
MARCO HISTÓRICO
Toca ahora exponer el ambiente
de la España en que le tocó vivir y ejercer su apostolado, ya que, sin una
reflexión seria y cuidadosa, no se pueden comprender las dificultades en que
se desarrolló la Juventud de Acción Católica ni tampoco su figura, su vida y
su obra, antes de la guerra poniendo en marcha e impulsando la Juventud de
Acción Católica, durante la guerra promoviendo los Centros de Vanguardia
y, a medida que se liberaban
las ciudades, restaurando o refundando la misma. A tal fin, recorrió
prácticamente España entera muchas veces para extenderla como un medio de
renovación cristiana en la juventud, tanto de seglar, como de sacerdote y
preparando dirigentes nacionales, diocesanos y parroquiales, lo que exigía
un gran sacrificio por su parte
.
Su infancia y su más temprana juventud está
envuelta, lógicamente, en el ambiente de frialdad religiosa dominante en su
época: escasa religiosidad, frivolidad, etc.
En efecto, las corrientes más
importantes del pensamiento de finales del siglo XIX coincidían en una
actitud desdeñosa hacia todo pensamiento sobrenatural o religioso,
calificado de poco racional y anticuado. Más de medio siglo de estas
posiciones hostiles, de descalificaciones o burlas mantenidas en ambientes
destacados y apoyadas además en la resonancia de los grandes éxitos del
método positivista en las ciencias experimentales que aquellos, sin más,
miraban como propios, había llegado a impactar negativamente a muchos; los
cuales, sin apartarse expresamente de la fe, buscaban una apariencia de
modernidad dosificando su presencia en las prácticas religiosas,
consideradas en una dicotomía sorprendente pero real, como «cosas de
mujeres».
Esa infancia y primera juventud de
Manuel Aparici tienen como fondo guerras en Europa y en Marruecos,
convulsiones sociales, la caída de cuatro Imperios, el Ruso, el Alemán, el
Austro–húngaro, el Otomano, y la Revolución Bolchevique en Rusia. Tiene
diecinueve años cuando el asesinato de Dato y el Desastre de Annual,
veintiuno cuando comienza la Dictadura
, veinticinco cuando termina la Guerra de Africa,
veintisiete, cuando el viernes negro de Wall Street, veintiocho cuando el
Pacto de San Sebastián, y la sublevación de Jaca y el fusilamiento de Galán
y García Hernández, veintinueve cuando las elecciones municipales de 1931,
el exilio de Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República, cuando
el Primado de España, Cardenal Segura, se vio obligado a renunciar a su sede
y cuando la primera quema de iglesias y conventos, los ataques a los
sacerdotes y religiosos, etc. mientras Azaña afirmaba en el Parlamento que
«España ha dejado de ser católica»; y cuando el manifiesto de los
intelectuales «Al servicio de la República». Treinta, cuando la disolución
de las Órdenes Religiosas, la expulsión de los Jesuitas y el Pronunciamiento
del 10 de agosto; treinta y uno cuando la Encíclica de S.S. el Papa Pío XI
contra el laicismo agresivo de la Segunda República
, treinta y tres, cuando la Revolución de octubre en
Asturias, que dejó 1.200 muertos.
«Hasta entonces [octubre de 1930,
fecha en que tuvo lugar en Zaragoza la II Asamblea Nacional entre los días 8
y 11]
–dice Manuel Martínez Pereiro–, todas las reuniones nacionales se habían
celebrado sin dificultad alguna, con toda clase de actos públicos. Los
problemas empezaron a manifestarse tras el cambio de monarquía–república
producido el 14 de abril de 1931 con un gobierno de izquierda de manifiesto
matiz anticatólico y anticlerical. Antes de cumplirse el mes del cambio se
expulsó a Roma al Cardenal Segura ... y se quemaron varias iglesias y
conventos, hasta el punto que debieron organizarse en las Parroquias grupos
de jóvenes en previsión de que pudieran repetirse tales desmanes
. Como es natural, se planteó al Consejo Central de
la Juventud si debía convocarse o no la III Asamblea Nacional de 1931.
Ponderadas debidamente las circunstancias, se acordó por unanimidad
celebrarla en Madrid [convocada para Sevilla, hubo de trasladarse a Madrid;
se celebró los días 3 a 6 de diciembre, con dos meses de retraso por la
huelga revolucionaria de la capital andaluza
] en régimen de internado
en una casa religiosa de suficiente amplitud para
albergar a los asambleístas.
»Por encima de todo interesaba tomar el pulso de una Obra que
acababa de brotar con bastante facilidad y sin más dificultades que las
propias de toda iniciación. El resultado fue sorprendente hasta el punto de
que se precisó contar además con un Colegio Mayor para atender las
inscripciones de asambleístas. Pero lo más importante fue el espíritu y
entusiasmo de todos para perseverar en la obra emprendida: la persecución
había producido sus frutos
.
»Una
anécdota merece recogerse: en el acto de clausura un joven de Gijón
manifestó su entusiasmo con el grito de “¡Viva Cristo Rey!”, frase entonces
prohibida y castigada. En la mesa presidencial habíamos sentado al delegado
de la Autoridad y a él se dirigieron los ojos de los cuatro policías que le
habían acompañado. La encogida de hombros del Delegado nos tranquilizó a
todos.
»El único acto externo de la Asamblea fue la visita, sin banderas
y en grupos dispersos y poco numerosos, al Nuncio de Su Santidad para
reiterar nuestra filial adhesión al Romano Pontífice.
»El
Segundo Congreso Nacional debía celebrarse en 1932. Y se convocó para el mes
de diciembre en Santander, una de las Diócesis de más vital organización por
el número de Centros, que existían prácticamente en todas las Parroquias de
la provincia, la calidad de sus dirigentes y el entusiasmo de su Prelado,
Mons. Eguino Trecu. Pudo celebrarse con gran esplendor ... No faltó, sin
embargo, un lamentable incidente: la agresión con una navaja a un pequeño
grupo de asistentes. Que yo sepa fue la primera sangre vertida por Jóvenes
de Acción Católica».
Es en esta época de tiempos difíciles
y turbulentos, de un enfrentamiento creciente, cuando Manuel Aparici entra
en el Consejo Central como Vocal de Piedad (1931). En 1933 se hace cargo de
la Vicepresidencia Nacional de la Juventud de Acción Católica, y muy poco
después de la Presidencia en funciones, ya que el Presidente Alfredo López
«hubo de delegar muy pronto en el segundo las tareas presidenciales por
haber sido llamado para un cargo profesional de gran importancia»
. Presidente en 1934
; Presidencia que ejerció
hasta octubre de 1941, en que cesó para ingresar en el Seminario.
Mantuvo en todo momento, unas
relaciones excelentes con la Jerarquía, acataba todas sus orientaciones y
defendía a Obispos y sacerdotes
.
Fue muy querido por los Obispos. En los Centros reinaba una gran hermandad;
y era mucha la fortaleza que había que tener para mantenerse firme en la fe
en medio del ambiente de persecución religiosa en que se desenvolvía su
actividad apostólica.
Tenía treinta y cuatro años cuando en febrero de
1936, asume el poder el Frente Popular y se extiende violentamente la
anarquía que, denunciada en el Congreso, acusaba datos escalofriantes: 269
muertos, 1.287 heridos, 160 iglesias destruidas, 43 periódicos asaltados y
numerosas huelgas generales sólo hasta junio de ese mismo año.
Después de las elecciones de febrero
de 1936 se extendió una ola de pánico por España. Manuel Aparici organizó
inmediata-mente una campaña de visitas a las diferentes Diócesis españolas
para levantar el ánimo,
insistiendo en que la Acción Católica no era la derrotada, ya que no tenía
carácter político; pero que precisamente por la situación de debilidad en
que quedaban los partidos de orientación cristiana, tenía la obligación de
insistir en los jóvenes en este aspecto y en la idea firme de que es el
Espíritu Santo el que gobierna al mundo. Al mismo tiempo, se adoptaron las
medidas a fin de preparar una verdadera «vida de catacumbas», si llegara el
caso.
La coincidencia y sucesión de todos
estos acontecimientos quizá ayuden a entender la España de aquel entonces.
Clima y acti-tud que reflejaba el mismo Himno de la Juventud de Acción Cató-lica,
con frases como «Ser apóstol o mártir acaso mis banderas me enseñan a ser» o
la afirmación final sobre «la misión sacrosanta y divina de vivir o morir
por la Cruz».
«En momentos tan difíciles,
traumáticos y confusos de la vida española, con doctrinas políticas tan
contradictorias, Manuel Aparici, en su pensamiento cristiano, no tuvo ni
siquiera la tentación de dejarse influir por las corrientes difusas entre la
juventud de un nacionalismo–totalitario extendido en Europa.
«Pero hay algo más –añade Mons.
Maximino Romero de Lema– que escapa a los historiadores y que solamente los
que hemos vivido directamente este período desde los comienzos de la
persecución religiosa, desde 1931, podemos subrayar
. Manuel Aparici, en sus
discursos por toda España, antes de la guerra, maduró una “espiritualidad
martirial” inspirada directamente en las cartas del mártir San Ignacio de
Antioquía [del siglo II]. Decía con fervor “quiero ser pan de Cristo”
“triturado por los dientes de las fieras”. Este espíritu “martirial” le
llevaba después a hacer “vivir” a los jóvenes la Eucaristía
, de la cual era gran
devoto.
»Tengo el convencimiento de que esta
“predicación” influyó directamente en tantísimos mártires de aquellos años
...
»Capítulo aparte merecen los Centros
de Vanguardia en los mismos frentes de guerra. Todo esto lo he vivido yo que
estuve como soldado en todos los frentes excepto en el frente de Andalucía».
Otras juventudes, especialmente las
de los partidos que habían ganado las elecciones, se preparaban en un clima pre–bélico, con himnos, entrenamientos y desfiles, para un eventual
enfrentamiento.
La amenaza era real, inmediata y grave, como no
tardaría en mostrarse.
De todo el inmenso cúmulo de
ideologías, posturas, tensio-nes, intereses, etc. que confluyeron en tan
formidable crisis, sola-mente hemos de destacar aquí los prejuicios que iban
a dar lugar a la persecución religiosa y que, equivalente a aquellas
actitudes del pensamiento «avanzado» que mencionábamos al principio,
fermentaban ahora de un modo irracional y feroz.
En aquellos años se barajaba también la idea de
la necesidad de actuación política organizada de los cristianos, como una
fuerza nueva que mediara entre las posturas extremas y luchara en defensa de
los valores cristianos amenazados.
Se intentó la creación de un partido político
cristiano que, después de un efímero triunfo en 1934, fue barrido en las
elecciones de febrero de 1936.
La incitación a la política, como tantas
iniciativas de inten-ción y raíz religiosa de la época, provenía de D. Ángel
Herrera Oria por el que Manuel Aparici siempre tuvo una sincera devoción. D.
Ángel marcó en él un estilo, un profundo espíritu sobrenatural, obediencia
al Papa y a la Jerarquía. Y el estudio
serio de los problemas
sociales
.
Pudo entrar en política, pero no lo hizo. No le
interesaba. La ocasión no le faltó. De hecho la tuvo. Su camino estaba muy
claro, era otro; y sus maneras. Más vasto y lejano su horizonte. Estaba
allí, y siempre tenía años, y justo en la edad de la energía, el entusiasmo,
la ilusión y la entrega y la eficacia. Pero siempre más atento a otra cosa
que a la noticia de la anécdota o el desgarrón de cada día, o la publicación
del último ensayo con lo último en ideas del tiempo. Él estaba haciendo por
el Reino de Dios, seguía estudiando su latín y le importaban no mucho
lo que pudieran decir –entonces o después– los irónicamente conocidos
entre los estudiosos como los “nuevos evangelistas de Francia”.
Todos sus esfuerzos los encaminaba al servicio
de la Iglesia en la formación de los jóvenes. Deseaba a todo trance tener
siempre satisfecho a Jesús . Según anota en su Diario su corazón se iba tras
la Acción Católica; le satisfacía más, y cada vez que veía que un alma se
aproximaba a Dios, gozaba y bendecía a Dios. Y tras solicitar el oportuno
consejo a su padre espiritual [¿octubre 1931?] reitera su entrega a Dios,
que ya no abandonará a lo largo de toda su vida.
Vivió y ejerció su
apostolado en un periodo decisivo de la historia de España, superando viejas
diferencias, pero se alejó de una posible carrera política y profesional que
se había abierto ante él por seguir su vocación, primero como seglar, y
después como sacerdote.
Este es el clima, que conviene tener
presente, en el que se movió; clima al que tuvo el valor de hacer frente y
del que consi-guió arrancar a toda una generación e influir en las venideras
próximas, y que un día le llevó a decir: «Estaban cerrados los caminos
que conducen a Dios en España y en el mundo»; caminos que él con tesón,
celo apostólico, vida sobrenatural, entrega generosa, fidelidad a la
Jerarquía, y siempre con la ayuda de Dios y de la mano de María a quien
amaba con ternura singular y devoción filial, abrió para su generación y las
generaciones futuras.