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     ITINERARIO DE SU ENFERMEDAD:

      *            1956:     Cae gravemente enfermo

      *            1957:     El médico sólo le permitía una   

                          actividad limitada dentro de casa

 

      *            1958:     Estaba siempre de buen ánimo, aun

                          en los momentos de sufrimiento

 

      *            1959:     Aun sin poder celebrar Misa, sigue

                                ejerciendo su ministerio sacerdotal

 

      *            1960:     Su mejoría, aunque lentamente, va

                                 consolidándose

 

      *            1961:     A pesar de que la enfermedad sigue  

                         su curso inexorable, con altibajos, es

                                                                                    feliz y continúa con su entrega 

                                                                   generosa sin tregua alguna

 

*            1962:     ¡Qué admirable ha sido el Señor para conmigo durante mi enfermedad!,

                     exclama

 

*            1963:     Sigue buscando purificar y perfeccionar más su inmolación

 

*            1964:     Cada vez es más perfecta su inmolación, hasta tal punto que en este año de

                     su muerte, la cruz consuma su apostolado en la Acción Católica

 

 

APÓSTOL

CON VOCACIÓN DE CRUCIFICADO

 

ITINERARIO

DE SU ENFERMEDAD

Con él, de la mano de su correspondencia, vamos a recorrer una a una las etapas de su calvario a lo largo de todos y de cada uno de sus años de enfermo hasta el momento de su santa muerte. Son un libro abierto a la meditación que nos instan, a su ejemplo y semejanza, a vivir la hermosura de la Cruz.          

1956:     Cae gravemente enfermo

Cae gravemente enfermo por una crisis cardiaca aguda: infarto de miocardio. Esclerosis coronaria, insuficiencia cardiaca y algunas cosas más. «Empezó –según su sobrino Rafael– por el corazón, pero todos sus órganos vitales del cuerpo sufrieron un enorme deterioro, hígado, riñones, etc. no cumpliendo adecuadamente sus funciones». Comienza así a hacerse realidad viva su lema y sub-lema sacerdotal.

Once días después, el 13 de junio, ingresa en la Unión de Enfermos Misioneros [42].

Muchos años antes ya anotaba en su Diario:

«El Señor, en su infinita misericordia, me envía una enfermedad [que no especifica]; enfermedad que, a mis años [tenía 31], puede ser grave [16 de diciembre de 1933]» … «Has querido envíame una enfermedad, ¡bendito seas!; mas estos vahídos que me dan con tanta frecuencia me han impedido ir a Misa y a comulgar ... Uno de éstos puede ser el último [19 de enero de 1934]». Y cuatro días después: «Una enfermedad es aviso providencial de la muerte y tras de la muerte está el juicio, de forma que una enfermedad ligera como la mía debía de haber sido causa de que cumpliera aún mejor mis deberes para con Dios, ya que tal vez tenía que comparecer pronto ante Él ... Salud o enfermedad es lo mismo ... »

«Me has sostenido durante estos días de enfermedad [17 de febrero de 1942] y me has devuelto la salud y me has infundido una confianza inquebrantable en tu caridad infinita.

»Tú me diste gracia para ofrecerte todas las molestias y padecimientos de la enfermedad. A los pies de mi lecho estaba tu sagrada imagen de Crucificado, que dulcificaba y transformaba en secretísimo gozo todas mis dolencias. Cuando el frío de la fiebre estremecía mis huesos, me hacías pensar en ese intensísimo frío de la terrible fiebre de tu Cuerpo hecho llaga que te estremeció en la cruz y que al obligar a tu Cuerpo a restregarse con las asperezas de la cruz hacía tus llagas más y más profundas y dolorosas.

»Y cuando el lecho y la almohada me parecían de piedra en las que más y más se maceraba mi quebrantado y dolorido cuerpo me hacías pensar que eso y todo lo que han padecido, padecen y padecerán los hombres lo quisiste tú pasar por mi amor, por apartarme de mis miserias y pecados y apegarme a tu Corazón y darme tu caridad infinita.

»Y cuando la fiebre resecaba mi boca y agrietaba mis labios, comprendí un poco mejor aquella sed tuya con la que hace años estas urgiendo a mi alma.

»Y pensaba también que podía morir y presentarme ante ti, y repasaba mi vida y mis obras y me veía tan pobre y sucio y sin tener nada que presentarte ..., y entonces volviste a hacer vibrar en los oídos de mi alma tu amorosa queja: Amice, ad quid veniste? Osculo filium hominis tradis? Y me diste luz y gracia para penetrarla y entenderla».

Años más tarde, en julio de 1948, siendo estudiante en Salamanca, su buen amigo, el Rvdo. Hernán Cortés, Vicario General y Deán del Arzobispado de Zaragoza, le decía –permítasenos esta licencia repetitiva–: «Ya ve que tengo razón cuando le modero en ciertos afanes. Cuídese. Después de Dios y de la salud que Él quiera que tengamos, son secundarios hasta los exámenes … ».

1957:      El médico sólo le permitía una actividad limitada dentro de casa

Este año Alejandro Fernández Pombo, entonces redactor de SIGNO, entrevista a Manuel Aparici en su casa, en un primer piso de la Plaza de Isabel II [43]. Le recibe a él y a Cecilio en su despacho, que tiene un poco de santuario. En la pared hay una fotografía que recoge un momento histórico: Manuel Aparici entregando a Antonio García–Pablos la Presidencia Nacional de la Juventud de Acción Católica de España. También hay otro pergamino lleno de firmas, recuerdo de aquellos años heroicos y peregrinantes.

En una mesa pequeña, una luz, da tonalidad roja a la habitación. Junto a la mesa, con el manteo sobre los hombros, sentado en un sillón, D. Manuel.

Al preguntarle sobre su enfermedad, responde:

«Estoy en periodo de convalecencia [44]. El médico sólo me permite una actividad limitada dentro de casa. También me ha dicho que puedo salir un poco, siempre que haga buena temperatura. Lo cual quiere decir que ahora no salgo … Me cansa el andar, me fatiga un poco. Además me coge desentrenado ... Me levanto más bien tarde; celebro Misa aquí, en mi casa por permiso de la Nunciatura [45], en esta misma habitación; recibo alguna visita de las inevitables; como y hago dos horas de reposo; a estas horas de la tarde –son las siete–  siempre viene alguien: los del Consejo, algún íntimo, sacerdotes; ceno temprano, y a las diez me acuesto».

Le habla de cómo todos los Centros, los Consiliarios y los jóvenes han pedido por él.

«Lo sé; –le dice– a ellos les debo que el Señor no me haya llevado aún de este mundo».

Al decir estas palabras –escribe Alejandro–, sonríe casi imperceptiblemente. Y recordamos aquella frases de cuando era Presidente Nacional: “Un Centro no muere cuando hay un joven dispuesto a morir por él”. D. Manuel había ofrecido su vida por nuestra Juventud.

El motivo de nuestra visita –sigue escribiendo Alejandro– es doble. Por un lado, saber de él y de su estado para poder informar a la juventud, que cada día reza y se interesa por su salud; pero también queremos que el Consiliario Nacional nos hable de estos jóvenes y que nos diga consignas para el año que empieza.

«Yo le pediría a la Juventud –le contesta Manuel Aparici– para este año y para siempre el sentido de responsabilidad de la fe católica. El afán por perfeccionar esa fe no sólo con un mayor conocimiento de su sujeto, Cristo, sino sobre todo por la caridad, que es la que hace vivas y eficaces todas las virtudes».

D. Manuel hace una pausa y después añade:

«Gracias a Dios, en estos dos años últimos, se ha avivado el espíritu militante; pero aún hay que vivirlo con más perfección, dándose cuenta de que los militantes son el  enlace de Dios para muchísimas almas, ofreciendo por delante el testimonio de su vida. También les pido una alegría profunda y cristiana, que no es la alegría del mundo» ... y «Se ha roto el frente del complejo consciente del fracaso de la Acción Católica. Claro que los que hablaban de fracaso no se habían dado cuenta de que la Acción Católica es una “gracia grande de Dios”, según decía Pío XI. Y la gracia de Dios no fracasa ... Y la operación Cursillos (de Cristiandad) ha sido un acierto. Los jóvenes han visto que cuando hay oración y sacrificio el Señor escucha y premia».

Y ya en un terrero más concreto, a la pregunta de Alejandro responde:

«Como actividad fundamental para el Consejo Superior, los diocesanos y los centros, mejorar los equipos de militantes, perfeccionando a los dirigentes ...».

D. Manuel, antes de despedirse, vuelve a insistir en que agradezcamos en su nombre cuanto han hecho a todos los que han pedido o se han interesado por él y nos habla impaciente del buen tiempo. «En marzo, o quizá en febrero, podré ir por el Consejo ...»

Por las minutas de honorarios profesionales que se conservan de este año (19 de octubre y 19 de diciembre) relativas a las visitas efectuadas –inyecciones y curas– desde agosto a diciembre, ambos inclusive, sabemos que eran prácticamente diarias y en algunas ocasiones dos veces al día.

¡Y la enfermedad estaba como quien dice empezando! ¡Cómo sería ésta en su etapa álgida!

1958:      Estaba siempre de buen ánimo, aun en los momentos de sufrimiento

«Cuando en el año 1958 regresé (de Roma) a Madrid –dice Mons. Maximino Romero de Lema, entonces sacerdote– le visitaba con bastante frecuencia. Nuestra conversación versaba sobre el sacerdocio, la oración y los problemas pastorales generales, especialmente de los sacerdotes. Le encontré siempre de buen ánimo, aun en los momentos de sufrimiento. Le visitaban muchos sacerdotes y antiguos compañeros de la Juventud de Acción Católica, y también jóvenes. Su presencia hacía bien … Sé que sus Superiores Eclesiásticos le estimaban y querían y le dieron pruebas durante su enfermedad».

1959:      Aun sin poder celebrar Misa, sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal

«En la primavera de este año cuando le dan permiso para celebrar en su casa, dos veces en semana solamente, y eso sentado en una silla, escribe que llevaba ya sin poder levantarse a celebrar desde el 15 de junio de 1957» [46].

«Ya ves que, aun sin poder celebrar la Santa Misa –le dice a Sor Carmen el 1 de febrero–, desde el 15 de junio de 1957 estoy impedido, vivo y siento la paternidad espiritual del Sacerdocio de Cristo que en su infinita bondad me participó. Tal vez este pensamiento, aún en ese hondón del alma que nada tiene que ver con la sensibilidad, es el que me ha mantenido en esta Misa de veinte meses en la que yo era la hostia victimal ... Me vio tan cobarde y ruin, tan poco decidido a hacer yo pese a haberle pedido tanto la cruz, que hizo Él: me la envió, y como tanto la había pedido, por decencia, no podía protestar y acepté y di las gracias; y su Amor, ¡Ah su Amor! ... ».

Recordando sus sufrimientos, le vienen a la pluma dos frases de Antonio Rivera:

«Yo Dios me noto muy mal, pero a ti te noto muy bien» y «no tengo parte del cuerpo que no me duela» y «unido a esto la impotencia para rezar, sequedad, sensación de abandono y tentación de creerme rechazado por El» [47].

Sólo la fe, obscura, gélidamente fría, y la comunión diaria de la que nunca le privó el amor del Señor eran su sostén y el director espiritual.

«Todo esto terrible, pero magnífico –sigue diciéndole a Sor Carmen– porque en la fe conocía que Cristo retornaba a vivir en mí una parte infinitamente pequeña de los terribles dolores, obscuridades, abandonos y desamparos a los que gozosa y libremente se entregó por amarnos. Y como vivía su dolor en mí, también vivió, aunque la sensibilidad no se enterara, la noticia de su Amor. Y al notarlo, al conocerlo, no salía de mi asombro: ¡Cómo Tú amas así ... a esta piltrafa, toda llagas en el cuerpo y en el alma! ... ».

Pero no siempre podía escribir.

«Hasta hace pocos días –le dice en la misma carta a Sor Carmen– no podía casi escribir; todo me producía una fuerte fatiga respiratoria y cardiaca. Desde hace quince días con un cambio providencial de médico, que vio que estaba intoxicado a fuerza de medicinas y me las suprimió casi todas, empecé a mejorar; y ya ves que escribo una larga carta».

Pero, a pesar de que se fatiga y emociona sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal también por carta con dulzura, paciencia, amor y entrega total: revisa y corrige guiones que le hacen llegar; contesta preguntas sobre espiritualidad seglar, ideal de santidad, etc. Cartas todas ellas llenas de unción sacerdotal dando cumplida respuestas a todos.

¡Qué escritos tan maravillosos y tan llenos de unción sacerdotal! ¡Tan llenos de Dios!

«Eso era –dice el Rvdo. José Manuel de Córdoba– lo que Manuel Aparici quería para su predicación de sacerdote y apóstol: “Predicar concrucificado con Cristo y dándome así inmolado a los hombres”. Y esto es lo que me mueve a trasmitir su testimonio» [48].

Al mismo tiempo, le informa que ha escrito al Sr. Cardenal por si al finalizar el curso pude concederle a Pepe como un futuro sucesor suyo.

No sabe donde para su archivo, porque cuando se estaba muriendo le trasladaron a lo que era su despacho, amontonaron los papeles no sabe dónde y algunos los tiraron, y en los breves intervalos de mejoría no tuvo fuerzas para buscar y menos para ordenar.

Finaliza la carta con estas palabras:

«Y nada más, pues me fatigo. Sólo que en los dos años y nueve meses de enfermedad nunca me sentí defraudado. Él me dio la paz para confiar en su Amor ... ».

Tiene permiso para celebrar la Santa Misa, aunque sea sentado, pero no fuerzas.

El 24 de abril, su buen amigo, el Rvdo. Librado Callejo Callejo, le dice: « ... Para algo el Señor nos puso cerca en la vida. Y tan cerca que nos puso ... Buscábamos apoyo mutuo para una mejor santificación ... Jamás podré olvidar, y nunca agradeceré bastante al Señor, el bien que me hizo con aquel paso por Salamanca ... Vivo todavía de aquellas reservas ... Dios te ha acercado más a Él ... Y, claro, Dios hace todas las cosas bien ... También cuando nos hiere. Bien convencido estoy que ... soportarás valientemente la cruz. Muchas veces dijiste, hablando de los mártires, que Dios escogió lo mejor. ¿No será esa siempre su táctica? Y con ese criterio debemos situarte entre los mejores. Entre los más amados del Señor, los que hacen el bien de la manera más eficaz (en silencio), los miembros más valiosos del Cuerpo Místico, los que sobreabundan en méritos para liquidar cuentas ajenas, los que suben al cielo rápidamente y escalan los puestos cimeros, los que Cristo abraza en los brazos de su Cruz ... Supongo que tu mayor cruz será carecer de la Misa o de la comunión, si lo primero no es factible ... Te agradeceré que cuando puedas, y como puedas, ... me mandes unas letras diciéndome muchas cosas, pues por ser tuyas todas tienen interés particular para mí ... Ten la seguridad de que vivo muy cerca de ti y muy interesado en todo lo tuyo ... ».

No obstante su delicado estado de salud, José Blázquez Cidoncha apela a su corazón sacerdotal de padre y amigo «el más grande que ha conocido», para «arrancarle el perdón que no merece –aunque reconoce que no merece la consideración y el afecto que le tiene– ¡Pero Vd. –le dice– suple mis deficiencias con su superabundancia de caridad!» [49].

Después de decirle que sus cartas le producen enorme emoción y satisfacción, se pone a su disposición en todo y para todo en cualquier momento. Celebra su mejoría y le dice que le pide al Señor por su pronta recuperación.

Otros –como José Díaz Rincón Cf. – le ofrecen todo su cariño y ayuda: «Ya sabe Vd. –le decía [50]– que le quiero mucho y nunca le podré olvidar. Le tengo dicho a Ana María Rivera y a su familia que le atiendan y que cuenten conmigo para todo. Tengo poquísimo dinero porque con mi sueldo tengo que mantener también a mi familia del Romeral, pero mi esposa y yo estamos dispuestos a mantenernos con pan y agua con tal de que a Vd. no le falte nada. Tenga Vd. confianza conmigo y pida lo que quiera».

La muerte de su madre, acaecida en este año, el 1 de junio, le originó una recaída pasajera.

Empieza las cartas, de dos o tres cuartillas como máximo, y a veces tarda varios días en continuarlas sin saber cuándo las terminará. ¡Son tan grandes sus padecimientos! ¿Causas de la interrupción? El mismo nos las dice:

 «Ya ves –le dice a Sor Carmen (Cf.)– trece días interrumpida la escritura [51]; primero unas visitas, luego un pequeño retroceso [más adelante lo califica de «pequeña crisis física y una gran crisis espiritual»]: Un poco débil el corazón, descenso de tensión, total quietud, supresión de salidas y de celebración de la Santa Misa.

»Pero ya gracias a Dios voy rehaciéndome, y el médico me permite celebrar mañana y luego Dios dirá».

A continuación, le habla de su estado físico y espiritual.

Su salud mejora y gracias a esa mejoría celebra ya sentado dos veces por semana, y empieza a salir un poco, en coche, claro. El médico le permite dos ratos por semana. Puede –además– sacar unas tres horas de meditación, más el Oficio y la Santa Misa ... ; durante los Ejercicios [52] estar arrodillado en el reclinatorio algún rato.

«Por experiencia sabes que cuando el alma se deja recoger por el Señor siempre se encuentra bien. ¿Abrasado en amor?, no. ¿Hambriento y sediento de abrazarme?, sí. Por eso mi cielo es la Santa Misa, sólo en ella y por ella se satisface mi sed: Ofrecer a la Trinidad Santísima la reparación perfectísima de alabanza, oración y obediencia de Cristo Cabeza y miembros ... Porque, hermana Carmen, la herida que debe sangrarnos en el alma, a vosotras hermanas del Carmelo y a nosotros sacerdotes del Altísimo, es la glorificación que hemos robado a Dios con nuestros pecados y nuestros fallos, la glorificación que resta y roba a Dios los pecados de nuestros infelices hermanos de toda la tierra; pero para esta herida el único bálsamo es Cristo; Cristo ofreciéndose en la cruz y en la Misa ... ».

Reconoce que es un alma mezquina, pecadora, cobarde. «¡Qué equivocados estáis los que me creéis tan perfectos!», le dice.

«Tantos años pidiéndole al Señor que me hiciera partícipe de su Getsemaní y su Cruz ... que cuando me lo participa me echo atrás. Ya sé que me recordarás la oración de Jesús: “Si es posible que pase de mi este Cáliz …”. Sí, a Jesús le repugnó, pero hizo la voluntad del Padre; pero yo no la hago. Me hurto ratos, días y semanas a la cruz con lecturas frívolas [le gustaba leer novelas policiacas]».

Siente la soledad, el abandono de todos y la total inutilidad; para quien tuvo vocación a vida activa, es tan extraño y nuevo que le desconcierta.

«Treinta años tratando de vivir para los amados de Jesús –le dice a Sor Carmen– y ahora no tendría quien me ayudara a Misa (dos veces por semana) si no fuera por el conserje del Consejo que me envía a su sobrino».

Calibra y mide un poco lo que debieron suponer para Jesús sus olvidos y abandonos, por lo que a él le duele. Sabe que el Señor le llama a esta nueva vocación de mayor intimidad con Él. Pero como es cobarde, en vez de abrazarse gallarda, apasionada y alegremente a la cruz en la que Cristo está expirando de amor e invitándole a amar: Pies clavados, la cabeza inclinada, brazos y manos extendidos y el pecho abierto, se hurta a Ella.

Pese a sus crisis y altibajos, mantiene, sin embargo, una confianza inconmensurable en su Amor y le pide a su Amado se la conserve.

Sus tristezas nacen de ser ingrato, inconstante y cicatero con Él, pero sus crisis, tristezas, tedios, soledades empiezan, por la bondad de Dios, a no ser suyas, sino de Cristo en él, que vuelve a pasarlas para enamorarle más y más de su amor infinito.

« ... cada día –le dice– me maravillo y asombro más de lo que el Padre nos ama y con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y le doy gracias porque me eligiera sacerdote y me permita celebrar la Santa Misa dos veces por semana, una vez superado el último bache en la salud».

Le pide una foto del Sagrario de la Comunidad pues sin recordarlo se traslada en espíritu casi todos los días a él para unir sus oraciones a las suyas: «Piensa –le dice– que llevo casi tres años sin poder hacer la Visita». También le pide que sigan orando por él y que continúe escribiéndole porque sus cartas rompen, de cuando en cuando, su soledad.

A la pregunta que le hace Sor Carmen sobre la espiritualidad seglar, le expone su parecer sobre la misma apoyándose en los Evangelios y a veces con palabras de San Ignacio.

« ... Creo que pensamos lo mismo. Para mí no hay más que una espiritualidad cristiana, porque no hay más que un Espíritu Santo, aunque con matices distintos. Y toda espiritualidad que no sea del Espíritu de Cristo, viviendo en nosotros y dirigiéndonos y conduciéndonos no es espiritualidad cristiana.

»El tema es inmenso, pero creo que hay equivocaciones por no tener en cuenta que una cosa es la teoría y otra la práctica; en teoría lo propio de todo grado avanzado de espiritualidad es glorificar a Dios a través de todas las criaturas . ... ».

Su corazón se ensancha de alegría por la bondad de Dios al recibir carta de Sor Carmen y le dice:

«Unas líneas para dar las gracias a la Rvda. Comunidad por su bondad al querer ser instrumento de Dios para acariciar mi alma … Me ayudáis y me ayudaréis a llevar el peso de este admirable Sacerdocio de Cristo que Él, en su inefable bondad, se dignó participarme, y así por vuestra ayuda y la de todos los santos hará que lleve de tal forma ese yugo bendito que consiga su gracia».

Y cuando algún joven va los domingos a ayudarle a Misa siente un gran gozo.

« ... Los domingos viene el bueno de Agustín Losada con un par de amigos a ayudarme; ¡no saben el consuelo que me dan!, pues me hacen más presente a la Juventud bien amada de Cristo, a la que amé y serví, hasta enfermar, durante 30 años de mi vida y me sirven, como aquellos dos mancebos que sujetaban los brazos de Moisés, para tratar de mantener la postura de cruz que Él me pide, ya que fue ese amor de Cristo a los jóvenes que Él empezó a revelarme un día de la Inmaculada de 1929, lo que me fue clavando a su cruz. Pedid, hermanas, para que Él me dé valentía y generosidad para perfeccionar esta crucifixión, a fin  de que por mi culpa no dejen de conocer su Amor los jóvenes de España».

A finales de año cualquier cosa le produce fatiga, por lo que evita esfuerzos por temor a una recaída, ya que se había iniciado una ligera mejoría. Así, con fecha 25 de noviembre le dice a Sor Carmen, no sin antes puntualizarla que no deben desorientarla sus cartas en relación con él porque es algo «ni frío ni caliente» y porque «en las cartas como en los discursos sale lo mejor que puso el Señor en nosotros: el ideal de santidad que nos invita a alcanzar, pero ya basta hablar del ideal, sin realizarlo o al menos dejarle a Él que lo realice.

»Es verdad que Dios ama divinamente, pero estoy tan poco atento a las manifestaciones de su amor; el vuelo de mi alma se parece al de la perdiz y la codorniz, que dan unas cuantas aletadas y toman tierra otra vez».

Y por temor a una  recaída está pensando mucho en lo del Sagrario, pues tendría que hacer bastante cambio de habitaciones. Le parece mejor esperar a ver si la pequeña mejoría que se inicia se consolida y entonces poder meterse en esos pequeños trotes sin fatigas.

Reitera, una vez más, su gratitud a la Rvda. Comunidad por todas sus bondades y por el delicado obsequio de los ornamentos sagrados, que bendijo con facultad delegada por el Sr. Obispo, D. José María, y estrenó. «Son –le dice– de un gusto litúrgico exquisito».

Por otro lado, aunque sigue confuso y avergonzado por su indignidad, por complacer a la Santísima Trinidad se atreve a acercarse al altar de Dios, de ese Dios –dice– que «es nuestra alegría desde la juventud».

Con la Cruz, Cristo le da una efusión vivísima del Don del amor de Dios; cruz y amor que van creciendo, en su cuerpo y en su alma, hasta la misma muerte, cuando nos dice y escribe que «está en las manos del Padre como un hijo pequeño».

Y a finales de este año, le sustituye por enfermedad en la Consiliaría Nacional su amigo D. Mauro Rubio Repullés.

1960:      Su mejoría, aunque lentamente, va consolidándose

En febrero de este año espera poder inaugurar el Oratorio que le ha regalado un grupo de jóvenes que actuaron con él como Rectores de «Cursillos de Militantes de Cristiandad». Su corazón rebosa de gozo por tantas bondades que su Amado tiene para con él.

Agradece al Señor que haya querido darle como ángel de consuelo y confortación en el Getsemaní de su vida, a Sor Carmen. Tus cartas –le dice– «me consuelan y confortan; si al Señor, que era el Santo de los Santos, le alentó y confortó el ángel que el Padre le envió ¿cómo a mí que soy un pobre pecardorcillo (pues ni aún soy grande) no me han de consolar las pruebas de amor que Dios me da por medio de sus santas monjitas?».

Sigue tardando mucho en contestar las cartas y como siempre son varios los motivos; algunos de ellos nuevos, pero el más importante es que se cansa mucho, lo que no es de extrañar en su estado.

«La máquina –le dice– no la domino y me cansa, a mano también soy lento, y me cansa alguna que otra visita que se entrecruzan y, sobre todo, porque estoy –como dicen– bajo de forma y perezoso para reaccionar; claro es como no he perdido el sentido de la responsabilidad al escribir tengo que cuidar de no perjudicar ningún alma de las que el Señor ama; y como por otra parte tengo que enfrentarme conmigo mismo, y al enfrentarme comprendo que Jesús me está pidiendo mucho que no le doy, pues retraso el escribir para retrasar el enfrentarme, pues si me enfrento no tendré más remedio que rendirme totalmente a las exigencias de su Amor ... Pese a todo: a las lecturas frívolas, a las desganas, a la falta de ratos de oración, si Él me preguntara tendría que decirle como San Pedro: Tú sabes que te amo».

Le duele el poco aprecio que se hace de los mártires y sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal: dirección espiritual, etc. El Rvdo. José Manuel de Córdoba, que le visita con frecuencia, le pregunta si tendría inconveniente en dirigirle. Le contesta que probarían, con plena libertad para que le dejase si no conviene a su alma sin que por ello se enfríe su amistad.

« ... Con la visita de un sacerdote tuyo [53] –anota en su Diario–, cuya alma cuando era aún seglar y más tarde seminarista confiaste a mi cuidado en dirección espiritual, viniste a urgirme a una entrega rendida a tu amor; pues vino en tu nombre a pedirme que volviera a ayudarle en la dirección de su espíritu …

»Al principio me asusté terriblemente; pensaba en mi interior ¿cómo yo que he dilapidado el caudal de conocimientos, luces y gracias que me concedió el Señor, que a través de la enfermedad me he ido convirtiendo en un cura comodón, que reza rutinariamente el Oficio, que apenas hace meditación y lectura espiritual, que sólo se enciende y arde en la preparación de la Santa Misa, puede ser instrumento de Jesús para ayudar a alcanzar la santidad a un hermano sacerdote a quien siempre me pareció que el Señor quería hacerle santo?

»Pero enseguida me hiciste comprender que eras tú mismo quien en Carlos me decías: “Sitio” “Da mihi bibere” ...  Y ¿cómo rehusar? Tendré que repasar la Teología, los maestros de espíritu, intensificar la oración y ofrecer gozosamente esta larga enfermedad completando tu pasión ... Pero con tu gracia lo haré, pues tu pedir, ya es dar.

»Gracias, amadísimo Jesús, por tu infinita bondad; sí, has querido que saboreara bien el “Apparuit benignitas et humanitas Salvatoris nostri Dei”, del Apóstol; pues como ni con Tomás ni con Antonio comprendí que tú querías despertarme de este indolente sestear, has venido nuevamente en Carlos a urgirme a la entrega.

»¡Bendito seas fidelísimo Salvador y Sumo Sacerdote que tan tiernamente amas a este miembro agusanado de tu sacerdocio santo!

¡Qué hombre de Dios! ¡Qué inmenso corazón sacerdotal el suyo! Siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios por encima de todo.

Su mejoría, aunque lentamente, va consolidándose a lo largo de este mes de febrero.

«Mi salud –le dice a Sor Carmen [54]me permite celebrar ya tres veces por semana, sentado, claro es, pero ya es un avance; el médico no espera mejoría hasta que me haga la punción abdominal, ya que dice que tengo una scitis (hidropesía) residual que es lo que me produce la fatiga y que por la vía normal no eliminaría o tardaría tres o cuatro años. Espero que en abril me pinchen y si Dios quiere, mejorar».

Seguidamente le habla de la salud de su alma y, una vez más, pide la ayuda de sus monjitas de Fuenterrabía.

«De salud del alma también estoy mejor. Jesús me urge ... Estoy empezando otra vez las meditaciones y consideraciones del mes de Ejercicios de San Ignacio … Él quiere hacerme todo y sólo suyo, aunque le ponga pegas y más pegas.

»Me encuentro como quien perdió la hacienda; hay que reconstruirlo todo: hábitos de oración, examen, lecturas, etc., pero, pese a todo, tengo alegría y paz, confío en que Él, en cuanto me vea empezar a corresponder a su gracia, lo hará todo».

En mayo continúa la mejoría hasta tal punto que le permite salir a la calle y acercarse al Seminario para honrar a la Madre en este su mes. Y su alma, exultante de gozo, da gracias al Señor por todas sus bondades y hace partícipe del mismo a Sor Carmen.

«Hoy, por la infinita bondad de Dios, he recibido la bendición con el Santísimo; después de casi tres años de no poder visitar físicamente un Sagrario. Esto quiere decir que estoy mejor, llevo ya unas cuantas salidas y hoy, me fui al Seminario para asistir y tomar parte en el ejercicio de las flores. ¡Qué bueno es el Señor! Él y su Madre me llevan con su gracia hasta este Sagrario y esta Capilla en la que tantísimas veces me manifestó su amor con su presencia en la Eucaristía, en mis Superiores, en los hermanos, en los libros, Él me hizo sentirme como en el vientre virginal de la Iglesia para que nuestra Madre me gestara como nueva criatura que recibiera el sacerdocio santo de su Esposo».

Y recuerda con cariño aquellos días de seminarista:

«!Qué vida aquella! Continuamente las saetas del amor Divino herían mi pobre alma para renovarla encendiéndome en el ansia de ese día de la ordenación en el que empecé a ofrecerle a Dios el propio Hijo de su Amor para amarle como Él merece ser amado ... ».

Por la misericordia de Dios está convencido de su pequeñez, pecados, infidelidades, regateos, indiferencias de horas, de días ante su sed; pero cada día cree más en su Amor y le duele amarle tan poco.

»Así es mi vida –sigue diciéndole a Sor Carmen–: un continuo desear, pero siempre con las manos vacías, y no teniendo propio más que miserias las ofrezco al Padre ... ».

Al tiempo prepara para su querida Comunidad de Carmelitas de Donamaría unas notas para un retiro [55] y para darles otra alegría les pide seis purificadores y un amito. «No urgen –les dice– pues tengo seis, pero están un poco pasaditos y amitos tengo dos, pero uno es el de mi ordenación que quisiera reservar para las solemnidades». Antes la Comunidad le había regalado unas casullas y conopeos.

A primeros de julio vuelve a recordar los años de Seminario y hace partícipe de sus recuerdos a Sor Carmen, Priora.

«Allá en el Seminario muchas veces Jesús me lo hizo presente, no te prometo sino que no es el siervo mayor que su Señor ni el enviado mayor que quien le envía, como me han seguido a mí os seguirán a vosotros: te aguarda la soledad, el abandono, la incomprensión, el olvido, la enfermedad, la desolación, incluso el sentirte abandonado de mí, a pesar de esto, ¿quieres qué te participe mi sacerdocio? Y en mi alma, su gracia, le contestó: precisamente porque me prometes la cruz me atrevo a pedirte que me participes tu sacerdocio, pues ¿cómo podría sin crucificarme contigo participar de tu sacerdocio? ¿Cómo, pues, no estar contento cuando Jesús es fiel? Todo Getsemaní es precedido de un Domingo de Ramos: eso fue mi vida casi hasta la enfermedad, pero ¿no son Getsemaní y el Calvario, el Huerto y el Monte dónde nos amaste? ... Por eso, espero que me haga todo suyo, cada vez me urge más ... ».

Le duele las almas y también hace partícipe de este su dolor a Sor Carmen.

«¿Si supierais un poquito de los terribles peligros que acechan a los jóvenes de uno y otro sexo, a los sacerdotes, a los casados, a todos los hijos de Dios?»

Con respecto a su salud le escribe: « ... la salud va un poquito mejor. Aunque la punción fue un fracaso no me preocupa. Me he puesto en las manos de Él, trato de obrar por la fe ...; lo importante no es que sea salud o enfermedad, sino que una cosa u otra son don de su amor. Estoy, pues, con la gracia de Él, gozando del don de la enfermedad, del aparente abandono ...».

Le invita a que piense en lo que él le hizo recordar a su hermano Antonio.

« ... Sabemos que Jesús nos llama a ser santos, mientras no lo seamos podemos ser los dos únicos que le faltan para completar el número de los que Dios tiene acordados que son suficientes para perdonar y santificar a las gentes de España.

»Por eso hermanas, cuando sepamos de pecado golpeémonos el pecho porque Él nos escogió para que en Él, por Él y con Él ser pago de redención por muchos y le estamos fallando y por eso las almas privadas del auxilio que habíamos de prestarlas en Cristo y a que tenían derecho caen en el pecado».

La sed le abrasa. Espera confiado en Jesús y María, pero le duele tardar porque es la sed suya la que empieza a arder en sus venas

Las pide que recen mucho por «dos almas que se ven azotadas de muchas tentaciones y que Él ha puesto en mi camino ... y por esos queridos hermanos sacerdotes ... que han padecido esa obcecación».

Casi a finales de año, el 29 de noviembre, Sor Carmen, Priora, le escribe con el cariño de siempre y un humor más que saludable. Primero le da noticias de la buena marcha de la Comunidad, de la que está francamente contenta, para a continuación interesarse por la salud de su alma, del alma de su querido Capellán y amigo.

« ... Él, por tu medio, me hizo descubrir lo que me hace pensar que pues Él te ama tanto y su Amor ha sido eficaz hasta aquí. Mira el camino recorrido ... Yo no creo que eres santo, pero no dudo de que el Señor por su Amor infinito terminará en ti su obra y fíjate por eso no te mando los originales, porque poca importancia me voy a dar yo con tantos autógrafos del santo, aunque tendré que mandarlos todos a la Santa Congregación de Ritos. Por cierto, que tu proceso va a ser eterno porque con todo lo que has escrito ... que va a llegar el día del juicio sin que haya dado tiempo a venerarte.

»Bueno en serio. No te desanimes nunca. Mira, yo creo que la gente lo que dice de nosotros es verdad. Yo me creo lo malo que dicen de mí, pero no me parece justo no creerme nada de lo bueno. Pues todos los que me han hablado de ti, con o sin admiración, con cariño o apenas conocerte, los que piensan como tú y los que piensan distinto, nadie duda de que ha hecho el Señor en ti y por ti grandes cosas y que has correspondido a ellas al menos con una buenísima voluntad. Como sabemos que esta buena voluntad también es regalo suyo, pues sin duda ninguna hay que alabar al Señor por ti constantemente ...

»Y conste que ya sabes que no creo que dejes de amar ni cuando oyes la radio, ni leas alguna novela, ni el pobre cuerpo y la misma pobre alma se angustien ante el dolor y quedan tristes y agobiadas, como Él quiso estarlo, ante lo largo del destierro y la ausencia sensible del que siempre te está sosteniendo».

Su buen amigo y condiscípulo en la Universidad Pontificia de Salamanca, el Rvdo. Manuel Pérez Barreiro, se interesa por su salud [56]. «De tu salud ¿qué me dices? De tus sufrimientos físicos y morales ¿cómo te encuentras? No te olvides, querido señor Abade, que “omnes qui pie vivere volunt in Christo Jesus, persecutionem patientur”. ¡Que bien predico! ¿verdad? Pide por mí para que diga menos y haga un poco más ...  como yo pido por ti».

Otro buen amigo, el Dr. Justo L. Martínez de Serdio, le dice desde Ceuta el 27 de diciembre que, al cumplirse hoy los 23 años de sus promesas de Propagandistas del Consejo Superior, le ha recordado con cariño en la Misa y ha pedido a Dios le conceda lo mejor de sus dones. Le desea, sobre todo, que se encuentre muy mejorado de sus dolencias y que no deje de acordarse de él y ofrecer algo de sus dolores por quien puede considerarse un hijo en la vocación sacerdotal. Y finaliza recordándole aquella su carta inolvidable y decisiva para él que recibió el 15 de abril de 1938, en Jerez, cuando se creía, por un error afortunado de diagnóstico, con un plazo breve de vida como víctima de una granulia pulmonar total.

El matrimonio Victoria y Manolo, con fecha 30 de diciembre, se interesa por su salud, le manda su felicitación cariñosa y le pide perdón por la tardanza en contestarle, si bien –le dice– saben de él frecuentemente por mediación de los buenos amigos que tiene en Toledo. Pide para que Jesús le mejore totalmente y le fortalezca por dentro y por fuera en el próximo año 1961 y que deje concluida ya la prueba y le conceda todos los bienes que se merece y que ellos le desean.«La carta –añade– me gustó tanto y es tan buena que innumerables veces la he leído y cada vez me ha hecho mucho bien, pues cada frase es una enseñanza y un motivo para estimularme a ser más santo y dar gracias a Dios por haberle conocido, tan estupendo y tan humilde, aunque tan grande a nuestros ojos y no me cabe duda que a los del Señor también.

»Comprendo sus razones para hacerme ver que Dios nuestro Padre oculta los defectos de las personas que nos propone como “guías” para arrastrarnos hacia Él.

»¡Qué bueno eres, Señor! que a la juventud española la has dado este modelo tan lleno de amor y celo apostólico, tan humilde y desinteresado, tan entregado y probado. El Señor, no me cabe duda, le tiene preparada buena corona como premio a su correspondencia. Él sabe todo cuanto Vd. ha hecho por su amor –mejor que nosotros– y le compensará nuestras omisiones hacia Vd. ...

»¡Lástima que la juventud que le tuvo por compañero, después por jefe y posteriormente como pastor bueno, no le imitemos y obedezcamos en su vida y magisterio amoroso!».

Le da las gracias por las dos veces que ofreció la Santa Misa por sus intenciones. « ... Tengo que quedar aún más reconocido –le dice– … al tener un ministro tan santo y bueno como Vd. ... ».

Abusando de su confianza, se permite encargarle otras dos Misas con idénticas intenciones para redoblar su agradecimiento, pues el Señor, en este lapso, se ha volcado por él y le ha mostrado en muchas ocasiones su bondad y predilección, algunas de las cuales cita en su carta. Para estipendio le remite, mediante giro postal, 200 pesetas, y por delante su agradecimiento eterno.

Le dice que son varios los amigos (matrimonios jóvenes) que piden  por él y que sepa, una vez más, que están con él y que les tiene a su disposición en todos los órdenes, en lo que humildemente puedan ofrecerle, pero con sinceridad; que tenga la seguridad de que todos le quieren y sienten no poder visitarle, si bien están dispuestos a lo que él mande. Y le pide su bendición y oraciones para estar más cerca de Dios y para que siempre sean un buen ejemplo para los hermanos que les rodean.

Y termina con estas bellas palabras fiel retrato de lo que era:

«Que el Señor le compense su soledad, sus sufrimientos y privaciones, le ayude en todo, se restablezca y nos le muestre como ejemplo vivo de santidad, bondad, caridad, humildad y tantos dones como Vd. tiene».

Pero casi a finales de año su salud se deteriora y así se lo dice a Sor Carmen a primeros del año siguiente, el 12 de enero:

«Como te habrá contado Ana María se me rompió una variz de la pierna; perdí algo de sangre y hube de estar inmovilizado varios días y a continuación cogí un catarro bronquial que no solté del todo hasta el 27 o 28».

1961:      A pesar de que la enfermedad sigue su curso inexorable, con altibajos, es

           feliz y continúa con su entrega generosa sin tregua alguna

A primeros de año, el 12 de enero –como acabamos de decir– escribe a Sor Carmen una larga carta a pesar de su delicado estado de salud. Se cansa pero no quiere diferir el saludo. Apenas unas líneas para darle a conocer cómo se encuentra para seguidamente decirle: «Pasemos a contestar a la tuya». ¡Siempre pensando en los demás! En ella trata varios temas: El amor a Dios, la dirección espiritual, los nuevos Consiliarios, etc. y en cada uno de ellos vamos descubriendo un poco más el alma de este apóstol infatigable y sacerdote santo en sus días de cruz.

«Conforme con todo lo que me dices sobre el Amor de Dios; cuando por amor nuestra voluntad se pierde en la de Cristo, como la gota de agua se pierde en el Cáliz, nuestros actos son también de Cristo y como suyos tienen un valor latréutico, eucarístico, propiciatorio y expiatorio pleno según la medida de nuestra incorporación a Él por la caridad. María apenas si hizo algo que se notara y viera y sin embargo, ¿quién cómo Ella ha sentido más el mundo después de Cristo?».

Con relación a la dirección espiritual le dice:

«En cuanto a la dirección espiritual conforme también con todo lo que dices en el dirigido … En el director: sentido de su instrumentalidad que le haga ayudar al Espíritu Santo y no suplantarle y sentido de su responsabilidad ante el Padre de aquel Jesús que confía en el dirigido para ayudarle a crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres, para lo cual el director tendrá que  tratar  de  ser  letrado y santo –como decía Santa Teresa–.

»Si tú crees que con tu actual director te va bien, sigue; si vieras que te estancas cambia pues el Señor quiere servirse de otro instrumento. Pero en general no creo que las almas que están en acusado período de vida activa convengan demasiado a las vocaciones contemplativas» .

Un sacerdote, al que ya había dirigido antes de que éste ingresara en el Seminario y mientras estuvo en Salamanca, «le pide que vuelva a dirigirle nuevamente» … «Puede quedar en cartera por si algún día fuera necesario».

A pesar de todo, es feliz, inmensamente feliz.

«Y cómo no voy a ser feliz si Él me da lo que tanto le pedí. Allá, en el Seminario, en mis noches de oración, Él me hizo componerle esta plegaria: ¡Oh amor de los altos cielos, que te entregas en mi nada, para alzarme desde el cieno a tu pureza sin mancha! ¡Oh amor que entre paja y hielo, con tu vida me regalas para abrasar con tu fuego las escorias de mi alma! ¡Oh amor que muriendo matas la muerte de mi hombre viejo y que mis heridas sanas con las llagas de tu Cuerpo! ¡Oh amor que en el loco exceso del amor con que me amas, enjugar quieres con besos de eucaristía mis lágrimas. No me envíes más consuelos y caricias a mi alma; hazme luz, incendio y llaga, brazo de cruz, pregonero del loco amor que te abrasa!

»¿Cómo, pues, no ser feliz si Él es tan amorosamente fiel que me da algo de lo que le pedí? Y digo algo, porque Él quiso padecer sin consuelo para ser Él nuestra consolación en nuestros padecimientos».

A continuación le habla de los nuevos Consiliarios.

«Aunque ellos tal vez no se den cuenta ambos, Miguel y Mauro, son en parte fruto del desposorio de Cristo con mi pobre alma pecadora; y de otra como buenos sacerdotes ya les mostrará el Señor cuánto les conviene padecer por causa de su nombre».

Sin embargo, no puede evitar sentir el silencio y el olvido por parte de quienes no lo esperaba.

«Pero, en cambio, lo que sí ha hecho impacto en mi alma de sufrimiento y de gozo íntimo y celeste ha sido el silencio y el olvido; entre los setenta y tantos Obispos españoles sólo Su Eminencia en junio y ahora el Auxiliar de Málaga me han escrito unas líneas cariñosas de despedida; ni un sólo Consiliario Diocesano ha tenido un recuerdo para el compañero que cayó enfermo en el campo de batalla apostólica y que cesaba por enfermedad, y entre los jóvenes sólo el articulista de SIGNO que escribió con el corazón, exagerando, y los de la redacción, y entre los antiguos sólo otro de La Coruña. Todo esto duele, aunque por la bondad divina se haya buscado sólo la gloria de Dios ...

»¡Ah Hermana Priora!, qué hermosa es la Cruz vista de frente! Asusta porque la vemos por el lado en que no está Cristo clavado, que viéndola por donde está nos dice –como les ponía a los muchachos en un Vía Crucis para Cursillos–. “Los pies tengo clavados para esperarte y los brazos abiertos para recibirte en ellos”».

Le recuerda que por su hermana Ana María hizo una petición a La Comunidad de unas cintitas para la cucharilla de su Cáliz (que es una concha y un bordón de peregrino) que tenga bordada la palabra ¡Sitio!

Y termina porque se cansa y fatiga mucho no sin antes decirle que José Manuel de Córdoba suele visitarle al menos una vez al mes. Se desahoga. Le hace bien a él y a mí.

La enfermedad, con sus secuelas: cansancio, fatiga, etc. sigue su curso inexorable, y con ella él sigue su entrega generosa sin tregua alguna hasta tal punto que su buen amigo el Rvdo. Hernán Cortés, Deán del Excmo. Cabildo Metropolitano de Zaragoza, y Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica cuando él Presidente Nacional, le aconseja aliviar su horario rígido y sus reglas duras.

«Tal vez –le dice– su alma se sintiera aliviada y se soltara  más aún hacia Dios, si en vez de llevar un horario rígido: lectura, examen, etc. tomara el sistema de utilizar su tiempo y su ánimo con más holgura. Por ejemplo, se halla a gusto leyendo, pues lea, acaso para varios días. Siente llamado a bucear en sí mismo, profundice, pues, y haga menos hondos los exámenes diarios ... y así. Santo es llevar el método ignaciano “ad apicem”; pero no es para todos los espíritus. Y el de Vd. no es de niño que se forme y presumo que no es de asceta que se regula ... Vuele hacia donde Dios le inspire con sabor grato o amargo, pero déjese llevar sin reglas duras, pero tampoco en anarquía» [57].

A pesar de su delicado estado de salud el Rvdo. Carlos Castro Cubels cuenta con él –con su director espiritual– a finales de enero para la «fraternidad sacerdotal» que ha propuesto a Maximino Romero de Lema que formen en la que tendría él un papel muy importante. En carta posterior –13 de febrero– le expone con cierta extensión lo que piensa acerca de ella. Se despide encomendándose a sus oraciones y a su enfermedad y le besa la mano.

¡Cuál no sería su disponibilidad que llega hasta pedir consejo a un sacerdote amigo suyo, el Rvdo. Librado Callejo Callejo!

«Respecto a la idea de Castro y tu plan [no se conoce], todo lo encuentro aceptable –le dice– [58]. Y estimo buenos puntales Puchol y Maximino. Ahora bien, la realización de dicho plan sería conveniente someterlo a estudio ... ». Tan pronto recibe el consejo de su amigo le dice a Carlos que hablarán más adelante del mismo.

A primero de abril –día 5– está muy contento porque ya celebra la Santa Misa cuatro veces por semana y hace partícipes de esta su felicidad a sus monjitas del Carmelo, hijitas muy amadas del Corazón de Cristo y les pide que «sean muy fieles a esa vocación para la que os eligió, de amar, hasta morir de amor, por los que no aman o aman poco, y de adorar y santificar y glorificar el nombre de Dios por los que no le adoran, santifican y glorifican. ¡Es muy triste que haya tantos cristianos que hayan olvidado cómo empieza el Padre Nuestro ... ¡Qué triste es ver que ahora preocupan más las estructuras sociales, un mundo mejor ... y que, en cambio, parece que preocupa poco que Cristo sea conocido y amado en la luz del Espíritu Santo como don del Padre! ...

»Pidámosle al Padre que revele a nuestros hermanos la adorable caridad que en su Hijo, por su Hijo y con su Hijo en los admirables misterios de nuestra Redención ... para que le alaben con obras y palabras a fin de que otros también conozcan y se gocen con su inefable bondad.

»¡Cómo se empeña Dios en poner sobre nuestros ojos ese barro de pecados que crucificó y sigue crucificando a Cristo para que lavándonos después en el agua y sangre que mana de su costado abierto, recobremos la vista como el ciego de nacimiento y veamos la adorable caridad de Dios! ¡Cuántas veces movido de su gracia, cuando me siento abrumado bajo el peso de mis miserias, infidelidades y pecados, levanto la mirada de mi alma al Padre, preguntándole “¿qué sientes de mí?”!. El Evangelio de su Hijo me contesta: “Éste es el Hijo mío muy amado, escuchadle”; y el Hijo me dice: “Tanto amó el Padre al mundo que no paró hasta darle a su Hijo ... ”; y a su Hijo lo dio no sólo en la cruz sino que lo dio y sigue dándolo en la Santa Misa y lo da cuatro veces cada segundo por todos; y por mis propias manos lo da el Padre y se da el Hijo cuatro veces cada semana; ¡Cómo voy a dudar del amor de Dios a esta pobre humanidad! ... Esta inmensidad, inmensidad de pecados míos y de mis hermanos los hombres más me revela la inefable caridad de Dios.

«Así le decía a tu hermano Pepe el Viernes Santo, que vino a visitarme, que nunca he tenido tanto miedo al infierno, porque el infierno es oír: ¡Apártate maldito ...! El infierno es no amar a Cristo, peor aún odiar a Cristo ... Así nunca como ahora me ha salido tan del alma “et fac me tuis semper  … et a te nunquam separari permitas”».

Termina la carta porque pasan de las doce de la noche [59] y no quiere que se demore más la expresión del amor con que nuestro Jesús le une con las venerables hijas del Carmelo en la alabanza del Amado. Y les pide que pidan al Señor que le sea fiel y que de una vez empiece a vivir agonizando de amor.

A mediados del año prosigue su mejoría. «Tu restablecimiento, aun no siendo total, tus ánimos, tus proyectos ... ¡Bendito sea Dios que alarga su mano para seguir bendiciéndote!», le dice su dirigido el Rvdo. Carlos. Y, como es generoso, hace partícipe de este gozo a Sor Carmen y a la Rvda. Comunidad la Vigilia de Pentecostés. Le da noticias acerca de su estado de salud de cuerpo y alma.

De salud «estoy mejor; de espíritu no sé como estoy. Ciertamente que Él pone en mi alma un mayor afán de no contristarle y un saber interior de que vivir sin amarle es el infierno ... Pero en medio de todo Él me da una confianza invencible en que a pesar de todas mis flaquezas y miserias, y tal vez por ellas mismas, me ama de tal forma que es una pena inmensa no amarle como merece ser amado, y así la Santa Misa es mi refugio de amor y de paz.

»No he desistido del Oratorio, espero, aunque sin reservado todavía pues lo están gestionando, inaugurarlo este mes».

Y ahora –le dice– unas breves noticias de mi alma pues son las doce y cuarto de la noche y he de acostarme:

«Aunque sobre un fondo un poco cárdeno: penas y sufrimientos y estado delicado de salud de mi hermana; desde la fiesta de S. Andrés me sorprende frecuentemente musitando la frase de uno de los responsorios: “qui per te me recipiat qui per te me redesunt” y las pruebas de amor con que me acosa; pues cuando Carlos me pidió dirección espiritual, en el primer momento me asusté y estuve por no aceptar, era la reacción de la soberbia: ¿Cómo yo tan vacío de ciencia y santidad puedo ayudar a este sacerdote que sé que el Señor quiere llevar a una gran santidad? Pero enseguida el Señor me hizo ver que Él era quien tenía que hacer en mí y que era Él quien en Carlos me pedía que le sirviera. Tendré que repasar mis empolvados tratados de Teología, que pedirle espíritu de oración; pero Él me ayudará.

»Así que me encuentro más animado y con un mayor afán de servirle, pues Carlos y otros dos sacerdotes que también me pidieron ayuda, son el primer término de ese Cuerpo Místico de Cristo que hace tantos años hace llegar hasta mi alma el clamor del Cenáculo: “Desiderio desideravi”; de Getsemaní: “Si posibilis est transeat a me calix iste” y del Calvario: “Sitio”; pero detrás está Pepe [60], vosotras, todos los que presidí y de los que fui Consiliario, los sacerdotes, los seminaristas, la Iglesia actual y la potencial».

A primeros de agosto su buen amigo y dirigido suyo, el Rvdo. José Manuel de Córdoba, tan pronto llega a Donamaría le dice que se vino con un poco de pena viéndole pasar tanto calor, molestias y contrariedades «adicionales», y se pregunta con vergüenza si no es injusto que él, siendo como es, disfrute, y él sufra por todos los tipos como él. «Pero –añade– me falta valor para pedir la cruz y me aferro a estos consuelos como un chaval mal criado. Le doy gracias a Dios y le pido que cuando venga lo duro y lo difícil me dé Él las fuerzas para llevarlo porque yo no las tengo».

Y se despide deseándole «que goce su amor en tu cruz con mucha más hondura que la que pueden proporcionar estos dones y regalos visibles y materiales y humanos».

Se lamenta de que el tiempo desde que está algo mejor se le va de las manos como el agua de un cesto y le duele no amarle como Él desea ser amado. Sale a tomar un poco el aire, la Santa Misa, ya diaria, el Oficio Divino, intenta hacer oración, un poco de lectura, la siesta, alguna que otra rara visita, pero cada día está más solo, aunque «Él, amigo admirable, fidelísimo no me deja solo, que todos los días viene a mis manos consagradas para darse en redención por todos y por mí; y para entrañarse en mí y a mí en Él  ... No sé que pasa por mi alma que ordinariamente se ve presa de una suave y dulce angustia por el temor de no amarle como Él desea que le ame» [61].

Tan bien se encontraba físicamente y de ánimo que le anuncia a Sor Carmen que se va al Seminario para hacer Ejercicios Espirituales que espera los dirija el nuevo Vicerrector, un antiguo Presidente, compañero de Seminario y magnífico sacerdote.

«Tal vez alguien piense –añade– que es una temeridad; mas yo entiendo que es confiar en el Amado. ¿Para qué me interesa a mí la salud si no es para amarle cuanto Él quiere que le ame con la ayuda de su gracia? ... Él me da suficiente salud para intentar hacerlo, pues aprovecho la oportunidad que Él me da. No sé lo que resultará; pero en todo caso veré que con su gracia el “Ecce adsum” de mi ordenación permanece en mi alma y le pido que no permita que me convierta en un infeliz “burgués” que celebra Misa».

Asimismo, le anuncia que espera, una vez termine los Ejercicios, salir con su hermana para Torrelodones [62] si Dios sigue mejorándole.

Terminados los Ejercicios, el día 1 de septiembre agradece a Sor Carmen y a toda la Comunidad sus oraciones por los Ejercicios a “los que le llevó el Señor” [63] al tiempo que les hace partícipes del inmenso gozo que inunda su alma ya que «¡nueve días estuvo el Señor especialmente para mí en el Sagrario del Seminario Menor! Pusieron reservado para facilitarme los Ejercicios».

Le hace partícipe también de otros estados de su alma: amarga sensación de que no agradaba al Señor, indiferencia a la sed de almas del Señor, etc.

«No sé si lo notarías –le dice– en cartas anteriores pero mi alma tenía la amarga sensación de que no agradaba al Señor, de que mis ingratitudes habían llenado de tristeza su Corazón …Cada vez que rezaba en el Oficio “et in siti mea, potaverunt me aceto” me parecía una queja que me dirigía personalmente a mí que tomé como lema de mi vida la quinta palabra: “Sitio”. Tanto urgir de su gracia me llevó a vivir esos nueve días en su intimidad. ¡Qué podré decir que tú ya no sepas! Sólo que me ha mostrado tan clara mi misión, como tú dices, que me duele inmensamente haberos restado ayuda a tantas almas como Él vinculó a la mía.

»Durante nueve meses permanecí indiferente a la sed de almas del Señor; pero Él, que es fidelísimo, llamó a la puerta de mi alma, me dio gracia para que la abriera y cenó conmigo. ¡Qué podía yo darle que fuera propiamente mío sino mis negligencias, mis pecados … mi hurtarme a su Cruz, mis indiferencias por las almas que se pierden … y con un dolor vivísimo, que Él me daba, le entregué todas mis miserias para que alimentara y creciera y se derramara su adorable misericordia; y Él, cenó conmigo y yo cené con Él».

A mediados de octubre sigue la lenta mejoría de su precaria salud. Las tres semanas y media que pasó en Torrelodones le sentaron admirablemente.

Y como siempre pendiente de todos desde su lecho del dolor. A todos tiene presentes en los pensamientos de su corazón, tanto en la Santa Misa como en las oraciones del día. En esta ocasión a los educadores católicos de los jóvenes.

«Pidamos mucho por los educadores de los jóvenes –le dice a Sor Carmen [64]¡Tantas familias religiosas suscitadas por el Amor de Cristo entre los jóvenes! Pidamos al Señor con la oración de nuestra vida quemada en el fuego de su voluntad santísima y amorosísima, que todos los educadores católicos, de uno y otro sexo, religiosos, sacerdotes o seglares, ardan en el fuego del Amor a Cristo a todos los jóvenes, para que así, siendo en su vivir llama de amor, se propague entre los jóvenes como la llama en el cañaveral».

Al mismo tiempo les pide que sean fieles al Señor.

«Especialmente en la meditación o contemplación de la tarde, sobre Getsemaní; me gozaba de las vocaciones contemplativas a través de vuestro recuerdo, porque vosotras acompañáis al Amado en aquellos sus momentos de soledad, tristeza y abandono. Procurad, pidiéndoselo, serle muy fieles. ¡Hermanas, que sería gran pena que nosotros tuviéramos que oírle “et in siti mea potaverunt me aceto” y “consolatem me quaesivi et non ... inveni”.

»Pidámosle que nos aumente la fe en su fidelidad inquebrantable, pues tendremos fallos y enfriamientos, pero Él, que es fiel, nos tomará con su gracia para hacernos arder en el fuego de su amor al Padre y a las almas».

A su precario estado de salud, añádanse las angustias y sufrimientos por su hermana, y el negro cerrazón de su porvenir.

A mediados de diciembre con motivo de sus prolongados silencios para con Sor Carmen y la amada Comunidad, les aclara, en primer lugar, que el silencio no significa olvido, para seguidamente explicarles el por qué de su silencio.

« ... Todos los días –le dice [65] os recuerdo en el Altar y ¿cómo no recordaros si además ornamentos y purificadores son obra de vuestra caridad que de esta forma tan humilde se hace presente al Santo Sacrificio que Jesús ofrece por mis manos al Padre y en el cual se ofrece y nos ofrece juntamente con Él?

»Y entonces, ¿por qué el silencio?. Pues mira, en octubre, por intentar ser fiel al horario piadoso de verano; en noviembre, porque a mi hermana se le produjo una rinitis diabética que parecía que iba a quedarse ciega; esto me hizo pasar un mes de angustias, pues además de los sufrimientos de mi hermana, el negro cerrazón de su porvenir, su único amparo humano soy yo. Su marido la tiene abandonada, mis otros hermanos, el que vive aquí (en Madrid) está en mala situación económica, al cual tengo que ayudar [66]; el otro vive en La Coruña y su mujer no tiene ningún cariño a mi hermana, y yo, como sabes, tengo la salud en precario, pues aunque estoy mejor sigo dependiendo de medicinas. Mi hermana tiene un destino, como eventual, en Asuntos Exteriores, desde hace 16 años con la mísera paga de 1.200 pesetas; pero como no es de plantilla, pues ni Artajo en sus once años de ministro ni Castiella en sus cinco se han preocupado de los 200 funcionarios que están en esta situación.

»Si quedara ciega ni con esa miseria podría contar el día que yo faltara. Ciertamente Dios no falla, pero Él quiere valerse de nuestras providencias para favorecernos con la suya y te confieso que en este problema de mi hermana todos los que se llaman amigos me han fallado, todos han hecho un poquito, como para no quedar mal conmigo, pero sin emplearse a fondo; el único que no falla es el Señor. Gracias a Él y a la Purísima, a quien se lo pedí el día de la Inmaculada, se inició una franca mejoría en la vista de mi hermana, pero pedid mucho por ella, pues, tanto sufrimiento y el tratamiento fuerte a que está sometida, temo que la produzcan algún trastorno mental. Como ves Hermana Carmen el Señor sigue su trabajo en mí; algo me quejé con Él, después me hizo comprender que la cruz para serlo tenía que ser a su gusto y no al mío.

»Con todo esto mi vida de espíritu ha tenido muchos altibajos; sólo la celebración de la Santa Misa es mi estrella de Belén aunque muchas veces el menor ruido me

distrae ... ».

Y finaliza su escrito encomendando todos sus problemas a esa venerable Comunidad.

1962:      ¡Qué admirable ha sido el Señor para conmigo durante mi enfermedad!,

           exclama

En marzo ya estaba bien, gracias a Dios, de la bronquitis gripal que padeció a finales del año pasado y principios de éste, y comparte con Sor Carmen la mejoría de su hermana, aunque todavía no estaba bien del todo.

«Un día –le dice– estuve bastante achuchado pero, a fuerza de pinchazos, todo pasó. Por cierto que Pepe [67] hizo conmigo de excelente enfermero; como la muchacha estaba en cama y mi hermana salió a por leche, tu hermano me calentó la cama y me acostó.

»Ciertamente que Jesús es fidelísimo; como me ve cobarde, remolón para acudir al abrazo de su Cruz, de vez en cuando la carga un poco sobre mis hombros y además, como es fiel, me da gracia para darle gracias por ese admirable amor que muestra hasta humillarse a volver a padecer en mí las molestias y dolores de una bronquitis gripal ... y así mostrar también esa fidelidad de su amor a todos los que sufren, y ellos, pobres y amados hermanos, no saben que Él quiere hacerles esa maravillosa revelación.

» ... Sí, hermana en el Señor, la gracia de Cristo nos persigue y acorrala …».

Pero en medio de tanto gozo, y junto a estas maravillas, piensa que no es más que un miserable, ruin, comodón, aburguesado, egoísta.

¡Cuánta humildad en el enamorado de Cristo y fiel vasallo del Amado!

Sigue con sus miedos y temores de no serle fiel al Señor, pero reconoce que bajo esa neblina de odios, miserias, egoísmos y pecados brilla cegadora la luz de su infinita caridad, y Él le fue inmensamente fiel la Santa Cuaresma y sigue siéndolo aún más en su Resurrección, espera que le quite sus miedo a no ser fiel [68].

¡Él, apóstol con vocación de crucificado, tiene miedo a no serle fiel al Señor! ¡Manolo! ¡Manolo!

Y en esta situación anímica, Sor Carmen le pide que sea su director espiritual.

«¿Has pensado  bien  eso de la dirección espiritual? Lo pensaré –le contesta–. Creo que diré: Intentémoslo. Me obligará a estudiar y a orar más. Pero, ¿cómo decirle a Cristo que no?». Y promete escribirle más extensamente.

A finales de mayo repasa su vida de enfermo y al repasarla reconoce a su amigo el Rvdo. Antonio Santamaría González [69] que, aunque la correspondencia entre ellos se haya roto por su parte debido a su enfermedad, está seguro de que la entrañable caridad con que Cristo los amó, no solo no se ha roto, sino que es cada día más viva porque cada día el Señor les hace más patente y manifiesta su infinita y fidelísima caridad hacía sus almas ungidas con la participación de su Santo Sacerdocio.

«Desde el 2 de junio de 1956 en que caí enfermo –le dice [70] apenas si fui persona hasta mayo del 59; 23 meses seguidos estuve sin poder celebrar la Santa Misa; antes tuve algún intervalo de mejoría que me permitía celebrar unos días para volver a recaer; el 26 de mayo del 59 celebré mi primera Misa de enfermo, sentado con permiso de la Sagrada Congregación; a los pocos días murió mi madre (q.e.p.d.), nueva recaída, gracias a Dios pasajera; todo el año 59 estuve celebrando los Domingos, después dos días en semana, más tarde tres, y desde marzo del año pasado (61) todos los días».

Y de su boca y de su corazón sale un nuevo grito de alabanza al Señor su Dios por lo maravilloso y admirable que ha sido para con él durante su enfermedad y porque le eligiera para participarle el sacerdocio del Unigénito del Padre.

«¡Qué admirable ha sido el Señor para conmigo durante mi enfermedad! –añade– Siempre lo fue; pero ahora se ha mostrado maravilloso; porque seis años que hará en junio son muchos meses, semanas y días. ¡Cuántos baches! ¡Cuántas tibiezas y frialdades! ¡Cuánta indiferencia para su sed de almas! ¡Largas temporadas disipándose mi alma con lecturas necias y frívolas, y eso el sacerdote que había elegido como lema de su vivir sacerdotal, el que lo fue de su apostolado seglar, la quinta palabra de la Cruz, “Sitio” … ¡ Y Él, Él me cumplió lo que había creído y predicado: “Tanto ama a sus sacerdotes que, aunque sea necesario hacer un milagro para que vuelva a Él un sacerdote descarriado, si se lo pedimos con fe, lo hará”; y en mi caso, a pesar de haber estado más de un año y medio desahuciado por los médicos, me fue devolviendo la salud  para  que  cuando  pudiera darme cuenta mirarme como debió mirar a San Pedro ...

»Maravilloso el Señor. Cada día agradezco más a la Trinidad Santísima que me eligiera para participarme el sacerdocio del Unigénito del Padre, porque sólo en la Santa Misa se mitiga esa sed que Él enciende en mi alma de adorarle y darle gracias por su Inefable Bondad ... ».

Y a estas alturas de su enfermedad, le pide a su buen amigo Antonio Santamaría González su opinión y consejo porque algunos antiguos amigos le han sugerido que ahora que tiene un poco más de salud escriba la historia de la Juventud de Acción Católica, al menos de la etapa de la Cruzada

« ... Vacilo –le dice– porque el anonimato y el silencio, en que gracias a Dios vivo, me agradan; por otra parte, fueron tantas las gracias que derramó el Señor sobre la Juventud de Acción Católica que enterrarlas en el olvido parece ingratitud.

»Dame tu opinión y dime si conservas un ejemplar de los tres que hiciste de aquel magnífico resumen sobre la Juventud de Acción Católica y los Centros de Apostolado de Vanguardia. Me parece recordar que hiciste tres copias. Una me la diste a mí, otra fue para el Consejo y otra creo que te la quedaste tú; el Consejo perdió la suya, la mía hice la tontería de dejarla a unos hispanoamericanos y no me la devolvieron, así que en todo caso quedará la tuya».

Su buen amigo le contesta [71] que cree que debe escribirla, al menos en la etapa de la Cruzada. «Quizá –le dice– sea aun en esto providencial tu restablecimiento a 25 años de perspectiva. Se han publicado cosas buenas del tiempo de la guerra, mas este aspecto está inédito. Serviría también para explicar la raíz de muchos frutos espirituales hoy pujantes que germinaron entonces con dolor ... La actividad de la Juventud en aquellos días fue un factor importante para que nuestra guerra civil se convirtiera en Cruzada, con mayúscula.

»Mas antes de los que pudieran ser los esquemas del libro debes intentar reunir material abundante. SIGNO tiene algo publicado; pero hace falta escribir historia. De conservarse las cartas en el Consejo [72] se hubiera podido citar nombres y unidades militares que harían irrefutables ciertos heroísmos que pudieran parecer a algunos fantásticos y tener una buena acogida entre ex–combatientes que se verían allí reflejados.

»No he tenido en mi poder ningún resumen de las actividades de la Juventud en aquel tiempo. Una copia llevó Maximino Romero en su viaje a América, quizás sea la tercera copia a que tú te refieres.

»Te incluyo todo lo que he podido encontrar relacionado con ese trabajo; un calco del informe elevado por ti al llorado Cardenal Gomá, una de las lecciones de Acción Católica y un informe de la situación moral de entonces; me he retrasado algún tanto por si encontraba algo más y porque quería enviártelo desde Burgos para más seguridad en el correo».

Pero, que se sepa, la historia de la Juventud de Acción Católica no llegó a escribirla lamentablemente.

En su carta su le dice además:

«No puedes imaginarte con cuanto gozo leí tu carta que me daba la impresión de recibir noticias de un auténtico resucitado; la leí de un tirón, sin titubear una sola palabra, tan familiar me resultaba tu letra ¡Alabado se Dios! ...

»Ya sé lo que supone para ti mantener correspondencia con todos, tus amigos, sobre todo no disponiendo de un secretario; no obstante por mi parte quisiera escribirte con más frecuencia. Tu letra es la de siempre y parece coger las riendas donde las dejastes hace ya seis años».

Terminados los Ejercicios, a mediados de junio [73], acepta dirigir a Sor Carmen. «No sabemos –le dice– si el Señor querrá valerse de mí, probaremos».

Al mismo tiempo le da una buena noticia en reserva que desea quede discretamente silenciada pues lo encarga la concesión.

«Vísperas de Pentecostés –le dice– recibí la concesión de la Sagrada Congregación de Sacramentos para poder tener reservado al Señor Sacramento en mi Oratorio, ahora tengo que pedir la concesión de Oratorio privado, pues la que tenía era de altar portátil, pero ésta es fácil.

»Ya puedes figurarte mi gozo, pero también mi miedo a no corresponder a tan inmensas gracias de Dios. Ahora más que nunca tendré que pedirle gracias para vivir el “déjame hacer ahora ... ”

»Confiemos en ese amor del Padre que en su Hijo ... se abajó a besarnos haciéndose para ello carne y, en esa carne asumida, llaga de amor vivo para que, juntando labios de