
HOMBRE DE VIRTUDES
HEROICAS,
PROFUNDA VIDA DE ORACIÓN
Y
FAMA DE SANTIDAD
Tenía un deseo ferviente de santidad y de
que sus jóvenes fuesen también santos. Grandes eran sus anhelos de santidad.
Así se aprecia en su Diario, Cuaderno, escritos, etc., así lo destacan los
Peritos Archivistas y Peritos Teólogos en sus informes y así lo aseguran los
testigos.
Absolutamente todos los que le conocieron y trataron lo consideran un
ejemplo vivo de seglar y de sacerdote santo.
«La única tristeza
–repetía– es no ser
santo».
De su fama de santidad y de
su muerte santa ha quedado ya la debida constancia en estas páginas de la
mano de testigos muy cualificados. Uno de los testigos, el Rvdo. José Manuel
de Lapuerta y Quintero, afirma en su declaración que:
– «El Cardenal D. Vicente
Enrique y Tarancón, cuando en una conversación le manifestó el deseo de
introducir la Causa de Canonización de Manuel Aparici, y preguntarle si lo
creía oportuno, su reacción fue inmediata: “sin duda alguna, es un santo que
necesita la Iglesia de hoy, modelo de seglares y de sacerdotes”.
– »Mons. José María
García Lahiguera, cuando se enteró de nuestros proyectos para preparar la
introducción de la Causa del Siervo de Dios, espontáneamente me dijo: “Ya sé
que estáis trabajando por iniciar la Causa de Manuel Aparici; enhorabuena y
seguid adelante; cuando llegue el momento contad con mi testimonio, tengo
muchas cosas que decir de este hombre que era un verdadero santo”. Falleció
antes de nuestra recopilación de testimonios».
Fama de santidad en vida
La práctica totalidad de
los testigos le tenían en vida por un santo y algunos por un santazo.
«Era unánime la opinión sobre su espíritu verdaderamente ejemplar como
cristiano y como sacerdote. Hombre alegre y espontáneo, no podía disimular
esas formas externas de santidad»
. «Que las volutas de humo
que de él saques, al ayudarte a pensar, te aumenten la santidad», le dice su
sobrino Luis
.
Fama de santidad en el
momento de la muerte
En el momento de su muerte, había una convicción
generalizada de que había muerto un santo; que había coronado el cielo un
apóstol colosal y prototipo. Tenemos un santo en el cielo era la expresión
unánime y espontánea. Su santidad era conocida y destacada por todos los que
le conocían como un eco de la vida que irradiaba. Se le tenía por un
santo de los pies a la cabeza.
Fama de santidad después
de su muerte
«Conocí a D. Manuel y pude admirar su obra entre
la juventud, así como su vida ejemplar y gran espiritualidad en la dirección
de jóvenes y sacerdotes, por lo que le hacen merecedor de los más grandes
elogios. Puedo asegurar a Vuestra Eminencia Reverendísima –le decía el
entonces Cardenal Arzobispo de Madrid D. Ángel Suquía Goicoechea como ya ha
quedado dicho– que la fama de santidad del Siervo de Dios está viva en la
Archidiócesis y también difundida en otros pueblos y regiones».
«Y entre el pueblo de Dios –afirma ALFA Y OMEGA,
revista del Arzobispado de Madrid
– está extendida su fama
de santidad».
Muchos sacerdotes y
algunos Obispos le tienen como ejemplo y modelo de santidad en su
comportamiento sacerdotal. Es un modelo de santidad que gusta, que parece al
alcance y marca el camino de la entrega a la vocación apostólica sin
condiciones y sin destellos sorprendentes.
Han pasado muchos años desde su muerte y todavía
sigue vivo su recuerdo al tiempo que se afianza su fama de santidad. Ha
dejado una gran y profunda huella.