escribe en su
Diario: «Día de dolor. Ya está proscrita la gloriosa Compañía. ¡Viva
la Compañía de Jesús! Si, tengo que arraigar en mí el espíritu de la
Compañía … Si ellos se fueran … quedaríamos nosotros». Días después
añade: «Fui a los Luises a la Misa de la Congregación. ¡Con cuánto
dolor la oí! ¡Pensar que puede ser la última vez que se reúna la
Congregación en la Capilla! ¡Cuántos recuerdos se agolpaban a mi mente:
los últimos Ejercicios, en los que me ponía al lado del Sagrario; el mes
de María, éste último tan accidentado, ... mis ratos de oración en las
tribunas, ... la Misa de Gallo, ... el Vía Crucis; recuerdos,
recuerdos de prácticas que me hicieron avanzar en el conocimiento de
Dios …
El 24 de enero de 1932
anota de nuevo: «¡Ya apareció el decreto sobre la Compañía de Jesús!
Es una persecución a muerte, no les expulsan; mas les ponen el inri:
pueden quedarse, pero ni poseer bienes ni vivir en comunidad; es decir,
¡qué vivan del aire! En fin, no es hora de lamentaciones sino de actuar.
Ellos les disuelven por odio a Jesús; pues yo, por amor a Jesús, a
trabajar sin descanso para que todos los españoles, por amor a Jesús,
conozcan el bien que la Compañía hace y pidan que vuelvan. Desde hoy
nada con ellos, todo contra ellos y para salvarles, para que crean para
que se conviertan o, por lo menos, para arrancarles el antifaz con que
se encubren y que no puedan seguir engañando al pueblo infeliz ¿Cómo?
Instruyendo al pueblo. “A mí se me ha dado todo poder en el cielo y
en la tierra. Id e instruid a todas las gentes y bautizadlas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a
guardar todas las cosas que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”. Estas
son las palabras de Jesús a sus apóstoles, y yo soy, o quiero ser,
apóstol suyo y dice que está con nosotros, conmigo, y si es así ¿quién
contra mí?»
Tres días después
escribe: «Asistí a la novena a la Virgen que, como despedida, ¡triste
palabra!, se celebra en los Luises por espontáneo deseo de los
congregantes … Asistí sintiendo honda devoción y también profunda pena
al pensar en todos los medios de perfección que perderé: La Casa de
Ejercicios, en que aprendí cuantísimo me ama Jesús; el coro de los
Luises, donde tantas veces a solas con Jesús le he adorado; la vela de
desagravio de carnaval; los oficios de cuaresma ...; en fin, ¡tantas
cosas! que su recuerdo ensombrece mi corazón».