El 11 de diciembre de 2002 se
cumplieron cien años del nacimiento del Siervo de Dios Manuel Aparici. Desde entonces se ha venido celebrando el
Año de su Centenario, que se va a clausurar, D.m., a finales de noviembre de
2003, con la celebración de un Congreso Nacional sobre su vida, su obra y su
espiritualidad. Se abrió con la Santa Misa en la Parroquia donde había sido
bautizado.
Durante todo el año 2003 se
intensificó la labor de difusión de la vida y la obra de Aparici, no sólo
con los contenidos de nuestros números mensuales de BORDÓN y su suplemento
"Capitán de Peregrinos", sino con la publicación de nuevos números
especiales de nuestro boletín, de carácter monográfico.
Es de destacar la aportación de
la Acción Católica General de Madrid a esta campaña entre sus miembros.
Concretamente, el 15 de Marzo, en la celebración de su Día del Militante, la
Rama adulta presentó la figura de Manuel Aparici, con una excelente
intervención de Luis Albi. Y el Sr. Cardenal, D. Antonio María Rouco, en su
homilía, recordó al Siervo de Dios Manuel Aparici, a quien propuso como
modelo de apóstoles seglares, digno de ser imitado.
A partir del mes de junio, todos
nuestros números de BORDÓN, tanto en sus editoriales como en el resto de su
contenido, dedicaron especial atención a explicar el sentido y el alcance
del Congreso Nacional y a informar sobre el desarrollo del mismo. Con él
clausuramos el Centenario del Nacimiento del Capitán de Peregrinos. Damos
gracias al Señor por su ayuda para llevarlo a cabo, y manifestamos también
nuestra gratitud a cuantos, de un modo u otro, han contribuido a su
realización. Que todo sea para gloria de Dios y bien de la Iglesia.
MISA EN EL CENTENARIO
Ese día en la Parroquia de San Ildefonso, de Madrid,
dentro de cuya demarcación nació y en cuya pila fue bautizado, se celebró,
con este motivo y como estaba anunciado, la Santa Misa, en sufragio por el
eterno descanso de su alma, y también en acción de gracias a Dios por la
vida de su Siervo y para pedir su pronta beatificación, si es esta la
voluntad del Señor.
Antes de la
hora del comienzo –las siete y media de la tarde– la iglesia,
bellamente iluminada, estaba llena de fieles. Entre ellos, antiguos y
actuales dirigentes y militantes de la Acción Católica, miembros y amigos de
Peregrinos de la Iglesia, amigos y colaboradores de
Manuel Aparici, y
testigos en su Causa de Canonización. En los primeros bancos, junto a las
personas que iban a actuar como lectores, dirigentes nacionales y diocesanos
de la Acción Católica, del Apostolado Seglar y de la Asociación de
Peregrinos de la Iglesia. Figuraban entre ellos: Beatriz Pascual, Secretaria
General de la Federación de Movimientos de Acción Católica Española; Irene Szumlakoski,
Presidenta diocesana de la Acción Católica General de Madrid;
Rafael Serrano,
Secretario General de la Delegación Diocesana de Apostolado Seglar,
Carlos Peinó y
Tomás
Mora, Presidente y
Secretario General, respectivamente, de Peregrinos de la Iglesia.
Comienza la celebración
La
monición de entrada la leyó Adela Bosom, del Consejo Diocesano de la Acción
Católica General de Madrid, y en ella se presentaron algunos datos
biográficos del Siervo de Dios, se indicaron los fines de la Santa Misa que
se iba a celebrar y se anunciaron las lecturas de la misma, que fueron las
que se leyeron en la Celebración de la Palabra que se tuvo, como final del
acto de apertura del Proceso diocesano el 13 de julio de 1994.
Entran los sacerdotes concelebrantes. Ornamentos blancos. Presidió la
celebración el Rvdo. Sr. D. José Francisco Guijarro, Postulador de la Causa.
Concelebraron con él los Rvdos. Sres. D. José Manuel de Lapuerta,
Consiliario de Peregrinos de la Iglesia, parte actora de la Causa; D. José
María Calderón, Consiliario Diocesano de la Acción Católica General de
Madrid; D. Vicente Páez, Párroco de San Ildefonso, y su Vicario parroquial
D. Pablo; D. Demetrio Pérez Ocaña y D. Tomás Luengo, ambos condiscípulos del
Siervo de Dios en el Seminario de Madrid y el primero de ellos testigo en la
Causa (otros varios condiscípulos se adhirieron al acto aunque no pudieron
asistir por causa de enfermedad); D. Juan Montaner, también testigo en la
Causa de Canonización, y D. Felipe García y D. Ignacio de Orduña, miembros
de Peregrinos de la Iglesia, donde encontraron su vocación sacerdotal. Actúa
de diácono el recién ordenado como tal, D. Miguel Lozano Martínez, nieto de
Manuel Martínez Pereiro, quien fue íntimo colaborador y amigo de Manuel
Aparici en la Acción Católica, testigo en su Causa de Canonización y primer
Presidente de Peregrinos de la Iglesia.
Tras
el acto penitencial, el coro parroquial de San Ildefonso inició el canto de
los Kyries de la Misa de Angelis, secundado por el pueblo.
Para ello, se habían repartido previamente hojitas para poder seguir los
cantos.
Después, el celebrante que presidía recitó la oración colecta. Es la del
ritual de las misas de difuntos. En ella se pide a Dios por su siervo
Manuel, sacerdote.
Las lecturas
El Secretario General de la Delegación Diocesana de
Apostolado Seglar,
Rafael Serrano, hizo la primera lectura. Estaba tomada
del apóstol San Pablo (2 Cor. 3, 1-6). En ella se nos dice:
Nuestra carta
sois vosotros mismos, escrita en nuestros corazones..., sois carta de
Cristo, expedida por nosotros mismos, escritas no con tinta, sino con el
Espíritu de Dios.
Nos sentimos interpelados por el Señor, urgiéndonos a
la fidelidad en nuestro testimonio.
El salmo responsorial lo leyó
Tomás Mora, Secretario
General de Peregrinos de la Iglesia. Era el salmo 109. En él se proclama el
sacerdocio eterno de Cristo, del que participó el Siervo de Dios: Tú eres sacerdote eterno según el
rito de Melquisedec.
El Evangelio, que
lo proclamó el Diácono, estaba tomado de San Mateo (Mt. 5, 13-16). En él
escuchamos la voz del Maestro que nos urge a la santidad, a una santidad
difusiva y evangelizadora: Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros
sois la luz del mundo... Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para
que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en
los cielos.
La homilía
El
Rvdo. José Francisco Guijarro, tras referirse al
sentido de toda celebración de la Eucaristía, y concretamente de la que se
está celebrando, así como al significado y valor del proceso informativo
realizado y de la elaboración de la
Positio super Virtutibus,
ya todo puesto a disposición de la Santa Sede, entró en una profunda
meditación sobre el
ideal peregrinante de Manuel Aparici,
de hondo contenido teológico y bella expresión literaria, que nos
complacemos en reproducir:
«El conocido
ideal peregrinante, “caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu
Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos” no podría
tener ningún valor si no fuera a la luz del misterio de Cristo peregrino,
que subyace, aunque no aflora, en lo que ha llegado a nosotros del
pensamiento de Manolo, y que lo hemos necesitado para entroncar su figura en
el misterio de la Iglesia Santa, en el misterio de la Santidad de la
Iglesia.
»Cristo
peregrina hacia el Padre en el misterio de la Encarnación y en el misterio
de la Pascua, y así es fundamento de toda espiritualidad peregrinante. De
ahí que tengamos que contemplar qué significa “Caminar por Cristo al Padre”.
El Verbo eterno de Dios, que “estaba en Dios y era Dios”, como nos recuerda
el prólogo de San Juan, para comenzar su peregrinación, sin abandonar su
forma de Dios (lo dice San Pablo en la carta a los Filipenses), “se despojó
de su rango y tomó la condición de esclavo”, para lo cual “se hizo carne”
–sigue diciendo San Juan–, “nacido de mujer” (San Pablo a los Gálatas), en
las entrañas purísimas de la Virgen María. No podemos aspirar a tanto
nosotros para ocupar el punto de partida de nuestra peregrinación: tendremos
que conformarnos “con la ayuda de María”, de su mano, o, mejor, en sus
brazos, sobre su corazón, como una madre lleva a sus hijos, lo más cerca que
a nosotros nos es posible de asemejarnos a Cristo Peregrino.
»Pero podríamos
equivocar el camino de nuestra peregrinación hacia el Padre si no diéramos
cada paso “a impulsos del Espíritu Santo”, que es “vínculo de la Trinidad,
sello de la confesión” de nuestra fe, como dirá San Epifanio, o, como
explicará magistralmente San Agustín, es aquel por el que “los otros dos –el
Padre y el Hijo– se unen el uno al otro, por el que el Hijo es amado por el
Padre y por el que el Hijo ama al Padre”. Es el amor del Hijo al Padre, que
es el Espíritu Santo, el que mueve al Hijo, si pudiéramos hablar así, a
peregrinar de vuelta al Padre; es por obra del Espíritu Santo por lo que el
Verbo ocupa el punto de partida de su peregrinación en su Encarnación; es
por obra del Espíritu Santo el que, en la oración de Getsemaní, le hace
clamar al Hijo, en el amor de la obediencia al Padre, “no se haga mi
voluntad, sino la tuya”, y, cuando se está cumpliendo esta voluntad que el
Hijo, por ser del Padre, a quien ama, hace suya, y Cristo peregrina con lo
pies clavados a la Cruz, es el mismo amor, que es el Espíritu, el que le
hace gritar “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Y es ese
mismo amor, que es el Espíritu, el que, para superar el abandono que siente,
que experimenta, le hace seguir peregrinando, aun con los pies clavados,
hasta decirle al Padre “en tus manos entrego mi espíritu”, cumpliendo así su
vuelta al Padre, alcanzando la meta de su peregrinación, y con la Madre al
pie del Madero de la Cruz, al que aún están clavados los pies de Cristo
peregrino.
»Pero Cristo no peregrina solo: en la unidad que crea entre nosotros el
mismo Espíritu Santo, Cristo muerto, “el primogénito de los muertos”, es
primogénito porque el Padre, en su amor, que es el Espíritu, le da una
muchedumbre de hermanos. Y si Cristo se encamina a la resurrección llevando
consigo a los hermanos que le ha dado en su primogenitura el amor del Padre,
¿cómo vamos a pretender nosotros peregrinar por Cristo, si no es “llevando
consigo a los hermanos”?
»“Venid a mí –dice el Señor en el Evangelio– todos los que estáis cansados y
yo os aliviaré”. Nuestro cansancio y nuestro agobio nos sirve tantas veces
de excusa y de pretexto para aplazar, por lo menos, hasta otro momento el
alcanzar ese punto de máxima tensión de la peregrinación que Cristo nos hace
presente al gritar la experiencia de su abandono por el Padre. Nos parece
demasiado, y por eso tratamos de edulcorar la misma expresión del Evangelio,
para que no nos comprometa a tanto. “Yo os aliviaré: cargad con mi yugo”.
»Cuando hemos podido llegar a vislumbrar lo que subyace y no aflora en este
ideal peregrinante que el Siervo de Dios nos propone, sentimos el deber, por
fidelidad a la Iglesia, de ponerlo al servicio de la misma Iglesia, de
exponerlo, de darlo a conocer. Ninguna de las figuras que Dios ha suscitado
en su Iglesia puede quedarse en patrimonio de unos cuantos, los que lo hemos
leído, los que lo hemos estudiado. Y el pedir a la Iglesia, por el
ministerio de la Jerarquía Suprema, el reconocimiento público de lo que
nosotros, unos cuantos, hemos alcanzado a atisbar como privados, es en lo
que consiste el proceso que estamos promoviendo».
Y terminó su homilía diciendo: «Que nuestra oración
peregrina por Cristo al Padre, a impulso del Espíritu Santo, y desde el
regazo amoroso de la Virgen, nuestra Madre, obtenga, cuando Dios lo quiera,
que llegue a ser un bien de todos nuestros hermanos, un bien de la Iglesia
Universal, lo que, sinceramente, creemos que no debe ser patrimonio de unos
pocos. Que así sea».
Oración de los fieles
Beatriz Pascual,
Secretaria General de la Federación de Movimientos de Acción Católica
Española, fue lectora en la Oración de los fieles. Recordando en este día,
centenario de su nacimiento, al Siervo de Dios Manuel Aparici, se elevaron
al Señor las siguientes preces:
Fieles al
Vicario de Cristo, como lo fuera el Siervo de Dios, pidamos por el Papa,
Juan Pablo II, para que el Espíritu Santo le dé la luz y la fuerza
necesarias, hasta el final de su ministerio apostólico, para seguir guiando
a la Iglesia, “mar adentro”, en este alborear del tercer milenio.
Conscientes de la validez que tiene, para actuar en la Iglesia, la antigua
máxima, tan repetida por Aparici, “Nada sin el Obispo”, pidamos por nuestro
Cardenal Arzobispo, Antonio María, y por todos los Obispos de España, para
que el Señor los ilumine y ayude a desempeñar con acierto su delicada labor
pastoral, y conceda también abundantes frutos al Sínodo diocesano de Madrid,
al que nos ha convocado nuestro Pastor.
Pidamos por la
Acción Católica, tan querida por los Pontífices y a la que se entregó en su
vida apostólica el Siervo de Dios, y por todos los movimientos y
asociaciones de Apostolado Seglar, para que, fieles al Concilio Vaticano II,
sus militantes sean santa levadura que haga fermentar en criterios y valores
cristianos a toda la sociedad, hoy inmersa en un mundo secularizado.
Roguemos por los sacerdotes y por los jóvenes, por quienes el Siervo de Dios
se ofreció como víctima, para que, fieles a la llamada de Dios, cada uno en
su respectiva y específica vocación, sean siempre luz del mundo y sal de la
tierra, y para que florezcan en nuestra patria vocaciones sacerdotales y
religiosas, como ocurriera en tiempos de Aparici y siguiendo su ejemplo.
Roguemos al Señor por el eterno descanso del alma de su Siervo Manuel, y de
cuantos, ya fallecidos, compartieron con él su ideal peregrinante, caminando
en espíritu durante doce años, hasta llegar, en 1948, al sepulcro de
Santiago, en Compostela.
Dirijámonos a nuestro Padre Dios, para darle gracias por la vida de su
Siervo Manuel, y para pedirle, si Él lo quiere así, su pronta beatificación.
Pidamos para que cese el terrorismo, las víctimas y sus familias sean
atendidas, los terroristas y sus inductores se arrepientan, y vuelva a
reinar la paz en España y en el mundo.
Roguemos por todos nosotros, aquí reunidos, para que, sintiéndonos miembros
vivos de una Iglesia peregrina, hagamos de toda nuestra vida una
peregrinación, que es, como decía el Siervo de Dios, “Caminar por Cristo al
Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando
consigo a los hermanos”.
Continúa la celebración
Siguió la Santa Misa con la liturgia eucarística. Tras
el ofertorio y el lavatorio de manos, la oración sobre las ofrendas. Y el
prefacio. El coro parroquial entona el Sanctus de la Misa de
Angelis, al que se une el pueblo.
Llegó el momento culminante: la Consagración. Jesucristo se hace presente
sobre el altar, ofreciéndose al Padre por nosotros. Instantes de profundo
recogimiento y adoración. En el fondo del alma, resuena la oración del
apóstol Tomás: «¡Señor
mío y Dios mío». Continúa
la Plegaria eucarística, que acaba con la
doxología: «Por
Cristo, con Él y en Él ... »,
a la que el pueblo contesta:
«Amén».
Rito de Comunión:
rezo del Padre nuestro y oración por la paz, que nos damos fraternalmente.
Canto del Agnus Dei, por el coro parroquial y el pueblo. Y Jesús
viene a nosotros, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Durante la
comunión se canta el himno del Congreso Eucarístico de Madrid: Cantemos
al Amor de los amores.
Con la oración de acción de gracias y la bendición del Sacerdote que preside
la celebración, finalizó la santa Misa.
ANTE LA PILA BAUTISMAL
Seguidamente, ante la pila bautismal, en medio de un
emocionado silencio, se dio lectura al acta del bautismo del Siervo de Dios,
que tuvo lugar en la propia Parroquia de San Ildefonso el 7 de enero de
1903. Terminada la lectura, todos los presentes renovamos nuestra profesión
de Fe rezando el Credo, cantándose a continuación el himno de aquella
Juventud de Acción Católica, que tantas veces cantara Manuel Aparici.
LOS RASGOS HUMANOS DE D.
MANUEL
Con este título, como estaba anunciado, y en el propio
templo parroquial dado el número de asistentes, se pronunció una conferencia
sobre el Siervo de Dios. El Presidente de Peregrinos de la Iglesia,
Carlos Peinó,
presentó al conferenciante,
José Díaz Rincón: fue
miembro de la Acción Católica durante toda su vida; dirigente nacional de la
misma, llegó a ser miembro del Consejo Pontificio de Laicos. Pero, sobre
todo, fue íntimo colaborador de Manuel Aparici y dirigido suyo durante
muchos años, dando con él muchos Cursillos de Cristiandad por toda España;
fue testigo en la Causa de Canonización del Siervo de Dios.
Por
todo ello, su intervención fue, más que una conferencia, un sincero,
emocionado y vibrante testimonio de la personalidad de D. Manuel, como
siempre lo llamó, destacando en ella tres rasgos característicos, y
podríamos decir bipolares:
Contemplación y acción. Fue un hombre de oración contemplativa y, al tiempo,
de incansable actividad apostólica. Como Cristo, que velaba orando al Padre
y recorría sin descanso las ciudades y aldeas de Palestina.
Ternura y fortaleza. Era de una gran ternura con
los demás, como Jesús con los niños, los enfermos,
los
pecadores, y era fuerte para arrostrar
dificultades y trabajos sin cuento.
Amor
a la Iglesia y amor al mundo. A la Iglesia, a la que amaba como a una Madre,
y a la que respetaba y obedecía fielmente en su Jerarquía, y al mundo, en el
que veía el poder, la sabiduría y el amor de Dios, y al que había que llevar
la salvación que Cristo vino a traerle.
El
público asistente quedó vivamente impresionado por este testimonio.
Seguidamente ofrecemos el texto completo del conferenciante:
«Sea mi primera palabra, de
saludo y felicitación, para la ínclita ASOCIACIÓN DE PEREGRINOS DE LA
IGLESIA, cuajada en el horno espiritual y apostólico de la recia
personalidad de Aparici, cuya finalidad es seguir y hacer fecundar una de
las Ideas claves del rico bagaje con el que caminó este siervo de Dios, como
seglar y como sacerdote, en su peregrinar por este mundo, incorporado a la
Iglesia de Jesucristo: ¡la Idea peregrinante!, tan fuertemente arraigada en
la Historia de la Salvación. Así la definía D. Manuel: “Peregrinar es
caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de
María, llevando consigo a los hermanos”. Es la más hermosa y expresiva
definición de lo que es la vida cristiana. Quiero testimoniar públicamente,
a los Peregrinos de la Iglesia, nuestra profunda gratitud por haber recogido
la herencia espiritual y apostólica de D. Manuel, por haber promovido el
complejo proceso de su canonización y por organizar estos actos en el
Centenario de su Nacimiento.
»Otro cordial
saludo, lleno de admiración, para la Acción Católica Española, tan
dignamente representada en estos actos, en cuyas filas cuajó y desarrolló su
vocación cristiana, así como su compromiso creyente, tanto de seglar como de
consiliario, D. Manuel Aparici Navarro, por la que alcanzó las más altas
cumbres de la santidad. De esta Organización repetía Pablo VI en su
pontificado que “es la fórmula de apostolado seglar no superada”. Estoy
convencido, que ahora mismo, sigue siendo una gran verdad y realidad.
Saludo a los sacerdotes aquí
presentes. Vosotros sois parte preeminente en el Pueblo de Dios, en el
Cuerpo de Cristo que es su Iglesia, por esos merecéis nuestra simpatía,
admiración y que colaboremos con vosotros que sois la constante presencia
del Obispo entre nosotros.
»Culmino estos saludos con toda
mi gratitud y cordialidad hacia todos vosotros mis hermanos seglares aquí
presentes, que somos la mayoría del Pueblo de Dios y, por tanto, la mayor
fuerza apostólica, como nos definían, los Obispos latinoamericanos: “el
corazón de la Iglesia en el mundo y el mundo en el corazón de la Iglesia”.
Introducción
»En este once de diciembre del
2002, en el que se cumple el centenario del nacimiento del gran “coloso de
Cristo, de su Iglesia y del Papa” –como le llamó el Cardenal Herrera Oria–
¡D. MANUEL APARICI NAVARRO!, hecho que ocurrió al amanecer, como la
Resurrección de Cristo, de este día dulce y esperanzador del Adviento,
siendo bautizado al culminar el tiempo litúrgico de la Navidad, el siete de
enero, en esta misma Parroquia de San Ildefonso, Arzobispo y Patrón de mi
Diócesis toledana, y en la misma pila bautismal en la que hemos leído su
partida de bautismo, hemos reafirmado nuestras promesas bautismales y hemos
cantado alabando y dando gracias a Dios.
»Agradecemos con todo el alma la acogida que esta noble Parroquia nos hace
en este histórico día y, sobre todo, por el hecho singular y emotivo del
Bautismo, o verdadero nacimiento a la Vida, de este siervo de Dios, tan
admirado y querido por todos nosotros, y que ha sido el medio escogido por
Dios para derramar tantas gracias en nuestras personas, en España, nuestra
Patria, y en la Iglesia Universal.
»Nos reunimos aquí por exigencia
espontánea de justa gratitud, de admiración histórica a su egregia figura, y
por la certeza que nos infunde nuestra esperanza en su pronta canonización,
por ser prototipo de militantes, Consiliarios y gloria y corona de esta
Archidiócesis de Madrid.
»Por eso tenemos que proclamar
enardecidos, con el Apóstol y con D. Manuel a quien le oímos muchas veces
este precioso texto paulino, que siempre lo decía emocionado: “Bendito sea
Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que desde lo alto del Cielo nos ha
bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales. Él nos
eligió en la persona de Cristo antes de la creación del mundo, para que
fuésemos su pueblo y viviésemos en gracia en su presencia. Llevado de su
amor, Él nos destino de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a
ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, para que la gracia
que derramó sobre nosotros, por medio de su querido Hijo, se convierta en un
himno de alabanza a su gloria” (Ef. 1, 3-12).
»Este párrafo es
la síntesis teológica–pastoral más vital del pensar y el obrar de D. Manuel.
Como vemos se resaltan las coordenadas o líneas ejes, que sirven de
referencia para determinar la posición del punto en el que vivía, existía y
se movía este siervo de Dios: El absoluto de Dios, como Idea básica
de la Religión; la alabanza, como actitud principal de los creyentes
y en concreto de D. Manuel;
JESUCRISTO,
en estos breves versículos se menciona cinco veces por ser el centro de la
vida cristiana ya que “no se nos ha dado otro Nombre ...”; la
Iglesia,
que es prolongación de Jesucristo en la tierra y su mayor regalo; la
Gracia, como el don supremo de Dios al hombre y su fuerza y vida en
nosotros; el Amor, mandamiento nuevo del Señor y regla de oro del
Cristianismo; su voluntad, norma suprema de todo creyente; hijos
de Dios, la realidad más colosal que Dios nos concede haciéndonos
partícipes de su naturaleza divina.
»Nuestro Dios
trinitario, con todos los santos y bienaventurados del cielo, “destilando
leche y miel”, como nos dice la liturgia ante el misterio de Cristo que
estos días celebramos, se complacen en esta sencilla y pobre ofrenda nuestra
en este día del centenario natalicio de D. Manuel, ejemplo más cuajado del
apostolado seglar y sacerdotal del siglo XX en España.
Tema: Tres dobles dimensiones vitales en D.
Manuel
»Es
admirable y curioso cómo en Jesucristo y en los grandes Santos se dan, en
sus ricas personalidades, dimensiones extremas dobles, que parecen opuestas;
sin embargo, tienen siempre la misma motivación: el amor; y la misma
finalidad: sensibilizar a los demás el infinito amor de Dios. con formas
diferentes y complementarias. Por ejemplo, Jesucristo aparece en el templo
de Jerusalén, estando próxima la pascua de los judíos. Dice el texto
sagrado: «Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, de ovejas y de
palomas, y a los cambistas sentados; y haciendo de cuerdas un azote, los
arrojó a todos del templo, con las ovejas y los bueyes; derramó el dinero de
los cambistas y derribó las mesas ... ». Se acordaron sus discípulos que
está escrito: «El celo de tu casa me consume ... » (Jn 2, 13-18). En otra
ocasión se expresa de esta manera: «Venid a mí todos los que estáis
fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y
aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para
vuestras almas, pues mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30). De
igual manera aparece Jesús lleno de coraje y autoridad cuando increpa a los
fariseos y doctores: «¡Ay de vosotros fariseos, que pagáis el diezmo de la
menta ... y descuidáis la justicia y el amor de Dios! ¡Ay de vosotros
fariseos, que amáis los primeros puestos y los saludos! ... sois como
sepulcros blanqueados ... ¡Ay de vosotros también, doctores de la Ley, que
echáis pesadas cargas sobre los demás y vosotros ni con uno de vuestros
dedos los tocáis! ... » (Lc 11, 40-52). Por contraste tiene esas palabras
cargadas de ternura, belleza y expresividad inefables: «¡Jerusalén,
Jerusalén que matas a los profetas y apedreas a quienes te son enviados!
¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus
polluelos debajo de sus alas, y tú no lo has querido!»
(Lc 13, 34-35).
»San Francisco de Asís le vemos en esa dura
escena de su vida cuando renuncia a todo por seguir a Jesucristo, en la
plaza de su ciudad, convertida en sala de juicio público, ante sus padres,
el Obispo, autoridades y pueblo, en donde llega a desnudarse por completo e
increpa con dureza para resaltar la exigencia del Evangelio, su radicalidad
y la necesidad de vivir en pobreza. A los pocos días le vemos por los valles
y las calles cantando a las criaturas, evangelizando con dulzura y
mendigando una limosna con absoluta humildad. Así muchos santos, con
dimensiones opuestas: dureza y dulzura, autoridad y obediencia, celo y
pasividad, riqueza y pobreza, etc.
»En D. Manuel ocurre igual: contemplativo y
activo; ternura y fortaleza; amor a la Iglesia y al mundo; generosidad y
pobreza; personalidad y debilidad; brillantez y eclipse ... Me fijaré en las
tres primeras que he enunciado por exigencia del tiempo.
1. Contemplativo y activo
»Sólo enunciar esta doble
dimensión, todos los que le hemos conocido, a este excepcional seglar y
sacerdote de Jesucristo, traemos a nuestra memoria su figura distinguida,
llena de paz, acogedora y alegre, en constante oración contemplativa y
acción apostólica imparable. Eran sus principales características. Los
quince últimos años de su vida, que tuve la suerte de conocerle y tratarle,
siempre le recuerdo así: contemplativo y activo.
a)
Actitud contemplativa
»Desde lo
que él llamaba el día de su conversión, fiesta de la Inmaculada de 1927,
adoptó esta actitud contemplativa, a pesar de sus caídas, infidelidades,
ingratitudes, tibieza ... que él confesaba públicamente con dolor y
arrepentimiento. Personalmente pienso que exageraba, como muchos santos
cuando se han mirado a sí mismos. D. Manuel siempre tenía una presencia viva
y amorosa de Dios «que se complace en nosotros a pesar de nuestras miserias
y taras», decía muchas veces. Estaba enamorado de Jesucristo hasta los
huesos, y por Él vivía en la presencia del Padre constantemente. Le oí
muchas veces decir aquellas palabras bellísimas de San Agustín que hacía
suyas: «¡Oh hermosura y belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! El
caso que tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y fuera andaba buscando y,
como un engendro de fealdad, me abalanzaba sobre la belleza de tus
criaturas ... ». Tenía una admiración y devoción grandes a este Santo, y es
curioso que el día de su fiesta murió
para encontrarse con él en el cielo.
»Con Jesús en el Sagrario pasaba
largos ratos de oración. Desde su conversión se comprometió con cosas
importantes y sustanciales para permanecer unido a Dios, como media hora de
oración mental, participar en la Misa diariamente, visita al Santísimo,
Rosario, examen diario, confesión frecuente, lectura de la Biblia, Vía
Crucis, sabatina y desahogo en su diario espiritual y apostólico.
»En su vida de seglar, 39 años,
ya que en 1941 ingresó en el Seminario, muy especialmente los siete años de
Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica (1934-1941), tenía
siempre gusto e interés por la oración y la contemplación de los misterios
de Cristo. repetía: «La oración es el oxígeno del
alma». «Si creemos en Dios debemos
comunicarnos con Él». «La primera y la última
condición de la conversión, del desarrollo de la vida espiritual y el medio
principal de la santidad es ¡la oración!». «Si los cristianos hubiésemos
sido llamados al Reino en calidad de siervos, empleados, funcionarios o
soldados, no sería esencial la oración, sería suficiente con cumplir las
ordenanzas del Reino, pero Dios nos ha revelado que hemos sido llamados en
calidad de hijos suyos y, por tanto, es imprescindible una relación filial
de amor con quien sabemos nos ama ¡y de qué manera!». «La familia, la Parroquia, la
escuela, el grupo apostólico que no suscitan la oración, no están formando
como deben ni capacitan para el apostolado».
¡Cuántas veces nos repetía: «Hay que hablar más a Dios de
las almas que a las almas de Dios!». «La oración es la palanca del
apóstol».
»Al verle
en oración y observar su recogimiento, emoción, paz y la presencia que se
palpaba tenía de nuestro Dios trinitario, yo sentía cierta envidia, y le
dije en una ocasión: Me gustaría querer a Jesucristo con la pasión y el
entusiasmo de usted. D. Manuel me contestó: “Sólo tienes que tratarle,
cuanto más trates con Él con más pasión le querrás». Y como siempre hablaba
con el Evangelio en su mente, insistía: «¡Aún mayores cosas veréis!». Ver
orar a D. Manuel me ocurría exactamente igual que cuando veía orar al Papa
Juan Pablo II. En los años que participé en los trabajos del Pontificio
Consejo para Laicos, estando en Roma, podíamos participar alguna veces en la
Santa Misa que el Papa celebraba en su capilla privada a las seis y media de
la mañana. Me levantaba a las cuatro de la mañana y desde la Casa Palotti
marchaba andando hasta la Plaza de San Pedro, pues a las seis de la mañana
nos dejaban pasar por la puerta «di bronzo». Me producía una impresión
indecible y me edificaba tremendamente ver al Santo Padre rezar de rodillas,
tan recogido, tanto tiempo y con esa devoción tan suya y singular. Siempre
doy gracias a Dios por estos testimonios del papa, de D. Manuel y de D. José
Rivera.
»Algo que no olvidaré era cómo
D. Manuel nos enseñaba a los jóvenes a rezar. Decía, lo primero es gustar su amor,
dejarse amar, hablar de
amor con nuestro Dios trinitario, ofreciéndole nuestro cariño por encima de
todo. Segundo. Darle gracias por tanto
amor, tantos regalos y
favores. Tercero. Alabarle de la forma que se nos ocurra,
sólo Él es digno de toda alabanza en todo momento y ocasión. Cuarto. Pedirle perdón
por nuestros pecados y los pecados de los demás hermanos. Quinto. Actualizar nuestra
confianza absoluta en Él
y pedirle lo que queramos con confianza, perseverancia y humildad. Sexto. Escucharle a Él para que nos manifieste su
voluntad y lo que nos quiera pedir.
»Hay que
afirmar que D. Manuel era un apóstol íntegro de Jesucristo. Todas sus
energías, virtudes, oración, sacrificios, dotes, tiempo se cuajaba y
desarrollaba en el apostolado. Era una evidencia del concepto paulino sobre
el auténtico seguidor de Jesús: «el que tiene fe actúa por la caridad» (Gál
5,6).
»Los que le
hemos tratado tenemos que confesar que, siendo mayor que nosotros, con su
salud quebrada, cargado siempre de responsabilidades y problemas, en todo
momento nos ganaba a todos en generosidad y entrega apostólica. ¡Aquel
despacho del Consejo Superior en Conde Xiquena 5, con ininterrumpidas
visitas, reuniones, cartas. llamadas ... ¡ ¡Aquellos viajes en tren,
rezando, planificando, preparando temas, hablando con nosotros! En la época
de los Cursillos de Cristiandad es cuando más salí con D. Manuel, el iba de
director espiritual, con lo que esto supone en este método, sin embargo él
no se limitaba a dirigir espiritualmente el cursillo, sino que aprovechaba
para ver a otras personas, dar algún retiro, otras reuniones, incluso la
visita o visitas al Obispo diocesano, que jamás dejaba de hacer en cualquier
viaje. Decía que lo hacía por imperativo de caridad, de comunión y de
eficacia apostólica, pues el Obispo es el Apóstol por excelencia de cuya
misión todos nosotros participamos.
»Como botón
de muestra pongo estos dos ejemplos: Uno que ocurrió en Talavera de la Reina
y otro en Santo Domingo de la Calzada. Era por el año 1955, estaba yo de
Presidente Diocesano de los Jóvenes de Acción Católica y lo organizamos, el
Cursillo de Cristiandad, en Talavera porque tenían interés en participar
jóvenes de Extremadura, de Ávila y de aquella zona de Toledo. D. Manuel iba
de director espiritual, cuál sería nuestro asombro que al comenzar el
«rollo» preliminar se presentó el Sr. Arcipreste de Talavera, acompañado de
otros dos sacerdotes, se llamaba D. Félix, era un señor muy primario y
autoritario. Sin mediar más palabras nos dijo que aquel cursillo quedaba
suspendido bajo su propia responsabilidad, ya que existían ciertas causas
que no procedía revelar. Las causas, según nos enteramos posteriormente,
eran que él y otros sacerdotes tenían reservas y dudas sobre este método que
comenzaba a utilizarse en la península, que D. Manuel Aparici no era
sacerdote diocesano y, por tanto, no tenía «licencias canónicas» y que
varios de los jóvenes asistentes, según sus párrocos, habían venido
engañados- Todos quedamos sorprendidos y disgustados. D. Manuel seguía
imperturbable, con absoluta paz, aceptando la voluntad de Dios y
aconsejándonos que debíamos obedecer con alegría. Se limitó D. Manuel a
pedir perdón y permiso al Arcipreste para dar una explicación a aquellos
jóvenes antes de despedirlos. Le concedió el permiso y comenzó con estas
palabras, que para mí han sido norma de vida: «Dios os ama infinitamente y
ha pensado en vosotros desde toda la eternidad, sus caminos no son nuestros
caminos, dice la Escritura, y la vida cristiana consiste en hacer lo
que Dios quiere y querer lo que Dios hace, aunque, a veces, no lo
comprendaamos, pues todo lo que Dios hace en nuestras vidas lo hace o
permite por nuestro bien, porque sólo Dios es bueno». Siguió hablando
del sacrificio que habían hecho con los ojos cerrados, como Isaac, y a Dios
esto le enternecía, asegurándoles que les daría el ciento por uno. Continuó
hablándoles de la Vida de Gracia y de la alegría cristiana. Terminamos
cenando juntos, porque ya estaba preparada la cena. Aquellos minutos fueron
más valiosos que un cursillo. Todos salieron extrañados, pero sin enfados,
porque la juventud no suele ser rencorosa, y la verdad es que marchaban
encendidos en el amor de Dios, como si se tratase de la clausura de un
cursillo. Lo demuestra que todos volvieron después a Cursillos.
»Eran cerca de las doce de la noche de un día
otoñal. D. Manuel quedó rezando en la capilla y nos dijo que quería presidir
la Hora Santa que estaba prevista en San Prudencio para las doce de la
noche, como intendencia por el cursillo que iba a celebrarse. Así lo hizo,
fue mucha gente, tuvo una homilía impresionante. Quedó después confesando
allí mismo hasta altas horas de la madrugada, descansó o rezó unas tres
horas, porque a las siete de la mañana celebró la Misa en el Asilo de San
Prudencio y dio una meditación a los residentes, después siguió confesando y
recibiendo gente hasta las diez de la mañana que volvió al Seminario Menor
en donde estábamos acogidos porque allí debió celebrarse el cursillo.
»No asistí a la Hora Santa porque a la una de
la madrugada pude contactar con el Sr. Cardenal Pla y Deniel, Arzobispo de
Toledo. Le informé de lo sucedido y no salía de su asombro, sobre todo por
lo de las “licencias de D. Manuel que, por lo visto, todos los Consiliarios
Nacionales las tenían para todo el territorio español, aparte de la
barbaridad de suspender algo que no era de su competencia, ya que estaba
organizado por el Consejo Diocesano de los Jóvenes de Acción Católica y era
algo de la competencia del Obispo diocesano. Me pidió disculpas el Sr.
Cardenal, nos animó a dar el cursillo y me prometió que nada más colgar el
teléfono conmigo se ponía en contacto con el Sr. Arcipreste. Cosa que así
hizo a las dos de la madrugada, pidiéndole se presentase al lugar que
estábamos para desdecirse de lo anterior. Este buen señor no se presentó en
el Seminario hasta las diez de la mañana, alegando no molestar. Con él venía
su delfín, un coadjutor joven, listo y un poquito descarado, que aún vive.
El fue quien nos pidió perdón, nos dijo que podíamos continuar pero que
constase que habíamos dado el mayor disgusto al Sr. Arcipreste por llamar a
esas horas al Sr. Cardenal.
»Todos encajamos aquel golpe con frialdad y
silencio, ya no tenía remedio el cursillo porque todos habían partido y
habíamos perdido un día. D. Manuel quedó hablando con el Sr. Arcipreste y el
Coadjutor, les dio toda clase de explicaciones, ya que ellos no lo habían
hecho y consiguió que convocara a los sacerdotes del Arciprestazgo para
tener una reunión a primeras horas de la tarde para explicarles lo que eran
los Cursillos de Cristiandad. Lo consiguió y aquello fue otro éxito más y
desbrozó mucho el terreno. Una vez más palpamos que Dios escribe derecho con
líneas torcidas, como se suele decir. Al anochecer regresamos todos a
nuestros domicilios.
»En Santo Domingo de la Calzada (La Rioja)
dimos un cursillo que comenzamos la víspera del Corpus, cuando se celebraba
en jueves, para concluir el sábado noche. Los dos sacerdotes que llevaban
aquella Parroquia de unos 6.000 habitantes se vieron forzados a salir con
urgencia, uno por enfermedad y el otro por la muerte de un pariente cercano,
pidiéndole a D. Manuel que hiciese lo que pudiera por atender la Parroquia.
Aparte del verdadero palizón que supone para el director dar un cursillo, D.
Manuel celebró otras Misas esos días en la Parroquia, atendiendo lo que pudo
al confesionario y enfermos. Yo le veía extenuado y le decía que no podía
seguir así. Siempre me contestaba que para eso se había hecho sacerdote,
para vivir crucificado y en oblación con Jesucristo. Llegó el domingo y ya
vino uno de los sacerdotes, pro le pidieron que se quedase ese día para
celebrar la fiesta del Corpus que no pudo hacerse en su día, aunque la
octava se celebraba igual. Como terminamos el cursillo sobre las cinco de la
madrugada del domingo nos quedamos allí D. Manuel y yo, el resto del equipo
regresó a sus lugares en donde vivían. Jamás podré olvidar aquella mañana
calurosa de Junio. Celebró D. Manuel en una Casa religiosa a las ocho de la
mañana, con homilía, meditación y visitas que fueron allí. A las once era la
procesión con el Santísimo que presidió él, revestido con todos los
ornamentos, capa y paño de hombres portaba una rica custodia muy pesada. En
el recorrido tuvo tres paradas en otros tantos altares y habló tres veces
durante unos diez minutos cada vez, sobre tres aspectos de la Eucaristía:
comida–sacrificio–presencia. Iba roto de dar compasión, pero emocionado y
edificante, con un espíritu arrollador. A todos nos dejó edificados y
admirados por sus doctrina y talante, que reflejaban su profunda fe y
caridad.
»Contemplación y acción son de necesidad vital
en la Iglesia. D. Manuel supo fundirlos en su vida seglar y sacerdotal. El
Vicario de Cristo nos lo vuelve a insistir en su Carta Apostólica «Novo
Millennio Ineunte» resaltando estas claves del Cristianismo en las cuatro
partes que divide el documento. Las tres primeras: El encuentro con Cristo;
Contemplación de su divino rostro y Caminar con Cristo por la santidad, la
oración, la Eucaristía, Penitencia, Vida de Gracia, Palabra de Dios
pertenecen a la contemplación y la cuarta parte: Testigos de Cristo, que se
explaya en un amplio plan apostólico con siete objetivos, pertenecen a la
acción.
2. Ternura y fortaleza
»Otras dos dimensiones que se dan con mucho
relieve en el siervo de Dios son su ternura y fortaleza. Es decir, la
caridad cristiana elevada a su más dulce y entrañable expresión, así como la
debilidad humana, que es nuestro propio bagaje, convertida en fortaleza por
la valentía.
»a) SU
TERNURA, efusión espontánea de su ardoroso corazón, que había sido
hecho para amar “hasta el extremo”, como el de Cristo, hasta quedar roto de
amor, era una de sus más genuinas características. Cuando le invitábamos a
descansar nos repetía la hermosa frase de San Juan de la Cruz: “El que anda
entre amores, ni cansa ni se cansa”.
»Recorrer con la mente, ya que no es posible
hacerlo aquí por el tiempo, la vida del siervo de Dios, desde que tiene uso
de razón, sin que se haya producido su conversión, le vemos como una persona
arrolladora, extrovertida, jovial, alegre, simpático y cariñoso con todos. A
partir del día famoso de la Inmaculada de 1927, hasta su muerte en la fiesta
de San Agustín en 1964, su ardiente amor a Dios y al prójimo va creciendo
hasta convertirse en un volcán inextinguible.
»En cualquier momento que le recordemos rezuma
esa ternura, en su trato con todos, en las charlas, en el despacho, en la
capilla ... prevalecía en él una delicadeza sin límites que cautivaba a
cualquier y hacía grata su presencia. Resalto cuatro actividades en las que
dejaba a cualquiera petrificado y admirado:
»– Cuando nos recibía a solas en el
confesionario o en su habitación. Cuanto más ibas cargado de problemas,
dificultades y disparates más resaltaba en él la ternura, comprensión y
acogida. Sólo pueden explicar y dar idea de aquella dulce actitud las
escenas evangélicas del Buen Pastor, la del Padre del Hijo pródigo, la de
Jesús en el brocal del pozo con la samaritana o clavado en la Cruz
triturado, humillado y hecho “el oprobio y el desecho de la plebe” con su
pecho rasgado de amor.
»–
Cuando dirigía Ejercicios Espirituales, en las homilías, o cuando hablaba.
Todo lo enfocaba desde la óptica del Amor de Dios revelado en Cristo. Hasta
las meditaciones más duras como el pecado, el infierno o la perseverancia,
se entendían mejor y te impulsaban, no al temor, sino a la entrega confiada
a Dios.
»– Cuando hablaba en actos
públicos. Se entusiasmaba, emocionaba, enardecía a todos y los ganaba,
dejaba al descubierto su corazón lleno de amor y pasión por el Bien. En este
tipo de actos que puede parecer prevalecía la emoción sobre la razón, era
todo lo contrario, porque demostraba las grandes verdades, decía cosas
importantes y se comprometía públicamente.
»– Era apoteósico cuando
daba el «rollo» de Sacramentos, que es el más importante en el Cursillo de
Cristiandad. Durante mi vida militante, sobre todo en mi juventud, he dado
127 cursillos de cristiandad, además de otros muchos, la mayoría no los di
con Aparici, jamás he visto a nadie hacerlo mejor que D. Manuel, más
interesante, emocionante, razonable, convincente ... Era algo que dejaba
huella. Muchas veces no podía terminar porque le embargaba la emoción y el
llanto, sincero y varonil, caía de rodillas a los pies de los cursillistas
encareciendo y mendigando, como lo hace Dios, la respuesta al Amor que no es
amado y ofreciendo su vida por ellos, como así ocurrió.
»b. SU FORTALEZA. Era la propia de los
Santos. Ellos reconocen la debilidad humana y se abandonan en Dios,
confiando totalmente en su gracia, poniendo de su parte mucha voluntad y
valentía, con lo cual surge esa fortaleza inexpugnable. Ahí están millares y
millares de santos que, por naturaleza, han sido muy débiles: niños,
mujeres, ancianos, incluso varones, que por la gracia se convierten en
gigantes y atletas en la vida sobrenatural.
»Todos conocemos el temple heroico de D. Manuel
y cómo se recrecía en las dificultades. Ir con él de propaganda, a dar
cursillos o a cualquier reunión era llevar asegurado todo de antemano. Tenía
verdaderas ansias martiriales, no en vano vivió y lideró la época más
heroica del siglo XX en España y fue Presidente Nacional de la Organización
seglar eclesial más intrépida que fue capaz de ofrecer 7.000 mártires
jóvenes y más de 2.000 vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa.
»Subrayo tres aspectos de su fortaleza
cristiana:
»– Identificación total con Jesucristo
en la Cruz.
»Este fue
el tema que eligió en su trabajo en el Seminario, porque era su opción
propia e irrenunciable. El lema de su vida era la quinta palabra de Jesús en
la Cruz: ¡SITIO!, que llevaba grabada en su
crucifijo, que yo besé muchas veces.
»En el primer número de SIGNO en
1936, en el llamamiento que hace a la juventud para peregrinar a Santiago de
Compostela en 1937, que estaba prevista, la cual fue suspendida por la
guerra, decía: “Sólo a este precio, desposándose con Cristo en el tálamo
bendito de la cruz, podremos aspirar a concentrar en nosotros el apostolado
de la Acción Católica, las miradas, los anhelos y las esperanzas de los
corazones jóvenes y generosos de uno y otro lado del Atlántico, que no se
resignan a ver perecer las almas y a la sociedad en el fango materialista y
sensual que ahora y envenena. La promesa del Señor nos los asegura:
«Cuando fuere levantado hacia lo alto, todo lo atraeré hacia mí».
»Le oí muchas veces decir: «La cruz es la suprema epifanía
del amor de Dios, por eso el mensaje de Cristo debe centrarse en la cruz.
San Pablo insistía que los judíos piden milagros y los griegos sabiduría,
mientras que nosotros no dejamos de predicar a Jesucristo crucificado,
escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero para los
llamados, Jesucristo crucificado, es el poder y la sabiduría de Dios».
»–Sentido oblativo de su vida.
»Desde sus veinticinco años que se entregó al
Señor en su Iglesia sin reservas, su vida tuvo un sentido profundamente
oblativo. Como el profeta Samuel está siempre a la escucha de la voz del
Señor, para responderle con prontitud y generosidad en el lugar y en la
forma que sea más necesario. Se incorpora a los Luises, después a los
Estudiantes Católicos, pasa por la Adoración Nocturna, por las Conferencias
de San Vicente y por la Asociación Católica de Propagandistas. Cuando D.
Ángel Herrera Oria le pide que se incorpore a la Acción Católica, porque era
muy necesario, ya que las circunstancias que se vivían, los problemas que
existían y el deseo de los Obispos españoles aconsejaban fortalecer esta
Organización eclesial de laicos, así lo hace.
»A partir del día de la Inmaculada de 1927,
reafirma su conversión y entrega “en los brazos de María”, como él dice, y
desde ese momento su vida adquiere un sentido y talante heroico, aunque él
insistía en confesar sus fallos, que es fruto de su humildad y generosidad.
»En 1934 asume la Presidencia Nacional de la
Juventud de Acción Católica, organiza la peregrinación a Roma, hace a Dios
la ofrenda de su vida como víctima por todos los que no conocen a Cristo y
viven en pecado, se inmola cada día hasta llegar a plenitud en su
sacerdocio.
»En 1940, en la peregrinación de la Juventud al
Pilar de Zaragoza, reafirma con ilusión, entusiasmo y coraje aquella
oblación de sus propia persona.
»Ya en 1936, en la cruel guerra civil española,
se plantea repetidamente ante el Señor que dispusiera de él como quisiera
por si era quien faltase para los diez justos que no existían para aplacar
su ira, como nos describe el pasaje de Abraham con Dios (Gén 18, 20-33).
»–La valentía en sus decisiones.
»Hablaba muchas veces sobre la valentía, que
era una virtud típicamente cristiana, pues Jesucristo nos dice que “el Reino
de los cielos padece violencia y lo consiguen quienes se la hacen”. Ante las
mayores dificultades y problemas siempre le vi proceder con una valentía
admirable. Lo demostró:
*
Abrazando la fe y comprometiéndose con ello hasta sus últimas consecuencias.
*
Responsabilizándose en el apostolado seglar en la época peor de la historia
de la Iglesia en nuestro país.
* Asumir la Presidencia Nacional de la
Juventud de 1934-41 (II República.guerra civil–postguerra) con lo que esto
supuso.
*
Responder a su vocación sacerdotal con casi 40 años y comprometerse con ello
hasta el extremo.
*
Realizar repetidos actos de presencia en todas las Diócesis españoles,
levantar y educar dos generaciones de jóvenes sin medios humanos.
*
Aceptar con una valentía silenciosa, humillada y generosa su larga agonía de
ocho años, encerrado en su pobre casa de Madrid, en donde ocurrió su
tránsito.
3. Amor a la Iglesia y al mundo
»El amor es siempre compromiso y exige
sacrificio. No puede darse el compromiso si antes no se produce el amor. El
Sínodo Universal sobre los Laicos, a los veinte años del Vaticano II, tenía
por tema: “La vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”,
ya que ésta es nuestra doble misión. Desde el Concilio hasta nuestros días,
el Magisterio insiste de forma clara y persuasiva que los seglares somos la
Iglesia en el corazón del mundo y el mundo en el corazón de la Iglesia. Sin
embargo, D. Manuel esta idea la tenía muy clara antes del Concilio, ya que
él murió durante su celebración y estaba fuera de combate siete años antes.
a)
Su amor a la Iglesia.
Su compromiso, entrega y obediencia a
Jesucristo lo realiza por su Iglesia. Su fuerte vocación a la Acción
Católica es por la acentuada eclesialidad de esta singular Organización. De
las cuatro notas que el Concilio subraya en la Acción Católica queda patente
esta eclesialidad en la primera y cuarta Nota. Las otras dos, que se
refieren al servicio al mundo, quedan abrazadas y orientadas por la
eclesialidad.
Todos recordamos cuando D. Manuel, transido de
fe emocionada y confianza en la Iglesia nos hablaba de ella. Nos la
presentaba en los planes de Dios desde toda la eternidad, presentándonos las
citas del Antiguo Testamento y sus simbolismos, así como lo que dicen los
Profetas, la historia del Pueblo de Israel, en la que está prefigurada la
Iglesia, culminando con los pasajes evangélicos que hacen alusión a esta
institución divina con los humanos, lo cual supone la realización plena de
sus Promesas y Alianza con la Humanidad. Es indescriptible cuando explicaba
aquel breve pasaje, profundo y significativo de Jn 19, 32-35, en la hora
central de la historia, cuando el reloj marca la muerte del Redentor. Cuando
se cumplen las promesas eternas de Dios. Cuando Jesucristo, el Mesías y
Redentor, actúa como tal, con plenitud de resonancias universales, nace la
Iglesia del Costado abierto de Cristo muerto en la Cruz. Dice el texto
sagrado que al llegar los soldados para quebrarle las piernas, como ya lo
habían hecho con los otros dos crucificados con él, comprobaron que ya
estaba muerto y no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le
atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua.
El agua es símbolo del Bautismo y la sangre es figura de la Eucaristía, con
estos dos sacramentos se edifica la Iglesia. Nos explicaba D. Manuel cómo
San Juan enardecido declara que “él lo vio y da testimonio y su testimonio
es verdadero” para que creamos esta gran verdad, hermosa y emocionante
realidad. San Pablo dice: «Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella» (Ef
5,25).
»Afirmaba D. Manuel: «Tiene que ser una Verdad
muy grande, cuando a pesar de veinte siglos, de tantas traiciones,
infidelidades, desobediencias, pecados, dentro de la misma Iglesia, y de
continuas persecuciones, hostigamientos, odios, calumnias y miserias desde
fuera, siga existiendo la misma Iglesia que fundó Jesús y cada día aparezca
más bella, hermosa y luminosa». Hoy la componemos más de 1.050 millones de
personas que profesamos la fe en la Iglesia Católica. Las palabras de Cristo
no pueden fallar:«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y
las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).
»¡Cuántas veces le oímos
aquellas profundas y apasionantes razones para amar y servir a la Iglesia!:
«Lo que importa es conocer a la Iglesia en toda su hondura bíblica, belleza
sobrenatural y como sacramento de salvación. Debemos amar a la Iglesia por
MADRE, por DIVINA y por HUMANA».
»El Magisterio actual, sobre todo el Concilio,
resalta esa trilogía
»MISTERIO–COMUNIÓN–MISIÓN. Soy testigo de cómo D. Manuel vivía esto y
nos lo explicaba.
b)
Amor al mundo.
»El amor a
Dios y al prójimo son inseparables, nos repetía, y es que así lo enseña
Jesús (Cf Mt 22, 34-40). Una de las frases más hermosas que le escuché es
aquella: «La Caridad es el amor a los demás que brota del amor de Dios». Por
eso él jamás separaba este doble amor.
»¿Recordáis oírle predicar a D. Manuel aquel
pasaje de Jn 20, 11-18 sobre la aparición del Señor a María Magdalena? ...
Ésta no decía nada más que tonterías fuera de la realidad: acusa al
hortelano de ladrón de muertos le llama el señor, le dice que se lo entregue
así por las buenas y que ella se lo llevará, un cadáver de 1,80 de alto y
unos 80 kilos de peso, ella, una pobre mujercita, lo cargaría ... ¡Estaba
muy llena de amor por Jesús que tanto bien le había hecho! Así le ocurrió a
D. Manuel con relación al mundo ¡le amaba mucho porque era el mundo creado y
redimido por Cristo! Hay que estar loco de amor, ser valiente y tener
bravura para que en plena juventud, con una buena profesión y su situación
óptima, con lo revueltas que estaban las cosas en España en el año 1934,
asuma la Presidencia Nacional de la Juventud de Acción Católica. El dijo
¡Sí! por amor puro. Alguna vez le pregunté ingenuamente: ¿Cómo fue usted
capaz de afrontar aquello? Me contestaba:
«¡El amor lo puede todo y yo lo puedo todo en Aquel que me conforta! a una
gallina, que es el animal más cobarde, se la pone amor (pollitos) y se
vuelve en el animal más bravo, hasta el punto que para defender ese amor, si
la acosas, se tira a los ojos».
»Nos decía: «La Acción Católica es maestra de
formación y os tengo que explicar el lenguaje bíblico sobre el mundo, para
que no sólo tengamos una idea negativa del mismo». En la Biblia se nos habla
de este triple concepto del mundo: cosmos–creación; mundo–humano
y mundo–enemigo.
a)
Mundo cosmos o creación.
»Creado, sostenido
y ordenado por Dios, manifestación de su amor, de su poder, de su belleza,
grandeza y sabiduría. Nuestro mundo es como un grano de arena en ese Cosmos,
siempre misterioso y deslumbrante como Dios mismo en donde ha puesto a su
criatura superior ¡el ser humano!
b)
Mundo humano–pecador.
»Es en ese mundo tan amado por Dios que envió a
su propio Hijo para redimirlo y que el Evangelio afirma: «Tanto amó Dios al
mundo, que le dio a su unigénito para que todo el que crea en Él no perezca,
sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16)
c)
Mundo–enemigo.
»Decía D. Manuel: «Es en
esa parte de la Humanidad que rechaza la fe, vive en pecado y concibe la
vida presente con criterios contrarios a la Ley de Dios».
De este mundo es del que dice Jesús que el diablo es su príncipe y el
enemigo del alma.
»Por tanto, a este triple mundo
los cristianos debemos amarlo con todas nuestras fuerzas y que los laicos,
por nuestra «índole secular» tenemos una misión prioritaria «tratando y
ordenando, según Dios, los asuntos temporales». D. Manuel nos animaba con las
palabras de Cristo: «No
temáis, Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo, Yo he vencido al
mundo». Y en su oración
sacerdotal: «No te pido,
Padre, que los saques del mundo, sino que los preserves del mal».
Epílogo
»Cuando murió D. Manuel no pude estar en su
entierro, ya que me fue ocultada la noticia por no suspender una importante
convivencia que estaba dirigiendo en el Santuario de Guadalupe (Cáceres).
Había estado con D. Manuel unos días antes y le vi más santo que nunca. Al
concluir me lo comunicaron y ofrecimos la Santa Misa de clausura por su
alma. Al final di un pequeño testimonio sobre su vida de apostolado y
santidad, concluyendo con este medio verso que improvisé y que se lo digo
muchas veces:
D.
Manuel Aparici Navarro
prototipo de seglar y consagrado,
infúndenos tu coraje, tu celo y ardor
para
entregarnos a Cristo en su Iglesia,
y
evangelizar más y mejor.
"Peregrinar
es caminar por Cristo al Padre, a impulsos
del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los
hermanos".
Manuel
Aparici.
Este sitio se actualizó por última vez el
13 de marzo de 2005