
TESTAMENTO ESPIRITUAL
DEL SIERVO DE DIOS
MANUEL APARICI NAVARRO
«Capitán de Peregrinos»
PRESENTACIÓN
«El contenido de este
Testamento Espiritual –afirman los Peritos Teólogos en su informe– es un
verdadero privilegio para quien fue dirigido; demuestra la sabiduría,
experiencia, y exquisita fundamentación teológica y moral del pensamiento de
Manuel Aparici con una proyección de futuro, digna de tenerse en cuenta para
todos quienes en el peregrinar de la vida tenemos que guiarnos por los
sabios y sensatos consejos de vida y amor aplicados a la Nueva
Evangelización.
“Deja que Jesucristo nos presida en ti, será la única forma de que tengamos
Presidente”.
“Vocación de Presidente que como tú sabes es para servirles a todos, no para
ser servido”.
“Pídele al Señor que Él haga que tu mirada, tu gesto, tu palabra y hasta tu
tono de voz les haga comprender a los jóvenes que les amas y que te das a
ellos con alegría para que ellos se entreguen a Cristo”.
“No
te importe perder una hora o una tarde de trabajo por recibir las
confidencias de un joven, tal vez esa hora puede suponer haber ganado para
la gloria de Dios todas las restantes de su vida”.
“Tu
primacía sobre los consejeros has de ganarla con el sacrificio y el trabajo”
... “No olvides que tú has de ser el primero entre los consejeros y
propagandistas. Procura que unos y otros no sean sino un sólo corazón y un
alma sola hambrienta de santidad”.
“Contempla siempre a los jóvenes de Acción Católica como almas a quien ha
puesto cerca la gracia de Dios ... El lema de S. S. Pío XI con los jóvenes
era: “SIEMPRE MÁS, SIEMPRE MEJOR.” Que este sea tu lema”.
Amistad con Dios
“… Él me hizo sentir que me
había llamado ¡amigo! y que Él ama hasta dar la vida por sus amigos. Y que
¡tan amigo nuestro es! que se asemejó a nosotros en nuestra fealdad del
pecado para asemejarnos a Él en su hermosura de gracia y se hizo nuestro
alimento para que nos transformáramos en Él y así se perfeccionara y
acreciera nuestra semejanza con Él y pudiera ser cierta y firme y honda
nuestra amistad”.
Humildad en reconocer los
talentos
“En el talento muchos te
pueden ganar pues tienes que conformarte con el que te ha dado el Señor, ya
que por mucho que discurramos no podemos añadir un sólo codo a nuestra
estatura. Pero en el sacrificio y en el trabajo, si se lo pides al Señor,
nadie te ganará. Esto no quiere decir que no cultives tu talento, es
obligación tuya; pero a pesar de tus esfuerzos podrá haber talentos
superiores al tuyo”.
Sabiduría
y prudencia
“Para salvar la caridad y
la unidad, que es su dote, cede de tu criterio cuando sea preciso, a no ser
que el ajeno sea contrario a las normas que tengáis o tengas recibidas o
recibas de la Jerarquía. Pero si con rectitud de intención crees que tu
criterio o la actuación que proponías era para mayor gloria de Dios, pasado
un tiempo prudencial y después de mucha oración para que ilumine las mentes
de tus compañeros, vuelve a proponerlo al Consejo y así, una vez y otra,
hasta que ellos, o tú, rectifiquéis. Porque puede muy bien ocurrir que el
Señor quiera que eso se haga; pero no entonces y por ello no conceda luz a
los que han de decidir hasta el momento preciso”.
Centro de
santidad
“Fomenta en el grupo el
ejercicio de las virtudes heroicas. Es la única manera de que los jóvenes
que tengan hambre de santidad no busquen otras obras. Y al mismo tiempo, si
el grupo es instrumento adecuado para ayudar a la propia santificación, en
sus miembros habrá proselitismo de grupo y ellos te llevarán a los muchachos
mejor dotados y con más ansias de perfección para que en el grupo la
alcancen”».
TESTAMENTO
ESPIRITUAL
Se lo entregó Manuel
Aparici, como Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica, a su
sucesor en el cargo, Antonio Garcia-Pablos y Gónzalez Quijano. Para García-Pablos
se trata de un documento capital. Quizá sea de los más reveladores de la
grandeza del alma de Manuel Aparici. Dice así:
«Ave María Purísima
Querido Antonio:
Un poco necia podría
parecer esta ocurrencia de dejarte por escrito algunos consejos e
indicaciones; estoy seguro de que a ti no te lo parecerá porque conozco el
cariño que me profesas.
Únicamente te pido que, una
vez que los hayas leído, quemes estos papeles que los registran. Yo hubiera
querido habértelos dado de palabra en el curso de una colaboración más
reposada y larga en la Presidencia; pero no lo ha querido el Señor.
El primer consejo que yo
recibí, quince años antes de ser Presidente y de labios de un joven de 19
años, fue: «Deja que Jesucristo nos presida en ti, será la única forma de
que tengamos Presidente».
Después, cuando mis primeros
Ejercicios, solo «Un pecado en Vd. es una sombra de pecado en la Juventud de
Acción Católica de España».
Últimamente, en los
Ejercicios de la Cuaresma pasada, la luz del Señor sobre esta frase que Él
dirigió al Apóstol Judas: «¡Amigo! ¿A qué has venido? ¿Con un beso entregas
al Hijo del Hombre?».
A pesar de todo, mi vida
había sido algo de eso: beso de Judas. Que el beso era el signo externo de
amistad entre los judíos y signos externos de amistad habían sido mis
viajes, discursos, cartas, artículos, trabajos, Ejercicios Espirituales,
Misas, comuniones, etc.; todo ello os hacía pensar a vosotros ¡cuánto ama el
Presidente al Señor! Pero luego, en el fondo, ¿existía en realidad esa
semejanza, en que la amistad se funda entre mi alma y la del Señor? ¿Había
hecho de verdad algo por asemejarme interiormente a Él? Él me hizo
comprender que, si había hecho algo, había sido muy poco y que esa falta de
generosidad mía era la causa de que la Obra no diera más fruto, con lo que,
aunque por inconsciencia, estaba entregando a la muerte a los que Él quería
incorporar al Hijo del Hombre.
Pero al mismo tiempo Él me
hizo sentir que me había llamado ¡amigo! y que Él ama hasta dar la vida por
sus amigos. Y que ¡tan amigo nuestro es!, que se asemejó a nosotros en
nuestra fealdad del pecado para asemejarnos a Él en su hermosura de gracia,
y se hizo nuestro alimento para que nos transformáramos en Él y así se
perfeccionara y acreciera nuestra semejanza con Él y pudiera ser cierta y
firme y honda nuestra amistad. Desde entonces empecé a comprender que la
causa de los fracasos, en los intentos que Él hizo en mí para que cumpliera
aquellos consejos que Él mismo me diera, había sido no confiar plena y
totalmente en Su Amistad, sino en mi miseria.
Tengamos, pues, una total
desconfianza de nosotros mismos, pero confiemos plenamente en la caridad de
Dios que resplandece en Jesucristo.
Conócete a la luz de Dios.
Lo tuyo nada, o peor que nada, pero la vocación de Presidente, maravillosa.
Si el sarmiento de suyo no puede dar fruto si no está unido a la Vid y te ha
escogido para que vayas, hagas fruto y el fruto permanezca, te ha escogido,
también, para que tengas una tal unión con Él que le permita hacer circular
a través tuyo la gracia que necesita la juventud de España. Claro es que,
esto, en tu medida de operario seglar auxiliar. Pero en una medida siempre
extraordinaria. Por ello me decía el Sr. Obispo de Palencia (q.s.g.h.) «son
Vds., los del Consejo Superior, los administradores de la providencia de
Dios sobre la Juventud de España», y el P. Llanos, en el recordatorio de su
primera Misa, “A Manuel Aparici, administrador de la sangre de España”.
Vocación de Presidente que,
como tú sabes, es para servirles a todos, no para ser servido.
Vocación de Presidente que
lo es para ser corazón y cabeza, no brazos, manos o pies. El corazón y la
cabeza sin miembros que ejecuten sus designios no sirven para nada; mas los
miembros sin corazón que los impulse y sin cabeza que los rija tampoco
sirven.
Corazón
Ama. Es tu gran deber. Pero
no con tu corazón de piedra, sino con «el corazón de carne y el espíritu
nuevo» que nos prometió el Señor por Ezequiel. Ámalos como Jesús nos amó.
Esto te obliga a pedirle al Señor luz para verles como Él les vio, porque el
amor sigue a la inteligencia. Medita a menudo en tu oración sobre cuánto y
cómo ha amado Dios a las almas y se lo ha manifestado por medio de su
Cristo, para que tú las ames en intensidad y estilo semejante al Suyo. Pero
después de haber meditado así, en abstracto, sobre el amor de Dios a las
almas, medita en concreto sobre lo que te ha amado a ti, a pesar de todo, no
mucho gracias a Él, lo infiel e ingrato que le hayas sido. Cada uno de
nosotros sabemos cómo nos buscó y soportó y conllevó. Después medita sobre
cuánto y cómo ama Dios a este o al otro joven que tienes junto a ti, o a
este o al otro grupo de jóvenes a quienes tienes que servir. Y por último,
pídele al Señor que, pues te lo entrega cada vez que acudes a la Eucaristía
a recibirle, te deje su Corazón para amar con Él a sus amados.
No olvides que la caridad
consiste en darse. «La caridad se ha difundido en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que nos ha sido dado», dice S. Pablo. Porque Cristo se
entregó por nosotros a la muerte y muerte de Cruz.
El Espíritu Santo es quien
nos hace clamar ¡Padre! y entregarnos a Cristo para que nos introduzca en el
seno del Padre. Pero ese Cristo es el Cristo místico de S. Pablo o el Cristo
Total de S. Agustín.
Pídele al Señor que Él haga
que tu mirada, tu gesto, tu palabra y hasta tu tono de voz les haga
comprender a los jóvenes que les amas y que te das a ellos con alegría para
que ellos se entreguen a Cristo.
Cabeza
Ama, sí; pero ama con toda
tu inteligencia. No basta que a la luz de Dios penetres con tu inteligencia
en la entraña del dogma; es preciso que emplees toda tu inteligencia en
disponer y allegar los medios para lograr que esta Verdad que hace libres (Deus
charitas est) penetre en la inteligencia de los jóvenes e inflame, ya que es
luz y fuego a un tiempo, su corazón.
Organiza el apostolado de
los jóvenes y organízalo con la vista puesta en las capacidades
sobrenaturales de fe, esperanza y caridad que el Espíritu Santo, por la
gracia del bautismo, depositó en sus almas y que están en ellas, como en
germen, esperando que el riego de nuestra oración y el trabajo de nuestros
sacrificios y penitencias las haga crecer y manifestarse.
Así nos amó a ti y a mí el
Señor. Se fijó en nuestras capacidades sobrenaturales y nos trajo a una
actividad apostólica organizada que nos obligó a poner en acto las virtudes
que teníamos en potencia y por esa repetición de actos a que Él nos urgió
mediante la Organización creó en nosotros hábitos de virtudes morales
adquiridas que facilitan la manifestación y conservación y desarrollo de
las virtudes morales infusas y aún de las propias virtudes teologales.
Organiza primero el propio
Consejo Superior; sus miembros son las almas de jóvenes seglares que más ama
el Señor después de la tuya; pero, además, son las que primero han de
multiplicar tu propia acción. Organiza buscando el crecimiento armónico de
sus potencias y la fusión de todos en un sólo corazón y un alma sola.
Ama, también, con todas tus
fuerzas
Consagra todas tus energías
al servicio de Cristo en los jóvenes. Que todo tu vivir lleve la impronta
apostólica. Es la oblación como hostia y víctima que en todo momento se
ofrece a Jesús por su reinado en el corazón de los jóvenes que les pedimos a
los propagandistas.
Tu primacía sobre los
consejeros has de ganarla con el sacrificio y el trabajo. En el talento,
muchos te pueden ganar, tienes que conformarte con el que te ha dado el
Señor ya que «por mucho que discurramos no podemos añadir un codo a nuestras
estatura»; pero en el sacrificio y en el trabajo, si se lo pides al Señor,
nadie te ganará. Esto no quiere decir que no cultives tu talento, es
obligación tuya; pero a pesar de tus esfuerzos podrá haber talentos
superiores al tuyo.
No te dejes embargar
demasiado por el trabajo de gabinete ni te vuelques excesivamente en los
viajes. Salir unos tres domingos al mes fue mi práctica antes de la guerra y
me fue muy útil.
El contacto con los jóvenes,
el sentir su hambre de Dios, bien lo sabes, es nuestro mayor estímulo al
trabajo. Por ello de tus viajes de apostolado tú serás el primer
beneficiado.
Tu
actuación en el Consejo
En primer lugar, pídele al
Señor la virtud de la humildad. Créete muy inferior a los que te rodean y
así sumarás, en tus decisiones, a tu propia valía «x», la valía de tus
consejeros. Aprende a escuchar las opiniones de todos para que el Señor te
ayude a discernir lo que hay de conveniente para su gloria en cada una.
No olvides nunca que el
Señor ha vinculado su gracia para acertar en los acuerdos importantes al
Consejo, y no a la Presidencia (Consiliario y Presidentes) y a determinados
consejeros.
Pon toda tu buena voluntad
en ser respetuoso y fiel para con los acuerdos del propio Consejo; ellos
expresan la voluntad de Dios y a su cumplimiento está vinculada la gracia
para la santificación de todos sus miembros.
Preocúpate, ante todo y
sobre todo, de que reine entre vosotros la más honda caridad. Ella debe ser
el distintivo de que sois de Cristo.
Para salvar la caridad y la
unidad, que es su dote, cede de tu criterio cuanto sea preciso a no ser que
el ajeno sea contrario a las normas que tengáis o tengas recibidas o recibas
de la Jerarquía. Pero si con rectitud de intención crees que tu criterio o
la actuación que proponías era para mayor gloria de Dios, pasado un tiempo
prudencial y después de mucha oración para que ilumine las mentes de tus
compañeros, vuelve a proponérselo al Consejo, y así, una vez y otra, hasta
que ellos, o tú, rectifiquéis. Porque puede muy bien ocurrir que el Señor
quiera que eso se haga; pero no entonces y por ello no conceda luz a los que
han de decidir hasta el momento preciso.
Pero en una forma o en otra
ni te desconsueles porque rechacen lo que propones ni te muestres desabrido
con ellos. Pues eso sería indicio de que no tanto buscabas la voluntad de
Dios, que Él te manifiesta por el órgano propio, sino tu propia voluntad.
Finalmente, sabe ser hermano
mayor para todos incluso para los auxiliares retribuidos del Consejo que,
como jóvenes que son, también han sido encomendados a tu caridad y a tu
celo.
Consiliario
Cualquiera que sea, es el
representante de Cristo para ayudarte a acertar en tus decisiones. Ámale con
veneración. Cuando pienses en él no intentes juzgarle, ni siquiera en tu
interior, aisladamente o por alguna actuación o palabra suelta, sino por
todo el conjunto de su vida que te sea conocida directa o indirectamente;
considera sus años de preparación sacerdotal y de fidelidad a la gracia en
el ejercicio de su ministerio; todo eso lo hizo la gracia en él, con la
cooperación de su libertad, para ti, para que ayudara en tus afanes de ser
más y más de Cristo.
Confíate plenamente a él.
Antes de proponer nada al Consejo consúltaselo y también las providencias
que pienses adoptar para poner en práctica los acuerdos del Consejo.
Piensa que mientras que los
dos no seáis sino un corazón y un alma sola, no habréis llegado a la
perfección de vuestro cargo, ya que esta modalidad de los copresidentes es
la mejor de las nuevas Bases puesto que en ella se expresa que la Acción
Católica es la conjunción de voluntades del laicado católico y de la
Jerarquía; por ello una sola presidencia está formada de dos personas: el
Consiliario (alma de la Acción Católica) y el seglar Presidente.
Ama al Consiliario como a
representante de Cristo y esfuérzate en que todos le amen y veneren.
Por lo que se respecta a D.
Emilio. Yo sé decirte que ha hecho conmigo los oficios de padre y madre a un
tiempo. Ha sido mi mejor amigo; sembró inquietudes y afanes en mi alma, los
alentó e hizo crecer, suplió mis muchos defectos e imperfecciones, me
defendió con cariño ante Prelados y jóvenes, y, lo que es más difícil, supo
menguar para que yo creciera
Sé para él como un hijo y
encontrarás tu mejor apoyo.
Consejeros
Ámalos como a miembros de
tu propio cuerpo; son ellos los que te permitirán llegar hasta todos los
jóvenes que te están esperando.
Ámalos. No mandes nunca con
autoritarismo. Ellos te concederán un crédito de confianza. Los primeros
meses, el primer año quizá, estarán más solícitos en seguir tus indicaciones
que lo están actualmente conmigo; aprovecha este plazo para reinar en la
tierra de su corazón por la mansedumbre del tuyo.
Pídeles por favor su
cooperación y agradécesela con toda tu alma. Imita en lo que puedas en el
trato con tus inferiores a María y a José cuando ordenaban a Jesús.
Considéralos mejores que tú; más entregados a Cristo, más fieles en su
caridad, más abnegados en su servicio, hijos de Dios, en fin, y después
mándales con esa mansedumbre de corazón a la que está prometida por el Señor
la posesión de la tierra prometida ( y ellos ya son tierra prometida porque
por ser de Cristo obedecen y sirven a los representantes de Cristo).
Confía ampliamente en ellos:
en su caridad, rectitud, generosidad, abnegación, celo, etc. y vivirán en
función de esa luz de la gracia que hay en sus almas y que tú pusiste en lo
alto de su candelero.
Como al Consiliario, no los
juzgues por sus hechos aislados, sino por el conjunto de personalidad
entregada desde años atrás al servicio de Dios en su jóvenes.
Ámalos con misericordia,
compadeciéndote de sus defectos y ayudándoles con discreción y caridad suma
a vencerlos, impulsándoles a ejercitar la virtud contraria, después de
haberte asesorado con los consejos y orientaciones del Consiliario.
No te importe perder una
hora o una tarde de trabajo por recibir las confidencias de un joven, tal
vez esa hora pueda suponer haber ganado para la gloria de Dios todas las
restantes de su vida.
No apartes del Consejo o del
Grupo de Propagandistas a ningún muchacho sin haber ejercitado con él la
parábola de la higuera estéril. Dale plazo para la nueva conversión y
cultiva la tierra de su corazón con tus ejemplos, oraciones y sacrificios.
Recuerda siempre la parábola
ignaciana de las dos Banderas. Cristo Jesús, el sumo Capitán de los buenos,
se asienta en lugar humilde, sencillo y gracioso, y «en el sermón que hace a
todos sus siervos y amigos que a tal jornada envía les encomienda que a
todos quieran ayudar en traerlos primero a suma pobreza espiritual, si su
Divina Majestad fuese servida y los quisiese elegir, no menos a la pobreza
actual; segundo, a deseo de oprobios y menosprecios porque de estas dos
cosas se sigue la humildad».
Si quieres parecerte a Él,
sé asequible y sencillo con todos, aunque marques horas de visitas y
despacho, y muestra que estás asentado en gracia. Dice el santo que a todos
quieras ayudar, o sea dar ayo, para atraerlos, no para llevarlos; esto a mi
modo de ver, significa que el ayo debe estar ya en ese estado del alma del
que sigue la humildad.
Piensa que todo el mecanismo
y organización de la Obra se funda en esta parábola. El Consiliario será tu
ayo; tú y él, los de los Consejeros; el Consejo, el del Grupo de
Propagandistas y los Consejos Diocesanos; los Consejeros, de su
Secretariado; los Secretariados, de los jóvenes que ejerciten las
actividades que ellos propulsan ... y así, hasta llegar a la decuria, en la
que el decurión es ayo de los que la componen.
Trata de que cuando termine
tu actuación de Presidente, que ahora vas a iniciar, puedas decir con el
Señor: “… ninguno de ellos se ha perdido, sino el hijo de la perdición ...
“. O sea que, a no ser por ignorancia o inconsciencia, no hayas perdonado
medio para lograr la santificación de los consejeros que son los jóvenes que
más directamente la Iglesia te confía.
Secretariados
Para ti deben de ser ante
todo el gran medio para la santificación del consejero que lo dirige.
Después el medio de dilatar y extender ese bien que vive en el alma del
consejero.
Tutela la actuación de los
mismos, entérate de sus deficiencias, no para echarlas en cara al consejero
sino para ayudarle a solventarlas
Si ellos no logran encontrar
jóvenes para su secretariado búscalos tú y facilítalos con humildad y
sencillez.
No acometas el ponerlos en
pie a la vez, fracasarías, sino uno tras otro.
Mantén una atención más
directa a Propaganda, Prensa y Publicaciones. Por ellos aparecerá ante la
Obra el todo y el todo debes presidirlo tú.
Adscribe a la Presidencia la
formación de dirigentes, si ésta se te escapa, puede escapársete toda la
Obra.
Propagandistas
Después del Consejo, el
Grupo de Propagandistas debe ser tu preocupación máxima. En el formarás los
futuros consejeros a la medida de las ansias apostólicas que el Señor ponga
en tu alma.
Aunque digo, después, no
quiere decir que a veces no tengas que dedicar mayor atención al Grupo; a
los consejeros hay que suponerlos más formados y por lo tanto menos
necesitados de ayuda.
Procura que cuando los
propagandistas pasen a consejeros no se desentiendan del Grupo.
Que conozcan a los
propagandistas por el amor en Cristo que se profesan.
No olvides que tú has de ser
el primero, entre los consejeros y propagandistas. Procura que unos y otros
no sean sino un sólo corazón y un alma sola hambrienta de santidad.
Fomenta en el Grupo el
ejercicio de las virtudes heroicas. Es la única manera de que los jóvenes
que tengan hambre de santidad no busquen otras obras. Y al mismo tiempo, si
el Grupo es instrumento adecuado para ayudar a la propia santificación, en
sus miembros habrá proselitismo de Grupo y ellos te llevarán a los muchachos
mejor dotados y con más ansias de perfección para que en el Grupo la
alcancen.
Tú sabes que el Grupo ha
sido mi gozo y mi corona y el mejor instrumento que me deparó el Señor para
que se extendiera en la Obra el hambre de la vida sobrenatural. Procura que
todos los Consejos Diocesanos lo tengan y perfecciona esta institución casi
recién nacida que llega a tus manos.
Consejos Diocesanos
Átalos más y más al Consejo
Superior por vínculos de afecto. Lo único necesario es que reine entre ellos
y vosotros la caridad. A esto deben apuntar los esfuerzos del Consejo
Superior.
La mejor manera de tener
autoridad ante ellos es serles útiles, sin echárselo en cara.
Visitarlos al menos una vez
cada año. Preparar bien las visitas para resolverles con sencillez y
humildad los problemas.
Procura se completen sus
cuadros dirigentes. Persevera en la actuación de los Cursillos. Un dirigente
que ha iniciado su formación y actuación más activa y sobrenatural ayudado
por el Consejo Superior, siempre le tendrá afecto.
Completa los Cursillos con
los Ejercicios.
Mi marcha, tal vez te
facilite una relación más cordial con D. Santos y con Pamplona, aprovéchalo.
Jóvenes
de Acción Católica
Contempla siempre a los
jóvenes de Acción Católica como almas a quienes ha puesto cerco la gracia de
Dios. Ámalos hasta dar la vida por ellos. Si los amas creerás en las
capacidades de fe, esperanza y caridad que el Señor ha puesto en su almas; y
si crees, si tienes fe, ellos serán como tu fe los ha visto. El lema de S.S.
Pío XI, con los jóvenes, era «siempre más, siempre mejor»; que éste sea tu
lema en lo que en nombre de Dios les pidas.
Sé afable con todos. Piensa
que la palabra que tú les digas la guardarán en su alma para ponderarla en
su corazón. Esto te hará pedir al Señor que todas las palabras que ponga en
tus labios sean palabras de fermento y de salvación.
Ama también a todos los
jóvenes, por ser jóvenes y porque el Señor los espera y cuenta con nuestra
generosidad para ganarlos. No olvides que Manuel Aparici, antes de ser joven
de Acción Católica, fue lujurioso, frívolo y pecador; pero que Dios puede
sacar con su gracia de las piedras, hijos de Abraham.
Finalmente
No te desalientes jamás. Al
principio no es probable que encuentres dificultades. Cuando lleguen, cuando
te parezca que estás solo y te pese la cruz, delante de tu crucifijo de
propagandista oye como dirigidas a ti estas palabras del Señor: «¿También tú
te quieres ir?» y pídele gracia para contestar con S. Pedro «Señor, ¿a quién
iré? ¡que sólo tú tienes palabra de vida eterna!» Y entonces, alégrate,
porque, si en medio de la contradicción y de la cruz perseveras, es señal de
que tus besos han sido de verdad y no al estilo de Judas.
No te desanimes tampoco
cuando veas que dejaste incumplidos tus propósitos; todo lo contrario,
alégrate porque el Señor te va mostrando de modo palpable tu impotencia y
miseria para que no te fíes de ti, sino de Él; y entonces acude a Él y con
sus mismas palabras fuérzale a que te ayude, que el dijo haber venido a
buscar a los pecadores y no a los justos, que colmaría de bienes a los
hambrientos. Nunca estará tan dispuesto a ayudarte como cuando le muestres
tu miseria que es el objeto propio de su misericordia.
Anhela tu alma en la fe, y puesto que ha dicho «Yo he venido
a que tengan vida y la tengan en abundancia» descansa en su palabra y en que
perpetuamente está viniendo para eso, en la Hostia Santa, en el sacerdocio.
en los aspirantes al sacerdocio, y en todas las almas en gracia, y está
viniendo para esto: para que tú y yo y todos los que confiemos en Él
tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Perdona mi indiscreción, si
la hubo, y cuenta que, por lo que tú supones para el Señor y para los
jóvenes, ocuparás el primer lugar en esta vida oculta que con la gracia de
Dios iniciaré en breve para que en ella por camino de cruz me transforme en
pan para las almas de los jóvenes y de todos los hombres».