
VOCACIÓN Y MINISTERIO
SACERDOTAL
(1941 –
1959)
SEMINARIO
«La figura de Manuel Aparici
–escribe ECCLESIA
–
llega a las puertas del Seminario como
Javier llegó al puerto de Lisboa para embarcarse con rumbo a las misiones de
Oriente: de la mano de Dios, con el espíritu de la Iglesia y con el
alma abierta de par en par a todas las llamadas de la gracia. Su vida
privada y su actuación como Presidente Nacional de la Juventud de Acción
Católica fueron ante Dios y ante los hombres la expresión de un mismo
espíritu, claro y único, que hoy esplende más que nunca a través de la
sotana humilde de un seminarista. La Iglesia le tiende los brazos maternos,
el Papa le premia su abnegada labor con la concesión augusta de la cruz “Pro
Ecclesia et Pontífice” y la Juventud de Acción Católica le mira emocionada
como a su “Capitán” ... ».
Y «aquel hombre de cuarenta años
–escribe en ECCLESIA el Rvdo. Miguel Benzo, Consiliario de la Junta Nacional
, compañero suyo en el
Seminario– emprendió alegremente la trabajosa subida de las declinaciones
latinas
,
los razonamientos escolásticos y los textos teológicos. De la habitación
helada, y los largos pasillos recorridos en dos filas. De las escaleras
trabajosamente barridas, y de los grasientos mandiles en el servicio del
comedor. De la silenciosa hora en la capilla y de los ingratos exámenes, que
a sus compañeros, en plena edad de estudios, les eran más fácil superar con
brillantez».
«Encontró gran dificultad de memoria, de
asimilación de los textos, sobre todo los teológicos», según Mons. Mauro
Rubio Repullés. De esas
dificultades nos habla también Ana María Rivera Ramírez.
«Pero su
inteligencia y su formación superaron todos los obstáculos –asegura Mons.
José Cerviño y Cerviño–, pero, sobre todo, le ayudó su vivencia de la fe, su
confianza en Dios».
« ... Era muy
constante y asiduo en el estudio –añade el Rvdo. Demetrio Pérez Ocaña– ...
Deseaba prepararse lo más completamente posible en su formación espiritual y
en su formación y preparación doctrinal ... ». «Sé por mi hermano
José –dice Ana María– que la Teología la estudió Manuel Aparici de
rodillas».
El primer año estudia externo. El 17
de julio de 1941 había ido a ver al Sr. Obispo de Madrid–Alcalá. Su
contestación fue un si no quieres, este año puedes estudiar externo. Y el 29
de marzo de 1942, Domingo de Ramos, se matricula en el Seminario, y durante
ese curso de 1941/1942, primer año de seminarista, sigue trabajando en la
Acción Católica y ejerciendo su profesión, pero siete meses después, el 20
de octubre, el Señor le plantea a través de su representante el Rector del
Seminario hacer elección: estudiar libre o ingresar interno (un mes antes
había presentado la instancia pidiendo la excedencia
).
Dice que sin hacer Ejercicios
no puede contestar. Los hace del 22 de noviembre al 3 de diciembre de 1942.
Va, entre otros objetivos, a «pedir gracias para
empezar a vivir de verdad la vida de víctima o de crucificado, que el Señor
le viene pidiendo desde hace ocho años y a la que se comprometió con voto,
primero, el 25 de julio y, después, el 8 de diciembre de 1941, y hacer
elección, dentro del espíritu de víctima que … por mediación de su
representante el Rector del Seminario le planteó el Señor: “estudiar libre o
interno con todas las consecuencias”»
.
Después de la obligada
consulta con su director espiritual le hace saber al Rector que está
dispuesto a cumplir la voluntad de Dios y que se somete a lo que el Señor
quiera disponer, centrando la disposición de su espíritu en la siguiente
frase: «He resuelto sacrificar a mi madre»
.
Y hecha la elección del internado,
elige el Seminario de Ma-drid–Alcalá porque es el Seminario que le exigirá
una obediencia más extrema y por lo tanto una cruz mayor; y como había
cifrado la perfección sacerdotal en la caridad y la Cruz es la mejor cátedra
de la caridad, escogió el Seminario de Madrid–Alcalá
.
Así el 7 de enero de 1943, día
en que cumplía 40 años de su nacimiento en Él por el Bautismo, ingresa en el
Seminario «dejándolo todo y dependiendo de una beca para sus estudios
eclesiásticos»
y cuatro días después anota en su Diario: «Al fin,
en el Seminario; ¡pobre madre mía! Dios mío que no sea esto para venderte el
favor»; pero le dan algunos domingos de permiso
para ir a comer con su madre.
Y pide a la Virgen que le haga
víctima y hostia que se ofrezca por sus hermanos. Le decidió a ello la
situación del Reino de Cristo en nuestro siglo y nuestra Patria.
«Se
le ama muy poco al Señor
–anota en su Cuaderno–
y, doliéndome de ese desamor, quiero amarle y
servirle por los que no le aman ni le sirven a fin de ofrecerme en
reparación al Corazón divino y de impetrar de Él, con mi vivir de víctima de
caridad, que derrame nuevos torrentes de gracias que reduzcan a su amor a
tantas libertades humanas que le resisten.
»Once años hace que me ofrecí como víctima y, pese a mis
regateos y parones, no ha cesado el Señor de urgirme y de darme grandes
consuelos cuando viví un poco a lo víctima, quedándome por el contrario
triste y desolado cuando quería hacerme sordo a su llamamiento. Por otra
parte, este fue el ideal que propuse a los jóvenes propagandistas del
Consejo Superior, que me eran más queridos que las niñas de mis ojos ya que
en ellos veía el medio eficaz para inflamar a toda la Juventud española en
el amor de Cristo.
»Sin embargo, dejando a un lado triunfos y derrotas de la gracia en mi alma,
es lo cierto ..., si no me suelto del Señor, llegará mi ordenación
sacerdotal, y no debo subir al altar, para ser hecho miembro del Cuerpo
Sacerdotal de Jesucristo, si no subo como Él lo hizo a la cruz: víctima de
holocausto por los pecados de los hombres.
»Urge, pues, acertar en los medios y emplearlos.
»Para llegar a ser un sacerdote–víctima tengo que ser desde ahora mismo
seminarista víctima. Mas ¿cómo entiendo el ser víctima?
»“Christus factus est pro nobis obediens usque ad mortem, mortem
autem crucis”.
»Pero esta obediencia de Cristo contiene un doble aspecto: de
libre elección y de libre aceptación. Cristo Nuestro Señor, en cuanto Verbo,
con las otras dos Divinas Personas eligió libremente el modo de redimirnos,
y Cristo Nuestro Señor, en cuanto hombre, desde el primer momento de su ser
libremente aceptó el Plan de la Redención acordado por la Trinidad
Santísima: “Ecce venio; in capite libri scriptum est de me, ut faciam
voluntatem tuam”.
»Por lo tanto, mi vida de víctima debe tener también esta doble orientación:
»1º Libre aceptación del plan de mi santificación sacerdotal que tiene
formado el Señor por medio de sus representantes mis Superiores legítimos,
con obediencia perfecta, aunque esa obediencia me lleve a la cruz más
extremada.
»2º Libre elección, dentro del campo a que no abarque la obediencia,
de las criaturas que más me identifiquen con Cristo crucificado. Porque
sería necio creer que la sabiduría de Dios se equivocó cuando escogió los
medios para redimir al hombre. Luego si esos son los que escogió Dios, esos
son “los que mejor conducen para el fin que soy creado”. Si la cruz es donde
se nos revela la caridad de Dios, en la cruz hay que aprenderla y desde la
cruz hay que predicarla para que pueda ser entendida.
»Ahora bien, lo que me asegurará cumplir la vocación de víctima es la
oración y la mortificación. La oración porque ella me hará ahondar en ese
conocimiento de la caridad de Dios que arrebata el alma en amor no dejando
ya en ella más que un afán y un deseo: que el Amor sea amado.
»Y la mortificación, porque cuando a ella se va para
identificarse con Cristo crucificado, es también oración. Oración, porque el
Maestro desde la Cátedra y con el lenguaje de la cruz es como comunica a sus
amigos (jam non dicam vos servos, sed amicos) la ciencia del amor divino».
Piensa que
los ojos de todos, desde el Rector al seminarista más moderno estarán
pendientes de sus actos, al menos en la primera temporada, y encuentra,
perfectamente lógico y disculpable, que los Superiores hagan este
razonamiento
:
«No es un seminarista cualquiera, es un hombre de 40 años, con una
personalidad fuerte, nimbada con el prestigio de haber dirigido o presidido
la Juventud de Acción Católica durante siete años y que puede ejercer una
extraordinaria influencia sobre los demás seminaristas, especialmente sobre
los procedentes de esa Juventud que él ha presidido.
»¿Cómo reaccionará este seminarista?
–se preguntarán–.
Porque indudablemente existe un fuerte vínculo
natural y sobrenatural entre todos los procedentes de la Acción Católica y
él, además de tener fuertemente arraigado en su alma el hábito de dirigir y
presidir, les ha buscado ayuda económica a gran número de ellos.
»¿No perturbará la entrada de Aparici la vida de la Comunidad?
¿No utilizará su prestigio, aunque sea inconscientemente, en debilitar el
espíritu de obediencia, ya un poco especial de estos muchachos, que fueron
sus presididos? ¿No serán entonces los revalidistas un Estado dentro de otro
Estado?
»El razonamiento es perfectamente lógico y disculpable sobre todo teniendo
en cuenta el momento en que se hizo: cuando se tenían noticias de una
reunión de verano a la que había acudido Ángel Herrera y de la que se creía
promotor a Aparici y que parecía había dado por resultado la marcha de
varios seminaristas a otros Seminarios.
»Y, ante esas interrogantes, que se formulaban los Superiores
sobre la posible reacción de Aparici y la necesidad de mantener una
disciplina rígida entre los revalidistas surge el dilema que se les planteó:
Creemos que es mejor, dadas las circunstancias familiares que Vd. tiene, que
estudie en su casa, a que ingrese con ese régimen de excepción; mejor para
la Comunidad y sin perjuicio para Vd.
»Así, se conseguía, no quebrantar el régimen de severidad que se creía
necesario y aislar a quien se podía temer que fuera enlace, además de poner
a prueba a Aparici.
»¿Cuál ha sido el resultado de la prueba? Para mí, magnífico:
Conocer que me faltaba humildad y tener una especie de pre–seminaristado con
mis Ejercicios Espirituales. Porque el Señor me dio gracia, cuando me quedé
desconcertado y un poco dolido con la contestación del Rector, para
preguntarme “Domine quid me vis facere?”, pues el mismo Señor me hacía
comprender que aquella prueba tenía que ser mi bien y ese bien, que Él se
proponía alcanzar, era lo que en la oración tenía que indagar.
»Y en la oración me he ratificado en los puntos de vista que ya el Señor me
había trazado anteriormente:
»1º Que el Señor me había concedido un prestigio y un ascendiente
sobre todos mis futuros hermanos de Seminario.
»2º Que yo debía utilizar ese prestigio y ascendiente para su gloria.
»3º Que no le glorificaría si no hacía su voluntad, que me vendría
expresada por su representante: Rector y Superiores.
»Y como consecuencia que necesitaba actuarme fundamentalmente en tres
virtudes: Humildad, obediencia y caridad:
»Humildad, porque a los mansos y humildes de corazón está
prometida la posesión de la Tierra y yo ansío que mi corazón y el de mis
hermanos sea poseído por la sed de almas del Señor.
»Obediencia, porque no hay otra manera mejor de
glorificar a Dios que ser obediente hasta la muerte (de hombre viejo) y
muerte de cruz (obedecer en lo que más repugne y escandalice a ese mismo
hombre viejo).
»Pero obediencia: rápida, activa, confiada y alegre.
»Rápida, sin preguntarse si debo o no, si sería mejor de esta
forma o la otra.
»Activa, no sólo a la letra, que mata, sino al espíritu de la
norma, que vivifica.
»Confiada, seguro de que es lo mejor para mi alma puesto que lo
quiere Dios.
»Alegre, sin murmuración interior ni exterior, con la alegría
del que sirve a Dios.
»Caridad, porque “el que anda en amores ni cansa ni se
cansa”.
»Y creo que con mucha caridad puede ser útil ese prestigio y ese
ascendiente a los dirigidos de los Superiores. Ya que entiendo que el deseo
de los Superiores es que sea cada vez más perfecta la caridad entre todos
los miembros de la Comunidad y creo que ese prestigio me colocan en
situación ventajosa para que acaben de ligarse en el fuerte vínculo de la
caridad los dos grupos de seminaristas de la Comunidad. Pues los dos van a
tener los ojos puestos en mí: los antiguos para ratificar o rectificar su
juicio sobre los procedentes de Acción Católica y los revalidistas para
contrastar sus criterios con mis ejemplos.
»Unos y otros me darán beligerancia: los próximos a la
ordenación porque no me verán tanto como estudiante de filosofía, cuanto
como ex–Presidente de la Juventud, y los distantes y los revalidistas porque
me verán como a compañero de estudios y como a su antiguo Presidente.
»Ya durante el verano pude entrañarme en algunos no revadilistas,
y con la ayuda de Dios espero poder cooperar a que todos seamos uno, que
indudablemente es el deseo de los Superiores.
»En relación con el ideal de Vanguardia de Cristiandad estas
tres virtudes son también las que me han de ayudar pues si uno en un mismo
amor a los amados del Señor: los jóvenes levitas y los jóvenes de Acción
Católica, malo será que la Vanguardia eclesiástica y la seglar no se fundan
en una misma sed de reconquistar todo el mundo para Cristo ... »
(Cuaderno).
Sin embargo, vivió como un seminarista más pero
intensamente volcado en los estudios.
«Una tarde, al salir del Colegio
me encontré con un
numeroso grupo de seminaristas. Iban de paseo, en filas de dos. Uno de ellos
era Manuel Aparici. Desentonaba, por su años, de los demás. Caminaba como
uno de tantos. Me acerqué. Le saludé. Sonreía. No podré olvidar aquella
sonrisa, que expresaba humildad y gozo, a un tiempo»
.
Con relación
a los estudios escribe en su Cuaderno:
«No desperdiciar ni un minuto. Una vez que haya tanteado si
me sobra algún tiempo después de haber estudiado las materias del curso,
aconsejado por el Rector y por el director, hacerme un plan de lecturas de
obras que completen mi formación sacerdotal. Aprovechar bien el tiempo debe
ser el empeño principal de mi oblación de víctima, pues desde que accedí al
llamamiento del Señor ya no me pertenezco a mí mismo, sino a Cristo y a las
necesidades de sus almas. El despacho de correspondencia lo dejaré para las
horas en que la Comunidad esté de paseo si sigo dispensado de él».
2. Pide a la Virgen que guíe también sus pasos de
seminarista
Siendo seminarista va a Zaragoza para rendir
gracias a la Señora y Madre suya, la Virgen del Pilar, y rogarle que guíe
también sus pasos de seminarista y después de sacerdote si su divino Hijo se
digna asociarle a su eterno sacerdocio, y, en prenda de gratitud, le ofrenda
su insignia de joven de Acción Católica que le protegió durante 13 años de
apostolado seglar. Y termina con estas breves palabras:
«Dignaos, oh Virgen Inmaculada, Asunta a los Cielos, alcanzarme en vuestra
mediación a Cristo que está en la Cruz de mi emblema, que a vuestros pies
deposito, se transforme en la cruz del sacerdocio católico al que vuestro
Hijo me llama a vivir y a morir»
.
3. Anhelos, preocupaciones, perplejidades
y sueños de sus días de seminarista
En sendas notas manuscritas, sin
fecha, en «Puntos a tratar con D. José María García Lahiguera, director
espiritual del Seminario», nos da a conocer el amor que arde en su alma de
apóstol: sus anhelos, preocupaciones, perplejidades y sueños en sus días de
seminarista. Todo el Seminario: piedras, comidas, escaleras, lecho,
Superiores, hermanos le hablaban de Dios y su vida fue un continuo acto de
amor y de gracias.
El primer retiro espiritual versó sobre la
amistad con Jesús y vino a aventar la ceniza que la vida uniforme empezaba a
poner sobre el fuego de su alma. En ese retiro Él le hace pensar que no se
puede ser varón de deseos sin serlo también de dolores y le pide su cruz.
El director espiritual le advierte que no se
comentan bien los permisos que le conceden para ir a ver a su madre y que
utiliza. Habla con el Sr. Rector y la conversación le deja desconsolado.
Comprende que subsisten muchos recelos y su “yo”, que se siente
incomprendido y despreciado, se queja. Y se encuentra solo, muy solo; a
ningún superior puede confiarse y al director espiritual es dificilísimo
verle.
Al fin, el buen Jesús le
ilumina: Le había pedido cruz y se la concedía y precisamente la que más
podría dolerle: que los suyos dudaran de su amor a Él. Y estampa en su
Diario la aceptación de su cruz. Le había hecho sentirse solo para que
acudiera a Él y a Él se vuelve y le dice: «Manolo
se fía de ti, no te fíes tú de Manolo».
Pero la carne no acompaña al espíritu. Habla con
el director, nuevamente con el Rector y el Prefecto y sigue su amargura.
Al fin, comprende que aquel
encerrarse en su sufrimiento no agrada a Jesús y su gracia le hace buscar
refugio en su Corazón y anegarse en los dolores suyos para que en su océano
desaparezca la gota de agua de los suyos. Dos días después viene el retiro
de fin de mes, sobre la tibieza, y le reafirma la gracia en el propósito de
vivir en el Corazón de su Amado su agonía de Getsemaní.
El día del Papa quiso el Señor que interviniera
en la velada. Su tema fue el Obispo, y durante ocho días hizo objeto de su
oración ese tema a la luz del Introito de la Misa del Sagrado Corazón. Y el
Señor quiso darle su gracia para que viera la maravilla de la unidad de su
Iglesia; sintió cómo toda la santidad que se ha manifestado en su Esposa y
su Madre, la Iglesia, era para él y que él era para Él, para ser miembro de
su cuerpo sacerdotal, y en aquellas cuartillas que declamó, procurando celar
el fuego que le abrasaba, expuso las luces que el Señor le había concedido
sobre que Él se perpetúa en el Papa y los Obispos.
Siente que Jesús le lleva en su
Corazón al desierto para que le acompañe en la penitencia que hace por él.
Le ofrece entregarse más; pero fuera de llevar cilicio todos los días y de
intensificar su oración de Getsemaní y de procurar ser más fiel en el
estudio, nada hace.
Siente en su alma todo el amor que
Jesús manifiesta por medio de su Iglesia; las melodías de la “schola” le
hacen embeberse en el amor de Cristo; siente que ama a las almas como jamás
podrá expresar su lenguaje finito y que vio en Getsemaní este terrible
cuadro de dolor y de perdición de almas. Por intercesión de San José vuelve
a pedirle cruz. No acaba de darse, aunque empieza a vivir en continua
agonía por las almas.
Las lágrimas de Jesús ante Jerusalén y este
pobre mundo de ahora le abrasan el alma.
Le duele Jesús y le duelen las almas. Le duele
ver que Jesús no es amado con pasión en su Vicario, sus Obispos y sus almas.
Le duelen estos hermanos queridos a quienes se ama con poca inteligencia.
Pero Jesús venció. Muriendo mató mi muerte. Su
“yo” ya no le importa. Le entrega a Jesús su alma y cuanto haya podido
merecer y pueda merecer en adelante para sus almas. Desde ese momento las
mete a todas en su corazón y por ellas serán sus oraciones y sus
sufrimientos y sus alegrías y sus estudios y sus penitencias; para su alma
nada quiere, lo que Él le quiera conceder, sólo le pedirá que no le deje ser
infiel; mas no por interés suyo sino de ellas. Ya no le asusta ser soberbio;
es necesario que Él reine, que la Vanguardia de Cristiandad tiene que ser un
hecho; su misión hacer sentir que sólo en la unión efectiva y real con el
Papa y los Obispos está la garantía de la eficacia en la salvación de las
almas.
Cristo ha resucitado y él con Él. Su
vida empieza a dejarse sentir en él; Él le hace sentir que son ciertos sus
juramentos y que nada ni nadie podrá arrebatarle de su Corazón, pues Él es
León de Judá para defenderle y Mansísimo Cordero para conllevarme. Él le
promete que le hará sentir todo lo que ama a las almas para que las ame como
Él y que el día de su ordenación terminará de darle su sabiduría para
dirigirlas, su Corazón para amarlas y su sangre para lavarlas.
Pone en el Corazón de su Madre María
el propósito y la petición de hacerse uno con los hermanos. María lo
ha hecho surgir entre ellos. Nos amamos. Ellos no saben por qué; él sí,
porque medió María. Nos amamos y él es padrino de confirmación de sesenta
seminaristas.
Está seguro de que Jesús le hará todo suyo y
espera en él. Él, con el Padre, le enviará a su Santo Espíritu para que le
transforme del todo en Él.
La caridad con los Superiores y hermanos algunos
momentos peligró; pero venció el Señor.
Y empieza a amar al Señor con toda su alma, con
toda su inteligencia, con todo su corazón y todas sus fuerzas. Da gracias y
le dice: ¡Bendito seas!
4. El buen olor de Cristo que se respira en
todos los Seminarios
Después de unas palabras laudatorias hacia su
persona, le habla a José Rivera, también seminarista, del buen olor de
Cristo que se respira en todos los Seminarios.
«¡Tantas y tan grandes gracias se encuentran simbolizadas para mí en tu
persona que es imposible que te olvide! En primer término, nuestros queridos
hermanos mártires, entre los que descuella Antonio, hermano tuyo, en la
carne y en la sangre, y mío en el afecto de un mismo Cristo a quien amar y
prójimo a quien servir, y en un segundo lugar, la generación juvenil fruto
de esa sangre de mártires. No, yo no olvido ni aquellas Jornadas de Acción
Católica de Aranda, cuando yo vi brillar en tus ojos la esperanza de tu
vocación, ni la Semana de Estudios de 1940 en Toledo, ni las Jornadas de
Presidentes de Madrid del 41, ni las de mi despedida de Valladolid, ni las
palabras que cruzamos en ésa el 42, cuando los cursillos de universitarios,
pues en todos los momentos yo veía crecer esa esperanza hasta que al fin Él
te dio a conocer, con mirada honda y amante, de que habla San Marcos, que te
quería sólo para Él.
»Te supongo en plena luna de miel en tu vida de seminarista, respirando a
pleno pulmón esa fragancia del buen olor de Cristo que se respira en todos
los Seminarios de nuestra Santa Madre la Iglesia sin tiempo ni corazón
suficiente para agradecerle al Señor tanto amor. Vive querido Pepe, al
estilo de tu hermano Antonio, esa contemplación para alcanzar amor … Sé
feliz, emborráchate del amor del Señor y después piensa en los que Él ama y
nada saben de la ternura suya. Ahora también, como cuando Antonio y yo
hablábamos, hay almas que se pueden perder si no somos fieles. Vivamos
escondidos en Cristo y, dentro de Él, a través de sus ojos o de la llaga de
amor vivo de su costado, contemplemos esta pobre humanidad. ¡Cuánto joven
comprado por Él, muere en campo de batalla lejos de Cristo! Pidámosle que,
por ellos, nos haga fieles, a fin de que nuestra obras satisfagan por ellos
y le alcancen la gracia de la penitencia final.
»Ese ha de ser aquel vivir de Vanguardia de Cristiandad de que
algunas veces os hablé cuando yo era vuestro Presidente y vosotros erais mis
jóvenes. Vivamos así en comunión de vida y oración con nuestro Pontífice
Cristo y su Vicario en la tierra, S.S. Pío XII, y haremos avanzar esa
Vanguardia de Cristiandad con que soñamos para que Cristo sea amado por
todos y a todos llegue la maravillosa aventura de su Amor ...
»Para ti todo el afecto en el Señor que tenía a tu hermano y
te tengo a ti»
.
5. ¿Cómo le veían en el Seminario sus compañeros?
Era «el compañero veterano y amigo mayor
, a quien casi
reverenciaba –afirma el Rvdo. Francisco Méndez Moreno– dada su historia
personal de entrega en el apostolado de la Iglesia y a Cristo».
» ... En los
temas serios y graves hablaba con una profunda convicción que traslucía sus sentimientos interiores y el gran conocimiento y dominio de
los temas. En los temas ... ordinarios hablaba siempre con una gran
afabilidad y con una continua sonrisa en sus palabras. De cualquier tema que
tratase la conversación terminaba llevándolo por el camino de la fe y
refiriéndolo siempre a la voluntad de Dios. En todas sus palabras trascendía
su vida interior de trato con Dios.
»... Uno de
los recuerdos que no olvidaré eran los momentos de oración que hacía en la
Capilla. Su profundo recogimiento transparentaba la vida intensa de trato
con el Señor. Esto me edificaba mucho siempre que le veía en la Capilla y
era para mí motivo de admiración y santa envidia.
»La
dedicatoria que me puso en el libro que me regaló un final de curso en
vísperas de marchar de vacaciones … refleja toda su gran personalidad
espiritual; siempre el mismo:
»“Hermano
Francisco Méndez, que Jesús nos haga vivir siempre en lo más íntimo de su
Corazón Santísimo para que en Él, por la reverencia del Hijo al Padre y el
amor del Padre al Hijo nos envíen al Santo y Divino Espíritu que de
entrambos procede, y es su abrazo y siendo de Amor, a fin de que en amor nos
ate con el Padre en el Hijo.
»Sea su
Corazón siempre nuestro Hogar. Hogar donde aprendamos a decir ¡Padre! Hogar
donde nos hagamos dóciles al Espíritu. Hogar donde lleguemos a ser uno con
Cristo. Hogar donde conozcamos y amemos a los hermanos. Hogar donde nos
abrasemos en el fuego que El vino a poner en la tierra.
»Hogar, en
fin, que sea el lugar de nuestro descanso, nuestra alegría, nuestra
fortaleza y nuestra paz, porque en él quien cuida, alimenta y defiende es el
Señor Jesús, Dios Omnipotente”».
Al Rvdo. Manuel López Vega (Cf.) le «encantó su trato familiar,
sencillo, serio y ameno a veces chispeante y sobre todo sabiendo llevar
habitualmente el tema hacia Jesucristo del que estaba “enamorado”.
Paseábamos juntos por los jardines o patio exterior del edificio siempre con
charlas interminables. Sus conocimientos y experiencias del Cuerpo Místico
me edificaban. También en la capilla estábamos juntos. Pude detectar en
todas sus comuniones una profundidad de oración y de intimidad amorosa
manifestada con leves quejidos que me llegaron a convencer de experiencias
místicas y profundamente contemplativas. Aún después de tantos años las
recuerdo y siempre me sirvieron de estímulo y admiración».
«Hombre de Dios, místico ... gran
devoto de la Virgen» y «de profunda vida espiritual», asegura Mons. Mauro
Rubio Repullés.
«
... De fe evangélica, manifestada en sus palabras y en sus obras –dice el
Rvdo. Demetrio Pérez Ocaña (Cf.)–; un hombre muy equilibrado, sin cambios,
siempre buscando la santidad y la perfección, y esto movido por su espíritu
de fe. No conocí ninguna crisis de fe en él, y, además, proyectaba su fe en
los demás, y ayudó a seminaristas en crisis, con su oración y con su
testimonio de fe … La tónica dominante de toda su vida fue un acto de fe
continuo. Podríamos aplicarle las palabras de San Pablo: “El justo vive de
la Fe”».
» ... Dio
testimonio de esperanza con palabras y obras; para él su vida era llegar al
ministerio sacerdotal, y su esperanza la tenía puesta en la posesión de Dios
... Era un hombre de gran ilusión, de gran esperanza.
»
... Si destaco su fe y su esperanza, de forma especial tengo que destacar su
caridad: amaba a Dios con todo su ser y con todas sus fuerzas ... Trabajó
para que toda su vida fuera un acto de amor de Dios, que se manifestaba en
su vida interior, su vida de oración; vivía esa presencia de Dios y era
ejemplar por su vida y espíritu de oración, por el recogimiento que se veía
en su expresión, recogimiento de sentidos y le gustaba meditar, sobre todo,
la Sagrada Escritura; se ayudaba también del libro del Kempis, y se
alimentaba con la lectura espiritual, sobre todo de Santa Teresa, San Juan
de la Cruz y San Juan de Ávila, al que tenía una gran devoción.
»Lo que más
destacaría de él es su amor a Dios y su amor a la Santísima Virgen.
» ... Vivía
los problemas de los demás seminaristas. Por su edad y por su madurez se
ganó la confianza de muchos de ellos, que acudían a él para expresarle o
manifestarle sus problemas vocacionales y recibir de él su ayuda y consejo.
Recuerdo el comentario de alguno de sus compañeros que decían: “Hace
competencia al director espiritual del Seminario, D. José María García
Lahiguera”, de quien actualmente está abierto el proceso de beatificación;
pero puedo asegurar que no estaba en su mente invadir el campo de D. José
María.
» ... Era
prudente en sus juicios, en la manifestación de éstos; en sus comentarios y
manifestaciones, en su forma de actuar. Cuando en el curso había alguna
decisión de los Superiores que no nos agradaba o no entendíamos, él siempre
ponía su nota y consejo prudentes; lo era en sus manifestaciones, en su
forma de actuar.
» ... Fue
ejemplar en el cumplimiento del Reglamento ... Por su edad, y debido a los
cargos tenidos, pudo tener algún privilegio: de habitación, de horario, y,
sin embargo, no quiso, y lo cumplió como un simple seminarista. Cuánto más,
los Mandamientos de Dios y de la Iglesia.
» ... Era
equitativo y justo también en sus juicios para con los demás, y siempre
sabía quitar importancia a las faltas que pudiéramos cometer los
seminaristas, manifestando con esto su caridad y también su justicia.
»Aunque
físicamente no podemos decir que era un hombre fuerte, espiritualmente tenía
la virtud de la fortaleza, y sabía afrontar los problemas propios de la vida
de comunidad con un tono de alegría cristiana; no se amedrentaba ante los
problemas, era un hombre fuerte ante las dificultades que se le presentaban
en el estudio, en la salud y en el trato con la vida de comunidad. Hay que
tener en cuenta que, quizás, a los “revalidistas” (vocaciones tardías) no se
les acogió con caridad y espíritu abierto pensando que ellos por su edad,
por sus estudios, iban a eclipsar la vida de los seminaristas que a corta
edad habíamos ingresado en el Seminario; sin embargo, supo ser paciente y
fuerte y nos hizo cambiar esta mentalidad, aceptándoles en plenitud, y supo
granjearse la estima y admiración de los seminaristas jóvenes.
»Por su edad
y por su formación había temas que, podríamos decir, que tenía superados,
logrando un dominio de las propias inclinaciones naturales, de sus pasiones.
Era parco y austero en el comer y en el descanso. Seguía el régimen de
alimentación que teníamos en el Seminario, que por las circunstancias de la
época, final de nuestra Guerra Civil y años de la segunda guerra mundial,
fueron más bien escasos, hasta el punto de que los Superiores permitían que
los familiares enviasen a los seminaristas bolsas con alimentos. No recuerdo
que hubiera recibido bolsa alguna.
»Tenía
espíritu de pobreza, y no manifestaba apego a las cosas.
»Obediente al
Reglamento y a las normas que los Superiores daban; obedecía los distintos
tiempos de estudio, de oración y de recreo. Además, como en él buscaban
consejo los seminaristas, siempre influía en nosotros para que viviéramos la
obediencia, virtud vivida por el Señor, y recuerdo que citaba la frase de la
Escritura: “Fue hecho Jesús obediente hasta la muerte y muerte de cruz”.
«Su vida fue
limpia, ejemplar en la virtud de la castidad. Nunca en conversaciones se le
oyó una frase o un chiste que pudiera quebrantar esa virtud.
» Era un
hombre muy sencillo, muy humilde».
Su vida en el
Seminario no le fue fácil, en medio de gente mucho más joven que él. «La
disciplina –dice Mons. José Cerviño y Cerviño– era dura para todos; debería
serla más para él dada su edad y el haber vivido en el mundo con
independencia y libertad en el actuar, en el trabajo; sin embargo, se adaptó
muy bien ... y era verdaderamente ejemplar en el cumplimiento de sus deberes
como seminarista»
«En el
Seminario, entre los seminaristas que más lo trataron tenía fama de santidad
–afirma el Rvdo. Demetrio Pérez Ocaña–, y esto se oía en comentarios:
“Aparici es un santazo”».
Después de
tantos años, sus compañeros le recuerdan con cariño y admiración y su
recuerdo les sirve de estímulo en su vida sacerdotal.
6. Fin que ambiciona su alma
El fin que ambiciona su alma es hacer de cuanto le rodee Vanguardia de
Cristiandad ejemplo y guía del mundo profundamente enfermo.
«Para lograrlo
–anota en su Cuaderno–
tendré que empezar por ser yo ahora seminarista de
Vanguardia de Cristiandad ejemplo y guía, y dentro de tres años sacerdote
también ejemplo y guía.
»En guía ya ha querido constituirme el Señor.
»Durante siete años he sido, por la misericordia de Dios, guía de la
Juventud de Acción Católica Española. Ellos dijeron que me iba para estar en
oración con los brazos en cruz, como Moisés, a fin de que siguiera
triunfando el Señor en ellos; por lo tanto, siguen con la vista puesta en
Manolo esperando que el Señor transforme a quien fue su Presidente en un
sacerdote santo.
»Pero es que además en el Seminario también soy guía, revalidistas y no revalidistas empiezan a fijarse en Manolo y también los
Superiores esperan que sea un seminarista ejemplar. Vox populi, vox Dei. No
puede caberme duda de lo que el Señor quiere: Que sea un sacerdote
plenamente identificado con Cristo Cabeza por mi espíritu de oración y
sacrificio y con Cristo Jerarquía por mi comunidad de pensamiento y mi
obediencia perfecta.
»“Cuanto antes debo hablar claro con el Sr. Rector y con el director
espiritual para que me exijan la santidad que debo tener en cada
momento”.
»Gracias a Dios empiezo a amar apasionadamente en el Corazón de Cristo a mis
hermanos de Seminario, a mis Superiores y a todos los sacerdotes,
seminaristas y novicios y religiosos de la tierra porque todos ellos son los
amados del Señor».
Después de reconocer humildemente
la luz grande que el Señor le ha
concedido, concluye que si el Señor le está invitando a que le pida que le
admita bajo su bandera y en puesto de vanguardia heroica es que se lo quiere
conceder.
7. ¿Cómo veía su futuro ministerio sacerdotal?
En carta a su amigo Antonio Santamaría González
de principios de 1945 –entonces seminarista como él– le dice que ha soñado
con sus ministerios futuros y cómo los ve; los ve centrados en hacer
Parroquia, Diócesis, Vanguardia de Cristiandad e Hispanidad; ansias que le
venían de su época de Presidente Nacional.
Debe ser –le precisa–
«”ut umum simus in corde Jesu”, ahora y siempre para que
también todas esas almas que nos esperan y a las cuales pertenecemos ya
desde ahora también sean uno en el Corazón del Redentor. Todos esos sueños
nuestros de un Pueblo Vanguardia de Cristiandad serán realidad algún día
aunque nosotros no lo veamos con estos ojos de carne, si nosotros vivimos
hondamente esta idea de que uno sólo es Sacerdote: Cristo Jesús, y de que
toda nuestra labor es no poner obstáculos a su gracia que quiere prepararnos
para hacernos partícipes de su Sacerdocio y esta participación, como tú
sabes muy bien, requiere cierta semejanza, aunque nosotros no vayamos a ser
más que instrumentos, y la semejanza es la razón de la amistad y del amor y
de la unión; por ello cuanto más su gracia nos transforme en Él más unidos
estaremos con Él y en Él y por Él con todos los que participan de su
Sacerdocio, sea éste diocesano o regular.
»También he soñado con nuestro ministerio
futuro y lo veo centrado en hacer Parroquia, Diócesis, Vanguardia de
Cristiandad e Hispanidad y todo esto mediante la administración de los
sacramentos y la predicación de la palabra de Dios que alguien ha llamado
“octavo sacramento”. Sí, hoy casi no se predica la palabra de Dios, el
Evangelio de Jesucristo; los que predican beben ya de fuente cansada –como
dice un poeta– no van a beber en vivo y en su manantial; y tú y yo sabemos
por propia experiencia que fue ese oír la palabra de Jesús en nuestros
Círculos de Estudio lo que nos dio nueva vida y hambre y sed de ser justos
...
» ... Apoyémonos con fuerza en nuestras
Madres María y la Iglesia que incesantemente ruegan a Cristo por nosotros y
confiemos plenamente en esa Caridad, que excede a cuanto los hombres pueden
entender, del Corazón de Jesucristo que no por nosotros, sino por las almas
que nos aguardan nos transformará en sacerdotes santos.
»Lo
primero para hacer de nosotros mismos Vanguardia es vivir el dogma de la
Comunión de los Santos y de la Universalidad de la Redención, haciendo que,
a semejanza del Corazón de Cristo, los pensamientos de nuestro corazón de
día en día, mes a mes y curso en curso sean librar sus almas de la muerte y
saciar su hambre».
Se siente elegido por el Señor para defender ese
Ideal.
« ... El Señor quiere utilizarme a
mí, pobre instrumento, para difundir ese Ideal de “España y todo lo
hispánico Vanguardia de la Cristiandad ejemplar”–le
dice en marzo de 1946 a Carmen Rivera Ramírez–
.
Y
la doctrina, si así puede llamarse, está esparcida a lo largo de mis
discursos y artículos de los siete años de mi Presidencia».
Y le pide
que le sigue encomendando para que el “Capitán” no detenga por sus miserias
a todos los peregrinos.
Dos años después, a primeros de enero de 1947,
le expone a José Rivera cómo concibe sus futuras actuaciones.
«Tú
sabes perfectamente
–le dice–
que toda mi vida
espiritual quiso el Señor fundamentarla en la doctrina del Cuerpo Místico;
pues bien, así concibo nuestra futura actuación: con relación a mi Obispo,
la misma adhesión, amor y subordinación que mi mano tiene para con mi mente;
en relación con mis comiembros de sacerdocio, pues, claro es, amor,
solidaridad y ayuda semejante a la que hay entre los miembros de mi cuerpo …
Nuestra divisa debe ser un
“corazón y un alma sola con el Papa y los Obispos y con todos los sacerdotes
de todos los cleros”, pues éste es el deseo de Cristo “Ut omnes unum sint”».
Se preparó con la ilusión con que todos se
preparaban para ese momento tan deseado de la ordenación sacerdotal y de la
primera Misa. Para él su vida era
llegar al ministerio sacerdotal, y su esperanza la tenía puesta en la
posesión de Dios, como fruto de la pasión y muerte de Jesús –Cristo era el
fundamento de su vida de seminarista–
y también como premio del Padre Dios a su vida y a sus obras.
Y ese día llegó para él y sus compañeros de
promoción el 31 de mayo de 1947.

Después de anotar en su Cuaderno
que Cristo Jesús es el fundamento de su vida de seminarista, añade:
«¿He herido con la vara de mi oración llena de fe la
piedra de aguas vivas cuando tenía sed?
»¿He reclinado mi cabeza sobre el Corazón de Cristo para
llenarme de sueños y afanes de su gloria?
»¿He antepuesto siempre el amor a Jesús a todas las
criaturas?
»¿He escogido siempre los medios que mejor me podían
ayudar a descubrirme su amor para así unirme a El por la caridad … ?
»¡Cuántas infidelidades y cuántas inconsecuencias!
»Aún antes de ayer me hiciste ver claro que no debo de
desperdiciar ni un momento para llenarme de la ciencia que tú quieres
darme para que pueda servir a tus amados.
»Demasiadas veces he olvidado que desde que entré en el
Seminario ya no me pertenecía a mí, sino a las almas que me esperan.
¡Ayúdame, Señor, a rescatar el tiempo perdido haciéndome totalmente fiel
a tu voluntad santa!
»Nada debe
importarme aparentar ciencia ante los hombres, sólo debe preocuparme el
que Jesús vea que le entrego toda mi mente, mi corazón y mis fuerzas».