El «Capitán de
Peregrinos», Manuel Aparici Navarro, nació en Madrid el 11 de diciembre de
1902 en el seno de una familia cristiana de clase media. Su padre era
funcionario del Cuerpo General de Hacienda, ocupando a su fallecimiento un
alto cargo, aunque vivían con austeridad.
¡Sus
padres, Rafael Aparici Cabezas y Elena Navarro Alonso de Celada, naturales
de Madrid, contrajeron matrimonio canónico el día 4 de mayo de 1896 en la
Iglesia Parroquial de San José de Madrid. Su padre falleció el día 28 de
octubre de 1935 a los 65 años de edad cuando él tenía 33 años, y su madre el
día 1 de junio de 1959 a los 85 años de edad, estando enterrados los dos en
el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena, de Madrid.
¡ Era el
tercer hermano de cuatro hijos!
¡Fue
bautizado en la Iglesia Parroquial de San Ildefonso, de Madrid, el día 7 de
enero de 1903, imponiéndosele los nombres de Manuel, Gustavo, Adolfo,
Rafael, Dámaso y Gaspar de la Purísima Concepción.
¡No
se conoce la fecha ni la iglesia donde hizo la Primera Comunión, pero sí la
fecha en que recibió el Sacramento de la Confirmación. Lo recibió en
Barcelona, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, en mayo de 1910.
Hizo sus
primeros estudios en Madrid (no se conoce el Centro), que continúa primero
en Barcelona, en las Escuelas Pías, por traslado de residencia, debido al
cambio de destino de su padre, y después en Tarragona. Los cuatro primeros
cursos del Bachillerato, de 1912 a 1916, los cursa en el Instituto General y
Técnico de Barcelona y los dos restantes, de 1916 a 1918, en el de
Tarragona, finalizándolos en este último año en el que obtiene el título de
Bachiller, si bien éste fue expedido por el Rector de la Universidad de
Barcelona el día 15 de noviembre de 1922. Bachiller en Artes en 1921.
Por lo que se refiere a estudios
superiores, tiene aprobadas varias asignaturas de Derecho, en la Universidad
Central de Madrid; estudios que abandona en 1929 para servir a las almas.
No
consta ni la fecha ni el Regimiento donde hizo el servicio militar; lo que
sí consta es que lo hizo, pues él mismo nos lo dice en su Diario Espiritual
[1].
El día 24 de febrero de 1922
solicitó tomar parte en las oposiciones para ingreso en el Cuerpo Técnico de
Aduanas (número de opositor: 70), superando brillantemente los ejercicios
correspondientes. Aprobó con el número 8 e ingresó en el citado Cuerpo con
la categoría de Oficial de 3ª clase, el día 24 de julio de ese año, con 19
años, llegando a ocupar un alto cargo en el escalafón. Se le ofreció el
cargo de Director General de Aduanas; cargo que no aceptó por no abandonar
sus actividades apostólicas y porque ya tenía decidida su respuesta a la
vocación sacerdotal. El comentario general era que tenía una brillante
carrera civil por su profesión y que abandonó para hacerse sacerdote
(después sería Consiliario de la Academia Pericial de Aduanas). Tenía 39
años cuando ingresa en el Seminario de Madrid-Alcalá en el curso 1941/1942
[2],
si bien su vocación nació muchos años antes. Pero él obediente a los
mandatos de la Jerarquía retrasó su ingreso hasta dicha fecha.
Sin
embargo, el 21 de marzo de 1938 ya anotaba en su Diario: «No he sufrido
por la pérdida de mis bienes. Renuncié a un buen destino para seguir a
Cristo y a los jóvenes».
Hasta
llegar al Seminario recorre un camino de conversión nada fácil, pero lo
recorre de forma valiente y decidida. Y después de su conversión, su vida
fue muy sencilla pero intensamente vivida al servicio de Dios, de la Iglesia
y del Papa, en los hermanos. Hasta entonces no se dio cuenta del inmenso
amor de Dios, de la fuerza de su gracia, de sus designios.
Sabemos que
durante su primera juventud era un joven alegre, divertido, libertino,
inconsciente, superficial y un «bala», rutinario, evasivo, enamorado (tuvo
novia) , gabardina al brazo, corbata y cuello bien puesto, que estuvo algo
alejado de Dios, que llevaba una vida frívola, disipada y de miseria,
pecadora, poco atento a las prácticas religiosas y más dedicado a la
diversión y a las distracciones mundanas (bailes y fiestas, le gustaba mucho
bailar, obtuvo una copa de «danzón», teatros, cines, novelas y otras
diversiones) que llegó a preocupar a su madre. Incluso llegó a estar alejado
de la Iglesia, hasta que descubrió el amor del Padre que fue su bandera en
adelante. Y sintió la necesidad de «salir al aire», con la sonrisa abierta
para que la juventud de España encontrase el camino de la alegría que
buscaba, dándose a Cristo.
Siendo ya
sacerdote, diría que sus padres eran buenísimos, que se llevaba muy bien con
sus hermanos y que la «oveja negra» de su casa había sido él; que le
educaron en la fe católica, que su madre le enseñó a rezar, que le animaba a
ir a Misa, a ejercitar el bien, a hacer Ejercicios Espirituales, como lo
había hecho con sus hermanos, pero él prácticamente vivía alejado de Dios.
Recordaría también años
más tarde (repasaba frecuentemente su vida anterior pesaroso y avergonzado
por lo que llamaba su época de frivolidad juvenil) que le estorbaba el
recuerdo de Dios y que lo fue obscureciendo más y más hasta que casi llegó a
decir en su enfermo corazón, como el insensato, no existe Dios … Pero el
Señor no hacía caso de sus irracionales deseos y siguió amándole y le mostró
tanto amor que le venció. Le amaba y volvía a
llamarle, esta vez a través de su madre. Así, en la Semana Santa de 1925,
por darle gusto a su madre y a regañadientes, hace Ejercicios Espirituales
(práctica que ya no abandonaría en toda su vida) y anota en su Diario:
«Empecé a amar a Jesús y me inscribí en su Guardia de Honor».
Con altibajos, en los años
siguientes continúa el camino emprendido. Y fue mejorando su vida.
En el
periodo, que él llama de su «conversión», hay una fecha segura e importante:
el día de la Inmaculada Concepción de 1927, abrazo maternal de la Madre que
lo recordará con viva emoción a lo largo de toda su vida. Tenía entonces 25
años.
Al año
siguiente (1928) el Señor clavó en su alma la angustia y la queja de su
«sed».Desde entonces su vida la fue absorbiendo el afán de
satisfacer esa «sed» de Jesús, que le quemaba el alma. Y vive un proceso de
conversión que le va llevando a una entrega cada vez más íntima y total a
Jesucristo, su Amado, y a una vocación apostólica cada vez más firme y
apasionada, una verdadera vocación de sed de almas. «Sitio» es el lema que
ofrece a los jóvenes propagandistas de la Acción Católica, y será después
su lema sacerdotal. Tenía sed de almas. Viva sed de almas.
Comenzó a
recorrer el camino de la perfección y avanzó en el mismo con paso firme,
constante y decidido, afrontando las dificultades que lleva consigo la
marcha hacia la santidad.
Y éste es
hoy su mensaje:
Como
seglar, un joven que se convierte a Cristo en plena juventud y que
valientemente, sin temores humanos, a velas desplegadas, se empeña en vivir
el Evangelio, para llevarlo a todos los jóvenes, como luz de Cristo. Como
sacerdote un ejemplo de fe, de obediencia, de humildad, de trabajo, de
transparencia, de dar su vida al prójimo y de oración que alimentaba su vida
interior. Una vida ejemplar y luminosa, digna de imitarse.
Sus
planteamientos, según los Peritos Teólogos siguen siendo válidos aún hoy a
pesar del tiempo transcurrido.
Su figura,
su vida y su obra, primero como seglar y después como sacerdote, que
impresionó a quienes le conocieron, llenan una página de la historia
religiosa de España en el siglo XX y le convierten en testimonio vivo y
modelo ejemplar de apóstoles seglares y de sacerdotes. Fueron treinta años
al servicio de la Iglesia y del Papa, de los jóvenes y de los sacerdotes.
Actualmente está en Roma su Causa de Canonización, decretada su validez y
designado el Relator de la misma.
Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica durante siete años,
desde 1934 a 1941, año en que cesó para ingresar en el Seminario, desde
donde desarrolló una ingente tarea apostólica a la que estaba totalmente
entregado, y, después de su ordenación sacerdotal y de su breve etapa de
formación en la Universidad Pontificia de Salamanca [3],
Consiliario Nacional de la misma durante nueve años, desde 1950 a 1959, año
en que tuvo que cesar por grave enfermedad de la que moriría el 28 de agosto
de 1964 tras nueve años de inmisericorde dolencia que lo tuvo recluido,
inmóvil entre acerbos dolores, pero con fe acrecida y plena aceptación de la
voluntad de Dios.
Cuando empezó su Presidencia
había 20.000 jóvenes y 400 Centros;
al dejarla siete años después, hay
100.000 jóvenes
y 2.000 Centros.
Había multiplicado por cinco las cifras.
Fue
Presidente de la Juventud de Acción Católica en una etapa de heroísmo y
martirio … símbolo y corona … en la que dejó profunda huella. Aparici,
Capitán y mártir. Aparici el Presidente de los 7.000 mártires y 2.000
vocaciones sacerdotales, que se ofreció como víctima, y el Señor le tomó la
palabra. Presidió la etapa martirial de esa Juventud.
En marzo de
1934, en San Pedro, con motivo de la peregrinación a Roma, Manuel Aparici
había hecho a Dios el ofrecimiento de su vida como víctima pero su
victimación fue «in crescendo» hasta llegar a su plenitud en el estado
sacerdotal.
En plena
guerra, de conformidad con la Jerarquía, que tenía depositada toda su
confianza en él, se instala en Burgos para reorganizar allí el Consejo
Superior de la Juventud de Acción Católica. La Iglesia se había propuesto
mantener la Acción Católica libre de implicaciones políticas. Y Manuel
Aparici fue su fiel ejecutor. Por su edad no fue movilizado. Obediente y
callado, soporta la humillación de la retaguardia que le impone el Cardenal
Gomá con la orden estricta del Papa y de la Jerarquía de hacer subsistir la
misma.
Entonces,
su figura se agiganta y emprende su magnífica y fecunda labor, que ya no
abandona en toda la guerra. Lleva una intensa vida de piedad. En retaguardia
no hay ni un solo joven de Acción Católica, salvo los que no son útiles para
el servicio de las armas. Hubo momento en que toda la Organización estuvo
atendida por él y uno más, pero el desaliento no hace mella en él, porque
sabe que la Acción Católica es de Dios y El la ha de proteger.
Como
funcionario se hace cargo en la ciudad de Burgos de los siguientes
servicios: Aeródromo, Correo, Depósito de Azúcares e Inspección de
Coloniales y Detallistas de Alcoholes, pasando en mayo de 1938 a prestar sus
servicios en la Subsecretaría del Ministerio de Hacienda. Compaginando todo
ello con sus responsabilidades como Presidente Nacional.
Un día
anotó en su Diario
«¡Gracias Señor! Que un ministro tuyo me ha dicho, en tu nombre, que soy el
administrador de la sangre de España» … Y se
preguntaba: «¿Podré ser yo administrador de la sangre de los mártires si
yo no mezclo la mía a la suya?» … «Yo recibí personalmente las confidencias
de más de 2.000 de ellos. Nuestros poderes son los mártires y las
vocaciones. ¿Ha fracasado la Acción Católica? Sí, como Cristo fracasó en la
Cruz».
Como seglar
puso en marcha e impulsó uno de los más formidables movimientos juveniles de
espiritualidad y apostolado en España de los últimos tiempos: el de la
Juventud de Acción Católica, de la que fue su alma y su vida; porque decir
Manuel Aparici era decir Juventud de Acción Católica; aquella Juventud que
el quería unida en torno al Papa y a los Obispos, si bien no le fueron
ajenos otros campos de apostolado, porque era un hombre de Iglesia.
Pertenecía
a la Congregación Mariana de Los Luises, a la Asociación Católica Nacional
de Propagandistas, a la Adoración Nocturna, al Apostolado de la Oración, a
las Conferencias de San Vicente Paúl y era Hermano Mayor de la Archicofradía
del Apóstol Santiago.
Fue
fundador de la revista LA FLECHA (revista para dirigentes), del Boletín de
Dirigentes, de la revista INCUNABLE (de la Universidad Pontificia de
Salamanca) y del Colegio Mayor San Juan de la Cruz. Hace realidad uno de sus
más fervientes deseos: contar con un periódico para la Juventud de Acción
Católica, SIGNO (éste es tronco y raíz de hombres, de empresas apostólicas,
de periodistas, de publicaciones que nacieron de su savia. ECCLESIA, por
ejemplo, es hija de él). En el folleto «Epistolario del Frente», publicado
en Burgos en plena guerra, con prólogo de Manuel Aparici, se puede
contemplar su «mística». Publica el folleto ULTREYA.
Y el grito de ULTREYA
es adoptado por los Cursillos de Cristiandad. En ellos se hizo famoso el
«Compromiso de Peregrino» y el «Examen del Peregrino» de Manuel Aparici.
Promueve un
torrente de Cursillos de Dirigentes y de Adelantados de Peregrinos, creados
por él y funda el Grupo de Propagandistas del Consejo Superior de la
Juventud de Acción Católica.
«¡Todo por
Cristo! Ese era su lema».
Con su respuesta al llamamiento
del Papa Pío XI a una «Cristiandad ejemplar», es decir a la Vanguardia de
Cristiandad, y «su vocación hispana» -vocación comunitaria de los pueblos
hispánicos al apostolado, para la salvación del mundo- puso en pie de marcha
peregrinante a esa Juventud y supo despertar en varias generaciones de
jóvenes un alto ideal de santidad y apostolado: El Ideal Peregrinante,
como estilo de vida
[4].
Y les enseñó a entender y a vivir la vida como una Peregrinación.
La
sed de almas que quería despertar en los suyos le llevó a comprometerles por
una Cristiandad«ejemplo y
guía para el mundo profundamente enfermo».
Y, al cesar
en la Presidencia Nacional de la Juventud, echó sobre sus hombros la tarea
de buscar ayuda económica a los que un día fueron sus presididos y a quienes
ahora el Señor llamaba a su sacerdocio.
Ordenado
sacerdote (era entonces feligrés de la Parroquia de San Ginés, de Madrid),
tras su estancia en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde dirige el
Colegio Mayor Sacerdotal Jaime Balmes (era Rector del mismo) y es el
Director responsable del grupo de vocaciones tardías que se formaba en la
misma, es designado Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica.
Forja un
proyecto de Colegio de Consiliarios de Acción Católica. El Cardenal
Arzobispo de Toledo y Primado de España, Enrique Pla y Deniel, le comunica
que puede presentar el proyecto de Casa Sacerdotal de Obras Apostólicas del
Consejo Superior de la Juventud de Acción Católica a la Dirección Central de
la Acción Católica Española y redacta el «Proyecto de Reglamento de la
misma».
Intensa y
fecunda actividad como Consiliario, extendiendo los Cursillos de Militantes
de Cristiandad desde el Consejo Superior. Cuando cesa en la Consiliaría
Nacional, la Juventud de Acción Católica presenta un balance más optimista
que cuando tomó posesión y aparece de nuevo a la vanguardia de la juventud
cristiana de España. La fórmula es sencilla: Evangelio.
Siete
largos años de enfermedad, que le reducen a la inmovilidad y a la
impotencia, y también a la soledad, le van clavando más y más a la Cruz,
hasta su muerte ejemplar en 1964, poniendo su espíritu en manos del Padre.
Pero la
verdadera vida de Manuel Aparici ha sido su muerte. Una muerte de siete
largos años. El incansable viajero, atado a un sillón. El apóstol
impaciente, en la impotencia completa de actuar. El orador de Zaragoza y
Santiago, capaz apenas de una conversación, con la ayuda muchas veces del
oxígeno. El enamorado de su sacerdocio, imposibilitado con frecuencia para
decir Misa en su pequeño oratorio. Una muerte gustada, cada vez más
profunda, hora a hora.
En un
féretro humilde, a hombros de viejos amigos, iba un inmenso corazón roto, a
la vez fuerte y frágil, indoblegable y tierno, reciamente fiel a la verdad y
sensible a los dolores y a las necesidades de los hombres. Corazón ejemplar
de hijo y de hermano; de seglar al servicio de la Iglesia y de sacerdote; de
apóstol sin fisura y de cristiano universal. Ya está en paz, en la paz de
Dios, su inmenso, su santo corazón roto. Con él se iba uno de los hombres
que más profunda huella han dejado en la Acción Católica y en la Iglesia de
España durante esos treinta años (de los años 30 a los 60). Nos brindó el
ejemplo -casi heroico, casi inimitable- de un apóstol vigoroso.
«Julio,
-le diría un día a su buen amigo Julio Navarro Panadero, sacerdote de la
Archidiócesis de Madrid- ahora sé decir Misa». Cuando se estaba
inmolando en el altar con Cristo sacerdote.
Su pasión
eran los sacerdotes. ¡Cuánto celo puso siempre por la santificación de los
sacerdotes! Fue uno de los grandes promotores de un movimiento de vocaciones
tardías, que superaron ampliamente el número de 2.000: Maximino Romero de
Lema, Mauro Rubio, los hermanos Roca, Raimundo Paniker, Federico Suárez,
Federico Sopeña y el adelantado de todos, él. Discípulos suyos llenaron
todos los Seminarios y todos los Noviciados. Dejaba una impronta de celo
sacerdotal y espíritu apostólico dignos de admiración.
Han pasado
los años. Y en quienes le conocieron y trataron, o recibieron el influjo de
su apostolado, se afianza su fama de santidad, al que el Cardenal D. Angel
Herrera Oria le calificó de
«Coloso de Cristo, de su Iglesia y del Papa».
Porque
capitaneó a toda una generación juvenil en un largo peregrinar de doce años,
que culminó en la gran cita ante el Apóstol Santiago en 1948 [5],
la mayor peregrinación llegada nunca a Compostela
[6],
meta de perenne peregrinación para impulso y sostén de un renacimiento
cristiano, en cumplimiento del voto de peregrinar para llevar almas de
jóvenes a Cristo y hacer de España la soñada Vanguardia de una Cristiandad
«ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo», urgida por S.S. el
Papa Pío XI.
Con su ardoroso espíritu apostólico, fue su máximo propulsor. Cuando
convocaba a los Jóvenes de Acción Católica a peregrinar les convocaba para
que aspirasen al espíritu ardiente de los Hijos del Trueno como estilo de
vida.
En fecha que se
desconoce, Manuel Aparici escribe:
«La Juventud de Acción
Católica Española, por los Presidentes de los Consejos Diocesanos, me otorgó
el 2 de febrero de 1941 el título de “Capitán de Peregrinos” . A ese título
no renuncié al ingresar en el Seminario, porque es irrenunciable ... pues
ser “Capitán de Peregrinos” entiendo que supone marchar delante en el abrir
camino …
Hace
tiempo que me hizo comprender el Señor que si se paraba el “Capitán”
obligaba a detenerse a todos los peregrinos. Además, terminada la guerra en
Europa ha vuelto a quedar abierto el Camino de Santiago y creo conveniente
que renovemos nuestro fervor y entusiasmo para acometer con fe iluminada ...
».
En marzo de 1941 anotaba
en su Diario Espiritual:
«Si Tú me has puesto
en cargo de primero, eso debo ser, y si no soy yo, seré culpable de que los
demás no sigan»
Y cuatro años después,
aproximadamente, concretamente el 24 de agosto de 1945, volvía a anotar:
«Ese título hace que
muchísimas miradas de jóvenes, seglares y eclesiásticos, estén puestas en
mí. Si yo soy todo de Jesús, El cumplirá su deseo de atraerlas a su amor por
medio del mísero instrumento que escogió».
Quiso dar ese sello de peregrino
constante a nuestra Juventud para restaurar el sentido dinámico de la vida
cristiana, porque ésta no es más que un ir constante al Padre. Este
distintivo específico de la Obra empieza propiamente con la peregrinación a
Roma en 1934. En ella se ratifica la vocación peregrinante de la Juventud de
Acción Católica Española.
«Es la ocasión -dice-
en que se manifiestan las ventajas que
puede reportar la peregrinación»
[7].
En la
gestación de este Ideal se dan los tres momentos característicos de toda
verdadera peregrinación: una situación de partida, una llamada de Dios y una
respuesta a esa llamada.
La
situación de partida está reflejada en las palabras con las que, el 1 de
febrero de 1936, Manuel Aparici, acompañado por otro miembro del Consejo
Superior, presenta al Papa Pío XI el proyecto de peregrinación a Santiago:
«Las
almas huyen del Señor; por todas partes la apostasía y el materialismo
aumentan, allí en España tenemos un sepulcro casi olvidado entre sombras de
paganía; pero él guarda los restos de un apóstol. ¡Padre! Déjanos que
convoquemos junto a sus cenizas a las Juventudes de Acción Católica de las
Españas. Allí aprenderán su lección. Y la Juventud de Acción Católica de la
Hispanidad será un sólo apóstol. Se llenará de tu angustia por las almas y
se aplicará del todo a tu servicio».
La
respuesta del Papa fue trazar sobre sus frentes la señal de la cruz
bendiciendo la empresa.
La
llamada de Dios, ya implícita en la bendición del Pontífice, se ve clara
y explícita en la Encíclica de Pío XI que, trece meses más tarde, el 14 de
marzo de 1937, publica bajo el título «Mit Brennender Sorge» («Con viva
ansiedad») en la que el Papa formula su apremiante llamada a una
«Cristiandad ejemplar».
Es evidente
que, no sólo por las circunstancias históricas en que se produce esta
llamada sino por el tenor mismo de su contenido, Pío XI no pretende una
vuelta al viejo concepto de «Cristiandad» no exento de connotaciones
políticas, sino que urge a la Cristiandad -«conjunto de fieles que profesan
la religión cristiana», como la define en su primera acepción nuestro
diccionario- a que vivan su Fe en plenitud, para salvar al mundo.
La
respuesta a esa llamada es inmediata. La Juventud de Acción Católica
halla en las palabras del Papa como una invitación a cumplir el ofrecimiento
de peregrinar a Santiago para convocar allí a las Juventudes hermanas en una
empresa común de conquista espiritual del mundo para Cristo.
Y formula
su «Compromiso de peregrino»:
«Trabajaré sin descanso para hacer de mí mismo, de mi Centro, de mi Patria y
de todos los pueblos hispanos una Cristiandad ejemplo y guía para el mundo
profundamente enfermo». Porque -se piensa- «si España se decide, sus
veinte hijas se agruparán en torno al estandarte de la cruz que ella
levante»
y serán así
«Vanguardia de Cristiandad», de esa Cristiandad ejemplar que
el Papa pide.
Seis años
después, otro Papa, Pío XII, recoge de modo expreso la idea, haciendo suyo
el deseo de ver a España «alzando con sus manos poderosas una cruz
rodeada de todo ese mundo que, gracias principalmente a ella, piensa y reza
en castellano y proponerla después como ejemplo del poder restaurador,
vivificador y educador de una Fe en la que, después de todo, hemos de venir
siempre a encontrar la solución de todos los problemas».
Así se
forjó el Ideal Peregrinante. Con este espíritu se vive, durante largos años,
la peregrinación espiritual hacia Santiago. Y toda la vida vino a hacerse
peregrinación: «Siempre hacia Santiago. Cuando rezamos. Cuando sufrimos.
Mientras trabajamos. Mientras nuestro corazón esparce la Semilla Divina … ». Y así, la gran concentración de
Compostela, en 1948, fue, sobre todo, «ocasión, expresión y como síntesis»
del Ideal de santidad y apostolado al que se sintió llamada aquella Juventud
de Acción Católica.
Esta
peregrinación no fue una peregrinación más de las muchas que a lo largo de
los siglos han acudido ante el sepulcro del Apóstol Santiago. Sus especiales
características la definen como una peregrinación histórica, que
marcó un hito -el más alto hasta entonces- en la historia de las
peregrinaciones jacobeas de todos los tiempos. En efecto
Fue la
mayor peregrinación de la historia de Compostela (sólo superada años
después, como ha quedado dicho, por la Jornada mundial convocada y presidida
por Juan Pablo II en 1989, que, precisamente, tuvo como antecedente
inspirador la de 1948) y, seguramente, una de las más intensamente
vividas. Acudieron más de 70.000 jóvenes, varones (la peregrinación
femenina llegaría pocos días después), en su mayoría españoles, venidos de
toda España, que estuvieron acompañados de una importante representación de
Hispanoamérica y de Europa (Portugal, Francia, Italia, etc.) sin faltar la
representación de otras partes del mundo. Por otra parte, muchas comunidades
de Iglesia de todos los rincones de España e Hispanoamérica, etc. se unieron
espiritualmente a los actos, y en muchos lugares se promovieron rogativas y
oraciones especiales por el fruto de la misma.
- Fue la
peregrinación vivida de un modo especial y de forma muy intensa (porque ya
pensaban en ella en 1932). Bendecida por Pío XI, en audiencia a Manuel
Aparici el 1 de febrero de 1936, y prevista para la festividad de Santiago
en 1937, las circunstancias históricas por las que pasaron, primero España,
y después el mundo entero, obligaron a aplazarla hasta 1948. Fue la
culminación de más de doce años de caminar en espíritu bajo la dirección y
el aliento de Manuel Aparici. Durante estos años -y aun en una de las épocas
más duras de nuestra historia- los Jóvenes de Acción Católica se sintieron «peregrinos a Santiago».
Toda la vida de aquella Juventud -vida espiritual, formativa y apostólica-
se vivió con talante de peregrino.
- Fue
una peregrinación del más alto contenido espiritual. En aquellos años de
preparación se fue gestando, creciendo y sublimando, bajo el impulso de
Manuel Aparici, el Ideal Peregrinante de la Juventud de Acción
Católica: un ideal de santidad (Para Santiago, Santos) y apostolado (Llevar
almas de joven a Cristo), porque se buscaba movilizar a las juventudes
católicas hermanas de los pueblos hispanos en una empresa común de
reconquista espiritual del mundo para Cristo para formar en ellas mismas y
en nuestras patrias respectivas la Vanguardia de aquella Cristiandad
ejemplar que pidiera el Papa Pío XI.
- Fue
una peregrinación bendecida y alentada por la Jerarquía. Bendecida por
Pío XI, en 1936. Siete años después, otro Papa, Pío XII, recoge en 1943 de
modo explícito la idea de Vanguardia de Cristiandad haciendo suyo el deseo,
y cinco años después, en 1948, en su radiomensaje a los peregrinos les
recuerda que están allí «para forjar en ellos mismos una Cristiandad
ejemplar». Estuvo presidida, como Legado Pontificio, por el Primado
de España, Cardenal Pla y Deniel, y participaron en ella la mayor parte de
los Obispos españoles -muchos de los cuales, además, habían publicado
pastorales referidas al acontecimiento- y más de treinta Prelados venidos
del extranjero.
El
desarrollo histórico del Ideal Peregrinante hacia la «Cristiandad ejemplar»
coincide prácticamente con la historia de la Juventud de Acción Católica
hasta después de la magna Peregrinación a Santiago de Compostela en 1948; y
se relaciona con los «Cursillos de Cristiandad». Por eso, pretender escribir
la historia de las peregrinaciones de esa Juventud es tanto como relatar su
propia historia. El Pilar, Santiago, Roma y tantos santuarios marianos de
nuestra Patria resumen la historia peregrinante de aquella Juventud.
Pero, si el
29 de agosto de 1948, acabó «aquella» peregrinación al sepulcro del Apóstol,
el Ideal Peregrinante que la animó siguió vivo durante muchos años. Y aún
hoy, permanece vivo.
Es verdad que el relevo
generacional en las filas de la Juventud de Acción Católica, después de las
grandes jornadas de Compostela, se hace notar. Muchos dirigentes y
militantes se entregan a la vocación sacerdotal o religiosa (3.000
vocaciones acompañarán y
seguirán a la del Capitán
de Peregrinos). Y muchos
otros más buscarán en el matrimonio su camino de santidad. Pero, a pesar de
todo, el Ideal permanece. Y, cada año, los Centros de Juventud celebraban la
«Conmemoración anual de la la peregrinación a Compostela» y formulan en ella
su «Compromiso de fidelidad al Ideal Peregrinante». Porque -se dice- la
Peregrinación espiritual está apenas comenzada.
Manuel
Aparici, que había participado en la peregrinación de 1948 siendo ya
sacerdote, fue nombrado en 1950 Consiliario Nacional. Su presencia otra vez
entre los Jóvenes viene a dar un nuevo impulso a la vivencia y difusión del
Ideal Peregrinante. El promueve, desde el Consejo Superior, los «Cursillos
de Militantes de Cristiandad»: busca formar «militantes» para esa
«Cristiandad ejemplar» que hay que forjar. Pero, en 1959, una grave
enfermedad -que le llevará a la muerte cinco años después- le aleja de la
Consiliaría.
Los años
sesenta fueron ciertamente difíciles para el Ideal Peregrinante. La
generación de peregrinos a Santiago -y más aún la que vivió los primeros
años de preparación espiritual- no está ya en las filas de la Juventud. La
propia Acción Católica va a entrar, a mediados de esta década, en un proceso
de crisis interna. Manuel Aparici, entretanto, vive con espíritu de
victimación su penosa enfermedad, a la que se añade su sufrimiento moral al
percibir los primeros síntomas de crisis en su amada Acción Católica. Y el
28 de agosto de 1964, aniversario de la gran peregrinación a Compostela,
culmina santamente su oblación, y entrega con plena lucidez y gozosa
aceptación su alma a Dios.
Junto a su
cadáver se reúnen familiares, amigos, dirigentes de la Acción Católica. Uno
de ellos -nos consta-, al despedirse, besa las heladas manos sacerdotales
del «Capitán de Peregrinos», y en su interior le pide con fe que el Ideal
Peregrinante no muera con él, y se le ofrece a trabajar por ello cuanto sea
preciso.
Al año
siguiente, 1965, se abre ya claramente la larga y profunda crisis de la
Acción Católica Española. El Ideal Peregrinante parece muerto. Sin embargo,
podría decirse de él -como de la hija de Jairo- que «no estaba muerto sino
dormido».
Su
primer documento -«Carta abierta: Por una Cristiandad ejemplar»- es un
grito de llamada que quiere poner de nuevo, en pie de marcha, el Ideal
Peregrinante: un Ideal que sigue vivo.
Por eso,
cuando los iniciadores del Grupo de Peregrinos -para preparar el 25
aniversario de la histórica peregrinación- recorren España, en 1973, y
visitan a los Obispos y establecen contacto con sacerdotes, buscando
antiguos peregrinos, escuchan expresiones como éstas:
«Siguen estando
encendidas las brasas de aquel Ideal. Soplad sobre ellas y levantaréis una
hoguera», Cardenal Jubany.
Y se les dice también: «Donde hay una
comunidad viva de Iglesia o un movimiento activo de apostolado, allí están
presentes, en primera línea, los miembros de aquella generación del 48».
Y cuando
encuentran, por todos los lugares de España, a los antiguos peregrinos
(así como en Hispanoamérica, obispos algunos de ellos), les impresiona
comprobar la fuerza con que viven aquel Ideal: «Si permanezco fiel a mi
vocación cristiana, se lo debo al Ideal Peregrinante que nos llevó a
Santiago». Y les conmueve el profundo afecto sobrenatural que los une
a todos: «Acabamos de conocernos, pero somos amigos desde hace
veinticinco años».
Otros
veinticinco años han transcurrido ya. A lo largo de ellos, el Grupo de
Peregrinos -hoy Asociación de Peregrinos de la Iglesia- ha permanecido
fiel, con la gracia de Dios, al compromiso que constituye su vocación y su
carisma: no sólo alentar en la perseverancia del Ideal Peregrinante a
quienes lo vivieron desde sus años jóvenes, sino también, y sobre todo, a
proclamarlo y difundirlo entre las nuevas generaciones, entre todo el
Pueblo de Dios.
Cincuenta
años después, concretamente el 28 de agosto de 1998, la Asociación de
Peregrinos de la Iglesia, nacida hace veintiséis años al calor de ese
Ideal, ratificó su compromiso de vivirlo y difundirlo. Porque es
plenamente consciente de que no se trata de un Ideal muerto o trasnochado,
sino que, salvadas las diferentes circunstancias históricas, sigue vivo.
El Ideal
Peregrinante, promovido e impulsado por Manuel Aparici, es hoy, en los
albores del tercer milenio cristiano, un ideal plenamente vigente, más
necesario y urgente que nunca.
Hoy, como
ayer, este Ideal nos ayuda a descubrir una situación de partida. Es
una mirada al mundo que nos rodea: un mundo, alejado de Dios, al que hay
que salvar conquistándolo para Cristo. Y si entonces se hablaba de
«sombras de paganía» o de «un mundo profundamente enfermo»,
acaso ahora el rasgo más definitorio de la humanidad se concrete en esta
terrible paradoja: el hombre se aparta cada vez más de Dios, le huye, y al
tiempo, sin saberlo, lo busca con más ansia que nunca. ¿No responderá a
esta situación el grito que lanzó Juan Pablo II al iniciar su pontificado,
y que sigue repitiendo todavía: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en
par vuestras puertas a Cristo!» …?
En medio
de esta situación, escuchamos la llamada de Dios, que nos llega en
la voz de los Papas. Entonces fue Pío XI quien pedía «Una Cristiandad
ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo». Ahora es Juan
Pablo II quien nos urge a «una nueva Evangelización: nueva en sus
métodos, nueva en su ardor, nueva en su expresión», para salvar al
hombre -«a todo el hombre»- y «a todos los hombres».
Y
mientras nos señala una etapa muy significativa en la celebración, ya tan
próxima, del gran Jubileo, nuestros Obispos, unidos al Papa, nos instan a
que, viviendo la comunión de la Iglesia, participemos activamente en sus
programas pastorales.
Ante esta
situación y esta llamada, sólo cabe para nosotros una respuesta: un
sí rotundo como el que vivieron Manuel Aparici y aquella juventud
peregrina, hace ya tantos años, y que podemos concretarlo en unas
actitudes definidas, apoyadas en tres ideas fundamentales, que si fueron
válidas entonces, con más razón y mayor urgencia lo son ahora: Compromiso
de santidad, Espiritualidad peregrinante y vocación hispana.
*
Compromiso de santidad
¡Ser
santos! Esta fue la aspiración y el compromiso de aquella juventud
capitaneada por Manuel Aparici. «Para Santiago, santo», se decía el Angel
del Alcázar, y se repetían los peregrinos a Santiago. Y esto ocurría
muchos años antes de que el Concilio Vaticano II proclamara con claridad
meridiana la universal vocación a la santidad en la Iglesia: «En la
Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los
apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquellos del
Apóstol: “Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación”».
*
Espiritualidad peregrinante
Que no es
sólo practicar la peregrinación como método de espiritualidad o estilo de
vida, sino además, y sobre todo, entender y vivir la vida como una
Peregrinación. Porque para Aparici:
«Peregrinar es caminar por Cristo
al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando
consigo a los hermanos».
Muchos
años después de haber sido formulada esta definición por Manuel Aparici,
el Concilio Vaticano II proclamará en todos su textos el carácter
peregrinante de la Iglesia y la espiritualidad que de ella se deriva. «La
comunidad cristiana -dice el Concilio- está integrada por hombres que,
reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar
hacia el Reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación
para comunicarla a todos». Y en otro lugar: «La Madre de Jesús antecede
con su luz al peregrinante Pueblo de Dios». Y lo repite incesantemente la
sagrada Liturgia. Y lo predica y lo vive el Santo Padre, con su palabra y
su ejemplo, con su vida, hecha peregrinación a Dios y a los hombres.
*
Vocación hispánica
Es decir,
vocación comunitaria de los pueblos hispánicos al apostolado, para la
salvación del mundo. Fue el sueño de Manuel Aparici al concebir la gran
peregrinación a Compostela. La llamada de Pío XI le hizo pensar que la
Hispanidad habría de ser la Vanguardia de Cristiandad -de esa
Cristiandad ejemplar que el Papa pedía-, porque sólo ella podía poner
tantas almas al servicio de la Iglesia para salvar al mundo. Hoy, los
pueblos iberoamericanos aportan a la Iglesia Católica la mitad de sus
fieles. Están, pues, llamados a ser hoy Vanguardia de Evangelización.
Así
expuso Manuel Aparici el Ideal de esa Juventud
(Ganar
a todo el mundo para Cristo, por el impulso y la fe del alma hispana),
el instrumento para ganar el mundo (La Hispanidad: Comunión de Pueblos
al servicio de la misión apostólica y evangelizadora de la Cristiandad
ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo); las etapas
necesarias para su consecución u objetivos parciales y el modo de realizar
este Ideal (Peregrinar: Que los jóvenes caminen sobre las huellas de
Cristo y de la mano de María hacia la Casa del Padre por la acción del
Espíritu Santo y abran camino a las almas hermanas)».
Un día,
hace ya muchos años, corría el año 1976, el Grupo de Peregrinos recibía de
manos de Mons. Ricardo Blanco, Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, el rico
legado de Manuel Aparici. Monseñor Blanco pronunció unas palabras de
emocionado recuerdo, glosando la personalidad y la obra de Manuel Aparici,
a quien evocó en sus tres facetas de «humilde converso», «apóstol
infatigable» y «víctima».
Veintiocho años después, el 13 de julio de 1994, día de la apertura de su
Proceso diocesano de Canonización, Mons. Francisco Javier Martínez,
Obispo-Auxiliar de Madrid-Alcalá, que presidía por ausencia del Sr.
Cardenal, instó, refiriéndose a las generaciones que conocimos a Manuel
Aparici, a que, fieles a su espiritualidad, difundamos su vida y su obra;
y no sólo eso, sino también -y tenemos la grave responsabilidad de ser los
únicos que podemos hacerlo- de dar testimonio, ante la Iglesia y la
sociedad de hoy, de la aportación de la Iglesia de aquellos años a la
sociedad española, tan rica y tan fecunda, y hoy tan ignorada e incluso
silenciada por no se sabe qué extraños pudores.
Cuatro
años después, el 29 de Agosto de 1998, nos encontrábamos ante la Tumba del
Apóstol Santiago con motivo de las Bodas de Oro de la magna Peregrinación
a Santiago en 1948 de la Juventud de Acción Católica para renovar el
compromiso de fidelidad al Ideal Peregrinante, hoy más necesario y urgente
que nunca.
En su
homilía, el Sr. Arzobispo de Santiago, Mons. Julián Barrios, nos decía,
entre otras cosas:
«Damos
gracias a Dios al recordar hoy el cincuenta aniversario de la gran
peregrinación mundial de la Juventud a Santiago de Compostela en agosto de
1948, capitaneada por “el Coloso de Cristo, de su Iglesia y del Papa” que
fue Manuel Aparici. Hombre dócil a la acción del Espíritu, vivió desde la
gracia y la fe, dio un valor sagrado a toda su existencia y se supo en las
manos amorosos de la Providencia, no dejándose llevar por el desánimo o el
pesimismo. Y sigue siendo una referencia sin ambigüedad en la
participación laical en la misión de la Iglesia. Vuestra presencia,
queridos peregrinos, es memoria, realismo e intuición profética.
Memoria que nos lleva no a la añoranza, sino a evocar el afán
apostólico y la alegría que fueron la urdimbre de la peregrinación de
entonces y a mirar fielmente nuestro pasado de fe. Realismo que nos
invita a tomar conciencia de los desafíos del presente y de los esfuerzos
que se realizan. Intuición profética para mirar hacia el porvenir y
tratar de consolidar la obra iniciada. Son las tres perspectivas para
averiguar lo que Dios nos está pidiendo en estos momentos y desde las que
la Iglesia nos invita a comprometernos en la tarea de la nueva
evangelización y a “reformarnos para servir mejor a la humanidad”.
“Tú
cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No tengas
miedo, que, si no, yo te meteré miedo de ellos”. Anunciar el Evangelio y
promover la fe, construir una cultura nueva de solidaridad y revitalizar
la Iglesia y las comunidades cristianas a la luz de la tradición
apostólica fueron objetivos que alentaron el ideal Peregrinante de la
Juventud de la Acción Católica de 1948, con una honda dimensión
espiritual. Cuando estamos en el umbral del tercer milenio este Ideal
Peregrinante es plenamente vigente, necesario y urgente para mirar a Dios
como origen y meta de toda nuestra existencia y para ver desde Dios las
realidades que hemos de ir transformando conforme a los criterios del
Evangelio».
Y para
finalizar nada mejor que terminar con las palabras, un mandato, de nuestro
«Capitán de Peregrinos», Manuel Aparici que, ahora como entonces, nos
dice:
«Esta es la herencia que recibís: El compromiso … de edificar la
Vanguardia de Cristiandad. Porque la Cristiandad es la porción del Cuerpo
Místico que se desarrolla y crece con el tiempo, el Reino de Dios que, aun
estando dentro de nosotros, se proyecta y aflora al exterior en la
organización familiar, social, política e internacional. Y esto es la
Acción Católica, ante todo y sobre todo vida, vida cristiana, de gracia o
sobrenatural, que fluye de la cabeza a los miembros y, precisamente,
porque es vida, y la vida es tendencia a la unidad, es unidad de todas las
fuerzas católicas en torno al centro y fuente de vida que es el Papa y los
Obispos. Y a España corresponde ir en Vanguardia en la empresa de rehacer
la Cristiandad. Pero la consecución de este Ideal no es posible sino
haciéndose cada joven de Acción Católica peregrino de un eterno camino de
santidad … Más el alma a quien el Señor enciende esta santa ambición no
tiene más que un corazón, una boca, unos pies y unos brazos. Porque la
regeneración del mundo debe venir por España, pero la de España por
vosotros jóvenes. Pero lo primero para hacer de nosotros mismos Vanguardia
es vivir el dogma de la Comunión de los Santos y de la Universalidad de la
Redención».
Para
lograrlo necesitamos a María, «la Estrella de la Nueva Evangelización».
«Que Ella, que con su Hijo Jesús y su esposo San José peregrinó hacia el
templo santo de Dios, proteja el camino de todos los peregrinos».
Que María bendiga también hoy los afanes y
proyectos peregrinantes de estos sus hijos de España, como camino de
renovación espiritual y movilización apostólica del Pueblo de Dios, bajo
la dirección de sus Pastores, en actitud de fidelidad y adhesión a la
persona y magisterio del Vicario de Cristo, en el ámbito del Gran Jubileo
del año 2000.
S.S. Juan
Pablo II -en la bula de convocación del jubileo «Incarnationis mysterium»-
nos recuerda que la «peregrinación ha sido siempre un momento
significativo en la vida de los creyentes, asumiendo en las diferentes
épocas históricas expresiones culturales diversas. Evoca -nos dice el
Papa, haciendo una bellísima síntesis de la espiritualidad peregrinante-
el camino personal del creyentes siguiendo las huellas del Redentor: es el
ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento por las debilidades
humanas, de constante vigilancia de la propia fragilidad y de preparación
interior a la conversión del corazón. Mediante la vigilia, el ayuno y la
oración, el peregrino avanza por el camino de la perfección cristiana,
esforzándose por llegar, con la ayuda de la gracia de Dios, “al estado de
hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13)».
Mons.
Ricardo Blanco, glosando la personalidad y la obra de Manuel Aparici, le
evocó en su tres facetas de «humilde converso», «apóstol infatigable» y
«víctima».
«Coloso
de Cristo, de su Iglesia y del Papa» (Cardenal D. Angel Herrera Oria).
«Desde
1948 está vivo en Santiago el recuerdo de Manolo y su obra» (Cardenal
Arzobispo de Madrid D. Antonio Mª Rouco Varela cuando era Arzobispo de
Santiago de Compostela).
«Conocí a
D. Manuel Aparici y pude admirar su obra entre la juventud, así como su
vida ejemplar y gran espiritualidad en la dirección de jóvenes y
sacerdotes, por lo que le hacen merecedor de los más grandes elogios.
Puedo asegurar que su fama de santidad está viva en la Archidiócesis y
también difundida en otros pueblos y regiones. Sus virtudes, que todos
admiraron, su ilimitada dedicación al apostolado, su fe inquebrantable en
la divina providencia, arrastraron a muchos jóvenes a seguir su ejemplo e
incluso a abrazar el sacerdocio, llegando algunos al episcopado … »
(Cardenal D. Angel Suquía Goicoechea cuando era Arzobispo de
Madrid-Alcalá).
«Fue un
hombre extraordinario. ¡Cuánto bien podría hacer, en la Iglesia de hoy, su
ejemplo, como seglar y como sacerdote! … Me hablaban todos de la vida
interior de Manolo, de la exquisitez de conciencia, de la entrega total.
Al hablar así, hablan de sus virtudes en grado heroico porque no
solamente la fe, sino la caridad que se entrega, una entrega total es lo
que caracterizaba a Manolo. Llevaba fuego en su interior; cuando hablaba
parecía no un sacerdote, sino un carismático, uno que está ungido por el
Espíritu Santo. Era de una vida interior muy subida, muy fuerte. Lo que
más le distinguía era la humildad y la entrega total. Que son dos virtudes
básicas para decir que uno es santo; pero la entrega total sin recompensa
humana de ninguna clase. Sería un gran modelo de seglares y de sacerdote»
(Cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón).
«Estimo
seriamente -afirma Mons. Maximino Romero de Lema, Arzobispo de Città Nova,
que la fama de santidad tiene un fundamento y que esta Canonización será
provechosa para la Iglesia: ejemplo para la juventud y para los
sacerdotes. Como Presidente de la Juventud de Acción Católica, su vida fue
siempre ejemplar. Y los años de su sacerdocio estuvieron marcados por una
espiritualidad profunda, con mucho sufrimiento».
«Traté a
muchos seglares de entonces beneficiados por su labor sacerdotal y todos
se hacían lenguas sobre su grandeza de alma y sus acendradas virtudes. Fue
todo un modelo para el clero y para el laicado español» (Mons. Antonio
Montero Moreno, Arzobispo de Mérida-Badajoz).
«No
pueden imaginarse la inmensa alegría que me han dado con la noticia sobre
nuestro inolvidable Manuel Aparici. No cejen en el empeño de incoar la
causa de beatificación y canonización de esta grande alma. El bien que
puede hacer el ejemplo de su vida, enfermedad y muerte, es grande. ¡Animo
y a conseguirlo!». (Mons. José María García Lahiguera, Arzobispo de
Valencia).
«De sus
virtudes humanas, cristianas y sacerdotales en grado heroico huelga
insistir. Son de sobra conocidas. Y lo mismo cabe decir de su santa
muerte, que sobrevino tras larga y penosa enfermedad, vivida con temple
espiritual de santo, en agosto de 1964. Sería un gran bien para la Iglesia
y para el mundo el reconocimiento de la santidad en hombres como éste.
Particularmente en los tiempos presentes, cuando urge revitalizar la
Acción Católica, habida cuenta de la falta de ardor y del debilitamiento
de la conciencia misionera en no pocos espíritus de la Iglesia. Vivimos
tiempos recios. ¿No es, además, Manuel Aparici -gran varón cristiano y
apostólico- un ejemplo a imitar por los sacerdotes seculares diocesanos?
En ambos sentido es importante su canonización. Supondría un fuerte
aldabonazo para el despertar de la conciencia del sacerdote y del laico en
la Iglesia» (Mons. Manuel Ureña Pastor, entonces Obispo de Alcalá de
Henares, Madrid, hoy Obispo de Cartagena-Murcia).
«La
beatificación de Manuel Aparici sin duda supondrá un gran bien para la
Iglesia. Aún sin tratarle personalmente, me encuentro entre los directos
beneficiarios de su labor al frente de la Acción Católica. En la
actualidad, la difusión de su vida santa será de gran ayuda para la
juventud que más que nunca busca ideales verdaderos y sólidos como los que
transmitió D. Manuel; su vida encarna un ideal de cristiano laico que al
sentir la llamada al sacerdocio hizo la inmolación de su propia vida
viviendo con entusiasmo su vocación hasta la muerte; por ello también será
ejemplo para las nuevas generaciones de sacerdotes» (Mons. Francisco José
Pérez y Fernández Golfín, Obispo de Getafe, Madrid).
Mons.
Mauro Rubio Repullés, Obispo Emérito de Salamanca, ha dicho de Manuel
Aparici:
«Fue un
laico ejemplar, que en sus años de Presidente de la Juventud de Acción
Católica Española dio un impulso definitivo a la Acción Católica juvenil
comprometiéndola a fondo con Jesucristo y su Iglesia. Su ejemplo personal
supuso no sólo el avance definitivo del apostolado seglar en España, sino
que influyó en la aparición de numerosas vocaciones sacerdotales y
religiosas en todo el país, y entre ellas la mía.
De su
testimonio cristiano y apostólico yo subrayaría el valor que dio siempre a
la oración, practicada diariamente por él durante varias horas, su
servicio a la Iglesia, a la que quería apasionadamente, y su espíritu
jerárquico, que tanto bien hizo a seglares y sacerdotes».
Por su
parte, Mons. Rafael González Moralejo, Obispo Emérito de Huelva, ha dicho
de él:
«Conservo
un recuerdo sumamente emocionante de algún acto celebrado en Valencia con
motivo del día del Seminario en el que Manolo tuvo la intervención final,
tras las de varias personalidades de la vida diocesana y civil de aquella
Archidiócesis. El era todavía seglar … mientras que yo ya era seminarista.
Habló más que con entusiasmo, con verdadero fervor, con profundo sentido
espiritual y apostólico, y causó extraordinario impacto en todos,
sacerdotes y seglares, jóvenes o adultos.
Supe
luego, cuando entró en el Seminario, de su profunda piedad, de su espíritu
de sacrificio y de penitencia -en el Seminario de Madrid hacía un frío
terrible, a causa de los destrozos de la guerra- y de su vida de oración y
siempre de apostolado. Supe también, con frecuencia, de su vida de
sacerdote, especialmente, cuando bien pronto comenzó a sentirse enfermo y
tuvo que dejar, poco a poco, la actividad exterior y vivir con enorme
sentido apostólico, de entrega e inmolación por los sacerdotes, los
seminaristas, las vocaciones y la Iglesia.
Para
todos era el alma y el impulsor principal de la famosa peregrinación a
Santiago
En mi
opinión sería un estímulo para la juventud actual conocer la figura de
Manolo, en aquel contexto e incluso con todas las connotaciones
patrióticas que lo religioso tenía por aquellos años. Porque, en medio de
todo ello, lo que sobresalía era la fe, la oración, la esperanza de
renovación de la Iglesia en nuestra nación y particularmente de una
juventud que, gracias a Manolo y a tantos otros jóvenes apóstoles, supo
dar a la Iglesia muchos y excelentes sacerdotes y Obispos».
«En estos
momentos de la vida de la Iglesia son muy necesarios los testimonios de
una vida seglar cristiana, que muestre la belleza de la fe en medio de la
realidad cotidiana de los hombres» (Mons. Francisco Javier Martínez
Fernández, entonces Obispo Auxiliar de Madrid con el Cardenal D. Angel
Suquía, hoy Obispo de Córdoba). En el acto de apertura de su Causa de
Canonización nos dijo: «Tenéis el deber de difundir su figura, su obra y
la fecunda experiencia de toda aquella época para el bien de la Iglesia».
«Su recuerdo permanece vivo
entre todos, con la gratitud de haber recibido mucho de él», afirmaba
Mons. José Capmany, Obispo Director Nacional de las Obras Misionales
Pontificias
[9].
«Fue el
creador de los Centros de Apostolado de Vanguardia. Con este motivo hubo
de desplegar unas actividades que en no pocas ocasiones le supusieron
peligros y sacrificios como eran las visitas a los Centros. Tenía un alma
de auténtico apóstol de Cristo y se entregó sin reservas. Vino a ser lo
que esperaba y fuertemente anhelaba, siendo el sacerdote santo, probado en
el crisol de una larga y dolorosa enfermedad, que le sirvió para inmolarse
y ofrecerse a Dios como víctima de propiciación a ejemplo del Sumo
Sacerdote Jesucristo, inmolado en la Cruz» (Rvdo Mariano Barriocanal).
«Pude
detectar en todas sus comuniones una profunda oración y de intimidad
amorosa manifestada con leves quejidos que me llegaron a convencer de
experiencias místicas y profundamente contemplativas» (Rvdo. Manuel López
Vega, compañero de Manolo Aparici en el Seminario).
«Ejerce
(era alumno en la Universidad Pontificia de Salamanca) una influencia
silenciosa pero muy profunda, sobre varias promociones de estudiantes
salmantinos. En el «Balmes» de entonces estudiábamos como fieras, vivíamos
una temperatura sacerdotal enardecida respaldados por la dirección
espiritual cálida y exigente de Manolo, a quienes muchos de nosotros
habíamos entregado confiadamente nuestro corazón. ¡Qué hombre bueno, que
sacerdote cabal! Nos cogíamos a su mano porque él nos entraba de verdad en
la nube donde el Señor habita: Manolo percibía el misterio de la
existencia sacerdotal, paladeaba los jugos de la fe. Era un sacerdote
verdadero» (Rvdo. José María Javierre).
«Edificado siempre por
su vida santa y apostólica. Durante los años 1940 a 1978 propuse a Manuel
Aparici como Caballero de Honor, y la santidad activa a miles de jóvenes
“Cruzados y Juventudes Misioneras de la Milagrosa”, en los Colegios de
Paúles e Hijas de la Caridad, que le admiraban y seguían con mucho
entusiasmo y gran fidelidad Vivió intensamente sus siete años de
sacerdote y víctima, donde labró a hachazos de dolor corredentor su
santidad definitiva» (R.P. Veremundo Pardo Escudero, Paúl).
«Dejó una
gran huella. Y si no, ¿por qué quiere Dios que a los más de treinta años
de su muerte sea recordado en los ambientes eclesiales?» (Joaquín Zamora
Navarro).
Para todo
lo relacionado con su Causa de Canonización, de:
comunicación de gracias obtenidas, petición de estampas con la oración,
donativos, etc. dirigirse a la Asociación de Peregrinos de la Iglesia,
c/Manuel Montilla, 12. 28016 Madrid. Tlfn.
91 359 01 12.
Fax
91 359 00 84.
Pueden
hacer llegar sus donativos (los de ustedes, los de sus familiares y
amigos, etc.):
* Por transferencia
bancaria a la C/C en el Banco Sabadell:
Entidad: 0081
Oficina: 0589
Dígito de Control: 22
Número de cuenta: 0001035907
* Por
cheque a nombre de PEREGRINOS DE LA IGLESIA, MANUEL APARICI.
* Por
giro postal o mediante entrega en efectivo, indicando siempre CAUSA DE
CANONIZACION.
«Unos días pasados sin anotar mis acciones diarias, sin anotar, mejor
dicho, el móvil de estas acciones: la gloria de Dios. Hoy reanudo mi
Diario. El me va a servir como ayuda en esta lucha de la perfección»
(9/10/1931).
«¡Un mes largo sin confiar
nada a este Diario, especie de espejo de mi conciencia!» (18/12/1931).
«Un día escribo mi Diario y luego transcurre una semana o más sin volver
a hacerlo, y así no puedo darme cuenta de si adelanto o retrocedo»
(23/1/1932).
«No puedo ya pasar más
tiempo sin volver a mi antigua y conveniente práctica de hacer mi
balance diario de conciencia y anotarlo en este Cuaderno de mis memorias
de vida espiritual» (21/5/1932).
[2] Su trabajo en el Seminario fue «La
Unión con Cristo a través del dolor».
[3]
Había sido ordenado sacerdote, con la debida dispensa, al finalizar
Tercer curso de Teología y su Obispo, D. Leopoldo Eijo y Garay, quería
que completase sus estudio de Teología en la Universidad Pontifica de
Salamanca. (Sobre este punto, volveremos sobre el particular más
adelante).
[4]
Este es el primer folleto de una serie de ellos, en preparación, que
desarrollarán las distintas facetas de la figura, la vida y la obra de
Manuel Aparici.
[5]
Pero primero se fue al Pilar de Zaragoza (en 1940) para solicitar a
María, la primera peregrina, que les alcanzara la gracia de ser
apóstoles y luego a Compostela para que Santiago, Apóstol de España,
Adelantado, Jefe y Guía Supremo de Peregrinos, les enseñara a serlo.
[6] Sin embargo, cuarenta y un año después, en Agosto de 1989, esta
peregrinación era felizmente superada ampliamente por S.S. el Papa Juan
Pablo II al reunir en Santiago de Compostela junto a la tumba del
Apóstol Santiago la mayor peregrinación de jóvenes de todo el mundo con
ocasión de la IV Jornada Mundial de la Juventud; peregrinación convocada
y presidida por el Santo Padre para impetrar y recibir de cara al Tercer
Milenio empuje apostólico para la recristianización de Europa y de sus
respectivos países. (Precisamente en dicho mes se cumplían los
veinticinco años de la muerte de Manuel Aparici. Aunque tal vez no lo
fuese, no pudo haber mejor acto conmemorativo de tal aniversario del
«Adelantado y Capitán de Peregrinos»).
[7] El
11 de septiembre de 1925 un compacto grupo de jóvenes españoles
peregrina a Roma. Eran los adelantados de aquella Juventud Católica que
años más tarde sería la Asociación de los Jóvenes de Acción Católica.
Este año 2000 se cumplen, pues, las Bodas de Diamante.