ÚLTIMA ETAPA DE SU VIDA SEGÚN
TESTIGOS PRESENCIALES
* Estaba preparado para
la hora de la muerte
* Víspera de la muerte. Se le notaba que estaba
dispuesto a partir y
lanzarse de lleno en los
brazos de Cristo
* Últimas palabras que nos ha dejado
escritas:
« ... Jesús me regala
abriendo rosas de
caridad
en mi pobre cuerpo ... ¿Cómo no dar
gracias por las astillitas de su
Cruz ... »
APÓSTOL
CON VOCACIÓN DE
CRUCIFICADO
ÚLTIMA ETAPA DE SU VIDA
SEGÚN TESTIGOS PRESENCIALES
En los últimos meses de su vida,
Alejandro Fernández Pombo, principalmente, y otros residentes del Colegio
Mayor San Juan de la Cruz, acudían algunas noches a pasarlas con él y le
suministraban la medicación en horas de vigilia dado que la enfermedad que
padecía le obligaba a pasar noches enteras despierto y sujeto a una rigurosa
medicación. Lamenta Alejandro no haber escrito a la mañana siguiente las
cosas que decía y que ya no puede reproducir con fidelidad. «Pero lo que no
he olvidado –escribe en el Diario YA
– es aquella sonrisa casi
permanente en sus labios, aquel amor a los demás que llevaba cada una de sus
palabras, la fe absoluta y rotunda que explicaba su ser y su estar y que
justificaba su entusiasmo por las ideas y principios, por su cristianismo y
de una manera antitética de todo fanatismo. Porque si alguien era contrario
al fanatismo, ese era D. Manuel: Exigente para que todas las cosas se
hicieran bien y comprensivo con los que no eran capaces de hacerlas».
– «La enfermedad –afirma
años más tarde en su declaración– estaba francamente avanzada ... aunque él
conservaba todas las facultades mentales, y en las visitas que yo le hacía
ejercía su dirección espiritual sobre las Obras en que yo trabajaba ...
»Con la enfermedad muy avanzada ... y con
grandes sufrimientos, y desde luego muchas limitaciones ... [prácticamente
no poder conciliar el sueño], su comportamiento fue siempre heroico y
ejemplar sin la menor queja e incluso evitando hablar de sus dolencias …
»Era exigente con mi comportamiento espiritual,
expresado siempre con gran dulzura … A pesar de mis muchas ocupaciones, me
recomendaba que me pasase algún domingo viviendo con personas que me
necesitasen …
»… Recibí la influencia edificante
de su testimonio vital y de su palabra, acertada siempre y luminosa para mí,
en la manera de ejercer el apostolado seglar e indirectamente en el
ejercicio de mi profesión
.
Uno de los ejemplos que me dio fue el de su extrema caridad en todos los
sentidos».
– José Díaz Rincón asegura,
por su parte, en su declaración que estuvo con él días antes de morir.
« … Le vi sufrir mucho física, moral
y espiritualmente … Su situación humana era tremenda, por su dureza,
soledad, prolongación, dificultades, etc., ya que no tenía ni ganas de
rezar, ni de comer, ni de hablar, ni de dormir, ni de nada … Estaba peor,
pero más sosegado, más espiritual, más confiado, más despegado de todo, se
palpaba su fe profunda … Soy testigo de que siempre estaba inmerso en ese
amor trinitario del que hablaba tanto, que reaccionaba como los más grandes
santos que yo había leído. Era igual que un niño pequeño en las manos de su
Padre Dios, se le notaba abrasado por el amor de Cristo y el fuego del
Espíritu Santo … Yo le vi aquellos años sin salir de su casa en unas
condiciones muy precarias en todos los aspectos; hasta los ruidos de las
larguísimas obras de aquella Plaza de Isabel II … De la pena que me daba, le
pedía a Dios insistentemente que si no le curaba que se lo llevase pronto al
Cielo. A mí hasta desde la fe me era durísimo verle así.
»Muy al final … no podía ni celebrar Misa, ni
rezar, ni hablar, ni descansar …
»A mí todos los actos de D. Manuel me ayudaron y
me ayudan hoy para vivir mejor mi fe … Cuando tengo que tomar decisiones …
tengo delante el testimonio de D. Manuel» .
– «Estando ya muy avanzada
su enfermedad –afirma José María Castán Vázquez en la suya–, le hice mi
última visita; él no salía ya del lecho y sufría visiblemente, pero me dijo
que lo único que le preocupaba era que el sufrimiento llegara a hacerle más
difícil la oración. Salí convencido de que la oración llenaba su vida y
sentía de una forma intensa la presencia de Dios».
– «Estando
ya cercano a su muerte, acompañé a verle con su amigo D. Pedro Álvarez Soler
(q. e. p. d.)
que iba a celebrar Misa a su lado ... en su habitación ... Acabada la Misa y
dado gracias, me dijo: “Julio, ahora sé decir Misa”. Cuando se estaba
inmolando en el altar con Cristo Sacerdote», afirma en su testimonio el Rvdo.
Julio Navarro Panadero quien coincidió unos años con él en el Seminario».
Estaba preparado para la hora de la muerte
Según su sobrino Rafael su tío «estaba
totalmente preparado para la hora de la muerte, sin ningún tipo de miedo;
tenía una solidez en sus creencias absoluta, y, por tanto, el hecho de la
muerte e ir al cielo, al Padre, le representaba una alegría».
De esta misma opinión son, entre otros testigos,
Salvador Sánchez Terán y José Díaz Rincón. «Su día –afirma el primero– era
un día permanente de oración».
Muy hermoso es, en verdad, el testimonio del
segundo que nos ofrece muchos detalles de su preparación a la muerte.
«Era
consciente –dice– de que llegaba su fin, de que Dios le llamaba, que le
amaba mucho y por contraste él respondía mal por su evasión y cierta
superficialidad, que le agobiaban sus pecados … Estoy convencido de que
exageraba por lo bueno que era y porque el demonio intentaba atacarle hasta
donde Dios se lo permitía. Me hablaba de que no tenía ganas de nada, que
algunas veces leía novelas del oeste
, que pidiese mucho por él
… Me hablaba con una emoción tremenda de la cruz con que el amor de Dios le
tenía cosido a su Corazón, y que él tanto había pedido y buscado, siendo por
eso acariciado y mimado por Dios, que deseaba ardientemente estar con Él,
descansar en Cristo y acogido por su Madre y los santos ¡siete mil mártires
me esperan! … bendecía constantemente a Dios, hablaba del valor redentor y
apostólico de la cruz: “Es la Epifanía del amor de Dios”, “el apóstol debe
abrazar la Cruz”, “por la Cruz conocemos hasta donde nos ama el Padre, cómo
ama Cristo al Padre y cómo nos ama a nosotros y así hemos de amar a Dios y a
los hermanos” … ».
Víspera de su muerte.
Se le notaba que estaba muy dispuesto a
partir y lanzarse de lleno en los brazos de Cristo
Agustín Losada Borja, entonces joven
recién casado, estuvo con él la víspera de su fallecimiento. Al día
siguiente de su muerte le contaba a Sor Carmen, como le pedía
, los detalles de su
muerte. Su carta es un testimonio de la vivencia de aquella visita.
«La noticia es muy triste, pero Dios se lo ha
llevado, y como él me decía antes de ayer por la tarde: “Se está tan a gusto
en los brazos del Padre, totalmente abandonado como un niño”.
»Quedé muy impresionado … Besé su
mano. Me la acercó con mucho esfuerzo levantándola del brazo de la butaca …
. Sus ojos estaban muy
lejos, acariciaban mirando y se reflejaba mucho dolor, con grandísima dosis
de paz. Me habló de su enfermedad, de las medicinas que tomaba. Estaba muy
hinchado, me enseñó las piernas que estaban muy amoratadas y totalmente
abotargadas ... pero tuvo la delicadeza de decirme que me encontraba mejor
desde antes de mi boda y que sintió mucho el no haber ido como hubiese sido
su gusto.
»Si os contara todo lo que hablamos,
con detalle, llenaría muchas hojas ... Me encontraba encantado con él,
charlando y recibiendo tantas lecciones de su dolor y de su amor por mí y
por todas vosotras, y por Maribel
y por todo el mundo … Me dijo que agradecía mucho las oraciones de la Madre
Carmen y de todas las monjas del Carmelo de Donamaría porque le permitían
seguir, con paciencia e incluso con alegría, soportando su enfermedad.
»Me decía:
“No sé, Agustín, pero creo que de esta vez no pasa y el Señor
me lleva. Me trata con mucha delicadeza y mimo. Sufro, sí, pero este
sufrimiento y dolor tienen infinitas compensaciones, fundamentalmente la paz
del alma, el abandono”.
«Yo me quedaba anonadado con esta
conversación. Sólo ahora recordándola al escribirla, Rvda. Madre, me doy un
poco cuenta de su profundidad y trascendencia. Yo no sabía que contestar …
Estaba de acuerdo con él en su extrema gravedad … Se le notaba que ya estaba
muy dispuesto a partir y a lanzarse de lleno en los brazos de Cristo …
Respiraba con una botella de oxígeno y unos tubitos que se le metían por las
narices. Todo resultaba artificial. Su vida estaba más Allí que aquí … A mi
entender, resultaba imposible para la ciencia humana el sostenerle más
tiempo … El Señor ya le quería para sí.
»Yo, para animarle un poco, le dije, cuando
estábamos hablando de esto, de que a lo mejor no salía de esta crisis: “Sí,
D. Manuel, cuando se llega a la situación suya se puede pensar que la muerte
es más bien fácil y no es tan dolorosa la separación. Pero ¡qué caramba! la
vida que Dios nos da aquí también es cosa de Dios y también es algo muy
bello”.
»A lo cual, me contestó:
“Pues claro que sí, Agustín; siempre que la vida
esté al servicio de Dios, cumpliendo su voluntad, es algo bellísimo. No cabe
duda. Pero sólo es bellísima porque esa vida tiene como fin último la Vida”.
»Toda la conversación estuvo en estos términos.
Ahora me doy cuenta de las gracias que le debo al Señor por haberme
permitido ser uno de los agraciados en tener un diálogo de este tipo con uno
de sus ministros más selectos y santos.
»También me contó que ya no
podía celebrar la Santa Misa, pero que un sacerdote que él había dirigido
se había ofrecido para
decírsela allí, en su capilla privada, y llevarle la comunión diariamente.
“Es muy confortador ver que hay hombres que se
sacrifican por mí y me quieren así tan incondicionalmente”,
me dijo.
Saliendo de la habitación le
dije: “Bueno, D. Manuel, hasta el próximo día”. “Si
Dios quiere”, fue su última frase dirigida a mí
cuando ya iba por el pasillo y no podía ver su cara. Así se despidió
de mí».
Últimas palabras que nos ha
dejado escritas:
« … Jesús me regala abriendo rosas de caridad en mi pobre cuerpo ... ¿Cómo no dar gracias
por las astillitas de su Cruz … ?»
«Ya estaba peor desde hacía meses.
Iba bajando, bajando y la medicación no respondía
… El único comentario mío que se me ocurre es transcribirles las últimas
palabras que nos ha dejado escritas en su Diario. Son de la víspera de su
muerte. El breviario que recogí de junto al sillón donde murió, estaba en
Sexta. El murió en la hora Nona, un viernes. Había rezado todo para
presentarse a la alabanza eterna, una vez cumplida la alabanza de la tierra.
La última página dice así:
«Ave Gratia Plena.
»27 de agosto de 1964.
»Un día más de enfermedad dolorosa o gozosa.
»Jesús me regala abriendo rosas de su caridad
en mi pobre cuerpo. Ahora, qué sentido más profundo adquiere para mí la
expresión de Isaías y de San Pedro: “Llevó sobre sí nuestras enfermedades y
por sus llagas hemos sido curados”.
»Es Cristo quien sufre en mí” y yo gozo en
Él. Una gotita de sus sufrimientos en mí; Él, Hijo de Dios, y yo pecador.
Por declarar su amor ... porque quiso la Cruz y llevó sobre sí todos mis
dolores y los de todos los hombres; ahora al hacerme participar de su Pasión
me hace participar de la más clara noticia en la fe de su amor. ¿Cómo no dar
gracias por las astillitas de su Cruz con las que me regala y sobre todo por
la lluvia de gracias que hace que pueda ofrecerle gozoso esos pequeños
dolores por glorificación, por las almas?
»La Trinidad en mi alma y un allá, como
viviendo de amores mis pequeños dolores quemándose sobre la brasa divina de
su amor. Amén”.
»Que la Comunidad de Carmelitas de ahí a las que
tanto quería D. Manuel lea esas palabras y las lleve en oración hasta el
Espíritu Santo que las inspiró».
«En su larga enfermedad, mientras pudo, siguió
trabajando, rezando, y aconsejando a quienes le visitaban –afirma Mons.
Maximino Romero de Lema–. No cabía en aquellos años una fortaleza meramente
natural, porque él no tenía nada en que apoyarse, sino sólo en su fe y en la
confianza en Dios. Nunca le oí lamentarse de estar desatendido ni olvidado,
cosa normal en ancianos. Fue cumplidor de todas sus obligaciones de
sacerdote, tales como oración, Breviario, Penitencia, Eucaristía».
Siempre con buen ánimo, incluso en los momentos
más álgidos del sufrimiento.
Cuantos le visitaban con el propósito de
llevarle aliento en su difícil peregrinar, salían de su casa alentados
y confortados. De las conversaciones se deducía su alta espiritualidad y
plena aceptación de la voluntad de Dios.
