
VOCACIÓN Y MINISTERIO
SACERDOTAL
(1941 – 1959)
SACERDOTE LIMOSNERO
Su sacerdocio fue un testimonio de su estima y
valoración de la oración y el sacrificio, que llevó a cabo constantemente,
en el servicio sacerdotal e incluso en su faceta humana. Fue siempre una
persona reservada y delicada en relación con las ayudas a los demás.
Dado su bondadoso corazón, su
ardiente caridad y generoso desprendimiento acudían a él personas
necesitadas de toda clase y condición, edad y estado: pobres, enfermos, etc.
sacerdotes y seminaristas
solicitando su ayuda y colaboración (económica, comida, medicinas, libros,
recomendaciones, cartas de presentación, gestiones varias, etc.) así como su
siempre leal y noble consejo. Atendía a todos sin excepción «no sólo con
dinero que recibía y buscaba de otras personas sino también con sus propios
ingresos»
y les daba también el alimento de la conversación espiritual. Esto lo hacía
tanto si recurrían a él, como si él se enteraba de una persona que estuviera
en apuros, si él tenía acceso a esa persona. Y lo hacía con amor.
Destaca en él su servicio a los hermanos y la
búsqueda permanente de ayuda y de soluciones a sus problemas y
preocupaciones porque veía en ellos el rostro doliente de Cristo.
Si bien a través de sus manos pasó
muchísimo dinero, fue siempre para los demás. Él vivió en total pobreza. «Se
puso en condiciones de vivir pobre y vivió pobremente ... »
« ... hasta pasar necesidad, en paz y sólo por Dios»
, teniendo que pedir en más de una ocasión. Murió pobre, muy pobre.
«No sé como decirte –le dice José
Manuel, sacerdote de Barbastro
–
cómo me ha emocionado tu rasgo de sacerdote limosnero. ¡Qué Dios te
haga héroe de la caridad! En nombre del enfermito: Que Dios Nuestro Señor
ponga en tus manos el ciento por uno, a ser posible en moneda nacional
también ... No creo tengas inconveniente en que le diga qué buen alma se lo
ha conseguido».
Ya en 1931, siendo seglar, anotaba en su Diario:
«Después fui con los Llanos a visitar a los
pobres. ¡Sentí gran satisfacción al ver de nuevo a mis viejecitos! ¡Cuánta
miseria hay por el mundo, y tan fácil como sería remediarla si fuéramos
verdaderamente caritativos! ¡Tanto dinero tirado en tonterías y cuánto
desvalido que con él viviría! Decididamente, no puedo fumar, quemar yo el
dinero y que un hermano mío, hermano en Jesús, no coma. No, eso no puede
ser. Ayúdame Virgen Santísima para que me mantenga firme en mi propósito».
Veinte años después, en los Ejercicios
Espirituales que hace en enero de 1951 –ya Consiliario Nacional–, su corazón
seguía sufriendo con los dolores de los hombres sus hermanos. Todo el dolor
que hay en el mundo en el momento actual –escribe en su Diario– es dolor de
Cristo:
«¡Qué
difícil imaginar los dolores de Cristo en la cruz, sin haberlos visto!
»Y, sin embargo, los dolores de Cristo son
visibles porque subsisten, ya que Cristo llevó sobre sí los dolores de todos
los hombres de todos los tiempos. Así, pues, todo el dolor que hay en el
mundo en el momento actual es dolor de Cristo.
»Pero es preciso que lo vea,
porque este terrible laicismo del siglo XX se nos ha metido hasta lo hondo
de los huesos y, bajo capa de beneficencia, nos roba al Cristo paciente y lo
recluye en grandes edificios que se llaman asilos y hospitales.
»¿Quiero ver a Cristo condenado como
malhechor?, pues en las cárceles lo tengo.
»¿Quiero ver a Cristo desnudo y roto? En el
suburbio está.
»¿Quiero ver a Cristo
abrasado de fiebre? Ve al hospital.
»He aquí la razón santificadora
de las obras de misericordia: se visita a Cristo, se socorre a Cristo, se
conoce a Cristo sufriendo y se ama a Cristo ... ».
«Cuando yo visitaba los hospitales de sangre
aprehendí bien a Cristo crucificado; pero han pasado doce años y casi se me
ha borrado esa imagen.
»Necesidad, pues, absoluta de reservar tiempo
en mi vida sacerdotal para obras de misericordia corporal.
»Y necesidad de hacérselas practicar a los
jóvenes de Acción Católica».
Esta tarea caritativa la ejerció a lo largo de
toda su vida, no interrumpida ni siquiera en sus años de seminarista.
Muchos eran los que
colaboraban con él en su caritativa tarea de remediar necesidades urgentes
de familias, enfermos, etc. que se encontraban en situación angustiosa, a
las que dedicaba ejemplar atención.
De los muchos testimonios
que se encuentran entre sus escritos y documentos ofrecemos solamente uno:
– «Ayer
estuve en Toledo –le decía Enrique Pastor Mateos Presidente del Consejo
Superior de los Jóvenes de Acción Católica, cuando Manuel Aparici era
Consiliario
–
y el Sr. Cardenal me dijo que mañana irá a tu casa
y te entregará la cantidad suficiente para resolver el problema económico de
que me hablaste en nuestra última entrevista. Me alegro mucho de que gracias
a la generosidad de este hombre extraordinario, se resuelvan tan
favorablemente estos asuntos. Te devuelvo las facturas y justificantes que
me entregó José María Máiz».
¡Qué generosidad la de este
hombre tan extraordinario!
Todos le agradecían su
generosidad y los enfermos ofrecían por él el sacrificio de su enfermedad,
en algunos casos muy grave, e incluso su vida, pidiendo a Dios le conservase
su preciosa existencia para ejercer su sagrado ministerio.
– « ...
Tu cariñosa carta ... me llena de íntima satisfacción por tu generoso
desprendimiento... Espero poder asistir a tu primera Misa, aunque lamentando
no quieras haga nada por ti entre los núcleos que sabes me estiman mucho y
te tienen verdadera devoción ... »
.
– «Mucho te
agradezco lo que has hecho por mi cuñado; gracias son sinceridad
...
»Como ves yo siempre
estoy pidiendo favores que aunque ya bien sé que lo haces con mucho gusto,
siento no pueda corresponder ... Pero si lo que tengo y puedo es tuyo y a tu
disposición en todo creo que ya lo sabes y te lo repito, que si algo pudiera
hacer por ti no sólo estoy dispuesto a hacerlo sino que ya me falta tiempo y
estoy deseando hacerlo ... »
.
– :
«Encontrándome enfermo de tuberculosis pulmonar, en la Sala 10, cama 1, en
el Hospital Provincial de Madrid, necesitando, por tanto, atender a dicha
enfermedad con la correspondiente sobrealimentación, y careciendo en
absoluto de medios económicos y de familiares que pudieran ayudarme, es por
lo que me permito dirigirle la presente en súplica de donativo con destino a
remediar la crítica situación en que me encuentro.
»Ya sé que en estos días
especialmente las peticiones de ayudas y donativos lloverán sobre el
bondadoso corazón de Vd., pero la crítica situación en que me encuentro y la
seguridad de que atenderá mi ruego como es norma, dadas sus cualidades
caritativas es por lo que me dirijo a Vd., prometiendo que sabré agradecerlo
eternamente, ofreciendo el sacrificio de mi enfermedad para rogar a Dios
conserve su preciosa existencia para ejercer su sagrado ministerio»
.
– «Así,
tales cosas [le expone –nombre ilegible– su enfermedad, sus problemas
materiales, sus continuas “pegas” y apuros, la enfermedad de su hijo, etc.
Atravesaba una situación crítica] acobardado por mi falta de movilidad y sin
que, con excepción de su inolvidable ayuda, me haya dado recibir nada de
nadie, más que lo que tu caridad y esfuerzo hizo posible y hasta milagroso
... »
.
También le pedían consejo
(ministros, políticos, etc.), como también los pedía él:
–
«Agradezco en el alma tu carta tan rebosante de cariño y caridad –le decía
José María Gil Robles
–.
Y puedes creer que no la agradezco tan sólo como una prueba de afecto de un
amigo verdadero, sino como la voz de Dios que, por tu conducto, llega hasta
mi alma, tantas y tantas veces turbada por las ásperas luchas de la vida ...
».
–
« ... Escríbeme más a menudo –le pedía López, de Segovia
–
que tus cartas son para mí como las inyecciones que los domingos me ponías
en Madrid al acompañarte desde tu casa al Seminario ».
–
« ... Apoyándome en la escuela que en ti aprendí, en la del amor y la
fraternidad de miembros del Cuerpo Místico ... supiste infundir en mí una
decencia y honradez sólidas, cosas en las cuales se fundaron para designarme
para este cargo –le confesaba Mateo
–.
¡Quién iba a pensar, querido Manolo, en aquellas nuestras primeras
entrevistas que sacarías algo de provecho de uno de aquellos muchachos de
Vallecas [un suburbio de Madrid en aquellos años]!».
– «Quería
hacer un borrador para decirle muchas cosas que andan metidas dentro de mi
corazón –Alberto Turmo, de Huesca
–
pero éste ha protestado y ha dicho que él dictará y que sólo tengo que
escribir lo que él diga. Lo que él dice es, que muy metido, allá en el
fondo, tiene un trozo reservado a un sacerdote, a un amigo, a un Consiliario
que supo con cuatro palabras orientar una vida. Que supo sembrar tan bien
que la semilla no ha tardado en fructificar y si no ha dado todo el fruto no
es culpa del sembrador, sino del campo que todavía hay cizaña y le ha
restado hermosura. Y por eso ese corazón que dicta, dice que siempre estará
en él y que cuando a él viene el Señor –por su Gracia todos los días– le
pide por su D. Manuel, que forma ya parte de una selección de sacerdotes por
los que daría su vida entera. Y esto es lo que quería decirle y para decirle
esto he roto un buen puñado de cuartillas antes. Créame D. Manuel que nunca
pienso olvidar cuanto de bueno me dijo –que fue mucho– y que mi gratitud
será eterna.
»Y ahora una
pregunta. ¿Dejará sin terminar su obra? ¿Unos
pocos más de granos de trigo donde la cizaña esté, no serían necesarios? Sé
que soy un avaricioso y exigente. Pero si algún día tiene un rato ... dígame
como aquel día en el tren desde Tardiente a Huesca tantas cosas certeras.
Descúbrame mis defectos y ayude un poco a ser mejor a esta “calamidad”».
– «En estos últimos tiempos y desde distintos puntos de vista, se ha
venido indagando la situación espiritual de los estudiantes, especialmente
de nuestras Universidades, y por unos o por otros se han expuesto
deficiencias, peligros, necesidades, como también cualidades positivas y
razones de esperanza ...
»Desearía
oír la opinión de un grupo de sacerdotes, religiosos y algún seglar,
especialmente elegido, que, en ambiente de sinceridad y de colaboración
amistosa, dialogaran todos juntos y conmigo sobre tan delicada cuestión.
»A estos
efectos, me ha parecido conveniente convocar en Madrid una pequeña reunión
... Asistiría yo personalmente y algunos de mis colaboradores más
inmediatos. He invitado a los sacerdotes y religiosos que se señalan en la
lista adjunta, que puede ser completada con alguno más, siempre dentro de
las características de personas que están muy en contacto con los
estudiantes, especialmente con los universitarios.
»Agradeciéndote tu presencia en esta reunión ... te abraza tu buen amigo»,
Joaquín Ruiz Giménez, ministro de Educación
.
– « ... Sé por Alfredo
López, antecesor de Manuel Aparici en la Presidencia de la Juventud de
Acción Católica que, cuando nos faltó, a él y a mí, el Padre que nos dirigía
espiritualmente, él consultó a Manolo y le pidió algún nombre como
orientación; Manuel Aparici no dudó en indicarle, como el sacerdote más
adecuado para ello, al entonces D. José María Escrivá», dice César Domínguez
Yzuel.
