
APÓSTOL
CON VOCACIÓN DE
CRUCIFICADO
ENFERMEDAD
«A principios del año 1956 comienza
a hacerse realidad viva y sufriente, al caer gravísimamente enfermo»
. Tras siete años de
Presidente y nueve de Consiliario le llega la etapa de dolor, de dolores
tremendos: un infarto de miocardio y algunos más de todo tipo que le dejaron
casi imposibilitado y que le postraron en cama prácticamente desde el primer
momento hasta el mismo instante de su muerte. «Ni para asistir al entierro
de su madre pudo levantarse de la cama»
. Cuando le llegó, la
«aceptó como un servicio a los demás … y una dimensión redentora»
. «Parecía … que Dios
consideraba cumplida su actividad apostólica».
«Había periodos larguísimos en los
que podía levantase para celebrar la Eucaristía, y otros muy largos en que
tenía que permanecer en cama, con las consecuencias consiguientes de llagas
en el cuerpo, hinchazón en el vientre, hidropesía y fuertes dolores»
.
Aunque era plenamente consciente de
la gravedad de su enfermedad, a la que quería quitar importancia, nunca
mostró signos de inquietud, impaciencia o disgusto y mucho menos de
desesperación. Nunca perdió la paz y siempre estaba sonriente. Encontró en
ella el estado de purificación del alma hacia la contemplación. «Podía
deducirse su alta espiritualidad y plena aceptación de la voluntad de Dios
en todo momento»
.
«Su comportamiento fue admirable y edificante, siempre heroico y ejemplar
sin la menor queja»
«aceptando el sufrimiento ... con espíritu evangélico de asimilación a los
sufrimientos de Cristo»
,
con una gran confianza en Dios. Su comportamiento fue siempre sobrenatural
en cada una de las diferentes situaciones que se le presentaban.
Casi nadie se dio cuenta de que
estaba enfermo, ni siquiera sus más estrechos colaboradores. Sólo se
percataron cuando los médicos le ordenaron permanecer en casa
. Sí se percató, en
cambio, su dirigido José Díaz Rincón quien afirma que la última enfermedad
de D. Manuel empezó a manifestarse un año antes de darle el infarto; él le
veía agotarse mucho: el corazón comenzó a resentirse, tomaba medicamentos,
se fatigaba y con mucha frecuencia le embargaba la emotividad.
Pero un día todos supieron de su enfermedad
porque era de dominio público.
«En su enfermedad, según Manuel
Gómez del Río (Cf.)
,
se pueden descubrir dos etapas: la
primera, cuando los médicos le diagnostican que tiene un proceso cardiaco
importante y que tiene que hacer reposo absoluto y cuidarse; pero en esta
etapa él reacciona diciendo que su enfermedad era lo que el Señor le había
mandado, que no puede descansar, que ha ofrecido su vida por los jóvenes, y
siguió trabajando, haciendo su vida normal con la misma intensidad de
siempre como si no estuviese enfermo: dando cursillos, viajando, durmiendo
poco y rezando mucho, hasta que –segunda fase–, no puede salir ya de casa
por prescripción facultativa … Entonces recibe gente, hace dirección
espiritual, sigue con sus conversaciones de alta espiritualidad, escribe,
reza, etc. ... Es en esta última etapa cuando sufrió más ... ».
La evolución de su enfermedad la describe así su
primo Javier Cf. y al describirla confirma cuanto dice Manuel Gómez del Río
en su declaración:
«Al principio de los años 50, se le
presentó una afección cardiaca, que de
forma insidiosa fue progresando en él mientras continuaba dedicándose
plenamente a su labor de apostolado. El progreso de la misma le obligó a
tener que ir disminuyendo su actividad, y terminó obligándole, poco a poco,
a recluirse en casa y prácticamente, al menos siete años, en cama».
Cuando llevaba siete meses enfermo,
enero de 1957, él mismo explica a Alejandro Fernández Pombo en la entrevista
que le hace en su casa la causa de su enfermedad:
«En
gran parte al esfuerzo superior a mis fuerzas no sólo físico, sino
emocional. Del 15 de abril al 15 de mayo di cuatro cursillos y tuve unas
convivencias con sacerdotes. Y así, cualesquiera de los meses anteriores. Si
cuando Presidente me hice 120.000 kilómetros, como Consiliario andará muy
cerca. He vivido muy deprisa y ahora me toca vivir despacio ... Como
Consiliario el trabajo es más agotador por la tremenda responsabilidad»
.
Sus sobrinos Rafael y Josefina y varios testigos
corroboran cuanto él dice. Sin embargo, aportan datos de interés en relación
con su enfermedad.
«De
la actividad sacerdotal de mi tío –dice su sobrino Rafael Cf.– recuerdo que
hacía un enorme esfuerzo de viaje para atender a todos los Centros de Acción
Católica en España, que le impedían descansar lo suficiente, y mi familia
atribuye a ese esfuerzo continuado el origen de su grave enfermedad ... Él
debía de estar preocupado por su salud porque un poquitín antes de
manifestarse ésta –y por referencias de su médico, Dr. Gómez Cuéllar– había
pasado un profundo chequeo médico respecto al corazón. Sin embargo continuó
desarrollando plenamente su actividad apostólica ... ».
«Andaba de viaje, dormía en los
trenes, lo normal, no paraba un momento», afirma su sobrina Josefina y esto
lo confirma Juan Candela con estas palabras: «Ibamos a dar charlas a pueblos
lejanos en trenes de madera viajando toda la noche».
Todos los que estaban cerca de él –asegura
Felipe González Sánchez– tenían el convencimiento de que su enfermedad se
debió al tremendo esfuerzo físico y emocional que hizo recorriendo toda
España dando Cursillos y formando cuadros de Jóvenes de Acción Católica. En
los Cursillos –como ya ha quedado dicho–, pasaba prácticamente toda la noche
en oración –yo lo he comprobado personalmente en varios de ellos–. Este
esfuerzo continuado a un ritmo de aproximadamente dos Cursillos al mes, que
duraban tres días y medio más viajes, afectó decisivamente a su salud. Hizo
realidad lo que él decía de palabra: «Hay que
entregar la vida por llevar almas de joven a Cristo».
«Disponía de una habitación en la
casa amplia de su madre que primero fue su despacho y luego trasladaron allí
una cama donde pasó todo el periodo de su enfermedad. Esta habitación tenía
lo imprescindible para, en la primera época desarrollar su actividad, y en
la segunda para atender su enfermedad y recibir a las visitas … y de una
habitación pequeñita que era la capilla». «Su habitación seguía siendo
considerada por todos como el centro de irradiación del espíritu de la
Juventud de Acción
Católica ... »
.
Desde su lecho de enfermo ofrecía diariamente
sus sufrimientos por sus queridos jóvenes y la eficacia de su apostolado,
por las tareas del Consejo Superior y por los sacerdotes y seminaristas y
seguía de cerca con mucho interés la marcha de la Juventud. Quería que se le
hablase de ella. Con sus lecturas y sus visitas, estaba al tanto del caminar
de mundo español.
«Dios le había dado la vocación
sacerdotal para que los años no pudieran separarle de la juventud»
.
Sus largas temporadas en la cama sin levantase,
le pasaron una fuerte factura.
A
su primo Javier, médico, «le llamó la atención y le dejó muy impresionado
... la úlcera por decúbito en la región glútea, sin haber observado él la
más mínima queja, cosa que le dejó extraordinariamente admirado y edificado,
cuando tuvo que curársela, por lo terrible que era, tanto por su extensión
como por su profundidad. Tenía veinte centímetros en uno y otro sentido, y
en consecuencia había una casi destrucción de los músculos glúteos, que
llegaba prácticamente hasta el hueso sacro». Ésta se vio complicada
con una fístula que le hacía sufrir de modo especial.
Por su parte, José María Máiz Bermejo Cf., médico cirujano que le operó,
confirma el testimonio del anterior.
«Una de las veces que fui a verlo –dice– un familiar me sugirió que le viese
unas heridas que tenía en la región sacro–coxigea que le molestaban. Acepté
la petición y lo exploré viendo una gran herida ... que suelen ser muy
molestas, y le puse un tratamiento local y, sobre todo, ver durante el día
la forma de cambio de postura para no estar siempre de cúbito supino. Fue
mejorando, pero muy lentamente, pues duró mucho tiempo».
Además de
este hecho sanitario nos da a conocer otro relacionado con la fístula.
«Otro hecho sanitario –añade– fue que durante estos años que estuvo en casa,
y gran parte en cama, también tuve que verlo por tener unas hemorroides que
le molestaban al hacer sus deposiciones y sangraban de vez en cuando. Se le
hizo un tratamiento médico durante unos días, y no notó mejoría. Entonces se
planteó el problema si debía operarse o seguir con los tratamientos. Después
de una consulta con el médico internista y del enfermo, se aceptó la
intervención quirúrgica. Se le hizo un estudio clínico completo y un
tratamiento pre–operatorio.
»Se realizó en un Sanatorio Quirúrgico, ingresándolo el mismo día de la
operación. Se hizo con anestesia general, que toleró muy bien. La
intervención quirúrgica consistió en la extirpación de todos los nódulos
hemorroidales, liberación de una fisura. También se revisó la herida sacro–coxigea,
extirpación de sus bordes y aproximarlos.
»Curso
post–operatorio normal. A los pocos días alta del Sanatorio.
»Seguí
viéndole en su casa y curándole.
»El aceptó
todo lo que representó la intervención quirúrgica sin quejarse ni lamentarse
de lo que sufría, aunque como es natural se le ponía algún calmante, pero
llamaba la atención a todos los que iban a verlo …
»Durante su
larga enfermedad, tuve ocasiones de ir a verlo y ofrecerle salir de paseo en
mi coche [cuando podía; era en los primeros tiempos de su enfermedad] por
las zonas no urbanas de Madrid, que él aceptaba con mucho gusto; nunca
dejaba de comentar un pasaje del Evangelio con motivo de algún hecho que
veía o algún sitio de los que pasábamos».
Nunca exigió cuidados especiales y/o
exagerados, y con relación a los médicos «fue siempre obediente y paciente»
. «Aceptaba de buen grado
sus recomendaciones y cuidados»
«y se dejaba guiar por ellos»
.
Asimismo, «escuchaba las advertencias que le dirigían sus familiares sobre
la necesidad de cuidarse … para salvar situaciones que en ocasiones podían
ser límites … No provocaba rechazo a las indicaciones que se le daban»
.
Pero llegó un momento en que tuvo que respirar
fatigosamente con la ayuda de oxígeno tendido en cama, hasta que el Señor se
lo llevó.
«Durante los primeros años de su
enfermedad –dice su sobrino Rafael– iban a visitarle continuamente muchos
Jóvenes de Acción Católica y personas [muy cualificadas de la Acción
Católica y] relacionadas con la misma [«antiguos políticos que habían
pertenecido a la Acción Católica», afirma su primo Javier, y «Obis-pos»,
dice su sobrina Josefina] ... Pero a medida que pasaba el tiempo, el número
de jóvenes que le visitaban fue disminuyendo». Tuvo que superar la falta de
presencia de amigos y antiguos colaboradores con su fuerza espiritual. Su
espíritu estaba pronto, pero su naturaleza acusaba las ausencias.
En la última etapa de su enfermedad «estuvo
–según su sobrina Josefina (Cf.)– muy solo, muy mal cuidado, pero no
se quejaba de nada; al contrario agradecía el mínimo detalle que le hacías …
Siempre te recibía con una sonrisa ... Una de las veces que fuimos mi marido
y yo a verlo ... le dijo mi marido: Manolo, ¿por qué no te compras una
televisión?, te distraería un rato, y se quedó pensando y dijo: me parece
una falta de pobreza en un sacerdote y sonriendo añadió: me distraería
demasiado. Y murió sin televisión».
«La gran prueba de su larga enfermedad sin perspectivas de curación … la
afrontó con serenidad y sin dramatismo.
Sin extremismos comentaba
normalmente su delicado estado de salud en días tan aciagos, duros y amargos
para él añadiéndose a su propia enfermedad una mala temporada de
sufrimientos. Hablaba de la soledad. Del alejamiento de algunos amigos. Del
consuelo de las visitas. «Venid, venid a visitarme.
Y decidme estas cosas, porque aunque las sepa necesito oírlas, porque la “fe
entra por el oído”», le decía al Rvdo. Felipe
Tejederas Porras. De los antiguos jóvenes que le llevaban sus hijos. De las
largas horas en la cama sin poder hacer más que mirar el Crucifijo, etc. «No
se lamentaba. Vivía una etapa distinta en su camino y la asumía con
naturalidad, sin hacerse ilusiones sobre su restablecimiento»
. «No estaba dolido. Lo
llevaba con resignación. Era parte de su cruz»
. Todo ello en un clima de
paz interior, con una admirable fortaleza y gran entereza de ánimo, santa
paciencia, etc. ofreciendo en todo momento a Dios sus sufrimientos y su vida
por la labor apostólica que había dejado interrumpida.
Su alma no dejó anidar la amargura, ni la
tristeza. Su seguridad y esperanza la tenía puesta en el nombre del Señor e
invocaba continuamente a la Virgen.
Vivir cerca de él esos momentos
impresionaba»
.
Con su ejemplo edificaba a cuantos le visitaban y a cuantos de él
sabían por el testimonio de otros. Salías
más contento, nuevo. Era para ellos de gran ayuda en su vida
espiritual. Irradiaba a Cristo. Era sal y luz. Testimonio excepcional. Y
estaba siempre más atento a las necesidades de los demás que a las suyas
propias. «Le llamé por teléfono – dice José Sotillos Martínez– y antes de
contestar a mi pregunta por el estado de su salud, recuerdo que me dijo esta
frase: “¿Seguirás amando al Señor?, porque tú eras
de los que le amaban”. Le importaba más esto, que
lo suyo».
Muchos amigos se lamentaron después de no
haberle visitado tanto como debieran. Reconocieron que no le habían atendido
suficientemente en esta su época de soledad y sufrimiento, pero comentaban
que reaccionaba heroicamente, sin echárselo en cara.
«En los finales, expresó, por
escrito y de palabra, cómo le iba inundando una paz y una confianza gozosa,
sintiéndose en los brazos de Dios Padre, abandonado a Él»
. La noticia de su próxima
muerte la llevó con una fortaleza y gozo interior grandes.
«Ocho años de penosa enfermedad –de
verdad– que atan a una butaca al apóstol incansable e infatigable, que le
reducen a la inmovilidad y a la impotencia y también a la soledad, le van
clavando más y más a la Cruz, en ese martirio lento que le consume, inmóvil
en el sillón de su cuarto hasta su muerte ejemplar en 1964, poniendo su
espíritu en manos del Padre, pero desde él que prosiguió su labor como
Consiliario Nacional con el celo de siempre e irradió a antiguos y nuevos
sacerdotes y dirigentes seglares la doctrina y el ejemplo de una vida
entregada por completo al Cristo Total, Cabeza y miembros»
.
«Que todos los jóvenes de Acción
Católica de España pidan al Señor que le dé fuerzas para sufrir hasta el fin
... Y sus amigos, id a verle. Tened caridad»
Sufrió, en verdad, un auténtico calvario
sobrellevado con entereza ejemplar, espíritu sobrenatural y plena aceptación
de la voluntad de Dios. En su mente y en su corazón, como buen peregrino y
Capitán de Peregrinos, siguió peregrinando hasta el día de su muerte.
¡Qué modelo de enfermo, de sacerdote víctima y
de apóstol con vocación de crucificado!
