Juan Pablo II en su Carta
Apostólica «Novo Millennio Ineunte» a los Obispos, a los sacerdotes y
diáconos, a los religiosos y religiosas y a todos los fieles, dice en su
introducción:
«¡Duc in altum! Esta palabra
resuena también hoy para nosotros y nos invita a recodar con gratitud el
pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro:
Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre (Hb. 13,8)».
«La alegría de la Iglesia, que
se ha dedicado a contemplar el rostro de su Esposo y Señor, ha sido grande
este año. Se ha convertido, más que nunca, en pueblo peregrino,
guiado por Aquel que es el gran Pastor de las ovejas (Hb. 13,20)».
A continuación el Santo Padre
invita a todos a traducir el tesoro de la gracia recibida en fervientes
propósitos y en líneas de acción concretas, en torno al propio Obispo.
«Sobre todo, queridos hermanos y
hermanas, es necesario pensar –sigue diciendo el Papa– en el futuro que nos
espera [...]. Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida,
traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas. Es
una tarea a la cual deseo invitar a todas las Iglesias locales. En cada una
de ella, congregada en torno al propio Obispo [...].
Años antes (en 1964),
Mons. José Guerra Campos en su toma de posesión como Obispo Consiliario
General de la Acción Católica recordaba ya que « … lo que especifica
cristianamente una tarea, que es común a todos los hombres, es su polaridad
celeste, su condición peregrinante hacia Cristo Resucitado … »[2].
«El ser humano –escribe por su
parte el P. José Luis Otaño, S.M., Vicedirector Espiritual Diocesano de
Madrid
[3]–
está ligado íntimamente a la experiencia de la peregrinación, que es
expresión y signo de su peregrinación por la vida. Desde el Antiguo
Testamento, la peregrinación implica salir de la propia tierra y de la
propia casa, como Abraham e ir a otro lugar en la búsqueda para el encuentro
con Dios y con su voluntad. Jesucristo peregrinó al templo siendo niño,
acompañado de su Madre, la Virgen María y San José. Nuestra fe nos asegura
que comenzamos nuestra peregrinación cuando nacemos y en el renacer que nos
da la gracia recibida en el Bautismo, y que no termina en esta vida sino
que, después de la muerte, culmina en la eternidad.
Desde los primeros
momentos de la Iglesia, los cristianos peregrinaron a lo lugares
relacionados con la historia de la salvación llevada a plenitud en
Jesucristo […]. La historia de la Iglesia es el diario viviente de una
peregrinación que nunca se acaba. Numerosos fieles alimentan su piedad
peregrinando hacia los antiguos y nuevos santuarios dedicados al Señor, a la
Virgen María y a los Santos
[4].
La peregrinación ha sido siempre
un momento significativo en la vida de los creyentes, asumiendo en las
diferentes épocas históricas expresiones culturales diversas. Evoca el
camino personal del creyente siguiendo las huellas del Redentor: es
ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento por las debilidades
humanas, de constante vigilancia de la propia fragilidad y de peregrinación
interior a la conversión del corazón: “Mediante la vigilia, el ayuno y la
oración, el peregrino avanza por el camino de la perfección cristiana,
esforzándose por llegar, con la ayuda de la gracia de Dios, al estado del
hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Incarnationis
mysterium, n. 7) … ».
En diferentes ocasiones y por
diversos motivos Manuel Aparici escribe una y otra vez
[5]:
«Peregrinar es caminar sin descanso
hacia la Casa del Padre, abrasada el alma y las entrañas por aquella sed del
Calvario ... Sed de que las almas beban en la Sagrada Llaga del Costado
aquel incendio de amor que a Cristo le arde en el Pecho y que, en bastando a
declararlo su Cuerpo todo llaga puesto en cruz, le desgarra el Corazón, aún
después de muerto, para mostrarnos que su amor es más fuerte que la muerte.
Peregrinar es hacerse, en el regazo de
María por la acción del Divino Espíritu, otro Cristo; es decir, llaga de
amor viva que destile, en oración y sacrificio, agua de gracia que lave de
la triste mancha de su desamor a tantos hermanos que aún no saben que Jesús
es el Cristo, el Hijo de Dios Vivo.
Peregrinar es vivir el ahogo, la
asfixia y la tortura de la Sangre Divina en Sagrado Depósito y unir la pobre
sangre nuestra a la Divina, para que a todos llegue su Dulzura y en Amores
de Dios le embriague».
«Peregrinar es haberse llenado el alma
de la hermosura de Dios y caminar hacia Él loando sus perfecciones.
Peregrinar es sentir la inmensa
indulgencia de nuestro ser ante la infinita amabilidad de Dios y buscar
quien nos ayude a alabarle para que, a la Trinidad Santísima, se le rinda
toda la alabanza que merece.
Peregrinar es hacer partícipe a los
demás hombres del inmenso tesoro de poseer por la fe el conocimiento de la
caridad de Dios, que nos quiere unos con Él en Jesucristo por el Espíritu
Santo».
Insistía tanto en esta idea de peregrinar,
porque –decía– peregrinar es el estilo propio de la vida cristiana y tal vez
también, el estilo de la vida española.
«[…] Jesús forma su Colegio Apostólico
sobre los caminos de Palestina. Se retrata en el buen samaritano que subía
de Jericó a Jerusalén. Se aparece bajo el aspecto de peregrino en el camino
de Emaús [...].
Estilo peregrinante, estilo
propio de la vida cristiana que es un continuo caminar hacia una plenitud de
ser que sólo puede lograrse alcanzando la medida de la propia vocación que a
cada uno dio la gracia del Señor; pero no olvidemos que la medida de la
vocación de un apóstol no se alcanza si por deficiencias suyas dejan de
incorporarse a la vida de Cristo todos aquellos que Él quiere salvar por su
mediación […].
[...]. Y he aquí por qué lo
primero que ha de hacer el peregrino es pedir la gracia para vivir en ella
[...]. Sin vida es necedad pretender caminar; pero esa vida hay que
conservarla y acrecerla, multitud de peligros acechan al cristiano a lo
largo de su camino de peregrinación, y para salvarlos necesita de luz; en la
noche es muy fácil tropezar y caer … ».
Y añadía.
Pero
«¡peregrinar, no es nada; peregrinar con fe es abrir camino!».
«Abrir camino. Enderezar todas las
sendas, para poner en su luz de Verdad todas las criaturas. Esta es la
misión del peregrino. Pero abrir camino ¿a qué? A lo que llevamos en el alma
al Reino de Dios sobre la tierra, al reino de verdad y de vida, al reino de
santidad y de gracia, al reino de justicia, de amor y de paz».
Peregrinar con fe es «abrir camino
[...]:
«A la pobre humanidad hasta que llegue
a vivir la paz del Reino de Cristo ... ».
«Al conocimiento del amor
Divino, con nuestras obras, con nuestras oraciones, con nuestros sacrificios. Y después, cuando llegue el esperado día
[6],
reunidos cien mil con los hermanos de todas las Cristiandades de la Tierra
para acometer unidos, hechos un corazón y un alma sola, la conquista de todo
hombre, de toda raza y latitud para el amor de Dios que se nos reveló en
Jesucristo».
«Al Reino de Dios en la juventud de
España. Abriendo camino. Ya sabéis que el instrumento ha de ser cortante y
afilado, como afilada y cortante es la verdad. Cada uno de nosotros debe ser
Palabra de Dios hecha carne, espada que separe carnes de huesos. Abriendo
camino con nuestro ejemplo, con nuestro vivir laborioso, con nuestro vivir
alegre, con nuestro vivir apostólico».
«Y si eso es peregrinar, ¿qué
será el vivir de Adelantado [de Peregrinos], sino ser hostia
[7]
y cruz en la Llaga Divina, renunciando a todo, hasta el valor satisfactorio
de las obras en favor de los amados del Señor?».
«[...] Mirad, [...] la vocación de Dios
a las gentes de España, es peregrinar, porque Santiago, el Apóstol peregrino
[...] es el que nos engendró para Cristo y, al engendrarnos, dejó en
nosotros la huella profunda de su personalidad peregrinante [...].
El siglo XIX es un siglo traidor
a la vocación de España. Se cerraron todos los caminos [...] para que
viniera Cristo [...]. Y la sangre de los mártires ha vuelto a ungir la
frente de España con esa misión sublime de abrir camino al Reino de Dios en
las almas [...].
[…] Si peregrinar es abrir camino:
Caminemos, recorramos este camino. El camino está abierto [...].
Mirad, eso es nuestra peregrinación,
caminar interior, abrir camino en nuestras propias almas a ese Dios que
quiere venir, a ese Dios que se hizo por nosotros hombre y que por nosotros
se hizo Pan.
Abrir camino.
Recogernos [...]. Convertirnos a Dios. Ver en el fondo del alma a la
Trinidad, ver al Espíritu Santo que nos vivifica, ver al Padre y al Hijo.
Caminar.
Es nuestra Santa de Avila [...] quien
nos traza el plano de ese peregrinar en su “Castillo Interior” con sus
moradas [...]. El cristiano peregrino ha de avanzar de Morada en Morada
hasta llegar a la Morada Central y allí hincarse de rodillas ante Dios para
recibir de Él la santificación de todas sus facultades y operaciones.
Ese es nuestro peregrinar […].
Convertirnos a Dios, volvernos a Dios, para ver con sus ojos, porque estoy
seguro que si sabéis ver en el fondo del alma a la Trinidad, veréis a la
Trinidad Santa en el alma de todos los hermanos [...].
[…] ¿Cómo abrir camino?: Con la
oración, con la comunión, con el examen de conciencia, con el ofrecimiento
de obras, con apostolado. Caminar. Abrios así camino, hincándoos delante de
Dios, en cuya presencia estáis, para que os revele su secreto, abrazándoos
con Cristo en la Eucaristía [...].
[…] Este es nuestro caminar interior. Y
después con peregrinar viril, tenemos que recorrer los caminos de España,
porque España quiso el Señor que fuera Reino de Dios, y recorrer sus camino
es como recorrer los caminos de Dios, que están jalonados con cruces de
mártires, con imágenes de la Virgen [...]. Tenemos que recorrerlos como
[...] niños, porque sin hacernos niños no podemos entrar en el reino de los
cielos, de la mano de María [...].
Este es el aspecto externo de nuestro peregrinar. Abriendo
camino al Reino de Dios en la juventud de España».
ESCRITO
DE CONTESTACIÓN DE MONS. UREÑA PASTOR, SIENDO OBISPO DE ALCALÁ DE HENARES,
AL CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID, D. ÁNGEL SUQUÍA GOICOECHEA
«Considero muy acertada la petición hecha a
Vuestra Eminencia por la Junta Nacional de Peregrinos de la Iglesia de
introducir la Causa de Canonización del Siervo de Dios Manuel Aparici
Navarro.
Muchísimos católicos españoles y
muchos hombres de buena voluntad conocieron directamente o han oído hablar
de D. Manuel Aparici Navarro, Presidente Nacional de la Juventud de Acción
Católica y, luego, Consiliario Nacional, cuando era ya sacerdote.
De sus virtudes humanas,
cristianas y sacerdotales en grado heroico huelga insistir. Son de sobra
conocidas. Y lo mismo cabe decir de su santa muerte, que sobrevino tras
larga y penosa enfermedad, vivida con temple espiritual de santo, en agosto
de 1964.
Sería un gran bien para la
Iglesia y para el mundo el reconocimiento de la santidad en hombres como
éste. Particularmente en los tiempos presentes [...].
¿No es, además, D. Manuel
Aparici un ejemplo a imitar por los sacerdotes seculares diocesanos?
En ambos sentidos es importante
la Canonización de este Siervo de Dios. Supondría un fuerte aldabonazo para
el despertar de la conciencia del sacerdote y del laico en la Iglesia.
Por lo cual, me pronuncio
totalmente a favor de la introducción de la Causa de Canonización de este
gran varón cristiano y apostólico».
LA FIGURA DEL SIERVO DE DIOS
SEGÚN LOS PERITOS
TEÓLOGOS
Manuel Aparici, desde el inicio
de sus escritos –dicen los Peritos Teólogos–, nos va descubriendo su llamada
especial a la santidad en el día a día de su vida, tratando de vivir el plan
que él mismo se había trazado en la búsqueda de serle fiel al Señor.
Su conversión espiritual tiene
una motivación de su amor mariano.
Inspirado en el amor a
Jesucristo, inicia sus grandes resoluciones; entre ellas la búsqueda de
quien guiará y orientará la vida espiritual de una alma enamorada y sedienta
de Cristo.
Al encontrar su director
espiritual, se establece todo un dialogo de confianza y abandono en
descubrir la voluntad de Dios. Esta dirección está apoyada en lectura
espiritual de varios autores, santos y padres de la Iglesia.Entrega,
respeto y obediencia incondicional a la Voluntad de Dios, expresada a través
del director espiritual.
Para esto establece un horario
diario en el que continuamente va examinándose y buscando la manera de cómo
agradar a Dios, desde el levantarse de cada día,
oír Misa y comulgar
diariamente con devoción, consagrar su trabajo iluminado por la obra
«Deber Moral del Trabajo», la atención y dedicación a su familia, en
especial a su madre, el
cuidar su meditación diaria frente al Sagrario en
la Visita al Santísimo, que en tiempo es progresiva desde minutos,
medias horas y horas; el ofrecer pequeños y grandes sacrificios como
privarse de leer el periódico, el dejar de fumar y vencer la tentación de
leer novelas policíacas; dedicar tiempo para el estudio y formación en el
campo religioso, examen de conciencia al llegar el atardecer de cada día;
compromiso de vivir el tiempo litúrgico a plenitud; diálogos que irán
perfilando su compromiso apostólico frecuentando el Círculo de Obreros.
Descubrimos también en sus
escritos los momentos de inquietud de un alma enamorada que se complace en
expresar los sentimientos de la confianza íntima con el eternamente Amado.
«Sólo decir que amo a
Jesús con toda mi alma, con todo mi corazón, con todo mi ser, y que quiero
amarle de verdad, no sólo con las palabras, sino con las obras; que mis
acciones digan todasque soy cristiano, que soy de Cristo, que le
amo, y que, como le amo, hago todo lo que Él quiere y nada de lo que no
quiere».
Podemos ver también la lucha
interna espiritual y de conciencia por anhelar la perfección frente a la
imperfección de su vida a los ojos de Dios.
«Ante todo, debo tener
siempre presente que si quiero ser útil a los demás, si quiero producir
fruto, debo estar unido a la vid de Nuestro Señor Jesucristo y, por tanto,
que, aun con relación a mis dirigidos, mi primer deber es ser perfecto, pues
tanto más útil les seré cuanto más perfecto sea».
La juventud es su gran
preocupación y por, para y en ellos, proyecta toda su vida de verdadera
búsqueda de santidad al sentirse enviado para la misión de tan noble ideal.
Desde la Juventud va clarificando el proyecto del plan salvífico que Dios
tiene destinado para su vida. El dolor de la juventud le lleva a expresar el
fervor por el Sacramento de la Penitencia.
Un viernes primero de julio de
1932 expresa su disponibilidad para consagrar su vida en una entrega al
servicio de Jesús en la opción fundamental de su decisión de ser sacerdote
santo.
«En el fuego del amor
eucarístico templé mi alma y estoy decidido, francamente decidido, a
servir a Jesús. Con su divina ayuda haré los estudios y me ordenaré de
sacerdote».
En el Diario de su vida
espiritual nos manifiesta continuamente la fragilidad humana de su relación
para con Dios; estas reflexiones van acompañadas en un clima espiritual de
oración y confianza en el amor misericordioso de Dios. Al tiempo reconoce su
flaqueza de espíritu, se deja seducir por el Señor y desea fuertemente
servirle.
El principio y fundamento de su
vida consiste ya en ir identificando su relación con el Amado dentro del
designio de salvación.
El Santo Sacrificio de la Misa [«la
gran obra del amor de Cristo» –escribe–] es el lugar privilegiado para
llenarse de esa fuerza espiritual que impulsa el ver a Cristo encarnado en
signos concretos como son sus superiores, director espiritual, jóvenes y la
humanidad entera.
Para indicar el espíritu de
decisión, toma las palabras de Cristo:
«Hay que caminar mientras dura el
día que luego viene la noche y no se puede caminar».
El Ideal de
santidad ahora tiene un gran reto: responder con su ejemplo y testimonio de
vida para que la juventud vea en él un signo de santificación. Su único
deseo es vivir la fidelidad a la voz del Amado, descubrir y fomentar la
llamada a la santidad e identificar su vida en una perfecta imitación de
Cristo.
«Ahora quiero levantar a vida
santa a mis jóvenes, pero ¿soy yo santo? Triste contestación: no, no lo soy.
Y es preciso, es preciso que lo sea. Ahora más que nunca debo entregarme a
Dios. ¡Son tantos los jóvenes que peligran! ¡Qué terrible responsabilidad!
Pero no es, no la responsabilidad, las penas que el Señor pueda imponerme,
lo que me asusta, es el dolor que me producen las almas que se pierden
[...]. Mis brazos en cruz pueden tapar la sima abierta a los pies de tantos
jóvenes y no los extiendo. Huyo la cruz y sólo la cruz puede darme paz;
porque sólo en ella con ella y por ella puedo triunfar y mi triunfo, no soy
yo, que nada soy, son almas que pongo en manos de Jesús. Divino Corazón,
ayúdame».
Manuel
Aparici es el hombre de una visión universal de la salvación, dirigida para
toda la humanidad, tienen especial dedicatoria la juventud, las personas
consagradas, religiosas, sacerdotes, seminaristas y todas las almas
sedientas del amor de Dios. Ve en ellos la presencia intercesora que le
impulsan y animan con sus oraciones y sacrificios para que él cumpla el gran
ideal de su vida: lograr la santidad.
«¡Señor! Cuando tantas almas se te consagran, se
entregan para servirte como instrumento en la obra de mi santificación,
¿sólo la mía te resistirá ... ?
Trescientos mil sacerdotes
existentes en el mundo que se santifican por mí, trescientos mil que hacen penitencia y oración
por mi alma, que ofrecen al Padre su canto, para que el Padre me bendiga … y yo ¿voy a ser la
nota discordante?
Pero tú, Señor, me conoces
bien y sabes cuan grande es mi miseria. Dame tu gracia, irrumpe en mi debilidad con tu
fortaleza, en la dureza de mi corazón con la ternura del tuyo, en la
frialdad de mi
amor con el fuego de tu caridad, para que yo también me inmole y sea
tuyo».
«¡Para qué quiero la vida si no he de ser sacerdote santo!». «Ser sacerdote santo o no ser sacerdote». «Cuandome olvide de mí
para pensar y vivir sólo para Cristo y sus almas, empezaré a ser santo».
Y el lema
de su vida de Presidente fue «Sitio» –tengo sed– y siguió siéndolo en el
sacerdocio que Cristo Nuestro Señor se dignó participarle.
La inicia desde el camino del
dolor y sufrimiento de Cristo, para identificarse con el proyecto de
terminar concrucificado con Cristo.
Tomar contacto con los escritos
de Manuel Aparici Navarro –concluyen– es sumergirnos en un ambiente
verdaderamente espiritual donde se descubre la vivencia de los verdaderos
valores y virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad. Muy bien se
aplican las palabras del Concilio Vaticano II en relación al testimonio de
su Vida:
«A éstos [los mártires] pronto
fueron agregados también quienes habían imitado más de cerca la virginidad y
pobreza de Cristo y, finalmente, todos los demás, cuyo preclaro ejercicio de
virtudes cristianas y cuyos carismas divinos los hacían recomendables a la
piadosa devoción e imitación de los fieles»
[8].
Fe vivida, Fe celebrada
Su fe es robustecida por
la participación y celebración de la liturgia que viene a ser como el culmen
de su actividad apostólica y al mismo tiempo la fuente donde mana toda su
fuerza espiritual. El centro de su vida es la
Eucaristía. En este Sacramento ve el medio
propicio para alcanzar la perfección y perseverar en la amistad de Dios.Para ello, establece la frecuencia de recibir la Sagrada Comunión
diariamente, porque recibir a Jesucristo en la Eucaristía significa para él
adentrarse en una paz interior que le convierte en fácil y deleitoso el
camino de la perfección y su deseo de santidad.
Fe alimentada por la oración
Las verdades de fe las va
descubriendo y asimilando en sus momentos de meditación, y alta
contemplación, en la oración mental inspirada en el diálogo amoroso con el
Amado. Sus momentos de oración son como el gran espacio de una comunicación
confidencial en el que brotan pensamientos santos, se enciende su devoción y
afecto por sentirse víctima del amor de Dios, se fortalecen sus grandes
deseos, ideales en particular de responder al grito de dolor de Jesús en la
Cruz: “Sitio”.
Es en la intimidad de la oración en la que se forman sus propósitos
inquebrantables de entregarse del todo a Dios; en ella su alma sacrifica a
Dios todos los afectos terrenos y todos los apetitos desordenados. Lo único
que a Manuel Aparici le conforta en la oración es buscar continuamente la
manera de cómo agradar a Dios; es decir, sólo conocer cuál sea su voluntad y
pedirle la necesaria ayuda para cumplirla.
Tenemos que destacar
especialmente sus retiros espirituales, el deseo de retirarse para vivir
momentos de oración, para tratar a solas con Dios y en actitud de escucha
contemplativa delante del Sagrario.
Todos los testigos coinciden en
afirmar que Manuel Aparici era un alma orante, una persona de una gran vida
de oración, sencilla, pero intensa y edificante, como intensa y edificante
era su vida espiritual. Era la base y principio, el fundamento y oxígeno de
toda su vida. Vivía en oración constante
hasta tal punto que no sabrían explicar su vida sin su vida de
oración, porque toda su vida se apreciaba como fruto de la oración. Vivía
esa presencia de Dios y era ejemplar por su vida y espíritu de oración, así
como por su recogimiento.
Cuando no estaba ocupado en
tareas apostólicas lo encontraban siempre rezando ante el Tabernáculo,
abstraído en profunda contemplación. Pasaba horas y horas de rodillas ante
el Santísimo.
«Le he visto tres e incluso
cuatro horas rezando, y lo hacía de forma que no nos atrevíamos a
interrumpirle»
[9].
«Se quedaba ensimismado, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor»
[10]
y «edificaba verle por su actitud orante, en postura característica: de
rodillas y con la cabeza inclinada hacia la derecha»
[11].
«Le he visto llorar varias veces
ante el Sagrario»
[12].
Esta era también su actitud
cuando celebraba la Santa Misa: se le veía como absorto, como si estuviera
contemplando la majestad divina.
«Participar con él en la
Eucaristía –dice José Luis López Mosteiro– era un don extraordinario […]. Un
día, D. José Toubes, hablando a los feligreses, con nosotros allí, dijo casi
una herejía: “La Misa que vais a oír hoy es extraordinaria, especial. La va
a decir, D. Manuel Aparici, nada menos” […]. (Ya sé que no puede tomarse al
pie de la letra; el bueno de D. José Toubes quería decir algo […]. Y lo
dijo. Aquella celebración de la Eucaristía tenía el carisma del sacerdote
santo que iba a celebrarla. Y eso no es herejía)».
Y esa intensa vida de oración la llevabatanto antes
de su enfermedad como durante ella. Y la mantuvo hasta el día de su muerte.
Su día era un día permanente de oración.
Enfermo «D. Manuel me dijo en una ocasión –declara Salvador Sánchez Terán–,
que él hacía por los jóvenes, con su oración, igual o más que con su
acción». Y enfermo ¡con qué unción celebraba la Misa y oraba ante el
Santísimo en el Oratorio de la pequeña habitación de su casa!
Todos quedaban edificados por su
piedad, su amor a la oración y su actitud orante y
lo consideraban un maestro. modelo a
seguir, tanto en la vida de apostolado como en la vida de oración.
Para varios testigos, entre
ellos Mons. Mauro Rubio Repullés, Manuel Aparici fue favorecido con gracias
especiales de oración. Ninguno de ellos sabe si tuvo o no experiencias
contemplativas o místicas extraordinarias, pero ninguno de ellos, sin
embargo, las descarta.
El Rvdo. Manuel López Vega, compañero de
Manuel Aparici en el Seminario, afirma que tuvo experiencias místicas y
profundamente contemplativas [...] que era un hombre de Dios, místico. Otro
compañero el Rvdo. Francisco Méndez Moreno, asegura que un recuerdo que no
olvidará son los momentos de oración que hacía en la Capilla. Por su parte,
Mons. Maximino Romero de Lema le califica de «una persona [...] muy
“mística”» ... «dotado de dones carismáticos especiales», dice José Díaz
Rincón, que añade no observó en él fenómenos preternaturales, pero sí que se
transformaba en la oración. Tampoco sabe que los observara otras personas,
pero asegura que entre los jóvenes lo comentaban muchas veces.
Por otro lado, trasmitía el
espíritu contemplativo a cuantos le rodeaban, afirma Mons. José Cerviño
Cerviño, y les iniciaba en la oración contemplativa. De «espiritualidad
contemplativa», lo califica Mons. Maximino Romero de Lema.
Por lo que al sueño se refiere, dormía
muy poco y dedicaba muchas horas de la noche a rezar.
En los Cursillos de Cristiandad, «pasaba prácticamente toda
la noche en oración […] delante del Santísimo […]; lo he comprobado
personalmente en varios Cursillos» […] y
«muchas veces con los brazos en cruz», afirma Salvador Sánchez Terán. Y «en
los Ejercicios que dirigía, en las horas de descanso, o por la noche, se le
encontraba en la Capilla, en el sitio que no pensaba ser visto o en las
horas tardías, estaba postrado rezando», nos dice Ana María Rivera. «Horas y
horas, por las noches se quedaba ante el Sagrario de la capilla […].
Era emocionante verle
rezar […]; a mí jamás se me podrá olvidar», precisa José Díaz Rincón.
«Era de notar la forma en que sabía
“poner a la gente en oración”, sin despegar los pies del suelo, dejando
traslucir su profunda unión interior con Dios y su liderazgo de jóvenes»,
dice Alfonso Iniesta Corredor.
Además de orar mucho,
recomendaba vivamente la oración. Quería jóvenes orantes con el gran orante
que es Jesús. Les repetía:
«Somos orantes o no somos cristianos»[13]. «Sin la oración no hacemos nada»[14].
Pero no solo recomendaba la
oración, sino que creaba a su alrededor un ambiente que ayudaba a orar y
enseñaba a orar. Mons. José Cerviño Cerviño nos dice que, «en sus contactos
personales con él, así como en la convivencia en el Colegio Mayor donde
vivían [cuando estudiaban en la Universidad Pontificia de Salamanca,
Facultad de Teología], éste procuraba siempre estimular en todos el espíritu
de oración y la total conformidad con la voluntad del Señor».«Empujaba hacia una espiritualidad intensa, de oración, comunión
frecuente y diaria, etc.»
[15].
Podemos concluir, pues, diciendo
que Manuel Aparici, como los santos, dedicaba gran parte del tiempo a la
oración, que constituye el momento privilegiado para comunicarse con el
Señor. En ella encontraba fuerzas para su tarea apostólica y luz para
enseñar a los demás el camino de la perfección. Pedía constantemente
oraciones y oraba también constantemente por las necesidades de los demás.
«[...] Tener alma eucarística
–escribe José Francisco Serrano en “Alfa y Omega” núm. 218 del 22 de junio
de 2000– es un reto para los cristianos [...]. Nos hace falta un banco de
almas eucarísticas ... ».
Manuel Aparici, alma
eucarística, es un referente en nuestros días para todos.
Tomando las palabras de S.S.
Juan Pablo II a los jóvenes peregrinos de la Archidiócesis de Madrid a Roma
en agosto del pasado año, presidida por su Pastor, el Cardenal Arzobispo D.
Antonio María Rouco Varela, el Siervo de Dios nos diría: «[...] revitalizad
vuestras comunidades situando la Eucaristía en el centro y entregándoos día
a día a los hermanos ... ».
La oración de escucha,
contemplación y diálogo de amor frente al Sagrario es –afirman los Peritos
Teólogos– una nota distintiva en el desarrollo de su vocación.
De él son estos pensamientos
espigados de su Diario Espiritual, Cuaderno de Meditaciones, Ejercicios y
Retiros, escritos, etc.:
«3 de diciembre, mi
primera vigilia de Adoración Nocturna. 1930 ingreso en la Adoración Nocturna, empiezo a
entregarme al apostolado […].
Mi hermano Félix María fue instrumento de Jesús para llevarme
a la Adoración Nocturna».
«Me
recreé por anticipado pensando en mi hora de vela en la Adoración Nocturna».
«Esta noche tenemos Adoración Nocturna. ¡Ayúdame, oh Jesús, a serte útil!
[...]. Cerca de dos horas estuve ante el Señor. Le supliqué al Padre, en
nombre de los amados de su Hijo, que me concrucifique con Él. Jesús
volvió a insinuarme que no temiera, que Él me ama infinitamente y que me llenará de su gracia
para hacerme todo suyo».
«¡Cuántas gracias y cuántas voluntades libres compaginadas para
mostrarme tu amor! Y tú me dices que no puedes
revelarme, que todo signo es pequeño, porque todo signo como creado es finito y tu amor es infinito.
Fiel amador, ¡cuán amoroso te
muestras conmigo, que fui tu verdugo! Comprendo que quieres legar a hablarme
sin palabras en la esencia del alma; que, pues, me escogiste para que
predicara tu amor, conocer para que así
tu amor engendre en mí la nueva creatura que quieres que sea: tu sacerdote,
tu otro, que irradie el olor de tu caridad infinita».
«La infinita caridad de Dios ha querido concederme una vigilia de
adoración a la Divina Majestad en el Santísimo Sacramento del Altar. Cuatro
horas me ha tenido atado en su Corazón haciéndome gustar la inefable ternura
de su amor. ¡Pobres almas que no conocen el amor de Dios en Jesucristo! Le
he pedido que me quite la vida antes de dejarme pecar y que me haga brazo de
su cruz».
«Gracias Señor porque has oído mis ruegos; tú sabes con cuanto cansancio,
desolación y aridez me hiciste orar ante el trono de tu amor eucarístico
esta noche pasada; tú sabes cómo mendigué a tu caridad infinita que me ayudaras a ser todo tuyo ... ».
«Esta noche Él me llevará a la oración, a despedir este año y a recibir el
que viene ante Él en la
Eucaristía.
Noche de renovación de
propósitos y de entregarme a Él. Ayúdame, oh Señor, a vencer
tanta
repugnancia como
mi carne tiene a tu cruz!».
«¡Gracias Señor!Me llamaste tú ayer desde tu
trono eucarístico. Me hiciste ver mi miseria y me ofreciste tu ayuda una vez más»
Pero a veces, a pesar de sus
buenos deseos, no asistía a alguna vigilia por las razones que el mismo nos
ha dejado escritas en su Diario. Otras, cabe interpretar que es que tenía
obligaciones inherentes a su cargo en Acción Católica o por razones de su
profesión [comisión de servicio; recuérdese que pertenecía al Cuerpo
Pericial de Aduanas] que le hacían tener que ausentarse de Madrid los días
de vigilia.
«Presente tuve, en la visita a mi Señor, mi infidelidad. Le pedí
perdón, le prometí enmienda y me recreé por anticipado pensando en mi hora
de vela en la Adoración Nocturna; pero no he podido ir. Cené tarde. Mi madre
se hallaba disgustada y con fuerte tos y me he quedado en casa; mas luego,
cuando todos se acuesten, quiero pasar una hora en oración. Te adoraré en
espíritu, ¡oh amado Jesús!, y tú vendrás a mí, porque te amo».
«La Visita al Santísimo, aunque de veinte minutos, la hice con poca
devoción. Pero, luego,por la tarde fui a ver al P.
Luis y el me dio la paz. Su orden ha sido no preocuparme de nada hasta que haga los
Ejercicios de septiembre. Entretanto que siga trabajando, que vuelque mi alma en las obras
de apostolado».
«He sentido confusión, fuego y humo cuando he dejado de hacer alguna de
las cosas que
tenía
proyectadas para lo que creía tu servicio en la Juventud de Acción Católica
por
atender a requerimientos de mi madre en favor de mis hermanos,
especialmente en favor
de mi hermano Rafael. Bien es verdad que al fin, refunfuñando y gruñendo,
irritándome y
perdiendo la paz, lo he hecho. Especialmente me pasó esto cuando al ir a
salir para asistir a una vigilia de Adoración Nocturna a tu Santísimo
Sacramento llegó mi hermano para que le acompañara a hacer algunas gestiones. Fui, pero
estuve con él, que estaba lleno de angustia, muy duro, tanto que mi hermano José Luis me
lo echó en cara con amor.
Aquella noche me arrepentí y a la mañana siguiente fui a reconciliarme con él,recordando que tú habías dicho:
“Reconcíliate con tu hermano, y después ven y deposita tu ofrenda en mi altar”».
Y por las ausencias habidas, penitencia.
«Una hora de meditación, a ser posible antes de la Misa. Media hora de
meditación, a ser
posible ante el Santísimo,
representando, ante el Señor, a los jóvenes que no pueden,
saben o quieren orar. Dos visitas al
Santísimo, una por mí y otra por los jóvenes. Cuand
no pueda hacerlas físicamente, las haré
espiritualmente».
Con relación a la vida de
oración del Siervo de Dios los Peritos Teólogos dedican bastantes líneas en
su informe.
En la mayor parte de su Diario,
Cuaderno de Meditaciones, Ejercicios y Retiros, escritos, etc. encontramos
los diferentes momentos, meditaciones y reflexiones que en un ambiente de
oración inspiraban su alma enamorada. Después de cada uno de ellos nos
dejaba leer sus frutos y resoluciones.
La oración
adquiere una expresión muy especial, es de súplica para poder identificarse
con el sacrificio de su entrega en el camino de la cruz y la fuerza
espiritual necesaria para no defraudar al Señor y mantener su espíritu de
fidelidad.
Nos
proyecta su vivencia espiritual en lo que es su especialidad: la Oración de
entrega y confianza en el diálogo íntimo de amor frente al Sagrario y a las
continuas respuestas a la sensibilidad de su vida con miras a la maduración
de su decisión fundamental en la consagración del deseo ferviente de ser
Sacerdote Santo.
«¡Señor!, pues que tantas
cosas has hecho por el amor que me tienes y entre ellas la gracia
santificante, dame tu gracia
para que con su ayuda yo abrace a las criaturas sola y exclusivamente en tu amor.
Dame que sepa verte a ti en
ellas, para conocer tu amor y usar de ellas para crecer en ti.
Dame que sepa
sacrificarte todo, hasta mi propio yo, para confesar al mundo que el único
bien absoluto, eterno eres tú».
En la oración de Jesús
descubre la locura del amor
«[...] Allí oraste por mí, ¡oh
Jesús!, y ofreciste el océano de dolores de tu Corazón al Padre por mí, para que tu gracia me llenara y me
enloqueciera por la cruz ya que sólo en ella y por ella podría alcanzar la mayor noticia posible de tu amor y
comunicarla a los hombres».
En sus oraciones y meditaciones,
nos expresa la intimidad del dialogo de confianza que establece con el
Amado. Es una verdadera
manifestación de la escucha sincera del Amado que se comunica con un mensaje
siempre nuevo y alentador.
«Jesús desde sus almitas me
urgía. Él me decía: ¡Mira qué grande es mi amor! Te confío todas estas almas y te ofrezco en
mi Corazón los medios para santificarlas. Lo que yo más amo, los pequeñuelos, los pongo en tus
manos . Por estas almitas tiernas, que ahora me aman, salí del Padre y vine al mundo y salí
del mundo para volver al Padre llevando en mis brazos a todas las almas de buena voluntad. La
tarea es grande y difícil, pero sólo te pido que me dejes hacer, que me dejes vivir en ti, que si
me dejas, yo lo haré».
Y siempre daba gracias al Señor
por todos sus bienes.
Oración de gratitud
«Gracias porque me hiciste sentir más honda mi
responsabilidad [...]. Tú me lo decías bien claro: “Si tú eres fiel, también ellos lo serán”. “Si te
entregas, también se entregaran ellos”. Y con toda mi alma te pedí que, por el amor que les tienes a
ellos y a los que volverán a ti por su predicación, me dieras la gracia para ser
fiel».
«Gracias porque me has sostenido durante estos días de
enfermedad y me has devuelto la salud y me has
infundido una confianza inquebrantable en tu caridad infinita».
Oración de amor
«Te amo, te amo, dulce Capitán y Rey Eterno, te amo y sufro porque no vivo
plenamente
en ti. Hazme tuyo,
Señor, para que aplaque tu sed y conquiste las almas que te duelen».
«¡Oh Amado Jesús, cómo me duele haberte entristecido con
el abandono de todo lo que te
prometí! Y cómo te agradezco, Amado mío, el que no me
hayas dejado caer en pecado mortal y el que me hayas traído a Ejercicios. Hay que empezar de
nuevo. No puedo dejarte solo en la cruz, Jesús mío, porque te amo. Sí Jesús, tú lo sabes todo, tú
sabes que a pesar de mi tibieza y mi abandono te amo, y que no puedo tener paz en mí ni gozo
sin vivir en tu cruz».
«Mi vida sea un reflejo de
su amor» ... «Porque ya el mundo para mí no tiene más valor que el de ganarlo para tu amor».
Diálogo de amor y
abandono a la voluntad de Dios
«[...] Y arrodillado en
un rinconcito, me miró y sin palabras me dijo: ¿Me amas? Señor
–le
contesté– tú lo
sabes todo, tú sabes que mi vida eres tú. Pues ámame en los predilectos de
mi Corazón, dales a
conocer el amor que mi Padre les tiene en mí a fin de que se unan conmigo en la alabanza al Padre y
tengan el mismo gozo que tengo yo».
« … Y allí, a solas con
Jesús, sufrí, amé y gocé. Él estaba allí y estaba a solas conmigo. Por mí estaba en el Sagrario,
amándome, rogando por mí, ofreciéndome todo su corazón. Me postré a sus plantas y le pedí su
ayuda, que no me abandonase, que no me dejase solo, que orase por mí, que tuviera paciencia, que no
mirase a mi indignidad y miseria sino para enriquecerme con su ayuda.
Le abracé en mi corazón, me
ofrecí por completo a Él, para lo que Él quiera, para lo que Él
disponga, y con suspiros y
con ansias me arrojé a sus brazos con confianza plena, pues me ha amado tanto, tanto. Ha tenido
misericordia tan infinita y divina conmigo que dudar de su amor por mí sería inferirle nueva
ofensa. En ti confío, Señor y Dios mío, con tu omnipotencia cuento para vencer mi impotencia, tú me
ayudarás y me darás tu gracia para servirte. Me santificaré con tu ayuda».
Espíritu de contemplación
«Vanagloria. Sí, tal vez en
mis conversaciones sale demasiado el “yo”. Pero cuando he hablado en público
¿he buscado el aplauso? No, decían de mí que no les dejaba aplaudir y la
inmensa mayoría de las veces preparé mis discursos ante el Sagrario buscando
que amaran más a Jesús. Eso, la sed de que Jesús sea amado, es lo que ha
impulsado mi vida desde hace quince años».
Oración de intimidad con el
Señor, expresándole el sentimiento de fidelidad
«Me amas, ¡oh Señor!,
me amas, lo sé; tú eres el Padre del hijo pródigo, tú eres la bondad y la misericordia y el amor, tú eres ¡Tú! y te compadeces de mi miseria ...
Estabas allí, oculto bajo las Sagradas Especies, y me he puesto en tu
presencia lleno de dolor y de pena porque no te he sido fiel. No te he
pedido que me des consuelos, no los merezco, sino que me libres del mal, que
me ayudes, Señor, para
serte fiel».
«Y solo podía decir en lo íntimo de mi alma: ¡Señor, Señor, si tú eres la
suprema riqueza y ante ti todas las cosas son
nada! ¿Cómo podrá mi alma apegarse a la nada después de haber entrevisto al Todo?».
Oración de felicidad
inspirada en las noches vividas en el Seminario
«¡Oh Amor de los altos
Cielos, que te entregas a mi nada, para alzarme desde el Cielo a tu pureza
sin mancha!
¡Oh Amor que entre paja y
hielo con tu vida me regalas para abrazar con tu fuego las escorias de mi
alma!
¡Oh Amor que muriendo matas
la muerte de mi hombre viejo y que mis heridas sanas con las llagas de tu
Cuerpo!
¡Oh Amor que en el loco
exceso del amor con me amas, enjugar quieres con besos de Eucaristía mis
lágrimas!
No me envíes más
consuelos y caricias a mi alma, hazme luz, incendio y llaga, brazo de cruz,
pregonero, del loco amor que te abrasa».
Oración de fidelidad
«Señor, nunca como ahora para que me mires con ojos de
misericordia, pues nunca me has hecho conocer
tanto el abismo de mi nada. Señor tu gracia, hará que yo te sea fiel, que me
crucifique contigo, que me abrase en tu sed, que sea tu víctima, que
tenga mi corazón en apertura hasta que llegue mi total crucifixión por ti, en ti y contigo».
«Señor, para que no caiga y no caigan más almas
dame tu gracia para ponerme en cruz. Para que no se condenen más
almas debo abrazarme en esta vida a lo que el mundo llamaría “un infierno”; penitencia, penitencia
y penitencia junto con incesante oración y presencia tuya».
Oración de
disponibilidad, entrega total y consagración
«Mas no se haga mi voluntad, sino la tuya ... Ayúdame,
Jesús, a ser tuyo. Mira cuántos jóvenes peligran, si soy tuyo, si tú vives en mí y reinas en mí
les podré servir.
¡Ah! Comprendo mi
responsabilidad: mis brazos, mejor aún tus brazos en cruz ocultos en los míos, les pueden salvar, por
lo menos ayudarles a dar el tremendo salto y, sin embargo, desmayo, aflojo en mi oración y
sacrificio y, entretanto, el enemigo se aprovecha y te roba las almas.
Tú dijiste: “el buen pastor da su vida por sus ovejas”. Hazme buen pastor,
fuérzame con tu gracia a dar
ocultamente la vida por nuestros jóvenes».
«Señor Jesús: enséñame a ser generoso; a serviros como
merecéis; a darme sin medida; a
combatir sin temor a las heridas; a trabajar sin buscar el
descanso; y a consumirme sin querer otra
recompensa que la de saber que he hecho vuestra santa voluntad».
«¡Oh Jesús!, se apagó mi sed del mundo y empezó a abrasarme la de tu
amor; me hiciste oír tu queja,“SITIO”, y me diste gracia para que quisiera aplacar
tu sed y ... aquí me tienes. Tú me has hecho recorrer esta larga etapa y me dices con infinita ternura: levanta
alma que me visitas, levántate de tus miserias y ven a mí, eres mi amiga, no mi enemiga, eres
mi hermosa porque mi gracia te ha embellecido, y si tú me amas yo también te amo. Pídeme
cuanto quieras y abrázate conmigo.
«Jamás, Señor, te pagaré
bastante tus amores, pues todo lo que tengo, lo bueno, es tuyo y,
aunque me
entregue a ti, no haré más que devolverte lo tuyo. No me desampares jamás.
Dame tu gracia y tu amor, que eso me basta. Y, a ti María, sigue siendo para
mí lo que siempre has sido, y yo no ví : una Madre tiernísima que perdona,
olvida y ama a los hijos siempre, siempre, siempre».
«¡Oh Jesús!, hazme todo tuyo. Amén».
Oración de humildad
«¡Hasta cuándo Señor, hasta
cuándo voy a gemir así!
Tú en la cruz ... y yo ...
cómodo.
Tú hambriento. ... y yo ...
harto.
Tú pasando frío ... y yo ...
con calefacción.
Tú durmiendo ... sobre el
duro suelo ... porque tú vives en tus pobres, en los infelices, en los
desheredados, en los que
sufren, en los que lloran.
Quisiera abrazarme a tus pies
y llorar sobre ellos y al mismo tiempo me encuentro tan indigno; pero por muy indigno que sea,
por muy vil y miserable, tu misericordia llena todos los abismos y los cubre.
Apiádate de mí ¡oh Jesús!».
Oración frente a la tentación
Podemos ver su gran fortaleza
espiritual de quien sabe abandonarse en el amor de Dios.
«He resistido, he rechazado
la tentación, pero ¡qué miserable soy!, me doy miedo, me asusta esta gusanera de mi carne que
enciende mis bajas pasiones. Sin el auxilio de Jesús nada puedo. Pedir, pedir continuamente su gracia
es la única manera de no caer.
¡Cristo en mí ...! Muerto al
pecado con Cristo en la Cruz, resucitado en Cristo. ¡Oh Jesús! haz que se graben estas ideas en mi
alma, que sean carne de mi carne y huesos de mis huesos, haz que yo te conozca y me conozca».
Oración mariana
«¡Oh María, Auxilio de los
Cristianos!, préstame el de tu omnipotencia de súplica, alcánzame la gracia de la fidelidad a la
gracia, pues tan claro veo que debo de entregarme, que si no lo hago no podré decir a tu Hijo que le
amo».
Plática ante el sagrario
(hora apostólica)
«Como en otro tiempo sentado
al borde del pozo esperé a la Samaritana. Así ahora [...] te
esperaba a ti joven. Aquella
mujer todos los días tenía que salir de la ciudad a buscar agua –en la ciudad no encontraba con que
apagar su sed– y todos los días iba y todos los días tenía que volver. A ti, hijo, te pasa
lo mismo: todos los días sales del ambiente de mundo que reina en la ciudad. Todos los días acudes
al templo a recibirme, a visitarme, pero de nuevo vuelves a la ciudad y vuelves a tener sed
y vuelves a visitarme y recibirme.
Muchos días fue la
Samaritana al pozo de Jacob sin encontrarme, pero un día, el que mi amor marcó desde toda la eternidad, me encontró a mi sentado en el borde
esperándola. Así también he hecho contigo. Porque te has dejado traer de mi
gracia a este Cursillo, a estos Ejercicios, en ellos y en este Sagrario, te
estoy esperando para decirte como a ella “dame de beber”, “Tengo sed”.
Como ella te admirarás y comprenderás de mi elección [...]. Me dirás
desde el fondo de tu alma, ¡Tú a mí me pides de beber! ¡Tú a mí! me pides de
beber. ¡Tú a mí!, Tú, la Santidad, a mí nacido en pecado
y pecador.
Yo a ti, hijo mío, yo a ti.
Te pido de beber. Tengo sed de tu entrega: quiero que me entregues todo: pasiones, pecados, pasado,
cualidades buenas, tus ilusiones y esperanzas juveniles. Ya te dije en otra ocasión: el que pierde
padre o madre o hermanos o bienes por amor a mí, recibirá el ciento por uno y además la vida
eterna».
Y todo ello te lo damos a
conocer por si su forma de orar te puede ayudar a ti en tu vida de oración,
Recogemos aquí
algunas frases o pensamientos del Siervo
de Dios que expresan la filosofía espiritual de su vida, ejemplo y guía para
todos: sacerdotes y seglares, en los tiempos presentes según todos los
testigos y los Peritos Teólogos.