
PROFUNDA VIDA DE ORACIÓN
Todos los testigos (Cardenales, Arzobispos,
Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y seglares) coinciden en
afirmar que era un hombre de profunda vida de oración, sencilla, pero
intensa y edificante, como intensa y edificante era su vida espiritual. Era
la base y principio, el fundamento y oxígeno de toda su vida.
Vivía en oración constante hasta tal
punto que su vida no sabría explicarse sin su vida de oración, porque
toda su vida se apreciaba como fruto de la oración. Vivía constantemente esa
presencia amorosa de Dios
.
Cuando no estaba ocupado en tareas apostólicas
se le encontraban siempre rezando ante el Tabernáculo, abstraído en profunda
contemplación. Se le veía como absorto, ensimismado, ajeno a todo lo que
ocurría a su alrededor, como si estuviera contemplando la majestad divina.
Pasaba horas y horas de rodillas con la cabeza inclinada hacia la derecha.
Más de una vez le han visto llorar ante el Sagrario. Era un alma
eminentemente eucarística
.
Impresionaba verle rezar.
Esta era también su actitud cuando celebraba la
Santa Misa. «Participar con él en la Eucaristía –dice José Luis López
Mosteiro– era un don extraordinario … Un día, D. José Toubes, hablando a los
feligreses, con nosotros allí, dijo casi una herejía: “La Misa que vais a
oír hoy es extraordinaria, especial. La va a decir, D. Manuel Aparici, nada
menos” … (Ya sé que no puede tomarse al pie de la letra; el bueno de D. José
Toubes quería decir algo … Y lo dijo. Aquella celebración de la Eucaristía
tenía el carisma del sacerdote santo que iba a celebrarla. Y eso no es
herejía)».Y esa intensa vida de oración
la llevaba tanto antes de su enfermedad como durante ella. Y la
mantuvo hasta el día de su muerte. Su día de enfermo era un día permanente
de oración. Y en tal estado ¡con qué unción celebraba la Santa Misa
cuando se lo permitía su enfermedad y oraba ante el Santísimo en el Oratorio
de la pequeña habitación de su casa!
Todos, absolutamente todos, quedaban edificados
por su piedad, su amor a la oración y su actitud orante y
lo consideraban un maestro, modelo a
seguir, tanto en la vida de apostolado como en la vida de oración.
Para varios testigos, entre ellos Mons. Mauro
Rubio Repullés, fue favorecido con gracias especiales de oración, si bien
ninguno de ellos sabe si tuvo o no experiencias contemplativas o místicas
extraordinarias, si bien ninguno de ellos las descarta.
El Rvdo.
Manuel López Vega, compañero suyo en el Seminario, afirma que tuvo
experiencias místicas y profundamente contemplativas, que era un hombre de
Dios, místico. Por su parte, el Rvdo. Francisco Méndez Moreno asegura que un
recuerdo que no olvidará son los momentos de oración que hacía en la
Capilla. Por último, Mons. Maximino Romero de Lema le califica de «una
persona ... muy “mística”» ... «dotado de dones carismáticos especiales»,
dice José Díaz Rincón, quien añade que se transformaba en la oración.
Irradiaba y trasmitía el espíritu contemplativo
a cuantos le rodeaban
y les iniciaba en la oración contemplativa. De «espiritualidad
contemplativa», lo califica Mons. Maximino Romero de Lema.
Dormía muy
poco y dedicaba muchas horas de la noche a rezar ante el Sagrario. En los
Cursillos de Cristiandad, pasaba prácticamente toda la noche en oración
delante del Santísimo y muchas veces con los brazos en cruz. Y otro
tanto cabe decir en los Ejercicios que dirigía. En las horas de descanso, o
por la noche, se le encontraba en la Capilla, en el sitio que no pensaba ser
visto o en las horas tardías, estaba postrado rezando.
Por otro lado,
era de notar la forma tan maravillosa en
que sabía poner a la gente en oración, sin despegar los pies del suelo,
dejando traslucir su profunda unión interior con Dios y su liderazgo de
jóvenes.
Recomendaba vivamente la oración. Quería jóvenes
orantes con el gran orante que es Jesús. Les repetía: «Somos orantes o no
somos cristianos»
.
«Sin la oración no hacemos nada»
.
Pero no solo la recomendaba, sino que creaba a
su alrededor un ambiente que ayudaba a orar y enseñaba a orar. Mons. José
Cerviño y Cerviño nos dice que, «en sus contactos personales con él, así
como en la convivencia en el Colegio Mayor donde vivían [cuando estudiaban
en la Universidad Pontificia de Salamanca, Facultad de Teología], éste
procuraba siempre estimular en todos el espíritu de oración y la total
conformidad con la voluntad del Señor». «Empujaba hacia una espiritualidad intensa, vida de oración,
comunión diaria y/o frecuente, etc.»
. Pedía constantemente
oraciones y oraba también constantemente por las necesidades de los demás.
Podemos concluir, pues, diciendo que Manuel
Aparici, como los santos, dedicaba gran parte del tiempo a la oración, que
constituye el momento privilegiado para comunicarse con el Señor. En ella
encontraba fuerzas para su tarea apostólica y luz para enseñar a los demás
el camino de la perfección.
La oración de
escucha, contemplación y diálogo de amor frente al Sagrario es –afirman los
Peritos Teólogos– una nota distintiva en el desarrollo de su vocación. En la
mayor parte de su Diario, Cuaderno, escritos, etc. –añaden– encontramos los
diferentes momentos, meditaciones y reflexiones que en un ambiente de
oración inspiraban su alma enamorada. Después de cada uno de ellos nos
dejaba leer sus frutos y resoluciones.
La oración adquiere una
expresión muy especial, es de súplica para poder identificarse con el
sacrificio de su entrega en el camino de la cruz y la fuerza espiritual
necesaria para no defraudar al Señor y mantener su espíritu de fidelidad.
Nos proyecta su vivencia espiritual en lo que es
su especialidad: la oración de entrega y confianza en el diálogo íntimo de
amor frente al Sagrario y a las continuas respuestas a la sensibilidad de su
vida con miras a la maduración de su decisión fundamental en la consagración
del deseo ferviente de ser Sacerdote Santo.
En sus oraciones y meditaciones, nos expresa la
intimidad del dialogo de confianza que establece con el Amado. Es una
verdadera manifestación de la escucha sincera del Amado que se comunica con
un mensaje siempre nuevo y alentador.
Y siempre daba gracias al Señor por todos sus
bienes.
Manuel Aparici es un referente en nuestros días
para todos seglares y sacerdotes, sanos y enfermos.

« ... Tener alma eucarística –escribe
José Francisco Serrano en “Alfa y Omega” núm. 218 del 22 de junio de
2000– es un reto para los cristianos ... Nos hace falta un banco de
almas eucarísticas ... ».
Tomando las palabras
de S.S. Juan Pablo II a los jóvenes peregrinos de la Archidiócesis de
Madrid a Roma en agosto del 2002, presidida por su Pastor, el Cardenal
Arzobispo D. Antonio María Rouco Varela, Manuel Aparici nos diría: «
... revitalizad vuestras comunidades situando la Eucaristía en el centro
y entregándoos día a día a los hermanos ... ».