ITINERARIO DE SU ENFERMEDAD:
*
1956: Cae
gravemente enfermo
*
1957:
El médico sólo le permitía una
actividad limitada
dentro de casa
*
1958:
Estaba siempre de buen ánimo, aun
en los momentos de sufrimiento
*
1959: Aun
sin poder celebrar Misa, sigue
ejerciendo
su ministerio sacerdotal
*
1960: Su
mejoría, aunque lentamente, va
consolidándose
*
1961: A pesar de que la enfermedad sigue
su curso inexorable,
con altibajos, es
feliz y continúa con su entrega
generosa sin tregua alguna
*
1962: ¡Qué admirable ha sido el Señor para conmigo
durante mi enfermedad!,
exclama
*
1963: Sigue buscando purificar y perfeccionar más su
inmolación
*
1964: Cada vez es más perfecta su inmolación, hasta
tal punto que en este año de
su muerte, la cruz consuma su apostolado en la Acción Católica
APÓSTOL
CON VOCACIÓN DE
CRUCIFICADO
ITINERARIO
DE SU ENFERMEDAD
Con él, de la mano de su correspondencia, vamos
a recorrer una a una las etapas de su calvario a lo largo de todos y de cada
uno de sus años de enfermo hasta el momento de su santa muerte. Son un libro
abierto a la meditación que nos instan, a su ejemplo y semejanza, a vivir la
hermosura de la Cruz.
1956: Cae gravemente enfermo
Cae gravemente enfermo por
una crisis cardiaca aguda: infarto de miocardio. Esclerosis coronaria,
insuficiencia cardiaca y algunas cosas más. «Empezó –según su sobrino
Rafael– por el corazón, pero todos sus órganos vitales del cuerpo sufrieron
un enorme deterioro, hígado, riñones, etc. no cumpliendo adecuadamente sus
funciones». Comienza así a hacerse realidad viva su lema y sub-lema
sacerdotal.
Once días después, el 13 de junio,
ingresa en la Unión de Enfermos Misioneros
.
Muchos años antes ya anotaba en su Diario:
«El
Señor, en su infinita misericordia, me envía una enfermedad
[que no especifica]; enfermedad que,
a mis años [tenía 31],
puede ser grave [16 de diciembre de 1933]»
… «Has querido envíame una enfermedad, ¡bendito seas!; mas estos vahídos que
me dan con tanta frecuencia me han impedido ir a Misa y a comulgar ... Uno
de éstos puede ser el último [19 de enero de 1934]».
Y cuatro días después: «Una enfermedad es aviso
providencial de la muerte y tras de la muerte está el juicio, de forma que
una enfermedad ligera como la mía debía de haber sido causa de que cumpliera
aún mejor mis deberes para con Dios, ya que tal vez tenía que comparecer
pronto ante Él ... Salud o enfermedad es lo mismo ... »
«Me
has sostenido durante estos días de enfermedad [17
de febrero de 1942] y me has devuelto la salud y me
has infundido una confianza inquebrantable en tu caridad infinita.
»Tú me diste gracia para ofrecerte todas las
molestias y padecimientos de la enfermedad. A los pies de mi lecho estaba tu
sagrada imagen de Crucificado, que dulcificaba y transformaba en secretísimo
gozo todas mis dolencias. Cuando el frío de la fiebre estremecía mis huesos,
me hacías pensar en ese intensísimo frío de la terrible fiebre de tu Cuerpo
hecho llaga que te estremeció en la cruz y que al obligar a tu Cuerpo a
restregarse con las asperezas de la cruz hacía tus llagas más y más
profundas y dolorosas.
»Y cuando el lecho y la almohada me parecían
de piedra en las que más y más se maceraba mi quebrantado y dolorido cuerpo
me hacías pensar que eso y todo lo que han padecido, padecen y padecerán los
hombres lo quisiste tú pasar por mi amor, por apartarme de mis miserias y
pecados y apegarme a tu Corazón y darme tu caridad infinita.
»Y cuando la fiebre resecaba mi boca y
agrietaba mis labios, comprendí un poco mejor aquella sed tuya con la que
hace años estas urgiendo a mi alma.
»Y pensaba también que
podía morir y presentarme ante ti, y repasaba mi vida y mis obras y me veía
tan pobre y sucio y sin tener nada que presentarte ..., y entonces volviste
a hacer vibrar en los oídos de mi alma tu amorosa queja: Amice, ad quid
veniste? Osculo filium hominis tradis? Y me diste luz y gracia para
penetrarla y entenderla».
Años más tarde, en julio de 1948,
siendo estudiante en Salamanca, su buen amigo, el Rvdo. Hernán Cortés,
Vicario General y Deán del Arzobispado de Zaragoza, le decía –permítasenos
esta licencia repetitiva–: «Ya ve que tengo razón cuando le modero en
ciertos afanes. Cuídese. Después de Dios y de la salud que Él quiera que
tengamos, son secundarios hasta los exámenes … ».
1957: El médico sólo
le permitía una actividad limitada dentro de casa
Este año Alejandro Fernández Pombo,
entonces redactor de SIGNO, entrevista a Manuel Aparici en su casa, en un
primer piso de la Plaza de Isabel II
. Le recibe a él y a
Cecilio en su despacho, que tiene un poco de santuario. En la pared hay una
fotografía que recoge un momento histórico: Manuel Aparici entregando a
Antonio García–Pablos la Presidencia Nacional de la Juventud de Acción
Católica de España. También hay otro pergamino lleno de firmas, recuerdo de
aquellos años heroicos y peregrinantes.
En una mesa pequeña, una luz, da tonalidad roja
a la habitación. Junto a la mesa, con el manteo sobre los hombros, sentado
en un sillón, D. Manuel.
Al preguntarle sobre su enfermedad, responde:
«Estoy en periodo de
convalecencia
. El médico sólo me
permite una actividad limitada dentro de casa. También me ha dicho que puedo
salir un poco, siempre que haga buena temperatura. Lo cual quiere decir que
ahora no salgo … Me cansa el andar, me fatiga un poco. Además me coge
desentrenado ... Me
levanto más bien tarde; celebro Misa aquí, en mi casa por permiso de la
Nunciatura
,
en esta misma habitación; recibo alguna visita de las inevitables; como y
hago dos horas de reposo; a estas horas de la tarde –son las siete– siempre
viene alguien: los del Consejo, algún íntimo, sacerdotes; ceno temprano, y a
las diez me acuesto».
Le habla de cómo todos los Centros, los
Consiliarios y los jóvenes han pedido por él.
«Lo
sé; –le dice– a ellos les
debo que el Señor no me haya llevado aún de este mundo».
Al decir estas palabras
–escribe Alejandro–, sonríe casi imperceptiblemente. Y recordamos aquella
frases de cuando era Presidente Nacional: “Un
Centro no muere cuando hay un joven dispuesto a morir por él”.
D. Manuel había ofrecido su vida por nuestra Juventud.
El motivo de nuestra visita –sigue escribiendo
Alejandro– es doble. Por un lado, saber de él y de su estado para poder
informar a la juventud, que cada día reza y se interesa por su salud; pero
también queremos que el Consiliario Nacional nos hable de estos jóvenes y
que nos diga consignas para el año que empieza.
«Yo
le pediría a la Juventud –le contesta Manuel
Aparici– para este año y para siempre el sentido de
responsabilidad de la fe católica. El afán por perfeccionar esa fe no sólo
con un mayor conocimiento de su sujeto, Cristo, sino sobre todo por la
caridad, que es la que hace vivas y eficaces todas las virtudes».
D. Manuel hace una pausa y
después añade:
«Gracias a Dios, en estos dos años últimos, se ha avivado el espíritu
militante; pero aún hay que vivirlo con más perfección, dándose cuenta de
que los militantes son el enlace de Dios para muchísimas almas, ofreciendo
por delante el testimonio de su vida. También les pido una alegría profunda
y cristiana, que no es la alegría del mundo» ... y
«Se ha roto el frente del complejo consciente del fracaso de la Acción
Católica. Claro que los que hablaban de fracaso no se habían dado cuenta de
que la Acción Católica es una “gracia grande de Dios”, según decía Pío XI. Y
la gracia de Dios no fracasa ... Y la operación Cursillos (de Cristiandad)
ha sido un acierto. Los jóvenes han visto que cuando hay oración y
sacrificio el Señor escucha y premia».
Y
ya en un terrero más concreto, a la pregunta de Alejandro responde:
«Como
actividad fundamental para el Consejo Superior, los diocesanos y los
centros, mejorar los equipos de militantes, perfeccionando a los dirigentes
...».
D. Manuel, antes de
despedirse, vuelve a insistir en que agradezcamos en su nombre cuanto han
hecho a todos los que han pedido o se han interesado por él y nos habla
impaciente del buen tiempo. «En marzo, o quizá en
febrero, podré ir por el Consejo ...»
Por las minutas de honorarios profesionales que
se conservan de este año (19 de octubre y 19 de diciembre) relativas a las
visitas efectuadas –inyecciones y curas– desde agosto a diciembre, ambos
inclusive, sabemos que eran prácticamente diarias y en algunas ocasiones dos
veces al día.
¡Y la enfermedad estaba como quien dice
empezando! ¡Cómo sería ésta en su etapa álgida!
1958: Estaba siempre
de buen ánimo, aun en los momentos de
sufrimiento
«Cuando en el año 1958 regresé (de Roma) a
Madrid –dice Mons. Maximino Romero de Lema, entonces sacerdote– le
visitaba con bastante frecuencia. Nuestra conversación versaba sobre el
sacerdocio, la oración y los problemas pastorales generales, especialmente
de los sacerdotes. Le encontré siempre de buen ánimo, aun en los momentos de
sufrimiento. Le visitaban muchos sacerdotes y antiguos compañeros de la
Juventud de Acción Católica, y también jóvenes. Su presencia hacía bien … Sé
que sus Superiores Eclesiásticos le estimaban y querían y le dieron pruebas
durante su enfermedad».
1959: Aun sin poder
celebrar Misa, sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal
«En la primavera de este año
cuando le dan permiso para celebrar en su casa, dos veces en semana
solamente, y eso sentado en una silla, escribe que llevaba ya sin poder
levantarse a celebrar desde el 15 de junio de 1957»
.
«Ya ves que, aun sin poder
celebrar la Santa Misa –le dice a Sor Carmen el 1
de febrero–, desde el 15 de junio de 1957 estoy
impedido, vivo y siento la paternidad espiritual del Sacerdocio de Cristo
que en su infinita bondad me participó. Tal vez este pensamiento, aún en ese
hondón del alma que nada tiene que ver con la sensibilidad, es el que me ha
mantenido en esta Misa de veinte meses en la que yo era la hostia victimal
... Me vio tan cobarde y ruin, tan poco decidido a hacer yo pese a haberle
pedido tanto la cruz, que hizo Él: me la envió, y como tanto la había
pedido, por decencia, no podía protestar y acepté y di las gracias; y su
Amor, ¡Ah su Amor! ... ».
Recordando sus sufrimientos, le vienen a la
pluma dos frases de Antonio Rivera:
«Yo Dios me noto muy mal, pero a
ti te noto muy bien» y «no tengo parte del cuerpo que no me duela» y
«unido a esto la impotencia para rezar, sequedad, sensación de abandono y
tentación de creerme rechazado por El»
.
Sólo la fe, obscura, gélidamente fría, y la
comunión diaria de la que nunca le privó el amor del Señor eran su sostén y
el director espiritual.
«Todo
esto terrible, pero magnífico –sigue diciéndole a
Sor Carmen– porque en la fe conocía que Cristo
retornaba a vivir en mí una parte infinitamente pequeña de los terribles
dolores, obscuridades, abandonos y desamparos a los que gozosa y libremente
se entregó por amarnos. Y como vivía su dolor en mí, también vivió, aunque
la sensibilidad no se enterara, la noticia de su Amor. Y al notarlo, al
conocerlo, no salía de mi asombro: ¡Cómo Tú amas así ... a esta piltrafa,
toda llagas en el cuerpo y en el alma! ... ».
Pero no siempre podía escribir.
«Hasta hace pocos días –le dice en la misma carta
a Sor Carmen– no podía casi escribir; todo me
producía una fuerte fatiga respiratoria y cardiaca. Desde hace quince días
con un cambio providencial de médico, que vio que estaba intoxicado a fuerza
de medicinas y me las suprimió casi todas, empecé a mejorar; y ya ves que
escribo una larga carta».
Pero, a pesar de que se fatiga y emociona sigue
ejerciendo su ministerio sacerdotal también por carta con dulzura,
paciencia, amor y entrega total: revisa y corrige guiones que le hacen
llegar; contesta preguntas sobre espiritualidad seglar, ideal de santidad,
etc. Cartas todas ellas llenas de unción sacerdotal dando cumplida
respuestas a todos.
¡Qué escritos tan
maravillosos y tan llenos de unción sacerdotal! ¡Tan llenos de Dios!
«Eso era –dice el Rvdo. José
Manuel de Córdoba– lo que Manuel Aparici quería para su predicación de
sacerdote y apóstol: “Predicar concrucificado con
Cristo y dándome así inmolado a los hombres”. Y esto es lo que me mueve a trasmitir su testimonio»
.
Al mismo tiempo, le informa que ha escrito al
Sr. Cardenal por si al finalizar el curso pude concederle a Pepe como un
futuro sucesor suyo.
No sabe donde para su archivo,
porque cuando se estaba muriendo le trasladaron a lo que era su despacho,
amontonaron los papeles no sabe dónde y algunos los tiraron, y en los breves
intervalos de mejoría no tuvo fuerzas para buscar y menos para ordenar.
Finaliza la carta con estas palabras:
«Y
nada más, pues me fatigo. Sólo que en los dos años y nueve meses de
enfermedad nunca me sentí defraudado. Él me dio la paz para confiar en su
Amor ... ».
Tiene permiso para celebrar la Santa Misa,
aunque sea sentado, pero no fuerzas.
El 24 de abril, su buen amigo, el Rvdo. Librado Callejo Callejo, le dice: « ... Para algo el Señor nos puso
cerca en la vida. Y tan cerca que nos puso ... Buscábamos apoyo mutuo para
una mejor santificación ... Jamás podré olvidar, y nunca agradeceré bastante
al Señor, el bien que me hizo con aquel paso por Salamanca ... Vivo todavía
de aquellas reservas ... Dios te ha acercado más a Él ... Y, claro, Dios
hace todas las cosas bien ... También cuando nos hiere. Bien convencido
estoy que ... soportarás valientemente la cruz. Muchas veces dijiste,
hablando de los mártires, que Dios escogió lo mejor. ¿No será esa siempre su
táctica? Y con ese criterio debemos situarte entre los mejores. Entre los
más amados del Señor, los que hacen el bien de la manera más eficaz (en
silencio), los miembros más valiosos del Cuerpo Místico, los que
sobreabundan en méritos para liquidar cuentas ajenas, los que suben al cielo
rápidamente y escalan los puestos cimeros, los que Cristo abraza en los
brazos de su Cruz ... Supongo que tu mayor cruz será carecer de la Misa o de
la comunión, si lo primero no es factible ... Te agradeceré que cuando
puedas, y como puedas, ... me mandes unas letras diciéndome muchas cosas,
pues por ser tuyas todas tienen interés particular para mí ... Ten la
seguridad de que vivo muy cerca de ti y muy interesado en todo lo tuyo ...
».
No obstante su delicado estado de
salud, José Blázquez Cidoncha apela a su corazón sacerdotal de padre y amigo
«el más grande que ha conocido», para «arrancarle el perdón que no merece
–aunque reconoce que no merece la consideración y el afecto que le tiene–
¡Pero Vd. –le dice– suple mis deficiencias con su superabundancia de
caridad!»
.
Después de decirle que sus cartas le producen
enorme emoción y satisfacción, se pone a su disposición en todo y para todo
en cualquier momento. Celebra su mejoría y le dice que le pide al Señor por
su pronta recuperación.
Otros –como José Díaz Rincón Cf. –
le ofrecen todo su cariño y ayuda: «Ya sabe Vd. –le decía
– que le quiero mucho y
nunca le podré olvidar. Le tengo dicho a Ana María Rivera y a su familia que
le atiendan y que cuenten conmigo para todo. Tengo poquísimo dinero porque
con mi sueldo tengo que mantener también a mi familia del Romeral, pero mi
esposa y yo estamos dispuestos a mantenernos con pan y agua con tal de que a
Vd. no le falte nada. Tenga Vd. confianza conmigo y pida lo que quiera».
La muerte de su madre, acaecida en este año, el
1 de junio, le originó una recaída pasajera.
Empieza las cartas, de dos o tres cuartillas
como máximo, y a veces tarda varios días en continuarlas sin saber cuándo
las terminará. ¡Son tan grandes sus padecimientos! ¿Causas de la
interrupción? El mismo nos las dice:
«Ya
ves –le dice a Sor Carmen (Cf.)–
trece días
interrumpida la escritura
;
primero unas visitas, luego un pequeño retroceso
[más
adelante lo califica de
«pequeña crisis física y
una gran crisis espiritual»]:
Un
poco débil el corazón, descenso de tensión, total quietud, supresión de
salidas y de celebración de la Santa Misa.
»Pero ya gracias a Dios voy rehaciéndome, y el médico me permite celebrar
mañana y luego Dios dirá».
A continuación, le habla de su estado físico y
espiritual.
Su salud mejora y gracias a esa
mejoría celebra ya sentado dos veces por semana, y empieza a salir un poco,
en coche, claro. El médico le permite dos ratos por semana. Puede –además–
sacar unas tres horas de meditación, más el Oficio y la Santa Misa ... ;
durante los Ejercicios
estar arrodillado en el reclinatorio algún rato.
«Por experiencia sabes que cuando el
alma se deja recoger por el Señor siempre se encuentra bien. ¿Abrasado en
amor?, no. ¿Hambriento y sediento de abrazarme?, sí. Por eso mi cielo es la
Santa Misa, sólo en ella y por ella se satisface mi sed: Ofrecer a la
Trinidad Santísima la reparación perfectísima de alabanza, oración y
obediencia de Cristo Cabeza y miembros ... Porque, hermana Carmen, la herida
que debe sangrarnos en el alma, a vosotras hermanas del Carmelo y a nosotros
sacerdotes del Altísimo, es la glorificación que hemos robado a Dios con
nuestros pecados y nuestros fallos, la glorificación que resta y roba a Dios
los pecados de nuestros infelices hermanos de toda la tierra; pero para esta
herida el único bálsamo es Cristo; Cristo ofreciéndose en la cruz y en la
Misa ... ».
Reconoce que es
un alma mezquina, pecadora, cobarde. «¡Qué equivocados estáis los que me
creéis tan perfectos!», le dice.
«Tantos años pidiéndole al Señor que me hiciera partícipe de su Getsemaní y su Cruz ... que cuando me lo participa me echo atrás. Ya sé que
me recordarás la oración de Jesús: “Si es posible que pase de mi este Cáliz
…”. Sí, a Jesús le repugnó, pero hizo la voluntad del Padre; pero yo no la
hago. Me hurto ratos, días y semanas a la cruz con lecturas frívolas
[le gustaba leer novelas policiacas]».
Siente la soledad, el
abandono de todos y la total inutilidad; para quien tuvo vocación a vida
activa, es tan extraño y nuevo que le desconcierta.
«Treinta años tratando de vivir para los amados de Jesús
–le dice a
Sor Carmen– y ahora no tendría quien me ayudara a
Misa (dos veces por semana) si no fuera por el conserje del Consejo que me
envía a su sobrino».
Calibra y mide un poco lo que
debieron suponer para Jesús sus olvidos y abandonos, por lo que a él le
duele. Sabe que el Señor le llama a esta nueva vocación de mayor
intimidad con Él. Pero como es
cobarde, en vez de abrazarse gallarda, apasionada y alegremente a la cruz en
la que Cristo está expirando de amor e invitándole a amar: Pies clavados, la
cabeza inclinada, brazos y manos extendidos y el pecho abierto, se hurta a
Ella.
Pese a sus crisis y altibajos,
mantiene, sin embargo, una confianza inconmensurable en su Amor y le
pide a su Amado se la conserve.
Sus tristezas nacen de ser ingrato, inconstante
y cicatero con Él, pero sus crisis, tristezas, tedios, soledades empiezan,
por la bondad de Dios, a no ser suyas, sino de Cristo en él, que vuelve a
pasarlas para enamorarle más y más de su amor infinito.
« ...
cada día
–le dice–
me maravillo y asombro más de lo que el Padre nos
ama y con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y le doy gracias porque me
eligiera sacerdote y me permita celebrar la Santa Misa dos veces por semana,
una vez superado el último bache en la salud».
Le pide una foto del Sagrario
de la Comunidad pues sin recordarlo se traslada en espíritu casi todos los
días a él para unir sus oraciones a las suyas:
«Piensa –le dice– que
llevo casi tres años sin poder hacer la Visita».
También le pide que sigan orando por él y que continúe escribiéndole porque
sus cartas rompen, de cuando en cuando, su soledad.
A la pregunta que le hace Sor Carmen sobre la
espiritualidad seglar, le expone su parecer sobre la misma apoyándose en los
Evangelios y a veces con palabras de San Ignacio.
« ...
Creo que pensamos lo mismo. Para mí no hay más que una espiritualidad
cristiana, porque no hay más que un Espíritu Santo, aunque con matices
distintos. Y toda espiritualidad que no sea del Espíritu de Cristo, viviendo
en nosotros y dirigiéndonos y conduciéndonos no es espiritualidad cristiana.
»El tema es inmenso, pero creo que hay
equivocaciones por no tener en cuenta que una cosa es la teoría y otra la
práctica; en teoría lo propio de todo grado avanzado de espiritualidad es
glorificar a Dios a través de todas las criaturas . ... ».
Su corazón se ensancha de alegría por la bondad
de Dios al recibir carta de Sor Carmen y le dice:
«Unas líneas para dar las gracias a la Rvda. Comunidad por su
bondad al querer ser instrumento de Dios para acariciar mi alma … Me ayudáis
y me ayudaréis a llevar el peso de este admirable Sacerdocio de Cristo que
Él, en su inefable bondad, se dignó participarme, y así por vuestra ayuda y
la de todos los santos hará que lleve de tal forma ese yugo bendito que
consiga su gracia».
Y cuando algún joven va los domingos a ayudarle
a Misa siente un gran gozo.
« ... Los domingos viene el bueno de Agustín Losada con un par de amigos a
ayudarme; ¡no saben el consuelo que me dan!, pues me hacen más presente a la
Juventud bien amada de Cristo, a la que amé y serví, hasta enfermar, durante
30 años de mi vida y me sirven, como aquellos dos mancebos que sujetaban los
brazos de Moisés, para tratar de mantener la postura de cruz que Él me pide,
ya que fue ese amor de Cristo a los jóvenes que Él empezó a revelarme un día
de la Inmaculada de 1929, lo que me fue clavando a su cruz. Pedid, hermanas,
para que Él me dé valentía y generosidad para perfeccionar esta crucifixión,
a fin de que por mi culpa no dejen de conocer su Amor los jóvenes de
España».
A finales de año cualquier
cosa le produce fatiga, por lo que evita esfuerzos por temor a una recaída,
ya que se había iniciado una ligera mejoría. Así, con fecha 25 de noviembre
le dice a Sor Carmen, no sin antes puntualizarla que no deben desorientarla
sus cartas en relación con él porque es algo «ni frío ni caliente» y porque
«en las cartas como en los discursos sale lo mejor
que puso el Señor en nosotros: el ideal de santidad que nos invita a
alcanzar, pero ya basta hablar del ideal, sin realizarlo o al menos dejarle
a Él que lo realice.
»Es verdad que Dios ama divinamente, pero estoy tan poco
atento a las manifestaciones de su amor; el vuelo de mi alma se parece al de
la perdiz y la codorniz, que dan unas cuantas aletadas y toman tierra otra
vez».
Y por temor a una recaída está pensando
mucho en lo del Sagrario, pues tendría que hacer bastante cambio de
habitaciones. Le parece mejor esperar a ver si la pequeña mejoría que se
inicia se consolida y entonces poder meterse en esos pequeños trotes sin
fatigas.
Reitera, una vez más, su
gratitud a la Rvda. Comunidad por todas sus bondades y por el delicado
obsequio de los ornamentos sagrados, que bendijo con facultad delegada por
el Sr. Obispo, D. José María, y estrenó. «Son
–le dice– de un gusto litúrgico exquisito».
Por otro lado, aunque sigue
confuso y avergonzado por su indignidad, por complacer a la Santísima
Trinidad se atreve a acercarse al altar de Dios, de ese Dios –dice– que
«es nuestra alegría desde la juventud».
Con la Cruz, Cristo le da una
efusión vivísima del Don del amor de Dios; cruz y amor que van creciendo, en
su cuerpo y en su alma, hasta la misma muerte, cuando nos dice y escribe que
«está en las manos del Padre como un hijo pequeño».
Y a finales de este año, le
sustituye por enfermedad en la Consiliaría Nacional su amigo D. Mauro Rubio
Repullés.
1960: Su mejoría,
aunque lentamente, va consolidándose
En febrero de este año espera poder inaugurar el
Oratorio que le ha regalado un grupo de jóvenes que actuaron con él como
Rectores de «Cursillos de Militantes de Cristiandad». Su corazón rebosa de
gozo por tantas bondades que su Amado tiene para con él.
Agradece al Señor que haya
querido darle como ángel de consuelo y confortación en el Getsemaní de su
vida, a Sor Carmen. Tus cartas –le dice– «me
consuelan y confortan; si al Señor, que era el Santo de los Santos, le
alentó y confortó el ángel que el Padre le envió ¿cómo a mí que soy un pobre
pecardorcillo (pues ni aún soy grande) no me han de consolar las pruebas de
amor que Dios me da por medio de sus santas monjitas?».
Sigue tardando mucho en contestar las cartas y
como siempre son varios los motivos; algunos de ellos nuevos, pero el más
importante es que se cansa mucho, lo que no es de extrañar en su estado.
«La
máquina –le dice– no la
domino y me cansa, a mano también soy lento, y me cansa alguna que otra
visita que se entrecruzan y, sobre todo, porque estoy –como dicen– bajo de
forma y perezoso para reaccionar; claro es como no he perdido el sentido de
la responsabilidad al escribir tengo que cuidar de no perjudicar ningún alma
de las que el Señor ama; y como por otra parte tengo que enfrentarme conmigo
mismo, y al enfrentarme comprendo que Jesús me está pidiendo mucho que no le
doy, pues retraso el escribir para retrasar el enfrentarme, pues si me
enfrento no tendré más remedio que rendirme totalmente a las exigencias de
su Amor ... Pese a todo: a las lecturas frívolas, a las desganas, a la falta
de ratos de oración, si Él me preguntara tendría que decirle como San Pedro:
Tú sabes que te amo».
Le duele el poco aprecio que se hace
de los mártires y sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal: dirección
espiritual, etc. El Rvdo. José Manuel de Córdoba, que le visita con
frecuencia, le pregunta si tendría inconveniente en dirigirle. Le contesta
que probarían, con plena libertad para que le dejase si no conviene a su
alma sin que por ello se enfríe su amistad.
« ...
Con la visita de un sacerdote tuyo
–anota en su Diario–,
cuya alma cuando era aún seglar y más tarde seminarista confiaste a mi
cuidado en dirección espiritual, viniste a urgirme a una entrega rendida a
tu amor; pues vino en tu nombre a pedirme que volviera a ayudarle en la
dirección de su espíritu …
»Al principio me asusté terriblemente;
pensaba en mi interior ¿cómo yo que he dilapidado el caudal de
conocimientos, luces y gracias que me concedió el Señor, que a través de la
enfermedad me he ido convirtiendo en un cura comodón, que reza
rutinariamente el Oficio, que apenas hace meditación y lectura espiritual,
que sólo se enciende y arde en la preparación de la Santa Misa, puede ser
instrumento de Jesús para ayudar a alcanzar la santidad a un hermano
sacerdote a quien siempre me pareció que el Señor quería hacerle santo?
»Pero enseguida me hiciste
comprender que eras tú mismo quien en Carlos me decías: “Sitio” “Da mihi
bibere” ... Y ¿cómo rehusar? Tendré que repasar la Teología, los maestros
de espíritu, intensificar la oración y ofrecer gozosamente esta larga
enfermedad completando tu pasión ... Pero con tu gracia lo haré, pues tu
pedir, ya es dar.
»Gracias, amadísimo Jesús, por tu
infinita bondad; sí, has querido que saboreara bien el “Apparuit benignitas et humanitas Salvatoris nostri Dei”, del Apóstol; pues como ni con Tomás ni
con Antonio comprendí que tú querías despertarme de este indolente sestear,
has venido nuevamente en Carlos a urgirme a la entrega.
»¡Bendito seas fidelísimo Salvador y Sumo
Sacerdote que tan tiernamente amas a este miembro agusanado de tu sacerdocio
santo!
¡Qué hombre de Dios! ¡Qué inmenso corazón
sacerdotal el suyo! Siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios por encima
de todo.
Su mejoría, aunque lentamente, va consolidándose
a lo largo de este mes de febrero.
«Mi salud –le dice a
Sor Carmen
–
me permite celebrar ya tres veces por semana,
sentado, claro es, pero ya es un avance; el médico no espera mejoría hasta
que me haga la punción abdominal, ya que dice que tengo una scitis
(hidropesía) residual que es lo que me produce la fatiga y que por la vía
normal no eliminaría o tardaría tres o cuatro años. Espero que en abril me
pinchen y si Dios quiere, mejorar».
Seguidamente le habla de la salud de
su alma y, una vez más, pide la ayuda de sus monjitas de Fuenterrabía.
«De salud del alma también estoy mejor. Jesús
me urge ... Estoy empezando otra vez las meditaciones y consideraciones del
mes de Ejercicios de San Ignacio … Él quiere hacerme todo y sólo suyo,
aunque le ponga pegas y más pegas.
»Me encuentro como quien perdió la hacienda;
hay que reconstruirlo todo: hábitos de oración, examen, lecturas, etc.,
pero, pese a todo, tengo alegría y paz, confío en que Él, en cuanto me vea
empezar a corresponder a su gracia, lo hará todo».
En mayo continúa la mejoría hasta tal punto que
le permite salir a la calle y acercarse al Seminario para honrar a la Madre
en este su mes. Y su alma, exultante de gozo, da gracias al Señor por todas
sus bondades y hace partícipe del mismo a Sor Carmen.
«Hoy,
por la infinita bondad de Dios, he recibido la bendición con el Santísimo;
después de casi tres años de no poder visitar físicamente un Sagrario. Esto
quiere decir que estoy mejor, llevo ya unas cuantas salidas y hoy, me fui al
Seminario para asistir y tomar parte en el ejercicio de las flores. ¡Qué
bueno es el Señor! Él y su Madre me llevan con su gracia hasta este Sagrario
y esta Capilla en la que tantísimas veces me manifestó su amor con su
presencia en la Eucaristía, en mis Superiores, en los hermanos, en los
libros, Él me hizo sentirme como en el vientre virginal de la Iglesia para
que nuestra Madre me gestara como nueva criatura que recibiera el sacerdocio
santo de su Esposo».
Y recuerda con cariño aquellos días de
seminarista:
«!Qué
vida aquella! Continuamente las saetas del amor Divino herían mi pobre alma
para renovarla encendiéndome en el ansia de ese día de la ordenación en el
que empecé a ofrecerle a Dios el propio Hijo de su Amor para amarle como Él
merece ser amado ... ».
Por la misericordia de Dios está convencido de
su pequeñez, pecados, infidelidades, regateos, indiferencias de horas, de
días ante su sed; pero cada día cree más en su Amor y le duele amarle tan
poco.
»Así es mi vida
–sigue diciéndole a Sor Carmen–: un
continuo desear, pero siempre con las manos vacías, y no teniendo propio más
que miserias las ofrezco al Padre ... ».
Al tiempo prepara para su
querida Comunidad de Carmelitas de Donamaría unas notas para un retiro
y para darles otra
alegría les pide seis purificadores y un amito. «No
urgen –les dice– pues
tengo seis, pero están un poco pasaditos y amitos tengo dos, pero uno es el
de mi ordenación que quisiera reservar para las solemnidades».
Antes la Comunidad le había regalado unas casullas y conopeos.
A primeros de julio vuelve a recordar los años
de Seminario y hace partícipe de sus recuerdos a Sor Carmen, Priora.
«Allá en el Seminario
muchas veces Jesús me lo hizo presente, no te prometo sino que no es el
siervo mayor que su Señor ni el enviado mayor que quien le envía, como me
han seguido a mí os seguirán a vosotros: te aguarda la soledad, el abandono,
la incomprensión, el olvido, la enfermedad, la desolación, incluso el
sentirte abandonado de mí, a pesar de esto, ¿quieres qué te participe mi
sacerdocio? Y en mi alma, su gracia, le contestó: precisamente porque me
prometes la cruz me atrevo a pedirte que me participes tu sacerdocio, pues
¿cómo podría sin crucificarme contigo participar de tu sacerdocio? ¿Cómo,
pues, no estar contento cuando Jesús es fiel? Todo Getsemaní es precedido de
un Domingo de Ramos: eso fue mi vida casi hasta la enfermedad, pero ¿no son
Getsemaní y el Calvario, el Huerto y el Monte dónde nos amaste? ... Por eso,
espero que me haga todo suyo, cada vez me urge más ... ».
Le duele las
almas y también hace partícipe de este su dolor a Sor Carmen.
«¿Si supierais un poquito de los terribles peligros que acechan a los
jóvenes de uno y otro sexo, a los sacerdotes, a los casados, a todos los
hijos de Dios?»
Con respecto a su salud le
escribe: « ... la salud va un poquito mejor. Aunque
la punción fue un fracaso no me preocupa. Me he puesto en las manos de Él,
trato de obrar por la fe ...; lo importante no es que sea salud o
enfermedad, sino que una cosa u otra son don de su amor. Estoy, pues, con la
gracia de Él, gozando del don de la enfermedad, del aparente abandono ...».
Le invita a
que piense en lo que él le hizo recordar a su hermano Antonio.
« ... Sabemos que Jesús nos llama a ser santos, mientras no lo seamos
podemos ser los dos únicos que le faltan para completar el número de los que
Dios tiene acordados que son suficientes para perdonar y santificar a las
gentes de España.
»Por eso hermanas, cuando sepamos de pecado golpeémonos el pecho porque Él
nos escogió para que en Él, por Él y con Él ser pago de redención por muchos
y le estamos fallando y por eso las almas privadas del auxilio que habíamos
de prestarlas en Cristo y a que tenían derecho caen en el pecado».
La sed le abrasa. Espera confiado en Jesús y María, pero le duele tardar
porque es la sed suya la que empieza a arder en sus venas
Las pide que recen mucho por
«dos almas que se ven azotadas de muchas
tentaciones y que Él ha puesto en mi camino ... y por esos queridos hermanos
sacerdotes ... que han padecido esa obcecación».
Casi a finales de año, el 29 de noviembre, Sor
Carmen, Priora, le escribe con el cariño de siempre y un humor más que
saludable. Primero le da noticias de la buena marcha de la Comunidad, de la
que está francamente contenta, para a continuación interesarse por la salud
de su alma, del alma de su querido Capellán y amigo.
« ... Él, por tu medio, me hizo descubrir lo que
me hace pensar que pues Él te ama tanto y su Amor ha sido eficaz hasta aquí.
Mira el camino recorrido ... Yo no creo que eres santo, pero no dudo de que
el Señor por su Amor infinito terminará en ti su obra y fíjate por eso no te
mando los originales, porque poca importancia me voy a dar yo con tantos
autógrafos del santo, aunque tendré que mandarlos todos a la Santa
Congregación de Ritos. Por cierto, que tu proceso va a ser eterno porque con
todo lo que has escrito ... que va a llegar el día del juicio sin que haya
dado tiempo a venerarte.
»Bueno en serio. No te desanimes nunca. Mira, yo
creo que la gente lo que dice de nosotros es verdad. Yo me creo lo malo que
dicen de mí, pero no me parece justo no creerme nada de lo bueno. Pues todos
los que me han hablado de ti, con o sin admiración, con cariño o apenas
conocerte, los que piensan como tú y los que piensan distinto, nadie duda de
que ha hecho el Señor en ti y por ti grandes cosas y que has correspondido a
ellas al menos con una buenísima voluntad. Como sabemos que esta buena
voluntad también es regalo suyo, pues sin duda ninguna hay que alabar al
Señor por ti constantemente ...
»Y conste
que ya sabes que no creo que dejes de amar ni cuando oyes la radio, ni leas
alguna novela, ni el pobre cuerpo y la misma pobre alma se angustien ante el
dolor y quedan tristes y agobiadas, como Él quiso estarlo, ante lo largo del
destierro y la ausencia sensible del que siempre te está sosteniendo».
Su buen amigo y condiscípulo en la
Universidad Pontificia de Salamanca, el Rvdo. Manuel Pérez Barreiro, se
interesa por su salud
.
«De tu salud ¿qué me dices? De tus sufrimientos físicos y morales ¿cómo te
encuentras? No te olvides, querido señor Abade, que “omnes qui pie vivere
volunt in Christo Jesus, persecutionem patientur”. ¡Que bien predico!
¿verdad? Pide por mí para que diga menos y haga un poco más ... como yo
pido por ti».
Otro buen amigo, el Dr. Justo L.
Martínez de Serdio, le dice desde Ceuta el 27 de diciembre que, al cumplirse
hoy los 23 años de sus promesas de Propagandistas del Consejo Superior, le
ha recordado con cariño en la Misa y ha pedido a Dios le conceda lo mejor de
sus dones. Le desea, sobre todo, que se encuentre muy mejorado de sus
dolencias y que no deje de acordarse de él y ofrecer algo de sus dolores por
quien puede considerarse un hijo en la vocación sacerdotal. Y finaliza
recordándole aquella su carta inolvidable y decisiva para él que recibió el
15 de abril de 1938, en Jerez, cuando se creía, por un error afortunado de
diagnóstico, con un plazo breve de vida como víctima de una granulia
pulmonar total.
El matrimonio Victoria y Manolo, con fecha 30 de
diciembre, se interesa por su salud, le manda su felicitación cariñosa y le
pide perdón por la tardanza en contestarle, si bien –le dice– saben de él
frecuentemente por mediación de los buenos amigos que tiene en Toledo. Pide
para que Jesús le mejore totalmente y le fortalezca por dentro y por fuera
en el próximo año 1961 y que deje concluida ya la prueba y le conceda todos
los bienes que se merece y que ellos le desean.«La
carta –añade– me gustó tanto y es tan buena que innumerables veces la he
leído y cada vez me ha hecho mucho bien, pues cada frase es una enseñanza y
un motivo para estimularme a ser más santo y dar gracias a Dios por haberle
conocido, tan estupendo y tan humilde, aunque tan grande a nuestros ojos y
no me cabe duda que a los del Señor también.
»Comprendo
sus razones para hacerme ver que Dios nuestro Padre oculta los defectos de
las personas que nos propone como “guías” para arrastrarnos hacia Él.
»¡Qué bueno
eres, Señor! que a la juventud española la has dado este modelo tan lleno de
amor y celo apostólico, tan humilde y desinteresado, tan entregado y
probado. El Señor, no me cabe duda, le tiene preparada buena corona como
premio a su correspondencia. Él sabe todo cuanto Vd. ha hecho por su amor
–mejor que nosotros– y le compensará nuestras omisiones hacia Vd. ...
»¡Lástima
que la juventud que le tuvo por compañero, después por jefe y posteriormente
como pastor bueno, no le imitemos y obedezcamos en su vida y magisterio
amoroso!».
Le da las
gracias por las dos veces que ofreció la Santa Misa por sus intenciones. «
... Tengo que quedar aún más reconocido –le dice– … al tener un ministro tan
santo y bueno como Vd. ... ».
Abusando de
su confianza, se permite encargarle otras dos Misas con idénticas
intenciones para redoblar su agradecimiento, pues el Señor, en este lapso,
se ha volcado por él y le ha mostrado en muchas ocasiones su bondad y
predilección, algunas de las cuales cita en su carta. Para estipendio le
remite, mediante giro postal, 200 pesetas, y por delante su agradecimiento
eterno.
Le dice que
son varios los amigos (matrimonios jóvenes) que piden por él y que
sepa, una vez más, que están con él y que les tiene a su disposición en
todos los órdenes, en lo que humildemente puedan ofrecerle, pero con
sinceridad; que tenga la seguridad de que todos le quieren y sienten no
poder visitarle, si bien están dispuestos a lo que él mande. Y le pide su
bendición y oraciones para estar más cerca de Dios y para que siempre sean
un buen ejemplo para los hermanos que les rodean.
Y termina
con estas bellas palabras fiel retrato de lo que era:
«Que el
Señor le compense su soledad, sus sufrimientos y privaciones, le ayude en
todo, se restablezca y nos le muestre como ejemplo vivo de santidad, bondad,
caridad, humildad y tantos dones como Vd. tiene».
Pero casi a finales de año su salud se deteriora
y así se lo dice a Sor Carmen a primeros del año siguiente, el 12 de enero:
«Como
te habrá contado Ana María se me rompió una variz de la pierna; perdí algo
de sangre y hube de estar inmovilizado varios días y a continuación cogí un
catarro bronquial que no solté del todo hasta el 27 o 28».
1961: A pesar de que la enfermedad sigue su curso
inexorable, con altibajos, es
feliz y continúa con su entrega generosa sin
tregua alguna
A primeros de año, el 12 de
enero –como acabamos de decir– escribe a Sor Carmen una larga carta a pesar
de su delicado estado de salud. Se cansa pero no quiere diferir el saludo.
Apenas unas líneas para darle a conocer cómo se encuentra para seguidamente
decirle: «Pasemos a contestar a la tuya».
¡Siempre pensando en los demás! En ella trata varios temas: El amor a Dios,
la dirección espiritual, los nuevos Consiliarios, etc. y en cada uno de
ellos vamos descubriendo un poco más el alma de este apóstol infatigable y
sacerdote santo en sus días de cruz.
«Conforme con todo lo que me dices sobre
el Amor de Dios; cuando por amor nuestra voluntad se pierde en la de Cristo,
como la gota de agua se pierde en el Cáliz, nuestros actos son también de
Cristo y como suyos tienen un valor latréutico, eucarístico, propiciatorio y
expiatorio pleno según la medida de nuestra incorporación a Él por la
caridad. María apenas si hizo algo que se notara y viera y sin embargo,
¿quién cómo Ella ha sentido más el mundo después de Cristo?».
Con relación a la dirección espiritual le dice:
«En cuanto a la dirección espiritual conforme también con todo lo que
dices en el dirigido … En el director: sentido de su instrumentalidad que le
haga ayudar al Espíritu Santo y no suplantarle y sentido de su
responsabilidad ante el Padre de aquel Jesús que confía en el dirigido para
ayudarle a crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los
hombres, para lo cual el director tendrá que tratar de ser letrado y
santo –como decía Santa Teresa–.
»Si tú crees que con tu actual director te va bien, sigue; si vieras que te
estancas cambia pues el Señor quiere servirse de otro instrumento. Pero en
general no creo que las almas que están en acusado período de vida activa
convengan demasiado a las vocaciones contemplativas» .
Un sacerdote, al que ya había
dirigido antes de que éste ingresara en el Seminario y mientras estuvo en
Salamanca, «le pide que vuelva a dirigirle
nuevamente» … «Puede quedar en cartera por si algún día fuera necesario».
A pesar de todo, es feliz, inmensamente feliz.
«Y
cómo no voy a ser feliz si Él me da lo que
tanto le pedí.
Allá, en el Seminario, en mis noches de oración, Él me hizo
componerle esta plegaria: ¡Oh amor de los altos cielos, que te entregas en
mi nada, para alzarme desde el cieno a tu pureza sin mancha! ¡Oh amor que
entre paja y hielo, con tu vida me regalas para abrasar con tu fuego las
escorias de mi alma! ¡Oh amor que muriendo matas la muerte de mi hombre
viejo y que mis heridas sanas con las llagas de tu Cuerpo! ¡Oh amor que en
el loco exceso del amor con que me amas, enjugar quieres con besos de
eucaristía mis lágrimas. No me envíes más consuelos y caricias a mi alma;
hazme luz, incendio y llaga, brazo de cruz, pregonero del loco amor que te
abrasa!
»¿Cómo, pues, no ser feliz si Él es tan amorosamente fiel que me da algo de
lo que le pedí? Y digo algo, porque Él quiso padecer sin consuelo para ser
Él nuestra consolación en nuestros padecimientos».
A continuación le habla de los nuevos
Consiliarios.
«Aunque ellos tal vez no se den cuenta ambos, Miguel y Mauro, son en
parte fruto del desposorio de Cristo con mi pobre alma pecadora; y de otra
como buenos sacerdotes ya les mostrará el Señor cuánto les conviene padecer
por causa de su nombre».
Sin embargo, no puede evitar sentir el silencio
y el olvido por parte de quienes no lo esperaba.
«Pero, en cambio, lo que sí ha hecho impacto en mi alma de sufrimiento y de
gozo íntimo y celeste ha sido el silencio y el olvido; entre los setenta y
tantos Obispos españoles sólo Su Eminencia en junio y ahora el Auxiliar de
Málaga me han escrito unas líneas cariñosas de despedida; ni un sólo
Consiliario Diocesano ha tenido un recuerdo para el compañero que cayó
enfermo en el campo de batalla apostólica y que cesaba por enfermedad, y
entre los jóvenes sólo el articulista de SIGNO que escribió con el corazón,
exagerando, y los de la redacción, y entre los antiguos sólo otro de La
Coruña. Todo esto duele, aunque por la bondad divina se haya buscado sólo la
gloria de Dios ...
»¡Ah
Hermana Priora!, qué hermosa es la Cruz vista de frente! Asusta porque la
vemos por el lado en que no está Cristo clavado, que viéndola por donde está
nos dice –como les ponía a los muchachos en un Vía Crucis para Cursillos–.
“Los pies tengo clavados para esperarte y los brazos abiertos para recibirte
en ellos”».
Le recuerda que por su hermana Ana María hizo
una petición a La Comunidad de unas cintitas para la cucharilla de su Cáliz
(que es una concha y un bordón de peregrino) que tenga bordada la palabra
¡Sitio!
Y termina porque se cansa y fatiga mucho no sin
antes decirle que José Manuel de Córdoba suele visitarle al menos una vez al
mes. Se desahoga. Le hace bien a él y a mí.
La enfermedad, con sus secuelas:
cansancio, fatiga, etc. sigue su curso inexorable, y con ella él sigue su
entrega generosa sin tregua alguna hasta tal punto que su buen amigo el Rvdo.
Hernán Cortés, Deán del Excmo. Cabildo Metropolitano de Zaragoza, y
Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica cuando él Presidente
Nacional, le aconseja aliviar su horario rígido y sus reglas duras.
«Tal vez –le dice– su alma se
sintiera aliviada y se soltara más aún hacia Dios, si en vez de llevar un
horario rígido: lectura, examen, etc. tomara el sistema de utilizar su
tiempo y su ánimo con más holgura. Por
ejemplo, se halla a gusto leyendo, pues lea, acaso para varios días. Siente
llamado a bucear en sí mismo, profundice, pues, y haga menos hondos los
exámenes diarios ... y así. Santo es llevar el método ignaciano “ad apicem”;
pero no es para todos los espíritus. Y el de Vd. no es de niño que se forme
y presumo que no es de asceta que se regula ... Vuele hacia donde Dios le
inspire con sabor grato o amargo, pero déjese llevar sin reglas duras, pero
tampoco en anarquía»
.
A pesar de su delicado estado de
salud el Rvdo. Carlos Castro Cubels cuenta con él –con su director
espiritual– a finales de enero para la «fraternidad sacerdotal» que ha
propuesto a Maximino Romero de Lema que formen en la que tendría él un papel
muy importante. En carta posterior –13 de febrero– le expone con cierta
extensión lo que piensa acerca de ella. Se despide encomendándose a sus
oraciones y a su enfermedad y le besa la mano.
¡Cuál no sería su disponibilidad que
llega hasta pedir consejo a un sacerdote amigo suyo, el Rvdo. Librado
Callejo Callejo!
«Respecto a la idea de Castro y tu
plan [no se conoce], todo lo encuentro aceptable –le dice–
. Y estimo buenos puntales
Puchol y Maximino. Ahora bien, la realización de dicho plan sería
conveniente someterlo a estudio ... ». Tan pronto recibe el consejo de su
amigo le dice a Carlos que hablarán más adelante del mismo.
A primero de abril –día 5–
está muy contento porque ya celebra la Santa Misa cuatro veces por semana y
hace partícipes de esta su felicidad a sus monjitas del Carmelo, hijitas muy
amadas del Corazón de Cristo y les pide que «sean
muy fieles a esa vocación para la que os eligió, de amar, hasta morir de
amor, por los que no aman o aman poco, y de adorar y santificar y glorificar
el nombre de Dios por los que no le adoran, santifican y glorifican. ¡Es muy
triste que haya tantos cristianos que hayan olvidado cómo empieza el Padre
Nuestro ... ¡Qué
triste es ver que ahora preocupan más las estructuras sociales, un mundo
mejor ... y que, en cambio, parece que preocupa poco que Cristo sea conocido
y amado en la luz del Espíritu Santo como don del Padre! ...
»Pidámosle al Padre que revele a
nuestros hermanos la adorable caridad que en su Hijo, por su Hijo y con su
Hijo en los admirables misterios de nuestra Redención ... para que le alaben
con obras y palabras a fin de que otros también conozcan y se gocen con su
inefable bondad.
»¡Cómo se empeña Dios en poner sobre nuestros ojos ese barro de pecados que
crucificó y sigue crucificando a Cristo para que lavándonos después en el
agua y sangre que mana de su costado abierto, recobremos la vista como el
ciego de nacimiento y veamos la adorable caridad de Dios! ¡Cuántas veces
movido de su gracia, cuando me siento abrumado bajo el peso de mis miserias,
infidelidades y pecados, levanto la mirada de mi alma al Padre,
preguntándole “¿qué sientes de mí?”!. El Evangelio de su Hijo me contesta:
“Éste es el Hijo mío muy amado, escuchadle”; y el Hijo me dice: “Tanto amó
el Padre al mundo que no paró hasta darle a su Hijo ... ”; y a su Hijo lo
dio no sólo en la cruz sino que lo dio y sigue dándolo en la Santa Misa y lo
da cuatro veces cada segundo por todos; y por mis propias manos lo da el
Padre y se da el Hijo cuatro veces cada semana; ¡Cómo voy a dudar del amor
de Dios a esta pobre humanidad! ... Esta inmensidad, inmensidad de pecados
míos y de mis hermanos los hombres más me revela la inefable caridad de
Dios.
«Así le decía a tu hermano Pepe el Viernes Santo, que vino a
visitarme, que nunca he tenido tanto miedo al infierno, porque el infierno
es oír: ¡Apártate maldito ...! El infierno es no amar a Cristo, peor aún
odiar a Cristo ... Así nunca como ahora me ha salido tan del alma “et fac me
tuis semper … et a te nunquam separari permitas”».
Termina la carta porque pasan de las doce de la noche
y no quiere que se demore más la expresión del amor con que nuestro Jesús le
une con las venerables hijas del Carmelo en la alabanza del Amado. Y les
pide que pidan al Señor que le sea fiel y que de una vez empiece a vivir
agonizando de amor.
A mediados del año prosigue su
mejoría. «Tu restablecimiento, aun no siendo total, tus ánimos, tus
proyectos ... ¡Bendito sea Dios que alarga su mano para seguir
bendiciéndote!», le dice su dirigido el Rvdo. Carlos. Y, como es generoso,
hace partícipe de este gozo a Sor Carmen y a la Rvda. Comunidad la Vigilia
de Pentecostés. Le da noticias acerca de su estado de salud de cuerpo y
alma.
De salud
«estoy mejor;
de espíritu no sé como estoy. Ciertamente que Él pone en mi
alma un mayor afán de no contristarle y un saber interior de que vivir sin
amarle es el infierno ... Pero en medio de todo Él me da una confianza
invencible en que a pesar de todas mis flaquezas y miserias, y tal vez por
ellas mismas, me ama de tal forma que es una pena inmensa no amarle como
merece ser amado, y así la Santa Misa es mi refugio de amor y de paz.
»No he desistido del Oratorio, espero, aunque
sin reservado todavía pues lo están gestionando, inaugurarlo este mes».
Y ahora –le dice– unas breves noticias de mi
alma pues son las doce y cuarto de la noche y he de acostarme:
«Aunque
sobre un fondo un poco cárdeno: penas y sufrimientos y estado delicado de
salud de mi hermana; desde la fiesta de S. Andrés me sorprende
frecuentemente musitando la frase de uno de los responsorios: “qui per te me
recipiat qui per te me redesunt” y las pruebas de amor con que me acosa;
pues cuando Carlos me pidió dirección espiritual, en el primer momento me
asusté y estuve por no aceptar, era la reacción de la soberbia: ¿Cómo yo tan
vacío de ciencia y santidad puedo ayudar a este sacerdote que sé que el
Señor quiere llevar a una gran santidad? Pero enseguida el Señor me hizo ver
que Él era quien tenía que hacer en mí y que era Él quien en Carlos me pedía
que le sirviera. Tendré que repasar mis empolvados tratados de Teología, que
pedirle espíritu de oración; pero Él me ayudará.
»Así que me encuentro más
animado y con un mayor afán de servirle, pues Carlos y otros dos sacerdotes
que también me pidieron ayuda,
son el primer término de ese Cuerpo Místico de Cristo que
hace tantos años hace llegar hasta mi alma el clamor del Cenáculo:
“Desiderio desideravi”; de Getsemaní: “Si posibilis est transeat a me calix
iste” y del Calvario: “Sitio”; pero detrás está Pepe
, vosotras, todos los que
presidí y de los que fui Consiliario, los sacerdotes, los seminaristas, la
Iglesia actual y la potencial».
A primeros de agosto su buen amigo y dirigido
suyo, el Rvdo. José Manuel de Córdoba, tan pronto llega a Donamaría
le dice que se vino con un poco de pena
viéndole pasar tanto calor, molestias y contrariedades «adicionales», y se
pregunta con vergüenza si no es injusto que él, siendo como es, disfrute, y
él sufra por todos los tipos como él. «Pero –añade– me falta valor para
pedir la cruz y me aferro a estos consuelos como un chaval mal criado. Le
doy gracias a Dios y le pido que cuando venga lo duro y lo difícil me dé Él
las fuerzas para llevarlo porque yo no las tengo».
Y se despide
deseándole «que goce su amor en tu cruz con mucha más hondura que la que
pueden proporcionar estos dones y regalos visibles y materiales y humanos».
Se lamenta de que el tiempo desde
que está algo mejor se le va de las manos como el agua de un cesto y le
duele no amarle como Él desea ser amado. Sale a tomar un poco el aire, la
Santa Misa, ya diaria, el Oficio Divino, intenta hacer oración, un poco de
lectura, la siesta, alguna que otra rara visita, pero cada día está más
solo, aunque «Él, amigo admirable, fidelísimo no me deja solo, que todos
los días viene a mis manos consagradas para darse en redención por todos y
por mí; y para entrañarse en mí y a mí en Él ... No sé que pasa por mi alma
que ordinariamente se ve presa de una suave y dulce angustia por el temor de
no amarle como Él desea que le ame»
.
Tan bien se encontraba físicamente y de ánimo
que le anuncia a Sor Carmen que se va al Seminario para hacer Ejercicios
Espirituales que espera los dirija el nuevo Vicerrector, un antiguo
Presidente, compañero de Seminario y magnífico sacerdote.
«Tal
vez alguien piense –añade–
que es una temeridad; mas yo entiendo que es confiar en el
Amado. ¿Para qué me interesa a mí la salud si no es para amarle cuanto Él
quiere que le ame con la ayuda de su gracia? ... Él me da suficiente salud
para intentar hacerlo, pues aprovecho la oportunidad que Él me da. No sé lo
que resultará; pero en todo caso veré que con su gracia el “Ecce adsum” de
mi ordenación permanece en mi alma y le pido que no permita que me convierta
en un infeliz “burgués” que celebra Misa».
Asimismo, le anuncia que espera, una
vez termine los Ejercicios, salir con su hermana para Torrelodones
si Dios sigue
mejorándole.
Terminados los Ejercicios, el día 1 de septiembre agradece a Sor Carmen y a
toda la Comunidad sus oraciones por los Ejercicios a “los que le llevó el
Señor”
al tiempo que les hace partícipes del inmenso gozo que inunda su alma ya que
«¡nueve días estuvo el Señor especialmente para mí en el Sagrario del
Seminario Menor! Pusieron reservado para facilitarme los Ejercicios».
Le hace partícipe también de
otros estados de su alma: amarga sensación de que no agradaba al Señor,
indiferencia a la sed de almas del Señor, etc.
«No
sé si lo notarías
–le dice–
en cartas anteriores
pero mi alma tenía la amarga sensación de que no agradaba al Señor, de que
mis ingratitudes habían llenado de tristeza su Corazón …Cada vez que rezaba
en el Oficio “et in siti mea, potaverunt me aceto” me parecía una queja que
me dirigía personalmente a mí que tomé como lema de mi vida la quinta
palabra: “Sitio”. Tanto urgir de su gracia me llevó a vivir esos nueve días
en su intimidad. ¡Qué podré decir que tú ya no sepas! Sólo que me ha
mostrado tan clara mi misión, como tú dices, que me duele inmensamente
haberos restado ayuda a tantas almas como Él vinculó a la mía.
»Durante nueve meses permanecí
indiferente a la sed de almas del Señor; pero Él, que es fidelísimo, llamó a
la puerta de mi alma, me dio gracia para que la abriera y cenó conmigo. ¡Qué
podía yo darle que fuera propiamente mío sino mis negligencias, mis pecados
… mi hurtarme a su Cruz, mis indiferencias por las almas que se pierden … y
con un dolor vivísimo, que Él me daba, le entregué todas mis miserias para
que alimentara y creciera y se derramara su adorable misericordia; y Él,
cenó conmigo y yo cené con Él».
A mediados de octubre sigue la lenta
mejoría de su precaria salud. Las tres semanas y media que pasó en
Torrelodones le sentaron admirablemente.
Y como siempre pendiente de todos desde su lecho
del dolor. A todos tiene presentes en los pensamientos de su corazón, tanto
en la Santa Misa como en las oraciones del día. En esta ocasión a los
educadores católicos de los jóvenes.
«Pidamos mucho por los
educadores de los jóvenes –le dice a Sor Carmen
–¡Tantas
familias religiosas suscitadas por el Amor de Cristo entre los jóvenes!
Pidamos al Señor con la
oración de nuestra vida quemada en el fuego de su voluntad santísima y
amorosísima, que todos los educadores católicos, de uno y otro sexo,
religiosos, sacerdotes o seglares, ardan en el fuego del Amor a Cristo a
todos los jóvenes, para que así, siendo en su vivir llama de amor, se
propague entre los jóvenes como la llama en el cañaveral».
Al mismo tiempo les pide que sean fieles al
Señor.
«Especialmente en la meditación o contemplación de la tarde,
sobre Getsemaní; me gozaba de las vocaciones contemplativas a través de
vuestro recuerdo, porque vosotras acompañáis al Amado en aquellos sus
momentos de soledad, tristeza y abandono. Procurad, pidiéndoselo, serle muy
fieles. ¡Hermanas, que sería gran pena que nosotros tuviéramos que oírle “et
in siti mea potaverunt me aceto” y “consolatem me quaesivi et non ... inveni”.
»Pidámosle que nos aumente la fe en su fidelidad inquebrantable, pues
tendremos fallos y enfriamientos, pero Él, que es fiel, nos tomará con su
gracia para hacernos arder en el fuego de su amor al Padre y a las almas».
A su precario estado de salud, añádanse las
angustias y sufrimientos por su hermana, y el negro cerrazón de su porvenir.
A mediados de diciembre con motivo de sus
prolongados silencios para con Sor Carmen y la amada Comunidad, les aclara,
en primer lugar, que el silencio no significa olvido, para seguidamente
explicarles el por qué de su silencio.
« ... Todos los días
–le dice
–
os recuerdo en el Altar y ¿cómo no recordaros si además ornamentos y
purificadores son obra de vuestra caridad que de esta forma tan humilde se
hace presente al Santo Sacrificio que Jesús ofrece por mis manos al Padre y
en el cual se ofrece y nos ofrece juntamente con Él?
»Y
entonces, ¿por qué el silencio?. Pues mira, en octubre, por intentar ser
fiel al horario piadoso de verano; en noviembre, porque a mi hermana se le
produjo una rinitis diabética que parecía que iba a quedarse ciega; esto me
hizo pasar un mes de angustias, pues además de los sufrimientos de mi
hermana, el negro cerrazón de su porvenir,
su único amparo humano soy yo. Su marido la tiene
abandonada, mis otros hermanos, el que vive aquí (en Madrid) está en mala
situación económica, al cual tengo que ayudar
; el otro vive en La
Coruña y su mujer no tiene ningún cariño a mi hermana, y yo, como sabes,
tengo la salud en precario, pues aunque estoy mejor sigo dependiendo de
medicinas. Mi hermana tiene un destino, como eventual, en Asuntos
Exteriores, desde hace 16 años con la mísera paga de 1.200 pesetas; pero
como no es de plantilla, pues ni Artajo en sus once años de ministro ni
Castiella en sus cinco se han preocupado de los 200 funcionarios que están
en esta situación.
»Si quedara ciega ni con esa miseria podría
contar el día que yo faltara. Ciertamente Dios no falla, pero
Él quiere valerse de nuestras providencias para favorecernos con la suya y
te confieso que en este problema de mi hermana todos los que se llaman
amigos me han fallado, todos han hecho un poquito, como para no quedar mal
conmigo, pero sin emplearse a fondo; el único que no falla es el Señor.
Gracias a Él y a la Purísima, a quien se lo pedí el día de la Inmaculada, se
inició una franca mejoría en la vista de mi hermana, pero pedid mucho por
ella, pues, tanto sufrimiento y el tratamiento fuerte a que está sometida,
temo que la produzcan algún trastorno mental. Como ves Hermana Carmen el
Señor sigue su trabajo en mí; algo me quejé con Él, después me hizo
comprender que la cruz para serlo tenía que ser a su gusto y no al mío.
»Con todo esto mi vida de espíritu ha tenido
muchos altibajos; sólo la celebración de la Santa Misa es mi estrella de
Belén aunque muchas veces el menor ruido me
distrae ... ».
Y finaliza su escrito encomendando todos sus
problemas a esa venerable Comunidad.
1962: ¡Qué admirable
ha sido el Señor para conmigo durante mi enfermedad!,
exclama
En marzo ya estaba bien, gracias a Dios, de la
bronquitis gripal que padeció a finales del año pasado y principios de éste,
y comparte con Sor Carmen la mejoría de su hermana, aunque todavía no estaba
bien del todo.
«Un
día –le dice– estuve
bastante achuchado pero, a fuerza de pinchazos, todo pasó.
Por cierto que Pepe
hizo conmigo de excelente
enfermero; como la muchacha estaba en cama y mi hermana salió a por leche,
tu hermano me calentó la cama y me acostó.
»Ciertamente que Jesús es fidelísimo; como me
ve cobarde, remolón para acudir al abrazo de su Cruz, de vez en cuando la
carga un poco sobre mis hombros y además, como es fiel, me da gracia para
darle gracias por ese admirable amor que muestra hasta humillarse a volver a
padecer en mí las molestias y dolores de una bronquitis gripal ... y así
mostrar también esa fidelidad de su amor a todos los que sufren, y ellos,
pobres y amados hermanos, no saben que Él quiere hacerles esa maravillosa
revelación.
» ... Sí, hermana en el Señor, la
gracia de Cristo nos persigue y acorrala …».
Pero en medio de tanto gozo, y junto a estas
maravillas, piensa que no es más que un miserable, ruin, comodón,
aburguesado, egoísta.
¡Cuánta humildad en el
enamorado de Cristo y fiel vasallo del Amado!
Sigue con sus miedos y temores
de no serle fiel al Señor, pero reconoce que
bajo esa neblina de odios, miserias, egoísmos y pecados
brilla cegadora la luz de su infinita caridad, y Él le fue inmensamente fiel
la Santa Cuaresma y sigue siéndolo aún más en su Resurrección, espera que le
quite sus miedo a no ser fiel
.
¡Él, apóstol con vocación de crucificado, tiene
miedo a no serle fiel al Señor! ¡Manolo! ¡Manolo!
Y en esta situación anímica, Sor Carmen le pide
que sea su director espiritual.
«¿Has
pensado bien eso de la dirección espiritual? Lo pensaré
–le contesta–. Creo que diré:
Intentémoslo. Me obligará a estudiar y a orar más. Pero, ¿cómo decirle a
Cristo que no?». Y promete escribirle más
extensamente.
A finales de mayo repasa su vida de
enfermo y al repasarla reconoce a su amigo el Rvdo. Antonio Santamaría
González
que, aunque la correspondencia entre ellos se haya roto por su parte debido
a su enfermedad, está seguro de que la entrañable caridad con que Cristo los
amó, no solo no se ha roto, sino que es cada día más viva porque cada día el
Señor les hace más patente y manifiesta su infinita y fidelísima caridad
hacía sus almas ungidas con la participación de su Santo Sacerdocio.
«Desde el 2 de junio de
1956 en que caí enfermo –le dice
–
apenas si fui persona hasta mayo del 59; 23 meses seguidos
estuve sin poder celebrar la Santa Misa; antes tuve algún intervalo de
mejoría que me permitía celebrar unos días para volver a recaer; el 26 de
mayo del 59 celebré mi primera Misa de enfermo, sentado con permiso de la
Sagrada Congregación; a los pocos días murió mi madre (q.e.p.d.), nueva
recaída, gracias a Dios pasajera; todo el año 59 estuve celebrando los
Domingos, después dos días en semana, más tarde tres, y desde marzo del año
pasado (61) todos los días».
Y de su boca y de su corazón sale un nuevo grito
de alabanza al Señor su Dios por lo maravilloso y admirable que ha sido para
con él durante su enfermedad y porque le eligiera para participarle el
sacerdocio del Unigénito del Padre.
«¡Qué admirable ha sido el
Señor para conmigo durante mi enfermedad! –añade–
Siempre lo fue; pero ahora se ha mostrado
maravilloso; porque seis años que hará en junio son muchos meses, semanas y
días. ¡Cuántos baches! ¡Cuántas tibiezas y frialdades! ¡Cuánta indiferencia
para su sed de almas! ¡Largas temporadas disipándose mi alma con lecturas
necias y frívolas, y eso el sacerdote que había elegido como lema de su
vivir sacerdotal, el que lo fue de su apostolado seglar, la quinta palabra
de la Cruz, “Sitio” … ¡ Y Él, Él me cumplió lo que había creído y predicado:
“Tanto ama a sus sacerdotes que, aunque sea necesario hacer un milagro para
que vuelva a Él un sacerdote descarriado, si se lo pedimos con fe, lo hará”;
y en mi caso, a pesar de haber estado más de un año y medio desahuciado por
los médicos, me fue devolviendo la salud para que cuando pudiera darme
cuenta mirarme como debió mirar a San Pedro ...
»Maravilloso el Señor. Cada día
agradezco más a la Trinidad Santísima que me eligiera para participarme el
sacerdocio del Unigénito del Padre, porque sólo en la Santa Misa se mitiga
esa sed que Él enciende en mi alma de adorarle y darle gracias por su
Inefable Bondad ... ».
Y a estas alturas de su enfermedad, le pide a su
buen amigo Antonio Santamaría González su opinión y consejo porque algunos
antiguos amigos le han sugerido que ahora que tiene un poco más de salud
escriba la historia de la Juventud de Acción Católica, al menos de la etapa
de la Cruzada
« ...
Vacilo –le dice– porque
el anonimato y el silencio, en que gracias a Dios vivo, me agradan; por otra
parte, fueron tantas las gracias que derramó el Señor sobre la Juventud de
Acción Católica que enterrarlas en el olvido parece ingratitud.
»Dame tu opinión y dime si conservas un
ejemplar de los tres que hiciste de aquel magnífico resumen sobre la
Juventud de Acción Católica y los Centros de Apostolado de Vanguardia. Me
parece recordar que hiciste tres copias. Una me la diste a mí, otra fue para
el Consejo y otra creo que te la quedaste tú; el Consejo perdió la suya, la
mía hice la tontería de dejarla a unos hispanoamericanos y no me la
devolvieron, así que en todo caso quedará la tuya».
Su buen amigo le contesta
que cree que debe
escribirla, al menos en la etapa de la Cruzada. «Quizá –le dice– sea aun en
esto providencial tu restablecimiento a 25 años de perspectiva. Se han
publicado cosas buenas del tiempo de la guerra, mas este aspecto está
inédito. Serviría también para explicar la raíz de muchos frutos
espirituales hoy pujantes que germinaron entonces con dolor ... La actividad
de la Juventud en aquellos días fue un factor importante para que nuestra
guerra civil se convirtiera en Cruzada, con mayúscula.
»Mas antes de los que pudieran ser
los esquemas del libro debes intentar reunir material abundante. SIGNO tiene
algo publicado; pero hace falta escribir historia. De conservarse las cartas
en el Consejo
se hubiera podido citar nombres y unidades militares que harían irrefutables
ciertos heroísmos que pudieran parecer a algunos fantásticos y tener una
buena acogida entre ex–combatientes que se verían allí reflejados.
»No he tenido en mi poder ningún resumen de las
actividades de la Juventud en aquel tiempo. Una copia llevó Maximino Romero
en su viaje a América, quizás sea la tercera copia a que tú te refieres.
»Te incluyo todo lo que he podido
encontrar relacionado con ese trabajo; un calco del informe elevado por ti
al llorado Cardenal Gomá, una de las lecciones de Acción Católica y un
informe de la situación moral de entonces; me he retrasado algún tanto por
si encontraba algo más y porque quería enviártelo desde Burgos para más
seguridad en el correo».
Pero, que se sepa, la historia de la Juventud de
Acción Católica no llegó a escribirla lamentablemente.
En su carta su le dice además:
«No puedes imaginarte con cuanto gozo leí tu
carta que me daba la impresión de recibir noticias de un auténtico
resucitado; la leí de un tirón, sin titubear una sola palabra, tan familiar
me resultaba tu letra ¡Alabado se Dios! ...
»Ya sé lo que supone para ti
mantener correspondencia con todos, tus amigos, sobre todo no disponiendo de
un secretario; no obstante por mi parte quisiera escribirte con más
frecuencia. Tu letra es la de siempre y parece coger las riendas donde las dejastes hace ya seis años».
Terminados los Ejercicios, a
mediados de junio
,
acepta dirigir a Sor Carmen. «No sabemos
–le dice– si el Señor querrá
valerse de mí, probaremos».
Al mismo tiempo le da una buena noticia en
reserva que desea quede discretamente silenciada pues lo encarga la
concesión.
«Vísperas de Pentecostés
–le dice– recibí la
concesión de la Sagrada Congregación de Sacramentos para poder tener
reservado al Señor Sacramento en mi Oratorio, ahora tengo que pedir la
concesión de Oratorio privado, pues la que tenía era de altar portátil, pero
ésta es fácil.
»Ya
puedes figurarte mi gozo, pero también mi miedo a no corresponder a tan
inmensas gracias de Dios. Ahora más que nunca tendré que pedirle gracias
para vivir el “déjame hacer ahora ... ”
»Confiemos en ese amor del Padre que en
su Hijo ... se abajó a besarnos haciéndose para ello carne y, en esa carne
asumida, llaga de amor vivo para que, juntando labios de